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Los muelles de Nueva York

7,3
679
votos
Sinopsis
Toda la historia transcurre en menos de un día, y en sólo tres escenarios: un bar del puerto, una pensión y los muelles de la ciudad de Nueva York. Bill Connolly es fogonero en un barco, y tiene una única noche libre en tierra. Mientras camina por los muelles, una muchacha se arroja al agua. Bill la rescata, y poco a poco ambos se sienten atraídos el uno hacia el otro. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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12 de mayo de 2009
22 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
En este filme con un argumento minimalista y pocos personajes, no te dejará otra opción que sumergirte en los muelles de Nueva York a través de la atmósfera fría y malsana que se respira casi todo el tiempo.

Una de las claves del éxito de este filme reside en la visceralidad y realismo que muestran tanto protagonistas como el resto del reparto. Beben, se pelean, los hombres acosan a las mujeres y éstas se comportan como mujeres que saben lo que quieren, son burdos y chabacanos, sin los mínimos modales y conscientes de su maldad. Con realismo, como puedes ver, no me refiero a la historia en sí, más bien a la ambientación y el reparto. Besos en la boca entre mujeres, bodas en la barra de un bar y mucho erotismo hacen de esta obra, algo muy especial.

Otra de las claves, posiblemente la más importante ya que es la que mantiene la tensión y el interés, es el delicado juego al que participan los protagonistas. Tanto Mae como Bill, interpretan sus papeles con una total precisión. Mae muestra a partes iguales credulidad, indiferencia, dolor y esperanza sin llegar a saber nunca que podrá pasar. Bill ama y se odia, se muestra bonachón por momentos, cruel en otros. Con esta sutileza en las interpretaciones, la intriga y el suspense se mantienen constantes hasta el tramo final.

El día y la noche, durante la noche todos los gatos son pardos, si esto lo riegas de toneladas de alcohol, entenderás lo que puede significar el día para una pareja que se conoció 12 horas antes y se han levantado casados.

Los últimos filmes de la etapa muda alcanzan una madurez que tiende a dejarme sorprendido. Las bases del cine, según Griffith, quedan totalmente visibles y será lo que marque nuestra concepción actual.
capacitivo
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4 de septiembre de 2012
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Séptimo largometraje del realizador Josef von Sternberg (1894-1969) (“El ángel azul”, 1930). El guión, del acreditado Jules Furthman, adapta el relato “The Dock Walloper”, de John Monk Saunders. Se rueda en los platós de Paramount Studios (Hollywood, L.A, CA), donde se montan cuatro escenarios: la bodega de un barco, un bar del puerto (el Sandbar), la habitación de una pensión y los muelles de NY. Añade unas pocas tomas exteriores. En 1999 el film es seleccionado para ser preservado por el Nacional Film Registry. Producido por Josef von Sternberg, Jesse L. Lasky y J. G. Bachmann para Paramount Pictures, se estrena el 16-IX-1928 (NYC).

La acción dramática tiene lugar durante unas 15 horas de un día de 1928 en el puerto de NY. Bill Roberts (Bancroft), fogonero de un barco mercante que llega a los muelles de NY, obtiene licencia para permanecer en tierra hasta la mañana del día siguiente. Obtienen un permiso similar su jefe, el tercer oficial Andy (Lewis), y su compañero “Sugar” Steve (Cook). Se relacionan con Mae (Compson) y Lou (Baclanova). Bill es un hombre alto, fuerte, rudo, malhumorado, individualista y violento. Mae es una chica joven, dulce, encantadora y frágil, que carece de recursos para mantenerse, adquirir la ropa que necesita y pagar la habitación que ocupa. Lou es una mujer romántica, frustrada, abandonada por el marido hace tres años y maltratada por la vida. Mae y Lou se dedican a la prostitución. “Sugar” es borrachín, leal y gran amigo de Bill. Andy se siente atraído por Mae, es violento, egoísta y desconsiderado.

El relato desarrolla una historia sencilla y asequible, protagonizada por personajes modestos, maltratados por la vida y mal pagados, que ocupan espacios marginales dentro de la sociedad y viven agitados por el crimen, la mala vida, el paro, la miseria, la explotación y la ausencia de expectativas de mejora. Este universo es el preferido del realizador, que vivió una infancia menesterosa y difícil. Sternberg describe este mundo con comprensión, simpatía y un enorme cariño. Lo muestra bullicioso, ruidoso, abigarrado. Poblado de personas de diferentes edades y distinta condición, lo contempla con benevolencia, dispuesto siempre a la disculpa y la redención. Las imágenes del bar, saturado de gente, humo, música estrepitosa, conversaciones en voz alta y ebriedad, muestran un universo que trata de olvidar su desventura y su desesperanza.

La vida del grupo sirve a Sternberg para extraer del mismo los personajes individuales: una pareja protagonista y varios personajes adicionales que complementan la historia principal. Estos personajes son tratados de un modo enternecedor, que conmueve y cautiva el ánimo del espectador. Desgracia y bondad, explotación e ingenuidad, desesperación y esperanza, son algunas de las combinaciones de opuestos a partir de las que el film crea poesía y motivos de fascinación.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Miquel
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23 de noviembre de 2009
14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
El cine es como el cristianismo: nació pensado para el pueblo. La religión de Jesús se conectaba con los desarraigados, los humildes y los limpios de corazón, y el cine tomó partido por la clase obrera. No por nada, la primera película se tituló “La Salida de los Obreros”, la primera comedia “El Regador Regado” y el primer corto trucado “La Demolición de un Muro”.

Pero, como ocurriera con el cristianismo, el cine cayó luego en manos de obnubilados que buscaban la satisfacción de sus intereses individuales antes que los colectivos, y así, el dio$ dinero entró en el juego… y como la espiritualidad, el propósito clarificador, edificante y crítico del cine, entró en la mayor escasez y sólo brotaría, desde entonces, con los persistentes, consecuentes y críticos acérrimos de la sociedad que padecemos.

Josef von Sternberg, fue uno de los realizadores que se mantuvo, en alto grado, coherente con los propósitos iniciales del séptimo arte y antepuso a la sofisticación y a la rimbombancia de buena parte del cine, historias de gente común que se movía en los lugares más arrinconados del planeta. Y lo mejor de todo es que, con tales historias, logró uno de los legados más exquisitos y perfectos que, como arte cinematográfico, podamos encontrar. Véase “La ley del Hampa”, “El Ángel Azul”, “Marruecos”… o “LOS MUELLES DE NUEVA YORK”, y ahí tiene cine excelso, lleno de dignidad y calidez, y con un virtuosismo visual en las más altas cimas.

Para disponer del mayor rigor estético, Sternberg hizo reconstruir en un Estudio un ambiente de muelle con todas sus sombras, su hollín y sus neblinas. Puso a moverse a los pendencieros, los rebuscadores, las damas disponibles… y a toda esa gente de puerto para quien la vida va y viene sin grandes objetivos, y es allí donde transcurre la singular historia de un fogonero quien, tras salvar la vida de una bella chica que se lanzó al río con ansias de hacer el viaje sin regreso, encuentra ocasión para jugar con el amor, sin darse cuenta entonces que, ese juego, es en el fondo lo que su corazón más desea.

Mae, ve en él una esperanza de retomarle sentido a la existencia, pero asume con dignidad y aceptación plena, las decisiones que Bill toma con su vida. Y así, este sencillo juego del amor, se va tornando en una cálida y romántica experiencia, a la que sólo un maestro puede extraer toda su poesía y su fuerza emocional.

Sternberg dignifica al ser humano, engrandece a los seres más marcados, y nos muestra incesantemente que, los más grandes sentimientos y valores, están también allí donde muchos jamás llegan a imaginarlo.

George Bancroft impacta como Bill Roberts. Betty Compson es una Mae dulce y arrobadora. Y Olga Baclanova es la mujer hastiada de su burdo marido que ve en la joven rubia la esperanza de que el amor surja al menos en otro lado. Y el amor, puedes estar seguro, sólo espera el menor resquicio para poder entrarse. Que al fin y al cabo, el universo entero es obra suya.
Luis Guillermo Cardona
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21 de febrero de 2009
10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
82/27(17/02/09) En el último año del cine mudo Sternberg nos regaló esta obra envuelta en el magnífico expresionismo de luces y sombras. Esta es una historia de amor entre una vagabunda, Mae (Betty Compson), que rescata del suicidio en el puerto el rudo fogonero Bill (George Bancroft), una historia de amor partida claramente en dos, uno es la noche en la que el amor se desarrolla, y otro es el día en el que las cosas parecen verse más nítidas y lo que antes era amor se convierte en un truco de magia, es decir, te hecho un polvo y desaparezco. Pero los sentimientos pueden con la cabeza y el amor triunfa. Este melodrama consigue rezumar un aura de fatalismo inquietante donde la desgracia parece acechar, en este universo oscuro, sucio y lúgubre del puerto, repleto de personajes duros por fuera y blandos por dentro. Recomendable a los que gusten de buenos melodramas mudos. Fuerza y honor!!!
TOM REGAN
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27 de diciembre de 2013
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La historia está contada sucintamente, con sinceridad y con poco espacio para el melodrama. Y está aqui creo uno de sus mayores meritos. Para los que quieran aprender a contar historias breves, ya se sabe, que no hace daño estudiar las joyas del cine mudo. La maestría de sus escenas, son como rayos que nos van iluminando profundamente de información y sentidos, lo explícito e lo implícito al mismo tiempo. Es como un cuento de Chejov donde nada es superfluo. Para no perderse la actuación de George Bancroft, que se parece un poco a Charles Bronson, o más bien al revés. Me gustó un poco menos que Underworld, la otra de Sternberg, porque acá el ritmo es menos frenético, más melancólico, como si para Bill y Mae se estuviera agotando el tiempo de las aventuras. Y entre tantas preguntas inicia a remontar en el aire el dilema de si será hora de ir a burcar el tiempo de la serenidad o el de continuar a vivir despreocupados.
RobertWalser09
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