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| 33 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Bloomsday
AA-licante (España)
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Su valoración:  |
29 de Septiembre de 2006 |
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Rohmer habla mucho a la espera de que salga algo (variante de la máxima de Groucho Marx: “si hablas mucho al final dirás algo gracioso”). El cine de Rohmer habla y habla y plantea cuestiones que no cierra.
Insiste en explicarnos con la palabra y gestos minúsculos las motivaciones y sensaciones de los protagonistas. Cine de palabras, de ideas. No hay personajes, son ideas o visiones de las complejidades éticas, no personalidades normalmente construidas en torno a una trama, sino un torbellino de ideas propias, no un esfuerzo por construir personajes verosímiles. Las películas de Rohmer son casi libros, las cosas no se ven, se oyen. Los personajes son ideas y actúan en consecuencia, pero no creo que sean personalidades en sentido estricto.
De nuevo la importancia de la simplicidad (simplicidad más que pausa) en la planificación de escenas y de las localizaciones (Rohmer nunca se recrea en filmarlas, pero sí le sirven para enmarcar perfectamente la, iba a poner acción, película. El lugar escogido encuadra perfectamente lo que nos cuenta, sirve de perfecto soporte).
El cine de Rohmer es excesivamente racional, no hay pasión, no hay fetichismo, erotismo ni arrebato. Puede que ni siquiera sea cine en sentido estricto. Y es que todo está explicado con la palabra en lugar de tratar que la imagen conecte los pensamientos del protagonista con el espectador. Rohmer prefiere explicitar a evocar. Por un lado esa profusión en el detalle le permite extraer lo mejor de los libros y lograr una mayor profundidad y extensión en esos pensamientos. Pero por otro lado hay menos impacto emocional, menos intensidad dramática.
La imagen de Rohmer puede ser de una lánguida belleza en ocasiones, pero no podemos sacar conclusiones de ella por las intenciones claramente literaria de los “cuentos morales”. Si el protagonista nos va a explicar cada cosa que sucede, las conclusiones que podamos sacar de la imagen quedan muertas. Y la auténtica belleza en el cine está en la imagen. Y por imagen no podemos quedarnos sólo en un bonito retrato y la cálida fotografía de Almendros. En todo caso Rohmer entendía perfectamente todo esto y tampoco pretendía sublimar la imagen, recurría, de forma voluntaria, a la sencillez.
El amor y el deseo físico es un genial despropósito. No hay manera de entenderlo. Quizás mostrarlo sea mejor que hablar sobre ello, tratar de conectar con lo emotivo es posiblemente la única forma de entender algo. Pero es interesante que haya un Rohmer, es interesante que alguien esboce preguntas sin respuesta.
Bloomsday 
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| 21 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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El ermitaño
Almería (España)
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Su valoración:  |
29 de Diciembre de 2007 |
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Resulta curioso que Jean-Marie Maurice Scherer, profesor de literatura, crítico de cine, redactor-jefe de Cahiers de Cinema se oculte bajo el seudónimo de Eric Rohmer (Eric por von Stroheim y Rohmer por el autor de Fu-Manchú). Rohmer, nacido en 1920 es autor prolífico, con más de ochenta películas en su haber, muchas como guionista, las más como guionista y realizador. Comenzó a hacer cine en 1959 y se dió a conocer en 1967 con "La coleccionista", en el Festival de Berlín. Tras "Mi noche con Maud", rodó en 1970 "La rodilla de Clara", que forma parte de sus seis cuentos morales. Rohmer, licenciado en Filosofía y Letras, es un intelectual que transporta al cine sus inquietudes filosóficas y morales. Junto al bello lago de Annecy, que pintó Cezànne, en un ambiente de vacaciones, tiene lugar la levísima acción, que da pie para que el autor exprese, a través del protagonista, en una serie de diálogos con una amiga escritora, su opinión sobre el amor y sobre la amistad, y efectúe un riguroso autoanálisis crítico de su conducta y de sus sentimientos en su relación con los demás. La conversación mantiene, siempre, un tono culto, refinado y sutil que nos obliga a prestar una atención constante, pues no importa tanto lo que sucede, apenas si sucede nada, como el estar atentos a la propia resonancia interior.
Es un film para la inteligencia, que sorprende nuestros ojos con una rara belleza.
El ermitaño 
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| 17 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Miquel
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
13 de Mayo de 2009 |
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Quinta entrega de la seria de seis films titulada “Los cuentos morales”, del realizador francés Éric Rohmer. El guión, del propio Rohmer, desarrolla una idea de Alfred de Graaff (supervisor de producción del film). El film se rueda en escenarios naturales de Annecy (Alta Saboya, Francia) durante el verano de 1970. Nominado a un Globo de oro, gana el Premio Louis Delluc y la Concha de oro (mejor película) del Festival de San Sebastián. Producido por Barbet Schroeder y Pierre Cottrell (“Mi noche con Maud”, 1969) para Les Films du Losange, se estrena el 15-XI-1970 (Francia).
La acción dramática tiene lugar en el Lago de Annecy y alrededores durante varias semanas (junio/julio) del verano de 1970. Jerome Montcharvin (Brialy), diplomático, agregado a la embajada de Francia en Suecia, de 35 años, que se halla a punto de contraer matrimonio con su novia sueca, acude a Annecy con el propósito de gestionar la venta de la antigua vivienda familiar de verano. Allí coincide con su antigua amiga, la novelista italiana Aurora (Cornu), que le presenta a sus amistades. Ocupada en una novela sobre las relaciones amorosas de una adolescente y un hombre mayor, le ruega que atienda a Laura Walter (Romand), una quinceañera que se siente atraída por él, hija de la propietaria de la casa en la que se aloja. De ese modo cree que le podrá ayudar a componer los pasajes centrales del relato. Las cosas se tuercen cuando Jerome se siente poderosamente atraído por Clara (Monaghan), hermanastra de Laura, de 16 años, aficionada al tenis, al voleibol y a navegar en canoa por el lago. Tiene novio, Gilles (Falconetti).
El film suma drama y romance. El realizador construye un relato desprovisto prácticamente de acción física, que trata de concentrar la atención del espectador en lo que ocurre en la mente del narrador (Jerome). La narración no explica, ni dice, ni expone, sino que se limita a mostrar, sin artificios, la evolución de los pensamientos y sentimientos interiores del protagonista. Le interesa, sobre todo, que el espectador perciba las emociones interiores del mismo. Para ello le invita a la contemplación directa y sincera.
Es importante que el espectador entienda en sus justos términos la supuesta fijación de Jerome por la rodilla de la muchacha. La rodilla no es un elemento fetichista a la manera de los pies en Buñuel o Truffaut. No es ni un símbolo, ni una alegoría que trasmita sugerencias o indicaciones sobre el deseo de posesión de Jerome. Es la supresión de la idea de posesión o, substitutivamente, su sublimación perfecta y completa. El placer no estriba tanto en el acto físico, como en la búsqueda y la aplicación de las estrategias y los juegos de seducción para conseguirlo.
(Sigue en el “spoiler” sin desvelar partes del argumento)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: En este orden de cosas, Jerome percibe que en su interior la pasión le impide seguir jugando a hacer mentalmente de conquistador mediante caricias prolongadas de las rodillas de Clara. Si prosigue, corre serios riesgos de echar a perder su próxima boda y la estabilidad emocional de su espíritu. El protagonista monta su juego no como una operación concreta de conquista, sino como un ejercicio de experimentación, entretenimiento y de afirmación personal en la que posiblemente es la última ocasión que tiene de hacerlo, dada la proximidad de la boda.
La serie de los cuentos morales consta de seis films: “La panadera de Monceau” (1962), “La carrera de Suzanne” (1963), “La coleccionista” (1967), “Mi noche con Maud” (1969), “La rodilla de Clara” (1970) y “El amor después del mediodía” (1972). La realización de los mismos tiene lugar a lo largo de un decenio: 1962-72. La historia es similar en todos los casos: un hombre se relaciona con dos mujeres jóvenes, de modo que mientras busca a una de ella, encuentra a la otra. Rohmer los llama morales porque los elementos principales que los conforman no son físicos, sino mentales. “La rodilla de Clara“ es para algunos el más conocidos de los seis films de la serie y uno de los mejores de la misma.
El film presta especial atención a los aspectos visuales. Rohmer se proponer acercar el estilo plástico del relato a la estética de Gauguin. De ahí su preferencia por los tonos cromáticos uniformes, las superficies planas verticales (montañas) y horizontales (superficie del lago), los colores primarios (azul cian, amarillo cadmio y rojo magenta) y el blanco. Evita las imágenes de postal, situando la cámara sólo ante dos paisajes, que emplea casi siempre como fondo de las figuras de los personajes. Diseña el vestuario de acuerdo con sus preferencias cromáticas: admite sólo vestidos estampados de flores, a la manera de los que pintaba Gauguin.
La fotografía, de Néstor Almendros, en color (eastmancolor), busca la naturalidad, el realismo y la contención del color, el dibujo y la composición. Capta la calidez estival de los escenarios, propicios para la explosión del deseo y la pasión.
Miquel 
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| 18 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Taylor
Terrassa (Polonia)
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Su valoración:  |
19 de Enero de 2010 |
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El día que Servadac -uno de los rohmerianos más recalcitrantes que conozco- me confesó que “La rodilla de Clara” le había dejado algo frío, no pude evitar que una ligera tiritona recorriera todo mi espinazo. “Joder, vaya ánimos -pensé- mi segunda tentativa con Rohmer va a ser un rotundo fracaso. Fijo”.
Sin embargo, lejos de desilusionarme, decidí persistir en mi empeño y abordé la célebre cinta del maestro francés con toda la voluntad y el coraje del mundo. Consideraba que si había sido capaz de tragarme (con sumo placer, por cierto) “Mi noche con Maud” no veía por qué no podía hacer lo propio con la de Clara y su rodilla. Aún así, la frase de mi amigo Servadac seguía retumbando en mi cabeza (“me dejó fríiiiiiiiiiiiio”, “me dejó fríiiiiiiiiiiio”, “me dejó fríiiiiiiiiiiiio”, “frío, frío, frío, frrrrrío”). Por segunda vez, un leve escalofrío transitó por mi espalda hasta que se detuvo en su parte baja. En el culo, no. En los riñones, concretamente. Estaba visto que necesitaba una manta.
Así pues, confortablemente arropadito en mi manta de polyamida azul adquirida en Ikea y encomendándome -al mismo tiempo- a rouse cairos, Quim_Casals y todos los santos de la corte celestial, me dispuse a ver “Le genou de Claire” (que bonito suena en francés ¿no?) pasara lo que pasara. ‘Peti qui peti’, como decimos en català.
Sorprendentemente, a los pocos minutos ya había conseguido meterme de lleno en la conversación rohmeriana de turno. Una conversación que, como bien saben los que ya han visto esta peli, se desarrolla a lo largo de todo un mes. Sí, habéis oido bien: de todo un mes. El de julio, en concreto. Parando, lógicamente, para comer, beber, mear, cagar y dormir. Unos agradables recesos que, sin embargo, el espectador no puede llegar a disfrutar por obra y gracia de un montaje que los mutila y focaliza toda su atención en el noble ejercicio de la plática continua. Porque no veas como le dan a la sin hueso los personajes de Rohmer. Una pasada, de verdad. Parece que les den cuerda. Bla, bla, bla… bla, bla, bla… bla, bla, bla… Y aunque de tonterías y banalidades el tío de la barba frondosa, la escritora y las dos mocitas sueltan unas cuantas, la incontinente oratoria del cine rohmeriano cuenta con la ventaja que, de vez en cuando, lo que dicen estos personajes tiene sentido y, además, es interesante.
(to be continued)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: “La rodilla de Clara”, en definitiva, versa sobre el amor. Sobre el amor, el deseo y las relaciones sentimentales entre adolescentes, entre adultos y entre adolescentes y adultos. Ah, y sobre el descubrimiento de uno mismo también. De eso va. Habrá quien la considere un tostón, habrá quien le parezca la reostia y habrá quien -como yo- consiga extraer alguna o algunas ideas interesantes después de tanta divagación y verborrea. En cualquier caso, tan solo añadiré que la rodilla de Clara (la rodilla, no la peli) es lo que Hitchcock denominaba un MacGuffin y que, si bien el filme de Rohmer se soporta estupendamente si llevas la siesta bien echada, lo cierto es que mis riñones tampoco consiguieron entrar en calor. Tenías razón, Servi.
(A Servadac, rouse cairos y Quim Casals)
Taylor 
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| 16 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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FATHER CAPRIO
Almeria (España)
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Su valoración:  |
17 de Diciembre de 2006 |
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Resulta cuanto menos sorprendente que obtuviese el premio al mejor film francés del año. Y también que fuese premiada con la Concha de Oro del Festival de Cine de San Sebastián.
Hay que reconocer que eran otros tiempos. No es lo mismo el año 1970 con el recuerdo reciente del Mayo francés del 68 que el año 2006. La revolución de los jóvenes estudiantes introdujo aires nuevos en un sociedad autocomplaciente y burguesa pero sobre todo supuso una llamada de atención hacia esa juventud de pedía paso. No obstante, resulta apropiado resaltar las críticas que el propio Partido Comunista francés hacía, por aquel entonces a esta juventud "revolucionaria" : " Hijos de la gran burguesía, despectivos hacia los estudiantes de origen obrero, que se cansarían pronto de protestar para heredar los negocios de papá"...
Sin menoscabar el impacto social que supuso el Mayo del 68, al ver esta película uno no deja de acercarse a los planteamientos del P.C. francés. Una juventud burguesa especialmente aburrida y creida de sus propias premisas filosóficas sobre la vida, la amistad y el amor, entre otros muchos temas, con un futuro asegurado y con exceso de tiempo para vaguedades.
Si a todo ello le sumamos una escritora que busca la inspiración en futilidades y el hombre maduro, bien pagado de si mismo y probando lo que aún le resta de atracción para las jovencitas, pues tendremos resumida esta película donde desde el tedio, el aburrimiento y el letargo que nos produce solo cabe destacar dos cosas, la rodilla de Claire cargada de erotismo y ya en el plano puramente cinematográfico la excelente fotografía de Nestor Almendros que realza más, si cabe, la belleza de los paisajes que rodean el chalet junto al lago.
El resto, absolutamente prescindible.
FATHER CAPRIO 
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