Orígenes y evolución
La comedia muda tiene sus orígenes en el vodevil, espectáculo de variedades que combinaba números musicales, teatrales, de mimo, magia y similares, generalmente breves, de tono ligero y humor poco sofisticado, en el que se formaron muchos de los cómicos. Uno de los recursos del vodevil era el slapstick. Con este nombre, tomado de la cachiporra de los títeres, se denomina el humor de carácter físico, más o menos violento, susceptible de ser contado mediante un lenguaje exclusivamente visual: persecuciones, caídas, golpes, peleas de tartas, etc. Estos gags apelan a un sentido del humor primario, pero por ello universal y susceptible de ser apreciado por personas de toda edad, origen y condición. Su invención se atribuye al empresario de music-hall inglés Fred Karno (1866-1941), responsable del comienzo de las carreras de Charles Chaplin y Stan Laurel y verdadera fuente de inspiración de los productores de Hollywood.
El chico Entre dichos productores destaca la figura de Mack Sennett (1880-1960). Tras formarse con David W. Griffith, Sennett comenzó a explorar las posibilidades del slapstick en sus Keystone Studios, fundados en 1912. Allí no solo hizo famosos a sus torpes policías, los Keystone Cops, sino a muchos de los cineastas citados en estas páginas. Su éxito consistió en convertir al hombre medio en protagonista de historias cotidianas contadas a un ritmo rápido (generalmente acelerando la acción), en las que el orden y la autoridad se veían socavados por el equívoco, el absurdo y finalmente el caos. El resultado poseía un componente subversivo y anárquico no menor, pues a menudo se ridiculizaba a los agentes o representantes del orden, mientras el protagonista, con el que el pueblo llano se identificaba, salía triunfante. El principal rival de Sennett fue Hal Roach (1892-1992), productor de Harold Lloyd y responsable de unir a Stan Laurel y Oliver Hardy, cuyo humor era sin embargo bastante más blanco.
El éxito rotundo de las películas de estos y otros productores hizo que los cortometrajes de uno o dos rollos fueran dando paso a obras más largas, en las mejores de las cuales la mera sucesión de gags se ponía al servicio de una trama más elaborada y compleja. Paralelamente, los cómicos de mayor éxito
se fueron independizando para tener el control creativo de sus películas, en las que fungían de actores, guionistas, directores y —a menudo— productores.
Los cómicos
Con el permiso de su compatriota André Deed, el francés Max Linder (1883-1925) fue el primer cómico mundialmente famoso por encarnar un personaje fijo en la pantalla. En sus comedias para Pathé, Max era un bon vivant adinerado y seductor que siempre salía bien parado de los líos en los que se metía. Convertido en una estrella en torno a 1910, nunca llegó a triunfar del todo en EE. UU., pero fue el modelo sobre el que allí se cimentó la carrera de otros cómicos.
Es el caso de Charles Chaplin (1889-1977), cuya figura desborda los límites del cine mudo para erigirse en uno de los creadores fundamentes del cine mundial. Nacido en Inglaterra y formado en la compañía de Karno, en 1914 comienza a trabajar para la Keystone e inventa el personaje de the Tramp (Charlot). Su enorme éxito le hace firmar sucesivamente jugosos contratos con Essanay, Mutual y First National, rodar decenas de cortos y convertirse en la segunda mitad de la década en un icono cinematográfico universal. Toma el control creativo de sus obras, que a partir de entonces serán cada vez más largas y complejas y combinarán de forma muy reconocible el slapstickpuro y duro —fue el mejor mimo de su generación y uno de los grandes actores de la historia— con cierto humanismo tan sentimental como eficaz. En 1919 funda con otros actores y directores la compañía United Artists, y dos años más tarde estrena su primer largometraje, El chico. Guionista,
director, actor y compositor de sus películas, su perfeccionismo le lleva a espaciar cada vez más los estrenos, mientras su desconfianza hacia el cine sonoro le hace posponer hasta 1935 su primera (y solo parcial) incursión en el medio.
El general Para muchos aficionados e historiadores, sin embargo, el creador más original de la comedia muda fue Buster Keaton (1895-1966). Procedente también del vodevil y excelente acróbata, en 1917 empieza a colaborar con Roscoe Fatty Arbuckle en El carnicero. Casado con la actriz Natalie Talmadge y convertido en concuñado del millonario productor Joseph M. Schenck, monta una productora y durante los años 20 goza de libertad para hacer el cine que quiere. Su principal personaje —aunque no el único— es un joven humilde y soñador de rostro impasible que se ve envuelto a su pesar en mil peripecias. Su humor desborda los límites del slapstick tradicional para convertirse en una arquitectura visual de una pureza conceptual y una complejidad crecientes, integrando vehículos, edificios y todo tipo de construcciones en coreografías de movimiento y caos que funcionan con la precisión matemática de un reloj. Lamentablemente, no sobrevivió a la llegada del sonoro, que intentó abordar marchándose a la Metro-Goldwyn-Mayer («el peor error de mi vida», diría después), donde fue ninguneado. Hundido personal y profesionalmente, sobrevivió haciendo pequeños papeles en películas indignas de su genio.
Sin llegar a la altura de Chaplin y Keaton, la tercera gran figura del cine mudo estadounidense fue Harold Lloyd (1893- 1971). Descubierto por Roach, rueda infinidad de cortometrajes protagonizados por Harold, un tipo ingenuo pero entusiasta, tocado con canotier y gafas redondas. Tras dar el salto al largometraje, funda su propia productora y gestiona bien su prolífica y exitosa carrera, que no terminó con la llegada del sonido. Persecuciones alocadas y todo tipo de peripecias acrobáticas caracterizaban un humor eminentemente físico que aprovechaba sus dotes de mimo.
El hermanito Un escalón por debajo de estos tres creadores se encontraba Harry Langdon (1884-1944). Comenzó trabajando con Sennett para después fundar su propia productora, en la que contó con Frank Capra como guionista y director. Su personaje era ingenuo y un punto infantil, dueño de un humor sencillo, delicado y más bien calmoso, cercano al del clown. Su carrera decae cuando comienza a dirigir sus películas, y en el sonoro pasa a ser guionista de Laurel y Hardy.
Stan Laurel (1890-1965) y Oliver Hardy (1892-1957), si bien son conocidos sobre todo por sus comedias sonoras, debutaron como pareja cómica —conocida en España como «el Gordo y el Flaco»— en el cine mudo en 1927, a iniciativa de Hal Roach. Stan era el tipo torpe y despistado que sacaba de quicio al mandón de Oliver. Su humor, simple pero efectivo y en ocasiones absurdo, solía surgir de un malentendido que desembocaba en un crescendo de destrucción.
La última figura fundamental, entre otras razones porque dio su primera oportunidad a Chaplin y Keaton, fue Roscoe Arbuckle (1887-1933). Tras debutar en la Keystone, se convirtió en una rutilante estrella con su personaje Fatty, un tipo grande, expeditivo y picarón. Su exitosa carrera como actor y director se hunde en 1921 cuando es injustamente acusado de violar y provocar la muerte de la actriz Virginia Rappe, en uno de los primeros escándalos de Hollywood sórdidamente exagerado por la prensa sensacionalista. Sus películas fueron prohibidas durante un año por William Hays —que daría más tarde nombre al código de autocensura de Hollywood— y aunque finalmente fue absuelto, nunca se repuso del golpe, y solo pudo dirigir cortometrajes bajo el seudónimo de William Goodrich.
Otros cómicos muy populares en su época fueron John Bunny, Ben Turpin, Mabel Normand, W. C. Fields, Lloyd Hamilton, Al St. John, Alice Howell, Charles Bowers o Charley Chase.
Legado
La comedia muda estadounidense ha aguantado el paso del tiempo mejor que otros movimientos porque su humor disparatado o incluso absurdo, básico pero muy ingenioso, es ajeno a circunstancias coyunturales y códigos lingüísticos, y por tanto intemporal y universal. Su éxito, entonces y un siglo después, demuestra la riqueza visual del nuevo medio, así como su capacidad para conectar con un público que ve en él un modo de redimirse de la cotidianidad.
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