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47 Ronin

7,4
625
votos
Sinopsis
En el Japón feudal del siglo XVIII, un joven noble intentará combatir la corrupción oficial que se abate sobre los Shogun. (FILMAFFINITY)
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user-icon TOM REGAN   almeria (España)
Interesante
2 de Marzo de 2011
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
54/23(24/02/11) Segunda versión sobre esta leyenda-historia real japonesa, dirigida por el competente Hiroshi Inagaki (La trilogía ‘Samurái’) es la más famosa sobre el código de honor samurái, el Bushido. Es el épico relato de 47 samuráis que se convierten en ronins al quedarse sin Señor al verse obligado este, Asano (Yuzo Kayama), a infringirse el seppuku tras haber agredido al noble Kira Yoshinaka (Chusa Ichikawa), este le había provocado y humillado. Estos ronins esperaron año y medio para realizar su venganza, asesinar a Kira y a toda su familia en su mansión. Cuenta la historia con minuciosidad, con una ambientación excelente, pone especial énfasis en criticar el sistema feudal en el que estaban sumidos, un régimen que les hacia esclavos de su superior jerárquico y si ofendían a este su honor les empujaba al harakiri, nos habla de la venganza, del honor, de las injusticias, de las diferentes capas sociales, de valores universales que han hecho a este relato en icono de la tradicional cultura ancestral nipona. La cinta posee una cadencia narrativa demasiado oriental, con todo lo bueno y malo que esto conlleva, su ritmo es lento, le cuesta avanzar, la evolución del relato es muy redundante, se alarga en demasía, pero esto es el estilo minucioso japonés, y este es su mayor defecto, el comienzo es muy bueno, una hora magnífica en la que asistimos a un brillante fresco de la vida en una mansión esperando la llegada de un correo del Emperador y como la tensión entre Asano y Kira va en aumento hasta derivar en su climax final, pero a continuación la historia se embarra, sobrándole mucho metraje que hace se haga muy espesa su trama, está dividida en dos partes y perfectamente le hubiera sobrado con una. La cinta en su último tramo vuelve a arrancar con fuerza para deleitarnos con un final épico-romántico de resonancias legendarias, pero la impresión es que esto en manos del Gran Akira Kurosawa hubiera sabido hacer que su lánguido ritmo fuese mucho más vivo. Recomendable a los que gusten de buenos retratos de la sociedad antigua del país del Sol Naciente. Fuerza y honor!!!
TOM REGAN
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user-icon Vivoleyendo   Huelva (España)
Notable
19 de Noviembre de 2013
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Nunca podré comprender de verdad el honor samurái, porque yo no nací en Japón. No crecí con ese código en las venas. No compartiré jamás esa inquebrantable aceptación del sacrificio ritual. ¿Hay cosas que valgan más que la vida? Puede ser, para algunos. Yo creo que si no hay vida, no hay nada. Como decía el genial Tyrion Lannister de “Juego de tronos”: “La muerte es tan definitiva... En cambio, la vida está llena de posibilidades.” Mientras haya algo por lo que latir, hay esperanza, por pequeña que sea. Nada hay, aparte de las personas que más se ama, por lo que valga la pena sacrificarse y morir. Eso es lo que yo he aprendido en esta cultura occidental en la que no sabemos aceptar la muerte.
A ojos de aquellos venerables guerreros, yo sería indigna, porque para mí no tiene sentido elegir la muerte antes que la palabra honor. Aferrarme como una fiera a mi corazón palpitante y despreciar esa palabra que no es más que eso, una palabra, un soplo en el viento, un suspiro breve que se deshace en el aire.
Pero los samuráis lo veían de un modo radicalmente distinto. El honor estaba por encima de todo.
¿Cómo se puede entregar la vida sin vacilación por una palabra? No, nunca lo entenderé en el fondo, soy una occidental demasiado analfabeta de ese sutilísimo lenguaje oriental. Comprendo esa perspectiva como simple observadora, pero no la siento como propia.
Pero aunque yo sea demasiado cobarde y descreída porque elijo vivir y desconozco el sentido más profundo del honor, algo sin embargo se me estremece un poco cuando veo “47 ronin” y observo el sacrificio de esos casi cincuenta hombres que eligieron renunciar a todo por vengar a su señor. Sí, renunciaron a intentar llegar a viejos, a permanecer junto a sus mujeres, sus hijos y sus amigos, a seguir viendo amaneceres y atardeceres, a reír, a llorar, a seguir respirando.
Y me doy cuenta de que es algo tan absurdo como... abrumador. Extrañamente conmovedor. Uno de esos actos de entrega descabellados que escriben los episodios más épicos de la historia de la Humanidad, precisamente porque... ¿Cuántos locos harían algo así? No muchos.
No creo que abunde una lealtad semejante. Tan inmensa como para que servir a un señor, que ni siquiera es sangre de tu sangre, que aunque sea un buen hombre no es tu igual porque las leyes sociales dictan que está por encima de ti, sea todo el horizonte por el que te muevas, el astro alrededor del cual giras. Es muchísimo más que la fidelidad entre amo y sirviente, infinitamente más que trabajar por un salario. Un samurái no es un mercenario, no es un simple soldado, no es un simple guerrero.
En su código no entran en absoluto las palabras “deserción”, “traición” ni “derrota”. Su honor y lealtad son su vida. Literalmente. Así de simple. Así de terrible.
Por ello, la leyenda real de los 47 ronin (samuráis que perdieron a su amo), que llevaron a cabo la que probablemente sea la venganza más admirada de toda la historia de Japón, adquiere unas proporciones que nosotros los occidentales somos muy ciegos para apreciar, pero que son enormes para los japoneses.
Incluso yo, tan escéptica, me he tenido que rendir ante tal perseverancia. ¿Quién no flaquearía? ¿Quién no mandaría al cuerno tanta zarandaja y diría que a vivir, que son dos días? ¿Quién no perdería el propósito por el largo camino? ¿Quién no se dejaría envolver completamente por los brazos de la primavera floreciente y pensaría que el haraquiri se lo practique la puñetera madre que parió a los que crearon esas leyes?
Porque la venganza samurái se sirve tan fría como una gélida noche de invierno. Tan fría como para hacer dudar al más fuerte. Tan increíblemente paciente como ver a un feroz guerrero disfrazado de hombre corriente que se pasa hora tras hora fingiendo ser un vendedor, un artesano, un vividor borrachín y mujeriego que esconde la katana.
Día a día, semana a semana.
Por eso esta leyenda causa tanto impacto cuando uno se involucra en ella.
Por esos hombres que pudieron haber elegido intentar llegar a viejos, permanecer junto a sus mujeres, sus hijos y sus amigos, seguir viendo amaneceres y atardeceres, reír, llorar, seguir respirando.
Pero no lo hicieron. Porque había algo más grande que ellos mismos.
Sí, eso que yo nunca comprenderé del todo.
El honor.
Vivoleyendo
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user-icon Palomitasconchoco   Huelva (España)
Pasable
31 de Julio de 2012
0 de 0 usuarios han encontrado esta crítica útil
Inagaki lleva al cine una de las historias más conocidas dentro de la tradición oral japonesa, para poner en cinta los valores a los que nos tiene acostumbrado este tipo de cine donde el honor y la lealtad son temas más que recurrentes. Algo tiene la historia cuando la literatura, el cine, o el teatro han hecho hincapié en ella a lo largo de la historia, comenzando por uno de los grandes como Kenji Mizoguchi, que ya adaptó al celuloide esta trama en 1941. Ahora le toca el turno a los americanos quienes están realizando su propio remake en un filme que verá la luz en noviembre de este mismo año, con Keanu Reeves como protagonista. Antes de que eso se produzca quiero hacer esta reflexión con esta historia engendrada en Japón y por los japoneses, según muchos la mejor adaptación que se ha realizado sobre los 47 ronin.

La historia tiene lugar entre 1701 y 1703 cuando estalla la rivalidad dialéctica entre dos jefes de clanes japoneses que finalmente desembocará en catana. El agresor será obligado a cometer hara-kiri, pero desde ese mismo instante los samurais que le juraron lealtad comienzan a establecer un lento plan hacia la venganza, fría y sin remordimientos para lavar el honor de su clan, a la batalla final llegarán 47 guerreros que, al no tener ya amo, se consideran ronin no samurais.

Si la venganza se sirve fría y es un plato lento de cocinar en esta ocasión lo es más todavía. La película dura 207 minutos (casi cuatro minutos y medio por ronin) y eso es mucho pese a que Ingaki recorta casi 40 minutos al filme que había realizado Mizoguchi dos décadas atrás. A simple vista no parece necesaria tal longitud de metraje, ya que muchas escenas e incluso tramas secundarias enteras son perfectamente prescindibles. Ingaki trata de contar la historia desde todos sus aspectos e implicaciones, pero esta carga puede resultar pesada para el espectador, aunque el ritmo no se resiente en demasía pese a la longitudinal percepción del director japonés.

La sucesión de tramas a lo largo de tanto tiempo, hace que también el filme tenga que responder a diversos problemas de montaje que no terminan de resolverse del todo bien. La película cuenta con cortes abruptos en su narración, que no le permiten la continuidad deseada, y que dejan demasiado tiempo las escenas sin desarrollarse. El único intento de organizar el filme que hace el director es el de dividirlo en dos partes diferenciadas, ‘flores’ y ‘nieve’.

Pese a todo, el valor principal de la película es la historia, e Inagaki sabe contarla, con toda su pasión, su venganza, su historia de amor, sabe detectar el honor en la filmación y enaltecerlo, en definitiva, sabe contar.

http://palomitasconchoco.wordpress.com
Palomitasconchoco
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user-icon Skull Kid   Groningen (Países Bajos (Holanda))
Pasable
18 de Agosto de 2007
3 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tremenda decepción la que me lleve con esta película, yo que soy amante de todo lo que huela a samurái. Dura 3 horas y media y es incomprensiblemente lenta, porque a partir de la hora de proyección y hasta los últimos 20 minutos la película no nos cuenta casi nada y se vuelve confusa por momentos. Cuando llevas más de 90 minutos viéndola ya es que ni diferencias a los personajes secundarios de lo mal definidos que están.

Resumiendo: que a la parte central del film le hace falta un tijeretazo de los que hacen época. Que yo sepa hay otra adaptación de la obra de teatro filmada por Mizoguchi, pero creo que pasarán muchos años antes de que me atreva a verla, porque dura otras tres horitas y media…
Skull Kid
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user-icon Txarly   Qingoco (China)
Floja
22 de Mayo de 2006
10 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
No sé por qué me dio por alquilar esta bazofia. Cuando llevas una hora parece que llevas dos, cuando han pasado dos te parecen seis y al ir ya por la tercera deseas que termine cuanto antes. Le sobran dos horas de tijeretazo siendo benévolo. Y encima en la carátula marca 107 minutos de duración. Los jodidos se comieron el dos por el uno. Avisados quedáis.

El coñazo es supino. Un noble muy malote quiere hacerle la puñeta a nuestro héroe (noble también, pero de provincias) porque no le indica cual es la fórmula que utiliza en sus almacenes de sal. Como se niega, le humilla en casa del Shogun para que pierda los papeles y termine haciéndose el hara-kiri. Los samurais a su cargo quedan deshonrados y sin señor y se convierten en ronines que jurarán vengarse.
Pues bien, esta breve sinopsis se alarga 207 minutos del ala, contándonos lo justito cada hora, con una parsimonia digna del mismísimo Dreyer pero uniendo dos de sus películas.

Interminables conversaciones sobre tatamis cuyo resultado es intrascendente en el desarrollo formal de la película... se me antoja de juzgado de guardia. Me dice que este tipo quiso lucir demasiado todo el aspecto visual y se olvidó de un ritmo más acertado para una película de este pelo. Hasta sale Mifune como instructor de lanza pero su aparición es breve debido al enorme tocho que nos brinda el señor Inagaki. Se podía haber quedado en casa.
Txarly
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