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Críticas de Revista Contraste
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396 críticas
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7
7 de noviembre de 2019
144 de 188 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Hoyo se ha convertido en uno de los éxitos inesperados de la cartelera. Producida por Basque Country, enseguida Netflix vio un éxito seguro y la compró para distribuirla. Enamoró al público del Festival de Toronto e hizo historia en el Festival de Sitges convirtiéndose en el primer largometraje español en ganarlo. ¿Qué nos cuenta El Hoyo?

El Hoyo no es una distopía, no nos habla de un posible futuro. Es una metáfora de la sociedad actual. Goreng (Ivan Massagué) accede a entrar en una sistema de plataformas para conseguir un título homologado. Despierta en una estructura vertical inmensa compuesta por centenares de niveles y, en cada uno de ellos, conviven durante 30 días dos personas que no se conocen, y cuya única fuente de comida es una plataforma que baja desde el primer nivel hasta el último. El sistema hace que los primeros niveles puedan comer tanto como quieran, mientras que los últimos a duras penas puedan sobrevivir… a no ser comiéndose los unos a los otros. La parábola es más que evidente.

Una administración anónima pone las reglas: cambia a los miembros de nivel, provoca frío o calor si los participantes se quedan con comida o los castiga. Goreng se encuentra con distintos temperamentos: Trimagasi, el cínico que quiere sobrevivir a cualquier precio. Imoguiri, que ha entrado pensando en contribuir a la solidaridad espontánea. Son ideas, caracteres que nos encontramos en el día a día. Y al final, la lucha entre dos ideas enfrentadas: una, la más evidente: el hombre es un lobo para el hombre y no hay esperanza. En el otro lado, la esperanza representada por los Quijotes que todavía confían en la sociedad y algunos que creen en Dios. Son ideas confusas que se combinan con una violencia extrema.

David Desola y Pedro Rivero han escrito un guión redondo, donde no se les escapa ningún fleco para construir una cárcel que haga metáfora de la vida. Imposible no acordarse de la terrorífica Cube o de la mas reciente Snowpiercer, al que se le añade ese humor socarrón tan patrio, imposible de importar de otros países. Los actores cumplen a la perfección en su papel de mero concepto.

En definitiva, una película dura, por momentos repugnante, pero que hace pensar –y agobiarse– sobre qué es lo que mueve a las personas, qué sociedad estamos construyendo y de dónde le viene la salvación al hombre.

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Revista Contraste
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2
11 de abril de 2019
63 de 84 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con un “Hay momentos en la vida que nos definen” se abre el primer film de la tetralogía para adolescentes After. Esta futura saga, basada en las novelas de Anna Todd, recoge relatos inspirados por el amor de la escritora a Harry Styles (cantante de One Direction). Los libros ya han sido descritos como las Cincuenta sombras de Grey para jóvenes. Y, pese a haber suavizado la primera entrega en la gran pantalla (ya que el texto original es mucho más escabroso), alguien con criterio no deja de estar inquieto ante el eminente triunfo de esta fórmula comercial y sexual.

Para analizarla, empezaremos con la frase inicial mencionada, puesto que describe muy bien lo que el espectador va a ver: “Hay momentos en la vida que nos definen”. La película parte de la premisa del cambio de identidad de una joven ante su primera relación sexual. No dice “hay etapas que te definen”, sino que son instantes que, como el de un trauma, van a marcar quién seas hasta el fin de los tiempos. Y el largometraje termina diciendo: “Pasado esto, ya solo queda after (después)”.

Así que, en esa vaguedad cronológica, la cinta agarra un hecho sexual, bajo un pretexto muy visto de “chico malote, guapo y con dinero consigue a chica buena e insegura”. El resultado es una historia que busca ser transcendental y que, no obstante, carece de trasfondo alguno.

Cuando las réplicas vuelan sin razón, las caricias parecen tener sonido, las respiraciones profundas acompañan los eternos giros de cámara ralentizada y en primer plano de las caras de los protagonistas mientras se besan… algo sucede. Cuando todo se entrelaza con música a ritmo de videoclip, lesbianas guapísimas de infarto, profesores portadores de la moral, grandes citas de novelas clásicas y universidad muy americana; se huele que han creado un embalaje edulcorado para captar al público joven y venderles algo que buscan.

¿Qué buscan? Que alguien les hable sobre sus intereses; los cuales, en esas edades, muchas veces van guiados por el despertar sexual. Si encima la protagonista tiene “todas” las características en las que una adolescente se puede ver reflejada (además de ser guapísima y tener siempre suerte), el mensaje cala más hondo. Y cuando le sumamos que la figura masculina es un hombre con un “gran trauma”, cuya voz aterciopelada y cara de esfinge busca poseerla: ella cae en sus garras.

Bajo todo eso, el film juega dos bazas: la de chica que salva a chico y la de “tómate el tiempo que necesites”. Sin embargo, olvida resaltar que él se sale con la suya durante el proceso de conquista y en el final. También ignora el hecho que ella salga impune y de rositas ante una infidelidad, o que los problemas no tienen consecuencias (ni los pasos morales que damos ni los pasos físicos).

Y pese a poder ser una caricatura de la realidad, After solo da argumentos para seguir apoyando unos esquemas machistas y deshumanizadores en los que el amor y la persona no importan.

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Revista Contraste
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6
23 de septiembre de 2020
46 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las catástrofes de todo tipo –especialmente las naturales, que no tienen un culpable político/ideológico concreto que hiera sensibilidades– son una fuente inagotable de ideas para el cine de acción.

Situaciones al límite, heroicidades sin cuento de los buenos y ladinas mezquindades de los malos, efectos especiales espectaculares, decesos dramáticos de parientes o amigos secundarios y jerga pseudocientífica para rellenar huecos son algunas de las líneas maestras que definen este subgénero y que le proporcionan una base de solvencia suficiente para sacar adelante el producto.

Greenland: el último refugio –la última apuesta del tándem Butler/Roman Waugh (después de la saga presidencial que comenzó con Objetivo: la Casa Blanca)– sigue religiosamente estas normas del estilo apocalíptico y ofrece un título bastante digno, sobre todo en el páramo de estrenos provocado por esta, ahora sí, catástrofe real de la pandemia del 2020.

La trama es sencilla y el protagonismo de la familia garantiza los momentos emotivos necesarios para los descansos entre las escenas de acción. Los efectos especiales son bastante sobrios pero eficaces y, entre todos estos elementos, se rellenan, sin cansar, sus dos horas de metraje.

Hay muy poco de original en Greenland: el último refugio. Algún giro de guion inesperado, como los que suceden tras las recogidas en la carretera, o la tensión generada entre parientes y amigos por haber sido elegidos para salvarse en los refugios. Sin embargo, es precisamente su falta de pretensiones, salvo la de entretener y distraernos, la que hace de este film una buena película. Cumple las (bajas) expectativas que propone y lo hace con profesionalidad. Desde luego para mí, suficiente.

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Toy Story 4
7,1
24.905
Animación
9
18 de junio de 2019
54 de 81 usuarios han encontrado esta crítica útil
Empieza a ser un reto cada vez más insuperable escribir un comentario sobre un producto Pixar en general, y Toy story en particular, sin que parezca que nos hemos limitado a acudir al archivo y desempolvar las críticas anteriores.

Se nos acaban los adjetivos y las expresiones con las que calificar, entusiasta y objetivamente, el trabajo de estos realizadores que han sido capaces de regalarnos una nueva entrega de las aventuras de Woody, Buzz y compañía sin restar ni un ápice de calidad técnica, agilidad narrativa y profundidad humana.

En manos de Josh Cooley (en su primer largometraje como director, pero responsable del inteligente guion de Del revés) y recuperando para el libreto a Andrew Stanton (que dirigió, por ejemplo, Buscando a Nemo o Wall-e) la cuarta entrega de Toy story se presenta como una digna continuación de las anteriores.

Mantiene lo esencial: una animación exquisita, un perfecto equilibrio entre los momentos de acción alocada, los de acción de verdadera supervivencia y las escenas entrañables y universalmente emotivas, una galería de personajes que no pierden la juventud (ventaja de ser un juguete) y una explicación natural y plástica de las grandes virtudes del ser humano (lealtad, valentía, superación, responsabilidad, confianza, sinceridad, redención, fortaleza…).

Sobre este sustrato, comparecen los nuevos personajes, con especial protagonismo de Forky, la pareja de peluches descerebrados o de Caboom (un motorista setentero que en la versión original tiene la voz de Keanu Reeves, quien no se había visto en otra mejor desde Speed o Matrix). Y reaparecen otros (no estropeo nada porque se ven en el cartel publicitario) como la lámpara-pastora o Bonnie, la niña que en la tercera entrega heredó los juguetes de Andy.

Para la nueva trama, Folsom y Stanton diseñan unos nuevos escenarios que amplían las posibilidades dramáticas y los efectos de correrías y fantasía visual. El parque de atracciones y la tienda de antigüedades suben unos cuantos escalones más la apuesta para genialidad de este equipo de realizadores.

Y por seguir yéndonos a la estratosfera no me resisto a realizar un comentario teo-filosófico-psicológico: el personaje de Forky, analizado, como digo, desde la atalaya académica, es toda una lección de antropología sobre el sentido de la vida del ser humano; sobre la necesidad de entender el valor incalculable de toda vida humana que solo se comprende al 100% cuando se asimila que es el amor el que genera la vida y el que garantiza la verdadera autoestima y el que da razones para seguir adelantes.

En fin, que hay que verla.

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8
13 de marzo de 2019
28 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
Entre el Gordo y el Flaco hay algo más que peso; juntos hicieron más de 30 cortometrajes mudos, 40 cortos sonoros, 20 largometrajes y 10 cameos. Y es que, entre muchas de las parejas cómicas de la historia del cine, Stan Laurel y Oliver Hardy están considerados como unos de los mejores humoristas del séptimo arte.

La propuesta era arriesgada. Sin embargo, Jon S. Baird y su equipo la han sabido ejecutar sin escatimar en detalles ni añadir florituras innecesarias. Jon, que después de Filth, el sucio (con James McAvoy) se había estado dedicando a las series de televisión, ahora vuelve con fuerza a la gran pantalla. Pero es Jeff Pope, un gran admirador del dúo cómico y conocido productor y guionista, quien se encarga de sacar a relucir la gira teatral que realizó la pareja por el Reino Unido a principios de los 50.

Pope y Baird cuentan con dos excelentes actuaciones. Por un lado Steve Coogan, que ya había colaborado con Pope en el guion nominado al Óscar de Philomena y, por otro, el cómico John C. Reilly (Chicago, Guardianes de la galaxia). Ambos se han llevado nominaciones por estas interpretaciones en los Globos de Oro y los BAFTA.

El film sabe arrojar luz sobre un periodo concreto de este dúo y descubre mucho más que una mera biografía. El tesoro se encuentra en dos personas muy distintas a las que les une algo más que sus personajes. Así que, entre payasadas y lagrimillas, no solamente celebran la grandeza del Gordo y el Flaco sino que retratan una alabanza a la amistad.

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