A comienzos de los años 70 del pasado siglo se produjo un fenómeno nuevo en el consumo televisivo en EE. UU.; frente a los canales generalistas en abierto –ABC, NBC, CBS–, en 1972 apareció Home Box Office (HBO), una filial de Time Inc. Su oferta principal era la televisión por cable, y la novedad consistía en poner a disposición del cliente de pago programas sin cortes publicitarios; entre los diversos contenidos de la novedosa oferta el cine jugaba un papel determinante. En 1976 le siguió Showtime, y en 1979 The Movie Channel. Por su parte, las productoras majors orientaron su negocio hacia las posibilidades comerciales que prometía el vídeo doméstico, que hizo su aparición en 1975 con el lanzamiento del sistema Beta de Sony (en 1978 apareció el sistema VHS, que finalmente se impondría a su formato precedente). El final de esta década marcaría también el fin de una manera de producir y consumir películas que hasta ese momento había sido un terreno casi exclusivo de las salas comerciales y en menor medida de la televisión tradicional.
Hay que retroceder al segundo lustro de la década de los años 60 para entender el fenómeno que provocaría la gran transformación del cine en EE. UU. En aquel momento, el cine, merced a la revolución que supuso el llamado “cine de autor”, tenía un enorme valor cultural para los jóvenes de la época: junto con el rock en el terreno musical, era el gran prescriptor del gusto, y servía además para documentar los profundos cambios de todo tipo que las nuevas generaciones del momento pugnaban por imponer en una sociedad todavía deudora del viejo orden conservador que siguió a la Segunda Guerra Mundial.
El bebé de Rosemary Hollywood asistía así al funeral del sistema continuista que había ido languideciendo ante el empuje de los nuevos lenguajes que venían de Europa, de los países emergentes y de la masiva influencia de la televisión. Los grandes maestros del cine clásico se encontraban en el ocaso de sus carreras y las generaciones de nuevos profesionales formados en la televisión habían recogido el testigo. En ese ambiente pueden encontrarse hacia finales de los años 60 los antecedentes de lo que después sería llamado el Nuevo Hollywood. Títulos de 1967 como A quemarropa, Bonnie y Clyde o El graduado, de 1968 como Rostros o La semilla del diablo y de 1969 como Grupo salvaje o Cowboy de medianoche sentaron las bases que permitirían al cine estadounidense romper los límites de lo que podía representarse en una película, y ello facilitaría la desaparición (en 1968) del vetusto y ya anacrónico código de autocensura o Código Hays. Estas películas comenzaron a ser realizadas por directores con una cierta carrera a sus espaldas, como Arthur Penn, John Cassavetes o Sam Peckinpah, y también por algunos inmigrantes europeos como John Boorman, Mike Nichols –procedente del teatro–, Roman Polanski o John Schlesinger.
La década de los años 70 fue muy tumultuosa: la guerra de Vietnam y el escándalo Watergate pusieron al Estado ante una profunda crisis de confianza de sus ciudadanos en las instituciones, y la cultura tradicional se vio atacada por una fronda de nuevos movimientos reivindicativos: el feminismo, la lucha por los derechos de los afroamericanos, el antimilitarismo, los hippies, el activismo gay o las protestas ecologistas. El sistema capitalista era abiertamente puesto en cuestión, y ese clima de crisis nacional y desconcierto se verá reflejado en el cine de su tiempo. A su vez, la industria de Hollywood tuvo que llevar a cabo una reconversión en todos sus estamentos profesionales y en sus estrategias de producción, distribución y exhibición tras la catástrofe financiera de los grandes estudios entre los años 1969 y 1971.
Tiburón El Nuevo Hollywood
Se daban, pues, las condiciones para que un grupo de jóvenes blancos de clase media que habían estudiado cine en la universidad se hicieran con el control del camino por el que iba a transitar la producción de películas en los años posteriores. Estos nuevos realizadores partían de una formación teórica solvente y de una amplia cultura audiovisual que habían adquirido viendo los trabajos de la Nouvelle vague francesa, en especial los de François Truffaut y Jean-Luc Godard, así como los del cine italiano de Michelangelo Antonioni, Federico Fellini y Bernardo Bertolucci; por otra parte, algunos de ellos eran hijos de la inmigración italiana, lo que suponía una novedad frente al histórico predominio anglosajón. Los cineastas afroamericanos y sus preocupaciones temáticas quedaban fuera de este grupo, aunque la blaxploitation estallaría paralelamente e incorporaría también al debate la emergencia cultural de una minoría tradicionalmente marginada. Como anteriormente sus modelos europeos, estos cineastas comenzaron rodando cortometrajes, pero más tarde se incorporarían a la televisión como realizadores de capítulos de series, telefilms o películas de bajo presupuesto. Una figura tutelar de esta “generación de la televisión”, embrión del Nuevo Hollywood, fue Roger Corman, que apostaría por algunos de estos cineastas para su posterior debut en el largometraje cinematográfico; cabe también señalar la influencia de algunos documentalistas prestigiosos como D. A. Pennebaker, Richard Leacock o los hermanos Maysles.
La renovación que supuso el Nuevo Hollywood poseía un fuerte sentido de grupo, y los directores, guionistas y actores que lo integraban consiguieron crear una marca corporativa virtual que les sirvió para convencer a los estudios, a los agentes financieros y a los inversores de que su alternativa era la única solución para salvar un negocio que había entrado en franco declive en EE. UU. Aparte de los cineastas que figuran en las reseñas de las películas que siguen, cabe mencionar como protagonistas de esta renovación a los directores y guionistas Robert Benton, Monte Hellman, Paul Mazursky, John Milius, Sydney Pollack o Bob Rafelson. Y también a numerosos actores y actrices, como Warren Beatty, James Caan, Richard Dreyfuss, Robert Duvall, Elliott Gould, Dustin Hoffman, Harvey Keitel, Al Pacino, Ellen Burstyn, Dyan Cannon, Julie Christie, Jill Clayburgh, Faye Dunaway, Shelley Duvall, Jane Fonda, Sissy Spacek o Meryl Streep. La mayoría de estos intérpretes se habían formado en el Actors Studio o en otras escuelas de Nueva York, ciudad que se convirtió, frente a Los Ángeles, en el epicentro de este cambio de rumbo sin precedentes.
La guerra de las galaxias A la postre, este resurgimiento tuvo una vida efímera, pues a finales de los años 70 muchos de estos talentosos cineastas fueron absorbidos –en parte debido a sus propios éxitos– por la maquinaria de Hollywood, y algunos de sus trabajos posteriores fueron un vehículo para consolidar la nueva era que se inició en los años 80, caracterizada por una comercialidad volcada en comedias juveniles y películas de ciencia ficción, aventuras, terror y catástrofes diversas. El consumo privado de productos audiovisuales era imparable e imponía sus reglas.
La llegada del actor conservador Ronald Reagan a la presidencia de EE. UU. en 1981 coincidió con un rearme financiero de la industria, y la propiedad de los estudios pasó a grandes corporaciones exclusivamente interesadas en el beneficio inmediato. El grupo de cineastas del Nuevo Hollywood fue diluyéndose en una situación dominada por los nuevos ejecutivos (economistas, banqueros y abogados), que se llevaron por delante no solo el legado que ese grupo había edificado, sino también el del cine europeo y el de algunos países emergentes.
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