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Sombras en el paraíso

7,2
1.538
votos
Sinopsis
Nikander es un conductor de un camión de la basura, que una noche verá como su vida se complica al morirse su compañero de trabajo. Además, se enamora de Ilona, una cajera de un supermercado. Primera entrega de "La trilogía del proletariado" que se compone además de "Ariel" y "La chica de la fábrica de cerillas." (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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18 de julio de 2008
54 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
La gran mayoría de directores de cine se fijan, para sus papeles principales, en policías, detectives, mafiosos, gángsters, delincuentes, criminales, ejecutivos, empresarios, políticos, abogados, científicos, médicos... En general, sus protagonistas suelen tener profesiones rimbombantes, llamativas; digamos que son de esas profesiones que poseen lo que se denomina "cachet".
A pocos se les podría ocurrir mirar un poco más abajo, al montón simple y corriente de la gran mayoría, y colocar como personaje principal a un empleado de una empresa de recogida de basuras. A un basurero, vaya. Y lograr que éste no sea el clásico bufoncillo pringado y un poco penoso que va mendigando glamour por las esquinas.
A Aki Kaurismäki sí se le ocurría la eventualidad de elegir a un protagonista con una profesión de las consideradas poco gratas y dignas y dejarle rienda suelta para moverse dentro de su ámbito de aparente mediocridad. Poco le importaba al finlandés que a sus actores y actrices no los conociera nadie, que sus guiones no fuesen un despilfarro de grandiosidad, ni que toda la atmósfera estuviese inundada de una sencillez que tiene la virtud de evocar en el espectador ese tacto familiar y conocido de las zapatillas de andar por casa.
Firmando una historia libre de efectismos y de artificiosidades, Kaurismäki se desplaza como pez en el agua por la periferia, no exige unos grandes registros interpretativos pero consigue que los personajes sean auténticos, reales, como ese vecino de la puerta de al lado, como ese cartero que va distribuyendo el correo, como ese repartidor del pan que todos los días se pasa a dejarte los bollos y te pregunta por la familia. O como ese basurero que pasa a las horas más intempestivas en el maloliente camión, recogiendo los desperdicios de los contenedores.
¿Qué puede ofrecer de interesante un trabajador solitario, sin ambiciones, sin aspiraciones elevadas, cuyo horizonte viene marcado por el trazado de calles anónimas, por las paredes de una vivienda extremadamente modesta, y por su transcurrir ordinario como una isla en medio de un mar casi desierto?
Trabajar, comer, fumar, pensar, hablar poco, dormir. Poco más que eso.
Y sin embargo, pese a tan poco... Una no tiene la sensación de estar ante un espectáculo vacío. Hay algo. Hay vida. Tal vez no sea una vida repleta de aventura y fantasía, pero es la vida que a muchos les toca.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Vivoleyendo
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18 de enero de 2009
28 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un tipo trabaja como basurero en su ciudad. Realiza su labor y sigue la rutina día a día, hasta que la conoce a ella, una muchacha empleada en un supermercado con la que, sorprendentemente, parece conectar. Le pide una cita sin dudarlo y, durante esa cita, la muchacha se levanta y se va. Le dice que eso no puede funcionar, que no funcionará. Sin mucho empeño, él prosigue con su rutina diaria hasta que un día, se encuentran de nuevo, en otra situación, bajo otro pretexto, y parece que algo está a punto de cambiar...

¿Y entonces, qué sucede?

Sucede que Kaurismäki es un genio. Sucede que el tío con un par de caracteres sencillos, simples, pero bien enlazados, consigue trenzar una historia romántica como quien no quiere la cosa. En ella puede que no suceda mucho, o puede que realmente suceda todo, pero lo que sí encontramos con claridad es otro elemento que confluye en las obras de este exclusivo cineasta: Búsqueda. Bajo su yugo, ambos protagonistas acuden a ese término pero jamás encuentran... hasta que en un punto de inflexión se encuentran, se entienden y todo parece resquebrajarse de nuevo... porque así es el amor, un torrente de causas y consecuencias que incluso en los lugares más gélidos, entre las gentes más frías, podría arrollar con una candidez tremenda.
Grandine
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8 de agosto de 2008
28 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
*Desamparados en el margen de la sociedad finlandesa, los personajes de la ‘Trilogía de los Perdedores’ carecen de ideales, aunque un sentimiento intuitivo de integridad les mantiene a duras penas en una existencia cuesta arriba.
Salvo eso, nada poseen. Tampoco el lenguaje, del que hacen uso mínimo. Lo rigen otros y está lleno de trampas: uno puede enredarse en palabras diciendo lo que no quería decir, perpetuando involuntariamente los valores oficiales.
Despojados del idioma, no formulan su voluntad.
Sentados en la acera, Nikander e Ilona, la cajera del supermercado, fuman y tantean si pueden fiarse el uno del otro, mirar juntos el porvenir. Un pacto de supervivencia, sin romanticismos.

—¿Qué quieres de mí?
—Soy Nikander, ex carnicero, ahora conductor de camiones de basura, con dientes y estómago malos, hígado hecho polvo y cabeza no muy allá. Y no quiero nada de nadie.


*Las palabras y los nombres asignan a los seres una identidad fija. ¿Trabajas conduciendo un camión de basuras? ERES un basurero. Zafarse de un lenguaje así es librarse de etiquetas aplastantes.

—¿Cuál es tu nombre de pila?
—No te lo diré.
—¿Algún problema con eso?
—Podría ser…

En los prolongados silencios la música, procedente de tocadiscos, radio y conciertos en vivo, muestra y amplifica el sentir de los personajes. Baladas finlandesas, rock, John Lee Hooker y un melancólico bolero de Guty Cárdenas.
Dile a tus ojos que no me miren porque al mirarme me hacen sufrir...


*Al renunciar al lenguaje se impugna la totalidad del sistema, incluidos sus criterios de salud y terapia:

—Estás enfermo…
—Sí, mentalmente.
—Que te vea un médico, para la baja.
—La clase de médico que necesito no ha nacido.


*Aprender otra lengua (inglés) es irse enviando al extranjero. Liberador. Un ejercicio que traduce Nikander en la academia dice con tono elegante que estar enamorado es divertido, muy divertido.
La vida es corta y el instinto alimenta una digna esperanza: desde el puerto de Helsinki, entre grúas como saurios, zarpar hacia Tallin, en la orilla soviética.

—Pero, si nos vamos de viaje, ¿cómo nos arreglaremos con el trabajo?
—Small potatoes! [¡Bagatelas!]
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Archilupo
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8 de abril de 2012
18 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Primera entrega de la “trilogía del proletariado”, del realizador finlandés Aki Kaurismaki (“La chica de la fábrica de cerillas”, 1990). Se basa en un guión original escrito por el propio Kaurismaki. Se rueda en escenarios naturales de Helsinki y otras localidades de Finlandia. Producida por Mika Kaurismaki para Villealfa Filmproduction, se estrena el 17-X-1986 (Finlandia).

La acción dramática tiene lugar en Helsinki y localidades cercanas a lo largo de varios meses de 1986. El protagonista es Nikander (Pellonpaa), antiguo mecánico y actualmente chofer de un moderno camión de recogida diaria de residuos sólidos urbanos. Es un hombre solitario, taciturno, reservado y de pocas palabras. Se entretiene jugando al bingo, asistiendo a clases de inglés, apostando a las cartas con su amigo y oyendo música en casa o en el bar de la esquina atestado de gente que bebe y fuma. Conoce a Ilona Rajamaki (Outinen), cajera de un pequeño supermercado, que comparte piso con una compañera y que durante el último año ha sido despedida de tres trabajos diferentes. Simpatizan e inician una relación intermitente que combina encuentros, cenas de bocatas, plantones y desencuentros.

La trilogía del proletariado integra, además del film que comentamos, otros dos: “Ariel” (1988) y “La chica de la fábrica de cerillas” (1990). El realizador explora a través de ellos el mundo de frustraciones, explotación, trabajos precarios, despidos rápidos, salarios de supervivencia, exclusión social, marginación e insolidaridad que caracteriza y oprime a los asalariados sin cualificar o insuficientemente cualificados. El prortagonista puede ser un antiguo minero en paro, una muchacha que trabaja en una fábrica como apéndice de una máquina, una cajera de supermercado, la empleada de un matadero o un basurero. Se trata siempre de personas sencillas y corrientes, que carecen de futuro y de esperanzas. Arrastran vidas modestas, de escasas relaciones sociales y frecuentes apremios económicos. Viven al día, sin pensar en el mañana, porque lo que tienen no les da para más. En todos los casos ocupan un espacio social amenazado por la exclusión social y nunca exento de incidentes de marginación e insolidaridad.

El estilo narrativo es de una sorprendente austeridad, una sobriedad inusual y una parquedad dependiente de una encomiable economía de medios. Los personajes hablan poco, contienen la expresión corporal, transitan por la pantalla con caras serias y circunspectas, nunca esbozan una sonrisa o una mueca de satisfacción. El relato se ve invadido por una atmósfera de melancolía, sencillez, autenticidad y sinceridad, que despierta en el espectador sentimientos de seducción y fascinación.

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Miquel
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17 de febrero de 2010
11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
No es una película sobre el común de los mortales, sobre personas del montón, gente corriente o anónimos trabajadores, estos personajes son completamente singulares, únicos, reconocibles, recordables y protagonistas.

Qué es si no la maravillosa Kati Outinen que atraviesa la filmografía de Kaurismaki para servir de elemento común a su bizarra galería de pretendientes-pretendidos imposibles que acostumbran a recibir una paliza por película. Aunque pasa momentos de duda, sabemos que al final irá por el camino que a nosotros nos entusiasme más, el que irremediablemente nos sabe más a auténtico. Todo el mundo averigua durante las películas que se puede contar con Kati. Algo en la expresividad de su rostro, de sus movimientos, de su presencia, llena de magnetismo estos escenarios tan sobrios, tan mínimos, tan fríos que acabamos pensando inexorablemente: no quiero ir a Finlandia si no está Kati allí.

Y luego está Nikander que no necesita presentaciones (“soy Nikander”) y que es un auténtico héroe a lomos de su camión, que se pelea con los ricos, desprecia a los sanos y sueña incluso con la tierra prometida, que además es un paraíso tan apetecible como Estonia.

Además, reconocemos la iconografía del director: el cabaret, los boleros, la televisión, el tocadiscos, los bocadillos en el trabajo, la vivienda espartana que creemos haber visto en un Documentos TV sobre la vida en la RDA. Necesitamos todo este artilugio para sentirnos como en Finlandia.

Este tipo sabe manejar las emociones en una caja de herramientas. Es difícil explicar cómo con tanta frialdad, con tanta apatía, con tanta galvana, con tanta cara de nada, con tanto yo te hablo pero tu no me contestas, nos pueda invadir la paz cuando al final de sus películas entran los clientes en el restaurante, vuelve ya el hombre sin pasado libre de sus olvidadas ataduras o se embarcan los novios juntos en el ferry.
Un poquito pesada
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