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El estrangulador de Boston

Intriga. Thriller Basado en sucesos reales. En Boston, entre 1962 y 1964, trece mujeres fueron brutalmente estranguladas por Robert de Salvo, un fontanero felizmente casado y con una vida aparentemente normal. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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2 de enero de 2008
52 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
Viendo "El estrangulador de Boston" no puedo evitar que me venga a la memoria aquella magnífica "M, el vampiro de Düsseldorf" del gran Fritz Lang. Ambas relatan el terror que puede provocar en la sociedad un asesino. Para mí, las dos tienen dos partes claramente diferenciadas.

La primera parte abarca el proceso de busca y captura del asesino, así como los asesinatos. En "El estrangulador de Boston" se cuenta como si de una crónica policial o periodística se tratase, rayana en el documental. En esta parte desfilan interrogaciones, falsos culpables, sospechas, etc. Se sigue con interés y sin desmayo, pero en ningún momento siento miedo o suspense, ni me es transmitida la opresión que sufre la ciudad; sensaciones todas que sí me las provocaba "M".

Pero, ahora bien, cuando un inconmensurable y sobrecogedor Tony Curtis abre la segunda parte, comienza el gran cine. La aversión que me provocaba el asesino en la primera parte se torna en comprensión y lástima en la segunda, puesto que muestra a un hombre aparentemente normal, con su curro y familia, al que le ha tocado una devastadora y macabra lotería: la de la psicopatía con trastorno de personalidad.

Si en "Psicosis" Hitchcock empleó esa enfermedad para construir un film de terror, aquí, sin embargo, se utiliza un film de intriga para llevar a cabo un estudio de la enfermedad. Para llevar a cabo este escalofriante análisis, Tony Curtis nos da pie para que vislumbremos el monstruo que su personaje lleva en su interior. El marco de esa deshumanizada celda de manicomio , es para mí simbólica: es la de su propia mente, que impide cualquier acercamiento al tormento en el que está atrapado. Brutal, escalofriante y terrible.

En su conjunto, la película es irregular, pero la parte final posee una fuerza y un terror tales que suple casi todos sus defectos. Incluso, para mí, comparándola con “M”, deja el retrato del asesino de esta última en pañales, sólo aguantando el tipo el gran Peter Lorre. Muy buena.
GVD
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11 de noviembre de 2008
31 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las películas de aventuras de Tony Curtis junto a su cándida doncella Janet, se convirtieron en fabulillas cuando al morenaso se le dio por interpretar al psicópata Desalvo.

La historia entra con el secundario de lujo de siempre: George Kennedy y abriendo piezas que dividen la pantalla componiendo puzzles de figuras geométricas en cada una de las cuales se desarrolla un plano. Una innovación en el cine. Es además una película televisada en su primera mitad y teatralizada a dos bandas por el tándem Curtis-Fonda en la segunda.

Las señoras en bata cotorrean en el rellano de la escalera mientras su vecina anciana yace muerta y los polis de Boston se involucran en los bajos fondos de la ciudad para extraer información de los prostíbulos de billar y de a 20 dólares el chivatazo: “este tiene tales gustos perversos; aquel tales otros”.

Boston llegó a entrar en estado de excepción. La paranoia se contagia hasta que la ciudad se convierte en el escenario de una redada policial donde el Hábeas Corpus es un chiste y las detenciones, salvajemente arbitrarias.

Llega el gran Henry y las pesquisas descarriadas, se redirigen hacia el personaje crucial.

Fonda discrepa con los métodos policiales argumentando que los homicidios impulsivos sólo se descubren por casualidad. Pero entre tanto se suceden hipnosis, videncias y lo más enfermizo de todo: ese síndrome por el que uno se autoinculpa de un crimen que no ha cometido, dando rienda suelta a sus fantasías mesiánicas.

La intervención del doctor es clave: una definición válida de que uno está cuerdo es la siguiente: “persona que no está en el manicomio”. ¡Toma ya! Hace tiempo leí que si el 4% de psicópatas que viven en España llegaran a saber de su patología, no podríamos salir de casa.

El mayor peligro para el estrangulador es el riesgo de entrar en estado catatónico. No sabe quién es. Si llega a percibir siendo consciente de su “primer yo” y descubre su doble personalidad, su cerebro hará crack. Es, como si en el momento de perpetrar el crimen uno se mira al espejo, se reconoce, delatando, a su “yo” consciente su psicopatía. Descubrirlo es tormentoso y durísimo, porque en el momento en el que visualice quién es y qué ha hecho, estará precipitándose al abismo.

El perfil del personaje de Curtis está tan logrado, tanto se indagan en su mente que una se asusta. Y si a una le asusta esa cara amable, esa voz suave y sosegada es porque su interpretación hace de él, en esta película un fuera de serie. Aguantar esa cámara durante los 15 últimos minutos finales es sin duda, su mejor trabajo. Y en ese trance, en el que se revela el yo asesino, lo más triste es comprobar que ni un solo cuello hubiese necesitado estrangular. Es lo más desesperanzador de la trama. No hubiese necesitado matar, sino figurárselo, imaginárselo y soñarlo para satisfacer su yo violento.

La película es extraordinaria y da que pensar. Así que acordaos hoy de tomaros, todos, la pastilla. 8.
Valkiria
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28 de febrero de 2011
20 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hoy en día la gente aún se acuerda de esta película por varios motivos, por la fascinación que nos han producido siempre los asesinos en serie como espectadores, por la potentísima actuación de Curtis y la presencia de Henry Fonda, motivos de peso sin duda.
Por otro lado se juntan la extraña sucesión de ventanas partidas, a ratos bastante irritante, una curiosa manera de explicar la historia en la que el protagonista de la función tarda 1 hora en aparecer centrándose 1º en la investigación policial y después en las andanzas del estrangulador.
El resultado final es curioso pero no trasciende más allá de un Curtis superlativo, se deja ver pero es demasiado irregular y con demasiados momentos olvidables.
mohinder
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17 de octubre de 2010
14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Impresiones varias después de conocer a un estrangulador de Boston del gremio de fontaneros y la película de los hechos.

La fragmentación de imágenes en la pantalla indica un reto modernista por parte del director cuyo mayor inconveniente es que con el tiempo quede anticuado. En algunos momentos la fragmentación prácticamente equivale a las viñetas de una página de cómic; no obstante ahí queda el experimento del que tal vez no se debió abusar.

Las interpretaciones se suman al éxito de la película. La película se estrenó a los cuatro años de ser detenido el autor de un auténtico serial de asesinatos cometidos en la ciudad de Boston, en la década de los sesenta.

La película no es el clásico Slasher del psicópata asesino cuyas atrocidades quedan reflejadas en las imágenes de una manera explícita. Se insinúa con claridad el macabro final de las víctimas pero ni una sola gota de sangre salpica la pantalla ni nuestras camisas. Algunos prefieren los Slasher sangrientos, pero otros agradecen la ausencia de imágenes de amputaciones, miembros cercenados y sádicos ejercicios de tortura en víctimas inmóviles (no por el desagrado en sí, sino más bien por no derivar la película en un mero muestrario gore que siempre sería una más del género y así subrayar el aspecto psicológico de la trama y aumentar la calidad del trabajo).

De una u otra manera, está claro que el fontanero estaba muy tocado.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
floïd blue
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15 de mayo de 2007
23 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
Referencia indiscutible del género “Slasher” (cintas sobre asesinos en serie), que sigue impactando como el primer día. Me encanta el estilo de Richard Fleischer, la forma que tiene de fragmentar la pantalla en la primera mitad del film, y el clasicismo formal que destila la segunda mitad, cuando las cosas adquieren rigor y seriedad absolutas. Pudiera parecer un recurso bastante efectista y hoy desfasado, pero Fleischer es demasiado inteligente, sirviéndose únicamente del truco de la imagen cuando resulta imprescindible. En este caso, al reflejar la investigación policial sobre las víctimas del famoso estrangulador. Una situación ciertamente repetida hasta la saciedad en innumerables películas, que aquí adopta un dinámico y novedoso punto de vista.

Así, tras haber captado nuestra atención (a lo que también contribuyen Henry Fonda y George Kennedy, dos actorazos como dos soles), Fleischer despliega todo su arrollador talento al centrarse en la figura del estrangulador, interpretado con indescriptible fuerza por el sensacional Tony Curtis, en una de las actuaciones más impresionantes que he visto en mi vida. Lejos, muy lejos, queda el John Doe de "Se7en" si lo comparamos con este hiperrealista, estremecedor y, finalmente, patético, en el buen sentido, personaje. Suya es una de las escenas cumbre de finales de los 60s: Curtis, mirando por televisión los funerales de John Fitzgerald Kennedy, con el rostro contraído por la rabia y la impotencia, manifestando total repugnancia hacia el autor del magnicidio. Porque hasta los criminales de la calaña de Robert De Salvo se sienten horrorizados de sus propios actos. Porque incluso los carniceros pueden ser personas normales, amantes padres, estupendos maridos y votantes del Partido Demócrata. Porque nos encontramos ante uno de los acercamientos más sinceros de la historia del cine a la figura del asesino múltiple.
Dexter Bernaldez
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