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| 56 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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El protagonista de nuestra historia no se ruboriza ante una mujer sino ante su propia imagen vista en un espejo.
Mientras el uniforme le pertenezca, su seguridad y autoestima no conocen fisuras. Para él, la felicidad reside en las cosas, no en las personas, y no porque sea una victima del materialismo,sino porque de ello depende su posición social y familiar. Cosas tan pequeñas como un uniforme o una cuenta bancaria son suficientes para que haga oídos sordos al dolor y al sufrimiento del mundo. El portero idolatra ese poder que le da esa agradable sensación de fortaleza, que proviene de la ilusoria identificación con los poderosos.
Para subrayar estas características, el portero es contrastado con el sereno del hotel. Este parece conocer la piedad y la solidaridad. Su generosidad es sencilla y tierna. El sabe vivir con lo que tiene. El portero cree vivir en una drástica sociedad binaria (como en su sueño: el ascensor que sube o baja, el limpiaparabrisas que gira hacia izquierda y derecha, las puertas giratorias que tragan o escupen gente) en la que solo existen dos alternativas: la buena vida de las posesiones materiales o la depresión ante la perdida de dichas posesiones.
Lo que Murnau (y compañía) nos quiere trasmitir queda claro. Las miserias del capitalismo, egoísta y ciego, terminan por arruinar la sociedad, que ha perdido la piedad y la compasión. Las cosas sustituyen a los hombres. Sus propios emblemas los acaban matando. Incluso las clases más bajas entran en su juego, admirando a los que tienen poder y mofándose de quienes lo pierden.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Y es que, si hubiera que elegir una película en el que se contase con mayor claridad las miserias de este sistema esa seria El último. Y, curiosamente, el mejor ejemplo de ello es el happy end impuesto por la UFA, que no veía con buenos ojos que, además de los múltiples y costosos experimentos que se realizaron en esta película, el final trágico hiciera de ella un fracaso en taquilla. Este final es tan absolutamente inverosímil que nadie se lo traga, quedando claro que, como mucho, es una fantasía. Así, Murnau y compañía demostraron como, con un poco de pericia y un mucho de talento, se puede dar una vuelta de rosca a las imposiciones. El azar del destino, en este caso presentado en forma de herencia, convierte a nuestro protagonista en un millonario. Este se permite el lujo de comer en el hotel donde antes era un mero empleado. Allí hará una demostración de sus toscos modales. No importa lo vulgar que sea, ya que posee lo único verdaderamente necesario para estar entre la clase alta: dinero.
Favio Rossini 
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| 43 de 52 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Gilbert
Barcelona (España)
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Su valoración:  |
19 de Abril de 2009 |
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Un hombre a lo largo de su vida se va colgando medallas. Cada vez pesan más.
Llega un momento en que toca techo. Sea el que sea para él ese tope.
Sólo queda pasearse con todos sus méritos bien abotonados.
Pero envejece, y ya no puede más con el bendito peso.
Empiezan a arrancarle galones. Es por su bien.
Parece que el paciente respira mejor.
Es una falsa alarma. Recae.
Fuera la botonadura.
Transpira algo.
Desnudo.
Nada.
Es.
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Gilbert 
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| 35 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Servadac
Madrid (España)
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Su valoración:  |
2 de Julio de 2008 |
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El último hombre es un GIGANTE. Su cráneo es el Mont Blanc, de sienes plateadas. Sus hombros forman una cordillera ante la entrada giratoria del Olimpo.
Contempla con orgullo un mundo mágico de puertas, espejos y ventanas.
Todo refleja la magnitud de su estatura.
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Cambió la PERSPECTIVA. Cayó un botón, de arriba abajo, y el hombre se reduce.
Se vuelve más y más pequeño.
Cuando se cuela por el sumidero del lavabo, apenas es un átomo de insecto.
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EPÍLOGO
El presupuesto de la peli ascendió a la fabulosa (para la época) cifra de un millón de marcos alemanes. El caché de Emil Jannings acaparó seiscientos mil.
El poder reside en el dinero... y no en el uniforme.
Servadac 
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| 31 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Impresionante película. Sobretodo por el innovador trabajo de las cámaras. Cámaras que se mueven. Hasta entonces todos los planos se hacían con una cámara fija. Pero en esta película la cámara sube y baja por ascensores, se desliza por una puerta giratoria, avanza y retrocede por pasillos, da vueltas y deforma la imagen simulando una monumental borrrachera, se convierte en la protagonista ya que vemos la historia a través de los ojos del humillado portero. También volará al son de la música de una trompeta. Los decorados son un auténtico lujo, se observa un trabajo monumental para dar realismo y profundidad a las calles llenas de coches y gente.
Murnau alegrará a aquellos que odiáis los rótulos en las películas mudas (él también los odiaba): sólo hay un rótulo que anuncia el epílogo de la película y es simplemente una nota aclaratoria. Os aconsejo que activéis los subtítulos en castellano porque salen varios textos en el film: una carta y un periódico. Más que nada porque si no sabéis alemán pues os vendrá bien un subtítulo para enteraros de lo que pone. Si no me equivoco creo que es la primera película muda que se rodó sin rótulos. Murnau se propuso eliminarlos y lo logró. Por lo menos en la versión alemana restaurada que es la que yo he visto. Las versiones que se comercializaban para el resto de Europa y Norteamérica tenían algunos rótulos, si no recuerdo mal.
La película debe todo su ingenio no sólo a Murnau si no también al equipo de especialistas que trabajó con él, innovando sobre la marcha nuevos encuadres y nuevas formas de trabajar con la cámara. Creo que darle sólo el mérito a Murnau (que lo tiene y mucho) es injusto para todos los técnicos que le asistieron en la realización del film.
Recomendadísima.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Nos habla del desprecio absoluto por la vejez, el ínfimo valor que tiene la experiencia laboral, la frialdad con que se trata a un trabajador. El bondadoso portero de hotel, que luce su uniforme con hechido orgullo ante los demás empleados, los clientes y los vecinos de su humilde barrio es defenestrado a ser asistente en los lavabos de caballeros que se encuentran discretamente apartados tras un buen trecho de escaleras. Como en un agujero, de lujo, pero al fin y al cabo un subterráneo. Allí deberá limpiar los suelos, tazas y ayudar a los clientes a secarse las manos. A medida que pasa la película veremos cómo se avergüenza profundamente de esta situación e intenta esconderla ante su familia (una sobrina recién casada) y sus chafarderos vecinos. Pero las desgracias siempre se acaban sabiendo. Todos se apartarán de él y será objeto de burla.En el momento de más patetismo, cuando parece que el portero roza ya la locura sumergido en la soledad y humillación, la trama toma un inesperado giro hacia la felicidad y alegría.
Este extraño epílogo ciertamente es un final feliz, pero si lo reflexionamos bien tal y como nos dice Murnau en el único rótulo de la película, sólo puede suceder en la ficción. En la vida real, el portero hubiera acabado sus días en el subterráneo lavabo. Así que da cierta desazón. Pero ese final feliz encaja perfectamente con la siguiente reflexión que comentaré.
El film también es una sátira cruel a la importancia que dan ciertas personas al uniforme. Sobretodo al uniforme militar. El de nuestro portero se parece a un abrigo de gala de un general, su corte es sospechosamente marcial. Tiene botones dorados, bordados en cuellos y puños, la insignia del hotel cosida al cuello cual galones de mérito... ¿Cuántos soldados se hinchan de orgullo vestidos con pomposos uniformes, llenos de medallas y galones?. Entendamos que la película es alemana y en plena postguerra (1924). Los gallos militares habían llevado al imperio alemán a la ruina absoluta. ¿Qué poder, inteligencia y valentía se escondían tras los uniformes?. El uniforme de portero es el mayor orgullo del protagonista, su identidad, su mundo, todo lo que él representa. Pero al final no es nada. Sólo un trozo de tela. El final feliz le enseña que es el dinero el que realmente da poder y protección. Es una reflexión extremadamente triste: el dinero lo es todo. Pero aún así nuestro portero en la última escena no olvida sus orígenes y vuelve a silbar orgulloso su silbato. Así como acoge bajo su protección al vigilante de noche, el único que se apiadó de su lastimosa situación.
llanternamagica 
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| 28 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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jastarloa
Madrid (España)
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Su valoración:  |
2 de Mayo de 2006 |
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Magnífico estudio del patetismo humano visto a través de un portero de hotel demasiado decrépito para desempeñar su trabajo. Se trata de un hombre bondadoso que está a gusto con su posición y con su reputación, y que, de la noche a la mañana, ve cómo es relegado a desempeñar el trabajo del hotel socialmente más degradante. Intentará ocultar su situación para no verse humillado por los crueles vecinos de su humilde barrio, pero le será imposible, pues las alcahuetas otean hasta el recoveco más escondido en busca de cotilleos que propagar.
Hay muchas escenas que destacar: el auxilio al niño pequeño, el primer día en el nuevo trabajo, el "robo" del uniforme, el sueño en el que es capaz de levantar un inmenso baúl con un solo brazo, etc.
El final es lo que sobra, aunque Murnau se preocupó en dejar claro que no fue idea suya, y empleó para ello unos de los poquísimos títulos aclaratorios que aparecen en la película.
Sin duda alguna, Murnau es uno de los tres mejores directores de cine mudo. Los otros dos son, en mi opinión, Lang y Chaplin. (Cualquier ausencia en esta lista ha sido intencionada por mi parte.)
jastarloa 
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