Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la imposición de la política de bloques de la Guerra Fría, a partir de la década de los años 50 tomó forma en la esfera internacional y en las relaciones geopolíticas el concepto de “tercer mundo” acuñado por el economista francés Alfred Sauvy en 1952.
En Latinoamérica surgieron numerosos movimientos socialistas que cuestionaban las estructuras sociales tradicionales y la influencia económica, política y cultural de Europa y EE. UU., como la Revolución Cubana (1959) o el gobierno de Salvador Allende en Chile (1970-1973).
En África los viejos imperios se desmembraban y estallaban conflictos de descolonización, como la guerra de Independencia de Argelia (1954-1962) o las guerras en las antiguas colonias portuguesas de Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu (1961-1975). De ahí nacieron nuevas repúblicas de inspiración anticolonial y socialista lideradas por élites locales y reunidas en torno a organizaciones continentales como la Organización para la Unidad Africana (OUA), fundada en 1963.
A lo largo del tiempo esos proyectos fueron mostrando sus limitaciones, tanto en Latinoamérica como en África, ya fuera por contradicciones internas, fronteras artificiales, lacras arrastradas desde la época colonial o la injerencia de las potencias extranjeras, que financiaron golpes de Estado para mantener intactos sus intereses en las viejas colonias.
Los olvidados El Nuevo cine latinoamericano
El cine no fue ajeno a esos movimientos convulsos y jugó un papel clave en la presentación internacional de esas culturas. En Latinoamérica países con largas tradiciones cinematográficas como México, Argentina y Brasil vieron surgir movimientos de cineastas jóvenes inspirados por la modernidad europea, pero con el claro objetivo de realizar un cine liberado de las ataduras coloniales, tanto económicas como narrativas y estéticas. El “cine de papá” que rechazaba la crítica europea era en estos países un cine que imitaba acríticamente los modelos extranjeros, sin conseguir emularlo por falta de recursos y sin construir tampoco verdaderas culturas nacionales.
La fundación en 1959 del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) supuso un impulso fundamental no solo para el cine producido en ese país, encabezado por Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa, sino también una inspiración clave para los movimientos nacionales que nacerían con la entrada en los años 60. Surgieron la Escuela de Santa Fe en Argentina, encabezada por Fernando Birri, y el Cinema novo en Brasil, liderado por Glauber Rocha, así como numerosos grupos de directores jóvenes cuyas películas promovían una reflexión política y ambicionaban construir nuevos cines. Las olas surgidas desde México hasta la Patagonia se articularon a través de encuentros, colaboraciones y festivales, muy especialmente a partir del Festival de Viña del Mar (Chile) de 1967.
En ese momento se fraguó el concepto de Nuevo cine latinoamericano, cuyas esperanzas y utopías se plasmaron en numerosos manifiestos y escritos teóricos. Se articularon así conceptos críticos para definir cómo debía ser el cine latinoamericano y, por ende, el cine del tercer mundo: Por un cine nacional, realista y crítico (Fernando Birri, Argentina, 1958), Estética del hambre y Estética del sueño (Glauber Rocha, Brasil, 1965 y 1971), Por un cine imperfecto (Julio García Espinosa, Cuba, 1969), Hacia un tercer cine (Fernando Solanas y Octavio Getino, Argentina, 1969) o Teoría y práctica de un cine junto al pueblo (Jorge Sanjinés y Grupo Ukamau, Bolivia, 1979). Eran esfuerzos que conjugaban la teoría y la reflexión con la práctica y que hermanaban el desarrollo cinematográfico con la lucha anticolonial.
La casa del ángel La asimilación crítica
Algunos de esos cineastas habían estudiado en Europa, especialmente en París y Roma, y traían en la maleta un buen número de referentes internacionales, especialmente el neorrealismo italiano y el cine político soviético, que se convirtieron en modelos a seguir; el primero por su capacidad de realizar un cine nacional centrado en los desposeídos a partir de recursos económicos escasos, filmaciones al aire libre y actores no profesionales; el segundo por su capacidad de articular ideas políticas a través del lenguaje cinematográfico. A ellos se sumaba la figura faro de Luis Buñuel, exiliado en México y autor, según Glauber Rocha, de un cine de hambrientos donde la sinrazón abría los caminos de la revolución. Progresivamente, a esa tríada clave de la pobreza, la política y el sueño se sumaría la inevitable influencia del cine de Hollywood, visto como un esquema flexible que podía adoptarse críticamente.
Las clases subalternas, formadas por mestizos e indígenas, y marginadas en favelas o ranchitos, ganaron voz en esas películas a través del retrato de su vida cotidiana y de sus tradiciones culturales y religiosas. Progresivamente, pasados los primeros años 60, en la segunda mitad de la década la denuncia de la miseria dio lugar a películas que incorporaron introspectivamente la noción de subdesarrollo y cuestionaron los procesos políticos de Latinoamérica y la relación entre los intelectuales y el pueblo. Es la época de Tierra en trance (Glauber Rocha, Brasil, 1967) y Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, Cuba, 1968), que no escondían la miseria, sino que la inyectaban en los discursos desesperados de sus protagonistas. Al mismo tiempo, la instauración de dictaduras condujo a que surgieran películas (documentales militantes o ficciones alegóricas) cada vez más centradas en los procesos políticos.
El cine africano
Procesos semejantes se vivieron en África, aunque en este continente no había ni tan siquiera un “cine de papá” que rechazar. En países nuevos surgieron cineastas nuevos, atentos tanto a los procesos políticos de descolonización como a las contradicciones de las sociedades resultantes, en constante tensión entre las tradiciones ancestrales (como el patriarcado, la poligamia y las religiones animistas), las estructuras coloniales (reproducidas por las nuevas élites) y una voluntad de modernidad (representada por la juventud). Las relaciones con Europa y EE. UU. fueron un tema habitual en las películas de estos cineastas, ya fuera mostrando el primer mundo como un paraíso al cual se quería acceder, ya fuera describiendo directamente la vida de los inmigrantes en Europa, como hicieron las primeras películas de Ousmane Sembène y Med Hondo. El cine africano se organizó a través de asociaciones y festivales como el Festival de Cine de Cartago, en Túnez, creado en 1966, y el Festival Panafricain du Cinéma et de la Télévision de Ouagadougou (FESPACO), en Burkina Faso, fundado en 1969.
Oh, Sun Diálogos transcontinentales
En todo ese proceso, la interlocución de los cines latinoamericano y africano con el primer mundo fue siempre clave, no solo en la actitud ante sus modelos narrativos y estéticos, ya fueran rechazados o asimilados críticamente, sino también en la difusión de las obras y en los diálogos explícitos con otros cineastas. El interés de los festivales europeos, no exentos de cierto gusto por lo exótico, facilitaría el acceso de las cinematografías latinoamericana y africana a las pantallas europeas. Los jóvenes cineastas de esos países recogieron premios en los principales festivales del viejo continente, como Cannes, Venecia, Berlín o Karlovy Vary, al mismo tiempo que iniciaban diálogos explícitos y colaboraciones importantes con cineastas de la época comprometidos políticamente, como Cesare Zavattini, Joris Ivens, Jean Rouch, Chris Marker, Jean-Luc Godard o Pier Paolo Pasolini. Esos diálogos cinematográficos quedaron como una semilla revolucionaria cuya llama no cesa de inspirar a los nuevos cineastas latinoamericanos y africanos y también a los que provienen del primer mundo y encuentran en la eterna juventud de esas sociedades el aliento de la acción creadora para cambiar el cine y el mundo.
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