El cine estadounidense de los años 50, situado entre el Hollywood clásico y la profunda crisis y renovación que culminaría a finales de los años 60, puede definirse como un cine de transición, sometido a un radical cambio de modelo industrial y económico que transformaría enteramente la producción de películas. Es la década de la madurez definitiva del wéstern, la culminación del melodrama, el éxtasis del musical, el ocaso del film noir y la edad de oro de un género en alza, el de la ciencia ficción. Es el cine que encumbra la cultura teenager, desde el mito de James Dean hasta el musical rock de Elvis Presley. Son los años del fenómeno Marilyn Monroe, que crea un mito del siglo XX, y también los del magnetismo de Marlon Brando.
La crisis del sistema de estudios y el auge de la televisión
Hollywood alcanzó su cenit en el año 1946: aquel año mágico e irrepetible fue el más rentable de la historia de la industria cinematográfica estadounidense. Sin embargo, en los años 50 los beneficios se redujeron drásticamente, el número de espectadores descendió hasta cifras alarmantes y el conjunto de la industria entró en una crisis sin precedentes que colapsaría el sistema de estudios. Varios fueron los motivos que contribuyeron al hundimiento del Hollywood clásico, y en primer lugar la decisiva sentencia de 1948 del Tribunal Supremo de EE. UU. que vino a poner fin a las prácticas monopolistas del sistema de estudios que hasta entonces había permitido a las grandes productoras cinematográficas conocidas como majors controlar la producción, distribución y exhibición de más del 90 % de las películas realizadas en EE. UU. durante los años 30 y 40. Pero el factor decisivo de la crisis lo constituyó el descenso imparable del número de espectadores, fruto de la feroz competencia desatada por un nuevo medio destinado a transformar completamente el horizonte de la cultura de masas: la televisión.
Un tiro en la noche La revolución tecnológica y el auge de las superproducciones
La respuesta de la industria de Hollywood al desafío de la televisión consistió en diferenciar su oferta con un cine espectacular basado en la revolución tecnológica de los soportes y formatos cinematográficos: una potente estrategia comercial que generalizaría las películas en color con mayor resolución (Technicolor), los formatos panorámicos (Cinerama, Cinemascope, VistaVision) y la implementación de los efectos especiales visuales y sonoros; todo ello caracterizaría la década de los años 50 como la de las superproducciones, los grandes repartos, los suntuosos decorados y los fotogénicos exteriores. También influyó una relajación de la censura que potenció el erotismo de un nuevo star system. En definitiva, la respuesta a la crisis de la industria del cine estadounidense en estos años fue una apuesta por la innovación tecnológica y la superproducción formal para la creación de películas de alto riesgo económico, y también por la creación de mitos eróticos.
Marlon Brando y el Actors Studio. El nacimiento de un nuevo tipo de star system
Marlon Brando fue un mito erótico emblemático de los años 50, un actor revolucionario y un icono de la juventud. La genialidad de su actuación estribaba en los tipos que interpretaba, en su fisicidad y en el aura que desprendía: impregnó sus caracterizaciones de silencios sostenidos por su pura presencia fotogénica, que varias generaciones de actores copiarían después. Fue el rostro más visible del “Método” del Actors Studio, que partía de las premisas que el revolucionario director teatral ruso Konstantin Stanislavski había puesto en práctica con el Nuevo Teatro Ruso en Moscú y que aterrizaron en 1923 en EE. UU. cosechando un inmenso éxito. De la influencia de Stanislavski se derivan las experiencias del Group Theatre, germen del Actors Studio, y después de este mismo, que, fundado en 1947, alcanzó su máxima expresión a partir de 1951 bajo la dirección de Lee Strasberg, formando profesionalmente a un considerable número de estrellas del cine estadounidense de los años 50, 60 y 70.
Cleopatra El cine estadounidense de los años 60
El cine estadounidense de los años 60 acusa la profunda crisis de identidad a la que se vio sometida la industria hollywoodiense desde 1947 en adelante. Es una década que evidencia el agotamiento definitivo de las fórmulas que habían renovado la oferta cinematográfica durante los años 50 y que, por ejemplo, certifica el ocaso del wéstern con películas que clausuran definitivamente el género a la manera de los clásicos. Es la década de la madurez de la ciencia ficción y del fenómeno del neo noir. Pero también es un cine que, de la mano de una nueva y creativa generación de realizadores, procedentes del medio televisivo o del panorama independiente (y además, por primera vez, de las escuelas de cine), sienta las bases de un renacimiento artístico, industrial y económico que hacia finales de la década transformaría por completo la manera de hacer películas.
El colapso de las superproducciones y la bancarrota de los estudios
La década de los años 60 fue de gran zozobra económica e incertidumbre en la industria estadounidense, como resultado de la crisis de las fórmulas genéricas del cine de masas y de los más sonoros fracasos artísticos y económicos que, en muchos casos, abocaron a las productoras a la práctica bancarrota. Fiascos de taquilla como Rebelión a bordo (Lewis Milestone, 1962), el caso paradigmático de Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963) o el fracaso del fugaz imperio del productor Samuel Bronston en 1964, evidenciaron en última instancia el colapso del modelo de las superproducciones: el coste económico tan sumamente elevado que implicaban exigía que los ingresos de taquilla fuesen altísimos para garantizar la rentabilidad del producto, so pena de la quiebra y la bancarrota.
El Dorado Los nuevos realizadores. La generación de la televisión irrumpe en Hollywood
Hacia finales de los años 50 se produjo un trascendental éxodo de profesionales del medio televisivo al cine de Hollywood. Conocidos como la “generación de la televisión” (de la que formaron parte John Frankenheimer, Sidney Lumet, Sam Peckinpah, Arthur Penn y Franklin J. Schaffner, entre otros), importaron un nuevo lenguaje expresivo desarrollado en ese medio (como el característico zoom) y también una gran experiencia que, en términos de producción, los hacía sumamente eficaces y resolutivos en la dirección de una serie de películas que, desde las seminales Marty (Delbert Mann, 1955) o Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) hasta El mensajero del miedo (John Frankenheimer, 1962) o El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), terminaron siendo cruciales y definitorias de la modernidad de los años 60. Fue una generación que renovó géneros como el wéstern, el thriller o la ciencia ficción, y su estilo audiovisual fue un claro precedente del nuevo cine que surgiría en los años 70.
El fin de un tipo de censura. La abolición del Código Hays
El código de autocensura o Código Hays, instaurado en 1934, impuso a la industria del cine una serie de restricciones formales y de contenidos que afectaron profundamente a las películas que se realizaron en EE. UU. durante las décadas de los años 30, 40, 50 y 60. Sin embargo, en los años 50 películas como Un tranvía llamado Deseo (Elia Kazan, 1951) o De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953) desafiaron la pertinencia del Código Hays y su escala de valores estéticos y morales. Pero fueron una serie de películas rupturistas realizadas en los años 60, como Bonnie y Clyde (Arthur Penn, 1967), las que redefinieron fundamentalmente los límites de la censura respecto a los dos temas tabú del código, el sexo y la violencia, y terminaron por derribarlo en 1968, lo cual supuso el fin de un tipo de censura que podría llamarse “clásica”. Esta liberalización de lo permisible y de lo visible a partir de 1968 se tradujo en una superabundancia de los contenidos violentos y sexuales que saturaron las propuestas del cine estadounidense y atrajeron sobremanera la atención del público, acabando por convertirse en un fenómeno sociológico.
US
Canadá
México
España
UK
Irlanda
Australia
Argentina
Chile
Colombia
Uruguay
Paraguay
Perú
Ecuador
Venezuela
Costa Rica
Honduras
Guatemala
Bolivia
Rep. Dominicana

