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| 22 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Tony Montana
Sevilla (España)
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Su valoración:  |
2 de Mayo de 2008 |
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Cuando comienza un western, una gran panorámica del Monument Valley o del clásico desierto norteamericano siendo surcado por una pequeña diligencia perdida en la inmensidad del monumental paisaje que tenemos ante nosotros. Probablemente, luego sonará el tema principal de la película y nos dispondremos a ver llegar a dicha diligencia a un pequeño pueblo del oeste, con su cantina, su salón y su burdel, además de una iglesia si es un pueblo sacado de una cinta fordiana. El tren de las 3:10 es un western de esos llamados psicológicos en los que presenciamos un tenso thriller camuflado de película del oeste, pero en la que la acción transcurre en un corto período de tiempo, y donde se huye de los grandes espacios abiertos y panorámicas que aprovechan todo el potencial del cinemascope que proporciona habitualmente este género para resguardarse en pequeñas casas y habitaciones asfixiantes que ahogan a los personajes encuadrados en frenéticos primeros planos, adentrándolos en situaciones extremas que suelen concluir con un catártico final en consonancia con toda la tensión acumulada. ¿Qué diferencia, por tanto, a la brillante cinta de Delmer Daves del clásico fordiano, aún teniendo un comienzo que podría catalogarse de prototípico, o de la hawksiana Río Bravo, con ingredientes parecidos? Quizás ese desencanto y ese cinismo que transmite el guión, esos personajes que se mueven por dinero y por dignidad más que por bondad, la interrelación y empatía que se establece entre el protagonista y el criminal, y la increíble puesta en escena del realizador, quien entrega aquí un ejercicio de estilo cercano al expresionismo alemán que anticipaba ese western crepuscular que tanto furor causaría de los años 60 en adelante, y que tan alejado estaría en ideales del western clásico que inauguró Ford con La diligencia.
Es un viaje interior de un perdedor buscándose a sí mismo para probar su valentía tras haber sido humillado ante sus hijos por ese matón con más pinta de miembro de la mafia calabresa que de cowboy interpretado de forma portentosa por Glenn Ford. Y es que aquí, el personaje encarnado por un magnífico Van Heflin no busca la gloria, si no dinero, lo que le hace colocarse en una posición que no dista demasiado del criminal Ben Wades. El contraste con el héroe clásico es notable, y esa figura del caballero andante que detenía solo al malvado se borra de un plumazo en la sensacional secuencia de la detención al comienzo del peligroso ladrón. Visto esto, la cinta nos sitúa en un interesante punto en la que el personaje de Ford tendrá un aire que, si no es más romántico y honorable, si que pone en un aprieto al espectador debido a la extraña dualidad entre bien y mal que lleva consigo, siendo un personaje con una moralidad un tanto dudosa, capaz de asesinar a alguien pero pedir para dicho cadáver un entierro digno en su ciudad. Es alguien con sus propias reglas, un código propio.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: El brillante juego de caracteres entre cazador y presa, la sensación de dependencia, casi amistad, empatía, que se crea entre ambos, es el motor de toda la cinta, las constantes ofertas del prepotente Wade y las dudas del honrado Dan Evans, tentado por el demonio en forma de cínico y carismático asesino. Gracias a esta relación, la película nos otorga la oportunidad de ver un soberbio duelo interpretativo que se verá un poco minimizado al final con una conclusión un tanto distante y poco coherente con lo mostrado hasta ese momento, haciendo que la película tenga su único fallo en ese final que empaña el brillante trabajo realizado por el guionista.
Pero analicemos fríamente la gran construcción de la historia que el escritor realiza, puesto que es lo más importante. Mezcla de western y un thriller que por momentos es puro cine negro, nos encontramos con un intenso estudio de personajes rara vez visto en este género. Dentro de esta muestra de cine de género, encontramos también un poderoso drama dentro de la aparente destrucción de esa familia consumida por las deudas y el hambre, y los celos, viendo la mujer de Dan en el personaje de Wades una especie de escapatoria a su rutinaria y mediocre vida, una evasión y una vuelta a la juventud en una ciudad donde era hija de un importante capitán de barco. A través de ello, Wades descubre las ventajas de la vida sedentaria, la maduración de su personaje se produce justo cuando deja a la joven Emmy en la taberna del pueblo y prueba un poco de estofado casero en compañía de la familia Evans, donde despierta la curiosidad de los niños como si de un personaje novelesco se tratase. Es, por tanto, un choque de costumbres, ya que, como alguien decía, el western es el género donde se dan la mano mito y realidad. A partir de aquí, el brillante manejo del director por parte de la historia enclaustra a los personajes en un pequeño hotel en el que llegará el momento definitivo del encontronazo entre ambos, donde surgirá la lealtad y Dan deberá luchar contra sí mismo y contra su presa, mostrando los mejores momentos de la cinta en la que los miedos aflorarán y la lealtad será más necesaria que nunca. Y es la lealtad, precisamente, aquello que hará cambiar de motivación al protagonista, consumido por las dudas y la soledad en búsqueda de ese cometido. Y es aquí donde la cinta falla, un clímax que, si bien es correcto y mantiene el suspense, tiene formas algo tramposas, algo disonantes con el tono y las ideas transmitidas por la película, concluyendo durante el tiroteo de rigor comercial que hacen que no hablemos de una película simplemente perfecta, rompedora en términos argumentales y estilísticos y que supuso un paso de maduración enorme para un género que tendría posteriormente una visión rupturista que es la que ha llegado hasta nuestros días.
Tony Montana 
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| 14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Miquel
Palma de Mallorca (España)
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Su valoración:  |
20 de Diciembre de 2008 |
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Sexto de los nuevos westerns realizados por Delmer Daves. Escrito por Halsted Welles (“El árbol del ahorcado”, 1959), adapta el relato breve “Three-Ten to Yuma”, de Elmore Leonard, publicado en el número de marzo de 1953 de “Dime Western Magazine”. Se rueda en escenarios naturales de Arizona y CA (Columbia/WB Ranch, Burbank), con un presupuesto modesto. Producido por David Heilweil para Columbia, se estrena en julio de 1957 (EEUU, preestreno).
La acción dramática tiene lugar en las localidades de Bisbee y Contention City (Arizona) y alrededores, a lo largo de la mañana de un día otoñal de la década de los 80 del s. XIX. El modesto granjero Dan Evans (Heflin), castigado por la sequía, acepta custodiar a Ben Wade (Ford), jefe de una banda de forajidos, y trasladarlo a la prisión de Yuma, por 200 dólares. Dan, casado con Alice (Dana) y padre de 2 hijos, es pacífico, justo, honesto, leal e incorruptible. Persona corriente y normal, no le mueve la búsqueda de la gloria, ni afanes de servir a los demás y a la justicia, sino la necesidad económica. Ben es cruel, prepotente, cínico, violento y carece de sentimientos de culpa. Tiene cualidades de líder, tiene éxito con las mujeres y dispone de un verbo fácil y convincente. Es contradictorio: mata sin piedad y luego reclama para el muerto un entierro digno y honroso.
El film suma acción, aventuras, drama, thriller y western. La narración apuesta por el realismo, lo que lleva al realizador a prescindir del maquillaje. Aprovecha la fuerza de los diálogos de Leonard y la experiencia propia en el ámbito de la novela negra, para crear un relato rico en tensión e intriga. Maneja con soltura la elipsis. Dispone de una brillante puesta en escena. Al realizador le interesa resaltar la dimensión humana de los protagonistas: Dan se siente abatido por las dificultades de su situación económica y necesita el apoyo de su mujer, Ben reconoce a la camarera del saloon, Emmy (Farr), y por hacer con ella el amor sin prestar atención al tiempo, es detenido y esposado.
La obra ofrece un interesante duelo interpretativo entre Ford y Heflin, un enfrentamiento psicológico entre detenido y vigilante, una confrontación entre dos personajes de distinta personalidad, un acercamiento al mundo interior de ambos, un análisis de las causas que hacen emerger entre ellos sentimientos de empatía que condicionan la evolución posterior de los acontecimientos. No todo es diferente entre Dan y Ben: ambos son víctimas de un pasado de estrecheces y miseria, los dos necesitan mejores expectativas, Dan tiene tierras y Ben dispone de un amplio repertorio de habilidades humanas, Dan vive abrumado por las dudas y Ben por las incertidumbres de una vida al borde del abismo, uno tiene familia y el otro la desea tanto como el aire que respira, ambos persiguen la obtención de dinero para poder seguir adelante, entre ambos cristalizan sentimientos mutuos de respeto y comprensión, etc.
(Sigue en el spoiler sin desvelar partes del argumento)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: La cinta guarda semejanzas con “Solo ante el peligro” (Zinnemann, 1952). El acompañamiento musical responde a un mismo esquema conceptual. Ambos comparten la presencia del reloj, los límites de tiempo marcados por la llegada del tren, la soledad del héroe, el temor de la comunidad a las represalias de los forajidos, la ciudad desierta, la brevedad del tiempo disponible, etc.
Son escenas memorables la comida que los Evans comparten en su casa con Ben, la conversación de Ben y Dan en la habitación del hotel de Contention, el inesperado reencuentro de Ben y Emmy en el bar de Bisbee (seguido de un escena fuera de pantalla) y otras.
La música, de George Duning (“Me enamoré de una bruja”, Quine, 1958), crea una banda sonora dramática, de gran relieve y notable intensidad. El tema principal corresponde a la melodía de la balada “3:10 to Yuma”, de Duning y Washington, a cargo del vocalista Frankie Laine. La fotografía, de Charles Lawton Jr., en B/N, hace uso de expresivos primeros planos, encuadra con precisión y crea imágenes de atractivos contrastes de luz, con sombras densas de trazos expresionistas. Se sirve de planos superiores y planos picados para dar relieve a la acción y a los personajes. Con la grúa marca amenazadores movimientos de cámara de arriba hacia abajo, similares a los de “El árbol del ahorcado”. Grandes interpretaciones de Ford y Heflin.
Interesante western, uno de los mejores de Daves.
Miquel 
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| 15 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Pendulaba el tiempo mientras el pistolero Ben Wade (Glenn Ford) y el granjero Dan Evans (Van Heflin) comenzaban el enfrentamiento. Wade se mostraba seguro, sonreía con sorna, tentaba a su suerte y a la del contrincante. Evans sudaba a mares. Estaba nervioso, irascible y con ganas de ser tentado. El granjero miraba el reloj. Una vez, dos veces, una más. La escopeta se le resbalaba de las manos y no quedaban razones para seguir con la empresa.
Wade tumbado.
Evans sentado.
¿Qué hora es? Y Daves deteniendo un tiempo ya de por si escaso.
No escucharemos espuelas, ni buscaremos el contraplano del rival. No pasarán los gallos por al lado, ni veremos el sol abrasador . El duelo si no lo dije, se da en la habitación de un hotel. En cuento a narrativa, quedaría mejor decir en la barra de un bar, y de paso, evitaríamos malos entendidos. Pero lo cierto es que todo acontece en la habitación de un hotel. ¿Todo? Bueno, quedan para el recuerdo los planos desde la ventana o la acción fuera de cámara mientras Daves se empeñaba en captar cada pliegue de la cara de nuestros contrincantes. Porque los sonidos cuentan en el cine, y no sólo para asustar.
En la barra de un bar, nos quedan apenas unos pequeños segundos, donde dos caras se esfuerzan por entrar en un minúsculo plano. Pude notar, y parecerá una estupidez pero cierto es, como Ford echa el aliento a Felicia Farr. Pude notar, y parecerá una estupidez pero cierto es, como Felicia Farr abre la boca para coger ese aliento, como quien abre los ojos para fotografiar su pequeño mágico momento. Yo los tenía bien abiertos.
En la barra del bar se donan monedas de a dos. ¿Por qué? Por el tiempo perdido, por ejemplo.
Y de nuevo deteniendo el tiempo.
¿Qué hora es? Cada minuto, cada plano, cada suceso queda congelado. Un rostro cubierto por un periódico y unas botas sobre un sofá... tic, tac, tic, tac... Cada minuto, cada sonido queda congelado. Como el primer rayo. Ya lo dije, no quedaban razones para seguir. Esa es la razón. Sólo a veces, cuando no queda nada por lo que luchar, cuando todo parece indicar que la empresa es absurda y sin sentido, es cuando sale lo mejor de la naturaleza humana.
¡En menudo lugar voy a citar a la naturaleza humana...!
Sí, en el lejano Oeste.
Chagolate con churros 
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| 15 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Grandine
Sitges (España)
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Su valoración:  |
13 de Septiembre de 2010 |
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Generalmente, un remake sólo sirve para empeorar el original y subsanar las carencias creativas del Hollywood actual, sin embargo, también descubre uno en ocasiones films que, siendo de otro modo, no tendría la ocasión de descubrir.
Siendo Delmer Daves el autor de "El tren de las 3:10", y tras su acertadísima "La senda tenebrosa", seguramente me hubiese topado a la larga con ella, aunque el hecho de obtener información mediante otras vías benefició en esta ocasión el pronto visionado del original. De todos modos, no suelo encauzar este tipo de críticas enfocándolas como una comparativa entre remake y original, y si hago en éste caso una excepción es por un hecho muy sencillo: la de Daves, es una película que tiene algo esencial que no hallamos en la de Mangold. Aroma. Porque esas puertas rechinando a la entrada de una taberna, esas miradas de soslayo, ese aplomo en el andar... todo ello es, exactamente, lo que le faltaba al remake. Podría entenderse que, en una era donde el western predominaba y se lograban resultados más que meritorios, todas esas características se encontrasen con mayor facilidad, pero en la cinta del cineasta californiano es tal la enjundia del conjunto, que ello supone más que un valor añadido.
Además, las interpretaciones de un Glenn Ford que mide cada gesto con perspicacia, y de un Van Heflin que cumple con creces en su papel de tosco pero animoso ranchero, logran que en "El tren de las 3:10" sus personajes confluyan con una entidad distinta, y ya no se trata de la garra o el caracter, sino de algo que va mucho más allá, de la esencia de unos personajes que es entendida en cada uno de sus movimientos, ofreciendo así dos perfiles de lo más cercanos.
Gracias a esos perfiles, se logra desarrollar una historia que, lejos de un esquema que podría resultar sencillo, se despliega en el terreno de lo psicológico con una fuerza tremenda, y es que en cada diálogo uno puede sentir la presión ejercida de Ben Wade hacía su captor, encargado de custodiarle al tren que lleva a Yuma, llegando a herirle dotando de un impacto prácticamente inusitado cada afirmación que empuña, con sutileza, contra Dan Evans. Es ello lo que hace de este western una pieza que no tiene desperdicio y que, por si todo lo anterior no fuera poco, nos regala una conclusión espléndida, donde se demuestra que los personajes están pensados y trazados con una pericia fuera de lo habitual, y que sus principios se mantienen firmes incluso cuando la sangre se templa y apenas deja sentir el aroma. El aroma del Far West.
Grandine 
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| 9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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ben wade
Gijón (España)
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Su valoración:  |
31 de Julio de 2008 |
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Un western espléndido debido al fiable Delmer Daves (en ocasiones un tanto gris pero con películas importantes como esta o la extraña "El árbol del ahorcado", por ejemplo), realmente intenso y con un cierto tono fantasmal gracias a su desolada ambientación, que narra la determinación de un arruinado granjero de custodiar a un peligroso pistolero. Muy bien interpretada, con el sobrio Van Heflin decidido a cumplir su misión primero por la recompensa y por los demás, luego por si mismo, un genial Glenn Flord que moldea un personaje dificilísimo y complejo con una gran economía de medios, una autentica serpiente amenazadora en su calma, (desde la brutal escena de presentación en la que dispara a través de uno de sus propios hombres hasta la sorprendente decisión final), además el inquietante Richard Jaeckel compone un memorable sicario con un extraña relación con su jefe (entre lo homoerótico y lo paterno-filial). Duelo de mentes más que de pistolas, esteticamente cercano al thriller en la dura fotografía blanquinegra y en los afilados diálogos, con un claustrofóbico tercio final de tensión casi insoportable donde Daves da una lección magistral de dominio del "tempo" cinematogáfico estirándolo y retorciéndolo a voluntad.
ben wade 
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