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French Connection. Contra el imperio de la droga

Thriller Jimmy Doyle y Buddy Rosso son dos policías neoyorquinos que siguen la pista de una red de traficantes de drogas. El primero, que confía en su olfato, sospecha que una confitería de Brooklyn está implicada y convence a su jefe para intervenir la línea telefónica. Poco después, Doyle y sus hombres siguen al dueño de la confitería, que los conduce hasta Nicoly y Charnier, dos franceses que acaban de llegar a Estados Unidos. (FILMAFFINITY)
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Críticas 76
Críticas ordenadas por utilidad
6 de septiembre de 2006
121 de 144 usuarios han encontrado esta crítica útil
Creo que nadie en nuestros días puede dudar que los cinco Oscar y siete nominaciones que recibió esta película fueron, como ha pasado otras muchas veces, excesivos. Y más cuando ese año había obras como "La naranja mecánica" "Verano del 42" o "Nicolás y Alejandra". "French Connection" es ante todo una película oportuna, y eso siempre se valora en los premios.

La moda y estética de "Bullit" y "Cowboy de medianoche" había impuesto un tipo de cine policiaco realista y sucio, que tanto crítica y público querían ver. Algo estaba cambiando en el cine de la época, se estaba haciendo más televisivo y nuevos valores surgidos de la pequeña pantalla empezaban a trabajar en la industria del cine. De ahí surge esta película. Para casi todo el equipo que compuso la película esta era su primera o segunda película (guionistas, montadores, fotógrafos, músicos, fotógrafos, director...) también para el actor Roy Schneider e incluso para Gene Hackman, más avezado, era su primer protagonista. Quitando a nuestro Fernando Rey (y eso que no era el actor elegido por Friedkin sino Rabal) el resto eran casi novatos. Y eso se nota en ideas muevas, como zooms, cámara en mano, giros de cámara brutales, y una estética como decía antes un tanto kitsch.

Había nacido el cine de los setenta que marcaría una época para directores como Scorsese por ejemplo. Friedkin se convertiría en el director de moda y rodaría un par de años después su obra maestra "El exorcista".
Por lo tanto con la segunda parte, de otro director televisivo como Frankenheimer, no tiene casi nada que envidiar a esta, pero como lo que se premiaba a la primera era su impacto novedoso en la época - y no tanto su valor artístico- y eso ya había pasado pues no recibió los aplausos.
Película que destaca más que por sus valores cinematográficos por su significado en la evolución de la historia del cine.
vircenguetorix
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6 de mayo de 2012
80 de 85 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es 1971 y está en auge el realismo fotográfico. Para la iluminación de “The French Connection”, Owen Roizman se aparta exitosamente de la línea marcada por otra película consagrada por las estatuillas, “Cowboy de medianoche”, que presentaba una visión superrealista y algo psicodélica de la jungla urbana, que resulta postiza, histérica y kistch. Hoy es el aspecto más destacable de la película de Friedkin, que puede verse como una leve historia que sirve de excusa para enlazar varias largas escenas de acción urbana, y es lógico que al cabo del tiempo tengamos esa impresión porque todo lo que ofrece al margen de eso no resulta novedoso cuarenta años después; hay policías masticando bocadillos mientras hablan sin parar, escenas de seguimiento callejero tomadas con teleobjetivo y un jefe que no cree que exista caso alguno a pesar de la intuición de sus subordinados. Y, naturalmente, está la escena de la persecución, de un esfuerzo técnico elogiable. Habría que preguntarse si hay algo más.

Tomemos la igualmente célebre escena de la estación de metro. En ella se da lo que posiblemente debería haber vertebrado “The French Connection”, el contraste irónico, casi humorístico, entre el personaje de “Popeye” y el de Charnier, Gene Hackman y Fernando Rey respectivamente. En su seguimiento del segundo, el primero es ruidoso, vehemente, carente de sutileza, un producto físicamente urbano. Charnier, en cambio, se mueve con la gracia del patricio. Pide un café –Popeye compra una manzana de caramelo- y parece como si lo estuviera tomando en los Campos Elíseos. Se trata de la primera confrontación directa entre ambos personajes y gana la astucia sobre el esfuerzo, pero sobre todo gana la distinción sobre la zafiedad.

Es un gran acierto de planteamiento: en realidad, “The French Connection” confronta las maneras americanas con las europeas y llega a la conclusión de que la raíz del vicio suele estar oculta bajo el lustre y la pulcritud. Marsella es una ciudad soleada y tranquila, sedimentada por siglos de solera, mientras que Nueva York es la metrópoli formada por el aluvión humano, la filiación espuria y el caos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Talibán
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3 de agosto de 2011
40 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil
Quinto largometraje del realizador William Friedkin (Chicago 1939) ("El exorcista", 1973), escrito por Ernest Tidyman, que adapta el libro “French Connection: a True Account of Cops, Narcotics and International Conspiracy” (1969), de Robin Moore. Se rueda en escenarios reales de Marsella, NYC (Brooklyn, Queens, Manhattan y East River) y Washington, con un presupuesto de 1,8 millones USD. Nominado a 8 Oscar, gana 5 (película, director, guión, actor y montaje). Producido por Philip D’Antoni, G. David Schine y Kenneth Utt, para la Fox, se proyecta por primera vez en público el 7-X-1971 (NYC y L.A., preestreno). La acción dramática principal tiene lugar en NYC en el invierno de 1971.

Los personajes protagonistas son Jimmy “Popeye” Doyle (Hackman) y su compañero Buddy “Cloudy” Russo (Scheider), agentes de la sección de narcóticos de la policía de NY. Tratan de impedir una operación de compraventa de heroína que creen que ha llegado desde Marsella por cuenta del traficante francés Alain Charnier (Rey). Su lugarteniente es Pierre Nicoly (Bozzuffi) y es colaborador suyo en la operación Devereaux (Pasquale). Doyle es brusco, poco escrupuloso, bebedor, irascible, primario, intolerante, cínico e incansable. Usa habitualmente un sombrero de fieltro. Charnier es agradable, elegante y de formas educadas, pero frío como el hielo y astuto como un hurón.

Es una película mítica, innovadora en su momento, absorbente y fascinante. De estética cruda y realista, compone un retrato crítico y ácido de la policía neoyorquina y muestra NY como una metrópoli sucia, húmeda, gélida, sombría y de fuertes contrastes, poblada de traficantes y consumidores de droga. Contrariamente, ve en Marsella una ciudad monumental, luminosa, soleada y cálida, Contempla la ciudad de Washington como una urbe de cartón piedra, extrañamente blanca, sin pulso y sin vida. Compara varias veces las imágenes contrapuestas de Brooklyn y Manhattan.

Compone un thriller policíaco que se desarrolla a un ritmo de mil demonios, apoyado en un rodaje acertado de las escenas de acción y un montaje magistral de Gerald B. Greenberg. La historia, basada en hechos reales, es sencilla, pero enjundiosa y nada complaciente. La narración de los hechos es vigorosa, rápida y en ocasiones vertiginosa. La carrera en coche persiguiendo al tren es antológica. Las interpretaciones son convincentes y cautivadoras, pese a no prescindir de un cierto tono de exageración, que casa bien con el fanatismo y subjetivismo de Doyle. El relato traslada al espectador un mundo nihilista y sin sentido, que llama a la frustración, la desesperanza y la desolación. Superada la prueba del tiempo, el film es hoy un trabajo clásico, vigente y de gran interés.

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SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Miquel
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23 de marzo de 2010
26 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
Popeye Doyle y Buddy, unos excepcionales Hackman (sobre todo, éste) y Scheider, se patean las calles de Brooklyn en busca de joder el negocio de las drogas. Patean a camellos y trapicheantes, buscando algo a lo que aferrarse. “Algo” que encontrarán en una noche de copas, cuando Popeye, siguiendo su corazonada, se fije en un capullo que suelta los billetes como si fueran caramelos. El caso habrá comenzado.

En sus primeros 50 minutos parece preceder en fondo y forma a ‘The Wire’. Hay escucha, hay seguimiento. Van dando pasos importantes, apareciendo la conexión francesa con el Barbas, un gran Fernando Rey. Los siguientes 50 minutos son de una acción pura y dura, de calidad, con persecuciones y redadas, con un nivel de tensión impresionante alcanzado sobre todo en el cara a cara de Hackman con Rey en el vagón, o en la persecución en coche de Popeye al metro del sicario que concluye en esa memorable escena de la escalera.

William Friedkin nos regala un thriller policíaco, con su elaborada investigación y sus dosis de acción (de gran tensión) correspondientes. Se ha servido de Marsella y Brooklyn. Del mar de la costa azul y del metropolitano neoyorquino. Y, sobre todo, de un gran Gene Hackman, un rudo policía, Popeye Doyle, empecinado en desmantelar el negocio de la droga, manteniéndote con su particular carácter la adrenalina por las nubes. Un papelón que pasará a los anales de la historia del cine. Por lo demás, buena película. Recomendada. Como curiosidad, ¿era tan buena como para arrasar en los Oscar del 71?
The Motorcycle Boy
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4 de mayo de 2017
26 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que más destaca en este importante film es el peculiar estilo y el vertiginoso ritmo que le imprimió William Friedkin.

La acción está basada en una historia auténtica vivida por dos polis que luego noveló Robin Moore y que William Friedkin se empeñó en llevar al cine, para ello quiso dar autenticidad a la historia, y la inicia como un documental a la usanza de los que hizo en televisión al principio de su carrera. Quería conseguir apariencia auténtica porque era una historia real. Se comprueba pues a partir de ahí que está lejos de cualquier tipo de influencias y que no tiene nada que ver con ninguna tendencia del género de aquellos tiempos. Por eso se fue a por un tío elegante como Fernando Rey, un europeo para hacer de señor Charnier, y eligió a dos protagonistas por entonces desconocidos, el todoterreno Gene Hackman que vio a su personaje excesivamente violento y no se creyó capaz de llegar a tanto, tú tranquilo, le dijeron, lo harás bien; y el otro, Roy Scheider, míster seriedad. Incluso, hay personajes reales que salen que en su día fueron testigos de los hechos de uno u otro modo. Ese es el estilo.

Ya el inicio te hace estar pegado a la historia gracias a la elegancia y educación del señor Charnier, estás a la expectativa porque da la impresión que una vez prendida la pólvora, la acción ya no se detendrá. El señor Charnier es un hombre que quiere extender el puerto, justo el puerto donde él trabajó de estibador. Quiere que puedan atracar los mayores barcos del mundo. Es un hombre con aspiraciones, un emprendedor. Lo ve fácil, se necesitarán los permisos adecuados pero eso es peccata minuta, unas comisiones por aquí, otras por allá y arreglado. Piensa que con 10 trabajadores será suficiente para las obras, pero le dicen que los sindicatos exigirán por lo menos 12. Bah, peccata minuta también. El caso es que necesita el capital adecuado y... ahí estará el motivo de su french connection.

Atención pues a Fernando Rey porque en este caso, es un malvado auténtico, un mafioso más escurridizo que una anguila, de los que controla sus contactos y no se fía ni de su sombra; es un malvado de los que crean afición al género. Un mafioso de estas cualidades mejora la película sin lugar a dudas y engrandece cualquier reparto. Ahí están relacionados el montón de premios que recibió el film que por algo será, uno sólo sí podría ser casualidad, pero para quien le guste el género policiaco comprobará que esta excelente obra recibió el reconocimiento adecuado a su valía, y eso no es peccata minuta.
floïd blue
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