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La voz de Hind

Drama 29 de enero de 2024. Los voluntarios de la Media Luna Roja reciben una llamada de emergencia. Una niña de 6 años está atrapada en un coche bajo fuego en Gaza, suplicando ser rescatada. Mientras intentan mantener el contacto telefónico con ella, hacen todo lo posible para enviarle una ambulancia. Su nombre: Hind Rajab.
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8
27 de octubre de 2025
82 de 96 usuarios han encontrado esta crítica útil
Quizá recordemos la noticia del 29 de enero de 2024 (de ayer mismo), sobre el asesinato a sangre fría de una niña, de una familia y de los miembros del equipo de rescate de la Media Luna Roja. Quizá se haya perdido la noticia entre la avalancha de atrocidades de estos dos últimos años, en lo que constituye un caso de genocidio por parte del Estado israelí sobre la población palestina de Gaza (y de Cisjordania).
Fouther Ben Hania ha elegido este caso, entre tantos posible (es de suponer), para que la noticia fría, distante, y sobre todo rápida en ser sustituida por otra, de igual o de mayor barbarie, se fije en nuestra memoria y, seguramente, en esa sustancia donde se fijan nuestras emociones. Una emociones que impelen a la reflexión y a la acción, en el sentido de tomar partido, de huir de la indiferencia o del cinismo.

La directora ha realizado un película que reproduce las horas (condensadas) que se suceden entre la primera llamada da una niña, Hind, que se encuentra en el interior de un coche que ha sido bombardeado en el norte de Gaza, hasta su desenlace. Los servicios de la Media Luna Roja activan el dispositivo para poder recatarla, si el ejército israelí lo permite. Los espectadores vemos a los miembros de la organización hablando con Hind, animándola, dándole esperanzas sobre un rápido rescate. Es una labor agotadora, pues luchan contra todas las trabas que el ocupante opone a ese rescate. Luchan también contra su propia impotencia (que es la nuestra, en otra escala mucho menor), para salvar a una niña aterrorizada, pero que mantiene su lucidez.
Hania recoge las grabaciones originales con las conversaciones entre la niña y el equipo de la Media Luna Roja, lo que añade no solo autenticidad, también “actualidad” a lo que vemos y escuchamos, como si siguiera ocurriendo en un presente continuo. Representa también las tensiones, muy humanas, del equipo de la Media Luna Roja, su compañerismo, sus disputas y sus dilemas en las decisiones que tienen que tomar sobre la marcha.

Nunca vemos lo que ocurre al otro lado, en ese lugar de Gaza donde está la niña y sus familiares muertos en un coche. El lugar del espectador es de los miembros de la Media Luna Roja. Estamos en el lado de la rabia y de su impotencia, y en la de la voluntad por seguir en la lucha, que es la de la humanidad, la de la justicia.

De la directora y de su recurso al documental entreverado con el uso de la ficción para contar historia, ya tuvimos ocasión de ver en la SEMNCI de 2023, “La cuatro hijas” (“Les filles d’Olfa”), sobre una madre y dos de sus hijas captadas por el yihadismo. Recuerdo a la madre y algo que decía sobre el amor de las gatas madres a sus crías, que alcanza a devorarlas. No se me ha olvidado.
3
19 de noviembre de 2025
166 de 297 usuarios han encontrado esta crítica útil
La Voz de Hind parte de un material que no necesita refuerzo dramático: la llamada real de una niña de seis años atrapada en un coche bajo el fuego en Gaza, la impotencia de unos voluntarios de la Media Luna Roja y la certeza, para cualquier espectador mínimamente informado, de que el desenlace será devastador. Kaouther Ben Hania construye sobre ese hecho una película que aspira a ser testimonio urgente y denuncia, pero termina siendo un instrumento torpe, manipulador y estéticamente pobre. Es un film que nace de una indignación justa, pero cuya forma termina traicionando, más que potenciando, la gravedad de lo que quiere mostrar.

El planteamiento inicial está claramente modelado sobre el esquema del thriller de cabina única: un call center, unos pocos personajes confinados en una sala, teléfonos que suenan, órdenes contradictorias, y al otro lado de la línea una voz infantil que pide ayuda. Desde la primera escena se establece un tono de urgencia y clausura, con la pantalla estrechada al interior del centro de operaciones mientras en off escuchamos el horror exterior. La decisión de incorporar las grabaciones reales de Hind tiene un impacto inmediato: no hace falta ninguna sofisticación formal para que esas palabras, repetidas por los altavoces de una sala o de un cine, atraviesen al espectador. Sin embargo, en lugar de construir alrededor de ese material un dispositivo que lo piense, lo encuadre o lo interrogue, la película se limita a repetirlo, estirarlo y rodearlo de subtramas dramáticas subrayadas hasta el exceso.
Los personajes que sostienen el relato (especialmente el voluntario interpretado por Motaz Malhees) están escritos y dirigidos en clave de histeria constante. Él pasa buena parte del metraje llorando, gritando, golpeando muebles, discutiendo con su superior; sus compañeros oscilan entre el colapso nervioso y la culpa en modo automático. No se trata de negar que, en una situación extrema, el quiebre emocional sea verosímil, sino de constatar que aquí casi no hay gradación ni matiz: todo está en un registro único de angustia performativa que termina alejando más que acercando. Cuesta creer que un equipo de emergencias, habituado a recibir llamadas horribles, funcione como una asamblea de desbordes permanentes. La interpretación parece diseñada para que no haya un segundo de silencio interior, y la cámara, pegada a primeros planos temblorosos, convierte esos rostros en vectores de estrés pero no en sujetos complejos.

Desde el punto de vista formal, la propuesta es sorprendentemente plana para una cineasta experimentada. El encierro espacial podría haber generado un trabajo riguroso sobre el fuera de campo, sobre los monitores, sobre la relación entre imágenes mediadas y voces; sin embargo, la puesta en escena se reduce a cámara en mano, planos cerrados de caras angustiadas y una repetición visual que apenas evoluciona. No hay verdadera exploración del espacio, ni del tiempo, ni del tránsito entre la pantalla en la sala y la realidad que esa pantalla pretende representar. El sonido, que debería ser el gran protagonista (estamos hablando de una película construida alrededor de una voz), se limita a subrayar lo obvio, con crescendos y subrayados musicales que interfieren en lugar de acompañar. Más que un dispositivo formal pensado para hacer justicia al material, lo que se percibe es una confianza ciega en que la voz real será suficiente y que el resto puede funcionar en piloto automático.
En lo temático, La Voz de Hind quiere ser una pieza clave del cine político sobre Palestina: una película que muestre la demolición de Gaza, la crueldad del asedio, la parálisis cómplice de la comunidad internacional.
Y, sin duda, el relato de Hind Rajab merece memoria, análisis, indignación. El problema es que el film se conforma con ser una misa para convencidos ya que el público que entra ya está en su inmensa mayoría posicionado de antemano, y la película se limita a devolverle lágrimas y confirmación moral. No hay interrogación de las estructuras de poder más allá del obvio verdugo, no hay reflexión sobre el lugar del espectador, sobre la mediación de las imágenes, sobre el riesgo de convertir el sufrimiento palestino en un género festivalero de consumo progresista. La decisión de proyectar una y otra vez los audios de una niña muerta en salas repletas podría haber sido el centro de una autorreflexión incómoda; en lugar de eso, el film se instala en el papel de vehículo noble sin cuestionarse sus propios mecanismos.

El balance que queda es el de una película de enorme importancia temática y mínima potencia cinematográfica. Como obra de ficción, La Voz de Hind es una versión pobre de modelos como The Guilty: un chamber piece de suspense que no posee ni la precisión formal ni el rigor dramático necesarios para sostenerse por sí misma. Como gesto político, corre el riesgo de convertirse en el símbolo del doble rasero del cine comprometido contemporáneo: todos lloramos, todos asentimos, todos reafirmamos nuestra posición moral, y luego seguimos con nuestra vida normal. La historia de Hind Rajab merecía un film mejor, o quizá directamente un documental que asumiera sin rodeos su naturaleza de testimonio. Tal como está, la ficción parece menos un acto de reparación que una explotación torpe de un dolor real, y eso, incluso en nombre de una causa justa, tiene algo de traición difícil de digerir.
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Es en el terreno del guion donde las costuras son directamente visibles. Los conflictos se introducen porque el manual del thriller de festival dice que hace falta conflicto: el choque con el jefe, la discusión obvia sobre prioridades, los reproches cruzados para ocupar el tiempo que el relato no sabe llenar. La estructura de la película es, en el fondo, un largo “quizás aún lleguemos a tiempo” cuando todos sabemos, desde el minuto uno, que no se va a llegar. Se juega con la posibilidad de rescate como si se tratara de un mecanismo clásico de suspense, a sabiendas de que la realidad ya ha dictado la sentencia. Eso no sería un problema si el film asumiera la inevitabilidad de la tragedia y trabajara desde ahí el verdadero horror (la impotencia, los obstáculos burocráticos), pero en lugar de eso se nos mantiene noventa minutos en una ilusión dramática que nunca puede realizarse. Es una dinámica que roza el cinismo, pues la película estira una duda que el mundo real no dejó.
Las pocas secuencias que destacan lo hacen casi exclusivamente por el peso del hecho que reproducen, no por cómo están filmadas. El primer momento en que la voz de Hind se escucha en la sala, con los voluntarios intentando mantenerla en línea, debería ser una lección de contención; en cambio, muy pronto la escena se ve invadida por gesticulaciones y expresiones que no dejan respirar al silencio ni al espectador. Hacia el final, cuando la película termina de negar toda posibilidad de rescate, el corte entre la última tentativa y el reconocimiento implícito de la muerte de la niña podría haber sido un momento de escalofrío helado, pero la puesta en escena insiste en telegrafiar la emoción. No hay verdadero espacio para que el horror se asiente, más bien todo está masticado de antemano.
8
28 de septiembre de 2025
32 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
La película 'La voz de Hind Rajab', ganadora del Gran Premio del Jurado en Venecia, logra alzarse con el premio del Público-Ciudad Donostia de la 73 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, con la máxima puntuación de la historia del certamen, 9,52 sobre 10, a la vez que se hace con el premio el Premio Agenda 2030 Euskadi Basque Country.

El film dirigido por la directora tunecina Kaouther Ben Hania, nos rescata a través de una niña palestina, Hind, la voz del pueblo de Gaza, arrasado por la ofensiva israelí, tras 15 de retransmisión casi en directo del sufrimiento e impotencia de la población gazatí, que clama como puede, para sobrevivir a la brutal estrategia bélica.

Las conversaciones de los voluntarios y la madre intentan con desesperación ahogar la angustia y el miedo atroz de la niña, atrapada entre los cadáveres de su familia, para no perder la comunicación y lograr sentirse acompañada y con esperanza, mientras tratan en otra línea de actuación, de luchar con la burocracia y la vía política, para gestionar con la mínima seguridad un servicio de rescate. La película se vive como un thriller, con reiteradas cambios de plano, llamadas, zooms que ahondan en la tensión y la desesperación, pero también en esa lucha feroz y admirable de los equipos de voluntarios consigo mismos, con su propia desesperación, para una situación límite lograr gestionar su propio miedo, su desesperación y su rabia, para lograr trazar un hilo de humanidad que sostenga el máximo tiempo posible la desesperación de una niña de 5 años, con preguntas cotidianas, oraciones, el susurro del mar, y una voz calma, amable, domada con caudales de empatía y amor.

La película utiliza el testimonio real para presentar una situación con un peso dramático brutal, como vía para dar voz a todos aquellos que se rebelan a que se extinga el derecho de todo ser humano a vivir, a sentirse a salvo, a soñar con una infancia donde jugar, reír, dando gracias también a todas aquellas personas que persiste en donar su voz para seguir luchando, sosteniendo, acompañando, mientras se manifiesta el fracaso de la comunidad internacional para garantizar esos derechos.
8
25 de noviembre de 2025
30 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ante la aparente insensibilidad de las personas con las imágenes de guerras y tragedias en vivo, Kaouther Ben Hania apuesta por configurar un ejemplo de cine compasivo. A través de un viaje emocional que como en su anterior película ("Las cuatro hijas") mezcla realidad con ficción, la directora obliga al espectador no solo a mirar, sino a escuchar. De esta manera sensorial apela a la moral de la audiencia y denuncia la deshumanización consecuente del genocidio y las atrocidades contra los civiles palestinos.

"La voz de Hind" es un drama intenso, con tintes de thriller en momentos concretos, que avanza sin descanso en una única localización: la sede de la Media Luna Roja en Cisjordania. Basada en hechos reales, el sonido es lo primero que cobra protagonismo frente a una imagen borrosa. Y tiene todo el sentido del mundo puesto que, a lo largo de todo el metraje, son las llamadas de emergencia grabadas durante el 29 de enero de 2024 las que vertebran la historia. En ellas, la voz de la pequeña Hind, de tan solo seis años, es recuperada y utilizada como un grito de socorro. Este enfoque auditivo, con el que el temor de una niña queda evidenciado, resulta agónico, angustioso y demoledor.

El largometraje además recurre a los primeros planos para sacar provecho de las sobresalientes y honorables actuaciones, llenas de verdad, que muestran el sufrimiento de la situación a la que se exponen los voluntarios. Gracias a esas interpretaciones de todo el reparto, no solo se habla de la tragedia, sino que se retrata el arduo trabajo humanitario de esos profesionales y su frustración frente a los actos inhumanos y los impedimentos burocráticos. Y para reforzar este aspecto, Kaouther Ben Hania utiliza también grabaciones de aquel mismo día, registradas por el equipo, y las inserta dentro de la ficción a través de los dispositivos móviles de la propia ficción.

En conjunto, "La voz de Hind" nos recuerda que el cine también es un gran canal de difusión para visibilizar relatos con el fin de que no caigan en el olvido y lleguen a todo el mundo o, al menos, a aquellos que tienen voz para hacer algo. La participación de aclamados profesionales del séptimo arte y de la industria de Hollywood en la producción ejecutiva del film no hace más que atestiguar eso. Asimismo, no se puede eludir que la audiencia se encontrará con un difícil visionado, no apto para aquellos más sensibles, pero que no deja indiferente y es sumamente necesario.

www.contraste.info
8
19 de noviembre de 2025
25 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
'La voz de Hind' es una película basada, desgraciadamente, en hechos reales. En ella escuchamos la llamada de una niña palestina de 6 años, que se pone en contacto con la Media Luna Palestina después de que el coche de su familia fuera interceptado por el ejército israelí. Los trabajadores le acompañan al teléfono mientras que, por otro lado, intentan que una ambulancia vaya al lugar a para rescatarla.

Esta película no solo es que sea una dramatización de un hecho que ocurrió de verdad, sino que la llamada de Hind es 100% real, no es una actriz doblándola, son grabaciones completamente verídicas y que nos ayudan ponernos en primera persona en esa 'operación rescate' que monta la Media Luna Palestina.

Fui a ver la película bastante reacio y con la ceja levantada, sí, sabía que había sido la peli más ovacionada de la historia del festival de Venecia, pero no me fiaba de no estar ante pornografía emocional, no me fiaba de que no se aprovechase de un tema muy delicado y de plena actualidad para sacar unas lágrimas del público que a lo mejor luego no se correspondían con el producto... pero me equivoqué.

Esta peli es muy honesta, realmente la emoción que consigue en el espectador es la natural. No juega ni con la música ni con imágenes demasiado explícitas (por lo menos, hasta el final) para provocar nada. Todo el mérito se lo llevan los diálogos, las interpretaciones de los actores, y la historia que cuentan.

Podrás sentir ternura, nervios, miedo... incluso te pondrás en la piel de personajes, a priori, difícil de empatizar, como el coordinador de emergencias, al que te dan ganas de cantarle las cuarenta como hacer Omar, pero tarde o temprano te darás cuenta de que ninguno de ellos, nadie de los que sale en pantalla, es el malo de la historia.

Te hará pensar y te emocionará. Solo apta para mentes que saben a lo que se van a enfrentar.
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