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Una pastelería en Tokio

Drama Sentaro tiene una pequeña pastelería en Tokio en la que sirve dorayakis (pastelitos rellenos de una salsa llamada "an"). Cuando una simpática anciana se ofrece a ayudarle, él accede de mala gana, pero ella le demuestra que tiene un don especial para hacer "an". Gracias a su receta secreta, el pequeño negocio comienza a prosperar. Con el paso del tiempo, Sentaro y la anciana abrirán sus corazones para confiarse sus viejas heridas. (FILMAFFINITY) [+]
Críticas ordenadas por:
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8 de noviembre de 2015
73 de 78 usuarios han encontrado esta crítica útil
Delicadeza, calma, amor a los detalles cambiantes de la naturaleza, respecto por el prójimo, la consecución de un sueño vital, vivir en paz con uno mismo, con el entorno y con los demás… Estamos ante un cuento melancólico lleno de encanto y dulzura, un relato de aprendizaje, un redescubrimiento del mundo, un renacer a la vida. Sobre todo es una crónica contemplativa que nos habla de la dificultad de concretar todo el potencial que llevamos dentro y expresarlo a nuestro entorno, compartiendo los altibajos de la existencia sin remordimientos ni excusas y agradeciendo siempre cada mínimo vínculo que entablamos en nuestro camino.

Estamos además ante una película que puede leerse también en clave reivindicativa (del papel e importancia de la mujer en la sociedad como más conectada con la esencia de las cosas, de ciertas culpas colectivas del pueblo nipón en algunos episodios casi desconocidos, del valor de mantener el respeto y el contacto con tus semejantes, ya sean familiares, amigos, plantas o animales, de la consideración que debemos a todo el microcosmos que nos rodea, etc.), pero lo hace sin alharacas ni alardes, sin estridencias ni sermones, sino desde una mirada serena, comprensiva y compasiva que lo abarca todo y transmite una ecuménica armonía al cautivado espectador.

Hay mucho del carácter budista japonés entretejido en la trama, casi de soslayo. Todo tiene su razón de ser, sus motivaciones y su significado, desde el rumor de los árboles hasta los animales de compañía, desde cada una de las estaciones del año hasta un paseo por la ciudad o por el campo y sus aromas. También hay una mirada poética y luminosa sobre los seres humanos, con independencia de la buena o mala fortuna que les haya tocado en gracia. Casi como si no se lo propusiera, hay mucha suave emotividad en las situaciones y los personajes que habitan esta sencilla historia de amor universal.

Su directora y guionista, Naomi Kawase, pasa por ser una rara avis del mundo del cine, con propuestas atípicas, tramas poco ortodoxas y enfoques no siempre convencionales o mayoritarios, pero esta vez ha creado una obra cristalina, diáfana, llena de hermosos recovecos, hallazgos y fragancias que pueden (y deben) encontrar un público amplio y heterogéneo. Supura sensibilidad por sus cuatro costados y su visionado es una dádiva – casi una ofrenda – que siembra un insospechado y hondo agradecimiento. Muy recomendable para espíritus sin prejuicios y con ganas de dejarse seducir por savia diferente.
antonalva
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1 de noviembre de 2015
38 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil
La última película de Naomi Kawase narra una historia muy simple, casi una fábula, sin ninguna complejidad intelectual; demanda un espectador sin prisas, que no se interese únicamente por la acción narrativa y sea capaz de sumergirse en unas imágenes muy alejadas de las normas de la composición clásica (normas que tienden a resaltar lo importante frente a lo que no lo es).

Para la protagonista de esta historia, la anciana Tokue, nada es suficientemente pequeño; considera que todos los seres, incluso los más modestos, tienen una historia que contar. Y por eso es también capaz de escuchar a los humanos, aunque estén encerrados en la soledad y el silencio, como les ocurre a los otros dos protagonistas, que completan una especie de cuadro de “las tres edades”.

La película podría verse, poéticamente, como una versión postmoderna de las historias japonesas de fantasmas; fantasmas que entrelazan sus deseos con los de los vivos y se mezclan en su realidad prosaica de una forma similar a la que lo hacen, de forma efímera, los cerezos en flor.
el pastor de la polvorosa
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21 de noviembre de 2015
31 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es Visual, es sencilla, es bella. Esta película explora de modo virtuoso, honesto y muy puro las relaciones humanas, la empatía, la tolerancia, la fragilidad de los seres humanos, es del todo sensitiva. Llena de emociones y con gran poesía. Explora, muestra o demuestra, mediante una relación probablemente atípica, uno de los grandes sentido de la vida. Sin duda, es una honesta obra de arte digna de ser vista. Muy recomendable.
Des Passants
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19 de noviembre de 2015
28 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sentaro (Masatoshi Nagase) dirige una pequeña pastelería en Tokio donde vende dorayakis (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos dulces, llamada “An”). Una anciana, Tokue (Kirin Kiki), se ofrece para trabajar con él, pero la rechaza. Cuando le demuestra su talento para hacer “An”, decide contratarla, lo que hace que la pastelería tenga cada vez más clientes. Sentaro y Tokue se van conociendo cada vez más y se van revelando sus viejas heridas.

Se trata de una película de la directora Naomi Kawase. Tengo un problema con Kawase. Su cine tan cuidado, tan poético, tan delicado… no me llega. Reconozco sus virtudes visuales y el extraordinario mimo con que viste sus historias, pero es una belleza que me deja frío. Me pasó en “Aguas tranquilas” y me ha vuelto a pasar en ésta. Yo creo que es porque los personajes no están bien desarrollados, o eso me parece a mi. O quizá hay que ser japonés para empatizar con ellos.

Kawase plantea la situación. Pone los elementos encima de la mesa, y tiene buena pinta. Unos preciosos planos de los cerezos, un pastelero solitario y enigmático, una anciana que habla con las hojas de los árboles y escucha lo que le dicen las judías, una jovencita que tiene un canario y pasa mucho tiempo en la pastelería… y a partir de ahí, ¿qué? Entonces es cuando Kawase flaquea, a mi juicio. El desarrollo de la historia carece de fuerza.

Se pone todo el foco en el esmero en que Tokue elabora el “An”, asistimos al proceso completo, vemos el efecto del paso de las estaciones del año en los cerezos, todo muy bonito, pero seguimos a kilómetros de la pantalla, sin que haya una mínima identificación o empatía con lo que sucede. El enigmático pastelero solitario me empieza a dejar de interesar, y la anciana no me da la pena que se supone que debería darme. No entiendo esa relación a tres bandas. No me emociono por nada, y tengo la sensación de que debería, pero no.

La película se va desarrollando a fuego lento, y uno espera que cuando los personajes descubran su pasado, y entendamos su comportamiento, todo tendrá sentido. Pensamos que cuando se descubra el pastel (nunca mejor dicho) la película irá hacia arriba y nos quedaremos absortos en las butacas. Sin embargo, Kawase no va por ahí, o no es capaz de llegar al corazón del espectador cuando las heridas de la vida de sus personajes quedan al descubierto.

Por otra parte, es de agradecer que Kawase no recurra a efectos tramposos en una trama que tenía todas las papeletas para recurrir a ellos. La pistola estaba cargada de balas sentimentaloides, pero Kawase no la dispara. Es loable su intento de llegar a tocar la fibra del espectador a través de la sutileza visual, recurriendo más a la lírica intimista que al efectismo. Eso lo valoro mucho, pero considero que no llega como debería, al menos al público occidental.

Los problemas de salud de Tokue y los problemas económicos de Sentaru marcan sus vidas, y juntos se hacen más fuertes. Kawase nos muestra que nunca es tarde, que la persona menos pensada nos puede aportar la fuerza necesaria para sacar la cabeza fuera del fango de las miserias de la vida, y que la naturaleza está ahí para aprender de ella cada día, con su ritmo lento y preciso, con su sabiduría silenciosa. Lástima que la resolución de la historia no fuera algo más arriesgado y menos previsible.

Más allá de que a cada uno le llegue más o menos la película, lo que es innegable es que el film rezuma ternura y esmero. Kawase, como en “Aguas tranquilas”, pone el énfasis visual en los pequeños detalles, y se basa en ellos para contar su historia. La infinita elegancia visual del cine de Kawase está fuera de toda duda. Esta mujer tiene un don para construir imágenes.

“Una pastelería en Tokio” es una película agradable, sencilla, rezuma sensibilidad y buen gusto, pero cuesta mucho sentirse partícipe de lo que pasa en la pantalla. La identificación con los personajes no existe (al menos, en mi caso), y todo es muy bello pero muy lejano. Seguiré viendo películas de Kawase, porque se que cuando haga una película que me llegue dentro será una experiencia fantástica.

https://keizzine.wordpress.com/
keizz
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26 de octubre de 2015
16 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
La historia también está sustentada por las vivencias diminutas, vino a decir Kawase en la presentación de Una pastelería en Tokio, película que proyectó en primicia, dentro de la Sección Oficial de la 60 Seminci.
Con un lenguaje de sublimación poética, que construye un castillo inexpugnable en el que habita la inocencia, la directora japonesa nos cuenta una historia mínima (imposible no recordar a Carlos Sorin) empapada por la sonrisa de una angelical viejecita llena de vida, aunque la muerte la visitó para quedarse siendo una adolescente.

Las bellas imágenes de los cerezos en flor, el tranquilizador bisbiseo del viento y los dulces aromas, que casi llegan al patio de butacas, no alejan al espectador de las crudas realidades de los personajes, de sus soledades y sus inciertos futuros, pero allá donde llega el bálsamo de la ternura la vida se ilumina; de forma que una historia de discriminación se convierte en un ejemplo solidario de reconducción.
Pocos, como los orientales, para contar tanto con tan pocas palabras. Difícil olvidar (¡ojalá no lo consiga!) a Tokue, una víctima, que recicla en amor todo el odio recibido, el asco en arrullo y los pasteles incomibles en irresistibles dorayakis.
Sinhué
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