|
No resultaba fácil, ni nunca lo resultará, la adaptación a largometraje con actores de la historieta creada a finales de la Primera Guerra Mundial por E.C. Segar. Las aventuras de Popeye el marino tienen un encanto tal en su formato historieta, e incluso en sus entrañables adaptaciones en cortometrajes animados de Fleischer o Famous Studios, que el embrollo donde se metió el bueno de Robert Altman, alma mater del Nuevo Hollywood de los 70, al decidirse por adentrarse en los meollos del cine comercial le supusieron la demostración de que el proyecto le venía, no grande, sino desproporcionado con las verdaderas intenciones críticas y cínicas de su mejor cine.
El filme supuso un batacazo tal en taquilla que la superproducción ideada por la Disney fracasó estrepitosamente. Un novato Robin Williams en papel del marinero come-espinacas y de una pizpireta Shelley Duvall en el de Olivia clavan sus resgistros emuladores, aunque el tono de ñoño, anticuado y soso musical al que se dota a esta película de 1980 termina por provocar que el espectador deje de disfrutar de sus cuidados decorados y de su esmerada puesta en escena para aburrirse soberanamente entre canción insulsa y tema musical olvidable.
Migue Muñoz 
|