La voz de Hind
7,3
4.814
Drama
29 de enero de 2024. Los voluntarios de la Media Luna Roja reciben una llamada de emergencia. Una niña de 6 años está atrapada en un coche bajo fuego en Gaza, suplicando ser rescatada. Mientras intentan mantener el contacto telefónico con ella, hacen todo lo posible para enviarle una ambulancia. Su nombre: Hind Rajab.
18 de febrero de 2026
18 de febrero de 2026
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
95/27(12/02/26) Hay películas necesarias que no son buenas películas. “La voz de Hind” (2025), escrita y dirigida por Kaouther Ben Hania, es una obra de enorme relevancia moral y mínima potencia cinematográfica. Nace de una indignación legítima y de un impulso testimonial urgente —convertir en memoria lo que fue una noticia fugaz—, pero su forma termina traicionando la gravedad de aquello que pretende honrar. Devastadora por el material real que utiliza, torpe en su ejecución, reiterativa en su planteamiento y manipuladora en sus subrayados, me deja con una sensación incómoda: la historia de Hind Rajab merecía más cine y menos dispositivo. La valoro con una mezcla de respeto y frustración.
La película reconstruye, en clave de docudrama, los hechos del 29 de enero de 2024: la llamada desesperada de una niña palestina de seis años atrapada en un coche bajo fuego en Gaza, mientras voluntarios de la Media Luna Roja intentan coordinar un rescate imposible. Ben Hania —a quien ya vimos experimentar con la hibridación documental en “Las cuatro hijas” (2023)— vuelve aquí a ese terreno ambiguo entre archivo y dramatización. Utiliza las grabaciones reales de las llamadas de Hind y las integra en una ficción encerrada en la sede de la Media Luna Roja, donde cuatro cooperantes —Rana (Saja Kilani), Omar (Motaz Malhees), Mahdi (Amer Hlehel) y Nisreen (Clara Khoury)— intentan salvarla sorteando protocolos, burocracia y fuego cruzado.
La película reconstruye, en clave de docudrama, los hechos del 29 de enero de 2024: la llamada desesperada de una niña palestina de seis años atrapada en un coche bajo fuego en Gaza, mientras voluntarios de la Media Luna Roja intentan coordinar un rescate imposible. Ben Hania —a quien ya vimos experimentar con la hibridación documental en “Las cuatro hijas” (2023)— vuelve aquí a ese terreno ambiguo entre archivo y dramatización. Utiliza las grabaciones reales de las llamadas de Hind y las integra en una ficción encerrada en la sede de la Media Luna Roja, donde cuatro cooperantes —Rana (Saja Kilani), Omar (Motaz Malhees), Mahdi (Amer Hlehel) y Nisreen (Clara Khoury)— intentan salvarla sorteando protocolos, burocracia y fuego cruzado.

La película es una coproducción entre Túnez y Francia y ha sido nominada al Óscar a Mejor Película Internacional como representante tunecina. Su existencia es coherente con el cine político contemporáneo que entiende el séptimo arte como un espacio de resistencia frente al olvido mediático. En ese gesto hay algo admirable. Pero el problema no es la necesidad del film, sino la forma elegida para materializarla.
Ben Hania construye el relato como un thriller de cabina única, claramente modelado sobre esquemas como “The Guilty” (2018) o “Locke” (2013), donde la tensión se sostiene en lo que no vemos. Sin embargo, allí donde aquellas películas confiaban en la precisión formal y en la contención interpretativa, aquí todo está subrayado, amplificado, hipertrofiado. Lo que debería ser un ejercicio de fuera de campo —la violencia escuchada, la angustia sugerida— se convierte en una sucesión de primeros planos crispados, gritos, lágrimas y discusiones que erosionan la fuerza del material real.
Ben Hania construye el relato como un thriller de cabina única, claramente modelado sobre esquemas como “The Guilty” (2018) o “Locke” (2013), donde la tensión se sostiene en lo que no vemos. Sin embargo, allí donde aquellas películas confiaban en la precisión formal y en la contención interpretativa, aquí todo está subrayado, amplificado, hipertrofiado. Lo que debería ser un ejercicio de fuera de campo —la violencia escuchada, la angustia sugerida— se convierte en una sucesión de primeros planos crispados, gritos, lágrimas y discusiones que erosionan la fuerza del material real.

La decisión de utilizar las grabaciones auténticas de Hind es, sin duda, el núcleo ético y emocional del proyecto. Esas palabras, escuchadas en una sala de cine, no necesitan aderezo. Son un puñetazo seco. Pero en lugar de construir un dispositivo que interrogue esa voz, que reflexione sobre la mediación o que problematice el acto mismo de exhibirla, la película la rodea de un melodrama constante.
Aquí emerge mi mayor objeción: la subtrama interna entre los voluntarios. El joven Omar, interpretado por Motaz Malhees, pasa buena parte del metraje en un estado de histeria permanente: llora, grita, golpea mesas, discute con su supervisor. No niego la verosimilitud del quiebre emocional en una situación límite, pero el problema es la ausencia de gradación. No hay matices, no hay silencios, no hay contención. Todo está en un mismo registro de angustia performativa que termina resultando agotador.
Saja Kilani aporta mayor serenidad como Rana, pero su personaje queda atrapado en diálogos expositivos sobre protocolos y rutas seguras; Amer Hlehel compone un supervisor estoico, aunque el guion le obliga a encarnar la burocracia casi como antagonista interno; Clara Khoury, por su parte, introduce una calma que contrasta con el caos general, pero su presencia tampoco logra equilibrar el exceso tonal del conjunto.
Cada técnico implicado parece haber trabajado bajo la consigna del subrayado constante. La dirección de fotografía de Juan Sarmiento G. (responsable de “Los silencios”) apuesta por el formato panorámico dentro de un espacio cerrado, buscando claustrofobia entre escritorios y mamparas de cristal. La idea es potente en teoría, pero en la práctica la cámara en mano y los primeros planos reiterados generan una monotonía visual que no evoluciona; El montaje insiste en crescendos rítmicos que anticipan la tragedia desde el minuto uno; La música —siempre en aumento, siempre urgente— interfiere más que acompaña; El sonido, que debería ser el verdadero protagonista de una película construida alrededor de una voz, termina paradójicamente relegado a un papel funcional. Se escuchan disparos lejanos, interferencias, respiraciones. Pero la puesta en escena no confía lo suficiente en el silencio. No deja espacio para que el horror se asiente.
El mayor error estructural es intentar sostener durante noventa minutos la ilusión de que el rescate puede llegar a tiempo. Sabemos, desde el primer minuto, que no llegará. La tragedia es histórica, pública, irreversible. El suspense clásico —“quizá aún lleguemos”— se convierte así en un mecanismo casi cínico. Se estira una duda que la realidad ya ha resuelto.
Si Ben Hania hubiese asumido desde el principio la inevitabilidad de la muerte y hubiese trabajado desde la impotencia —la violencia administrativa, la burocracia kafkiana, la distancia física de ocho minutos convertida en tres horas de papeleo— la película habría ganado profundidad. Pero prefiere simular un thriller cuando lo que tiene entre manos es una elegía.
Hay algo incómodo en la palatabilidad del horror. Escuchar durante noventa minutos la voz real de una niña que implora ayuda no puede ser entretenimiento, pero el envoltorio genérico —montaje sincopado, discusiones dramáticas, crescendos musicales— intenta hacerlo digerible para un público amplio, incluso festivalero. Esa tensión ética atraviesa toda la película.
Aquí emerge mi mayor objeción: la subtrama interna entre los voluntarios. El joven Omar, interpretado por Motaz Malhees, pasa buena parte del metraje en un estado de histeria permanente: llora, grita, golpea mesas, discute con su supervisor. No niego la verosimilitud del quiebre emocional en una situación límite, pero el problema es la ausencia de gradación. No hay matices, no hay silencios, no hay contención. Todo está en un mismo registro de angustia performativa que termina resultando agotador.
Saja Kilani aporta mayor serenidad como Rana, pero su personaje queda atrapado en diálogos expositivos sobre protocolos y rutas seguras; Amer Hlehel compone un supervisor estoico, aunque el guion le obliga a encarnar la burocracia casi como antagonista interno; Clara Khoury, por su parte, introduce una calma que contrasta con el caos general, pero su presencia tampoco logra equilibrar el exceso tonal del conjunto.
Cada técnico implicado parece haber trabajado bajo la consigna del subrayado constante. La dirección de fotografía de Juan Sarmiento G. (responsable de “Los silencios”) apuesta por el formato panorámico dentro de un espacio cerrado, buscando claustrofobia entre escritorios y mamparas de cristal. La idea es potente en teoría, pero en la práctica la cámara en mano y los primeros planos reiterados generan una monotonía visual que no evoluciona; El montaje insiste en crescendos rítmicos que anticipan la tragedia desde el minuto uno; La música —siempre en aumento, siempre urgente— interfiere más que acompaña; El sonido, que debería ser el verdadero protagonista de una película construida alrededor de una voz, termina paradójicamente relegado a un papel funcional. Se escuchan disparos lejanos, interferencias, respiraciones. Pero la puesta en escena no confía lo suficiente en el silencio. No deja espacio para que el horror se asiente.
El mayor error estructural es intentar sostener durante noventa minutos la ilusión de que el rescate puede llegar a tiempo. Sabemos, desde el primer minuto, que no llegará. La tragedia es histórica, pública, irreversible. El suspense clásico —“quizá aún lleguemos”— se convierte así en un mecanismo casi cínico. Se estira una duda que la realidad ya ha resuelto.
Si Ben Hania hubiese asumido desde el principio la inevitabilidad de la muerte y hubiese trabajado desde la impotencia —la violencia administrativa, la burocracia kafkiana, la distancia física de ocho minutos convertida en tres horas de papeleo— la película habría ganado profundidad. Pero prefiere simular un thriller cuando lo que tiene entre manos es una elegía.
Hay algo incómodo en la palatabilidad del horror. Escuchar durante noventa minutos la voz real de una niña que implora ayuda no puede ser entretenimiento, pero el envoltorio genérico —montaje sincopado, discusiones dramáticas, crescendos musicales— intenta hacerlo digerible para un público amplio, incluso festivalero. Esa tensión ética atraviesa toda la película.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
No cuestiono la legitimidad de denunciar la violencia sufrida por la población civil palestina. Lo que me incomoda es la ausencia de complejidad y de interrogación formal. El film parece concebido como una misa para convencidos: el espectador entra ya posicionado moralmente y sale reafirmado. No hay reflexión sobre el lugar del cine en esta tragedia, ni sobre el riesgo de convertir el sufrimiento en un subgénero de consumo progresista.
En ese sentido, la película corre el riesgo de ser tan necesaria como discutible. Es importante que exista. Es importante que fije memoria. Pero como obra cinematográfica se queda corta, plana, reiterativa. Más que potenciar la gravedad de lo que muestra, su forma termina diluyéndola.
Hay instantes que funcionan, y lo hacen casi exclusivamente por el peso del hecho que reproducen. La primera vez que escuchamos la voz de Hind en la sala, con los voluntarios intentando mantenerla en línea, debería ser una lección de contención. Y durante unos segundos lo es. Pero pronto la escena se ve invadida por reacciones sobreactuadas que rompen la tensión.
En ese sentido, la película corre el riesgo de ser tan necesaria como discutible. Es importante que exista. Es importante que fije memoria. Pero como obra cinematográfica se queda corta, plana, reiterativa. Más que potenciar la gravedad de lo que muestra, su forma termina diluyéndola.
Hay instantes que funcionan, y lo hacen casi exclusivamente por el peso del hecho que reproducen. La primera vez que escuchamos la voz de Hind en la sala, con los voluntarios intentando mantenerla en línea, debería ser una lección de contención. Y durante unos segundos lo es. Pero pronto la escena se ve invadida por reacciones sobreactuadas que rompen la tensión.

El momento en que se explicita que la ambulancia estaba a ocho minutos del coche es devastador por sí mismo. No necesita música. No necesita gritos. Necesita silencio. La película, sin embargo, no confía en el espectador.
El desenlace, cuando toda esperanza se disuelve, podría haber sido un corte seco, glacial. En su lugar, se opta por el subrayado emocional. Se nos dice cómo debemos sentir en lugar de permitirnos sentir.
“La voz de Hind” es una película que hay que ver. Pero no es una gran película. Es un gesto ético más que una obra lograda. Su mayor virtud es rescatar del olvido una historia que el ciclo informativo habría sepultado. Su mayor defecto es no encontrar la forma cinematográfica adecuada para hacerlo.
Como ficción, es una versión menor de “The Guilty”. Como testimonio, quizá habría sido más honesta como documental puro. Tal como está, oscila entre ambos territorios sin dominar ninguno.
Termino de verla conmovido por la voz de una niña real, no por el cine que la rodea. Y esa diferencia es crucial. La historia de Hind Rajab merecía una película mejor. Aquí hay indignación, hay intención, hay urgencia. Pero el cine, ese milagro frágil que convierte el dolor en forma, apenas asoma.
ZONA SPOILER
El intento final de coordinación, la llamada que se corta, la confirmación implícita de la muerte… todo estaba escrito desde el principio. La película juega a sostener una esperanza que nunca existió. Cuando finalmente se asume la tragedia, el impacto no proviene de la puesta en escena, sino del conocimiento previo de los hechos.
Quizá el mayor escalofrío no está en lo que vemos ni en lo que escuchamos, sino en lo que sucede después: comentamos la película, cenamos, seguimos con nuestra vida. Y esa normalidad posterior es, tal vez, la verdadera derrota que la película quería denunciar, pero no supo filmar.
Gloria Ucrania!!!
El desenlace, cuando toda esperanza se disuelve, podría haber sido un corte seco, glacial. En su lugar, se opta por el subrayado emocional. Se nos dice cómo debemos sentir en lugar de permitirnos sentir.
“La voz de Hind” es una película que hay que ver. Pero no es una gran película. Es un gesto ético más que una obra lograda. Su mayor virtud es rescatar del olvido una historia que el ciclo informativo habría sepultado. Su mayor defecto es no encontrar la forma cinematográfica adecuada para hacerlo.
Como ficción, es una versión menor de “The Guilty”. Como testimonio, quizá habría sido más honesta como documental puro. Tal como está, oscila entre ambos territorios sin dominar ninguno.
Termino de verla conmovido por la voz de una niña real, no por el cine que la rodea. Y esa diferencia es crucial. La historia de Hind Rajab merecía una película mejor. Aquí hay indignación, hay intención, hay urgencia. Pero el cine, ese milagro frágil que convierte el dolor en forma, apenas asoma.
ZONA SPOILER
El intento final de coordinación, la llamada que se corta, la confirmación implícita de la muerte… todo estaba escrito desde el principio. La película juega a sostener una esperanza que nunca existió. Cuando finalmente se asume la tragedia, el impacto no proviene de la puesta en escena, sino del conocimiento previo de los hechos.
Quizá el mayor escalofrío no está en lo que vemos ni en lo que escuchamos, sino en lo que sucede después: comentamos la película, cenamos, seguimos con nuestra vida. Y esa normalidad posterior es, tal vez, la verdadera derrota que la película quería denunciar, pero no supo filmar.
Gloria Ucrania!!!
5 de febrero de 2026
5 de febrero de 2026
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si tienes humanidad, la verdadera voz de HIND se adentra en tu interior, donde sobrevivirá de por vida.
La directora KAOUTHER BEN HANIA realiza una llamada de atención hacia la situación atroz y el exterminio que se está llevando a cabo en GAZA, con el beneplácito de todo occidente.
Para ello, parte de la historia real de la joven HIND y de su llamada de auxilio a los voluntarios de la Media Luna Roja.
El film se inicia con un estilo documental, para que el espectador sea cómplice del sufrimiento de todos los involucrados en la trama.
La narración comienza creando una absoluta tensión de la que es imposible escapar, entremezclando la actuación, con las llamadas reales, en las que la pequeña HIND participó, con un muy meritorio trabajo de sonido.
La trama avanza pero el tiempo no y el espectador pide a gritos que termine la tortura emocional, un gore sentimental que estremece, trasmitiendo una tristeza insoportable y en las que se abren disyuntivas que el espectador debe cerrar, pero aunque lo consiga, lo que no disminuye es el sufrimiento.
La directora KAOUTHER BEN HANIA realiza una llamada de atención hacia la situación atroz y el exterminio que se está llevando a cabo en GAZA, con el beneplácito de todo occidente.
Para ello, parte de la historia real de la joven HIND y de su llamada de auxilio a los voluntarios de la Media Luna Roja.
El film se inicia con un estilo documental, para que el espectador sea cómplice del sufrimiento de todos los involucrados en la trama.
La narración comienza creando una absoluta tensión de la que es imposible escapar, entremezclando la actuación, con las llamadas reales, en las que la pequeña HIND participó, con un muy meritorio trabajo de sonido.
La trama avanza pero el tiempo no y el espectador pide a gritos que termine la tortura emocional, un gore sentimental que estremece, trasmitiendo una tristeza insoportable y en las que se abren disyuntivas que el espectador debe cerrar, pero aunque lo consiga, lo que no disminuye es el sufrimiento.

Lo que en cualquier otro film habría considerado un abuso hacia el espectador, una forma de utilizar el dolor de forma vana para crear una sensación horrible en el público, con el único propósito de destacar por dicha faceta, en esta ocasión tiene una excelente justificación.
Y no es otra que la de concienciar a una población que mira hacia otro lado o incluso justifica el genocidio que se está llevando a cabo en GAZA.
Tristemente, el objetivo seguro que no se conseguirá en esas mentes obtusas que niegan lo que está pasando o no sienten la más mínima empatía hacia el pueblo palestino.
Hace tiempo pensaba que muchos de estos, simplemente era gente inculta, pero con los años me queda claro que lo que realmente son es un conjunto de miserables que además, va en aumento.
Sencillamente el que no sufra y se ponga del lado del pueblo palestino después del visionado de LA VOZ DE HIND, es que son una gran mierda sin humanidad.
Y no es otra que la de concienciar a una población que mira hacia otro lado o incluso justifica el genocidio que se está llevando a cabo en GAZA.
Tristemente, el objetivo seguro que no se conseguirá en esas mentes obtusas que niegan lo que está pasando o no sienten la más mínima empatía hacia el pueblo palestino.
Hace tiempo pensaba que muchos de estos, simplemente era gente inculta, pero con los años me queda claro que lo que realmente son es un conjunto de miserables que además, va en aumento.
Sencillamente el que no sufra y se ponga del lado del pueblo palestino después del visionado de LA VOZ DE HIND, es que son una gran mierda sin humanidad.
24 de septiembre de 2025
24 de septiembre de 2025
12 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
El nuevo trabajo de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, responsable también del guion, había causado sensación en su estreno en el Festival de Venecia. En nuestro país se acaba de presentar en la sección Perlas del Festival de San Sebastián
No había conectado con los dos últimos trabajos de la cineasta, aunque sí me gustó, y mucho, uno de sus primeros largometrajes, "Beauty and the dogs" que se presentó hace unos años en una sección paralela de la Seminci.
Tenía muchas ganas de ver esta película, y al mismo tiempo mucho miedo de que las expectativas tan altas no me jugaran una mala pasada, y el resultado ha sido satisfactorio, ya que logró mantenerme en tensión desde el primer momento hasta el final y, aunque parece sencillo a nivel cinematográfico, creo que no es nada fácil conseguir montar las voces de la grabación original y al mismo tiempo recrear lo que sucedió desde el punto de vista de ese centro de voluntarios de la Media Luna Roja.
La película se desarrolla en un escenario reducido, el de ese centro de ayuda a la población de Gaza para que puedan salir del país ante el aviso de Israel de que va a bombardear ese lugar, y otra localización paralela que no vemos hasta el epílogo, el de ese coche en el que está escondida pidiendo ayuda la niña que da título a la película, a la que escuchamos en la voz real tal como pedía ser rescatada en ese momento.
En ese aspecto técnico de usar las llamadas telefónicas para generar tensión en donde únicamente vemos a una de los partes de la conversación, la película no es novedosa, y me viene a la mente la notable cinta danesa "The Guilty". La diferencia de "La voz de Hind" con otros trabajos cinematográficos de este estilo es lo el significado que tiene lo que cuenta, y haber podido contar con la voz real de esa niña protagonista.
Desde ese lugar, los voluntarios intentan hacer todo lo imposible para que la ambulancia llegue hasta donde está Hind Rajab, y se van implicando de manera que tienen una angustia muy grande, la misma que traslada al espectador, al menos a mí me sucedió.
Otra cosa, sin querer entrar en temas políticos, es que los métodos empleados para generar angustias pueden ser cuestionables, pese a todo ello me parece un gran trabajo cinematográfico con un buen trabajo técnico detrás, en especial en el montaje, y me parece bien que se quiera mostrar lo sucedido en un momento concreto, en un tema que desgraciadamente está de actualidad. Ojalá se solucione cuanto antes ese conflicto para que habitantes, como la niña protagonista y su familia, puedan vivir de manera tranquila y sin tener que huir de los bombardeos. En el epílogo vemos imágenes reales de cómo quedó la zona después del bombardeo del ejército israelí.
LO MEJOR: el montaje.
LO PEOR: los métodos empleados pueden ser cuestionables.
Pueden leer las críticas con imágenes y contenidos adicionales en http://www.filmdreams.net
No había conectado con los dos últimos trabajos de la cineasta, aunque sí me gustó, y mucho, uno de sus primeros largometrajes, "Beauty and the dogs" que se presentó hace unos años en una sección paralela de la Seminci.
Tenía muchas ganas de ver esta película, y al mismo tiempo mucho miedo de que las expectativas tan altas no me jugaran una mala pasada, y el resultado ha sido satisfactorio, ya que logró mantenerme en tensión desde el primer momento hasta el final y, aunque parece sencillo a nivel cinematográfico, creo que no es nada fácil conseguir montar las voces de la grabación original y al mismo tiempo recrear lo que sucedió desde el punto de vista de ese centro de voluntarios de la Media Luna Roja.
La película se desarrolla en un escenario reducido, el de ese centro de ayuda a la población de Gaza para que puedan salir del país ante el aviso de Israel de que va a bombardear ese lugar, y otra localización paralela que no vemos hasta el epílogo, el de ese coche en el que está escondida pidiendo ayuda la niña que da título a la película, a la que escuchamos en la voz real tal como pedía ser rescatada en ese momento.
En ese aspecto técnico de usar las llamadas telefónicas para generar tensión en donde únicamente vemos a una de los partes de la conversación, la película no es novedosa, y me viene a la mente la notable cinta danesa "The Guilty". La diferencia de "La voz de Hind" con otros trabajos cinematográficos de este estilo es lo el significado que tiene lo que cuenta, y haber podido contar con la voz real de esa niña protagonista.
Desde ese lugar, los voluntarios intentan hacer todo lo imposible para que la ambulancia llegue hasta donde está Hind Rajab, y se van implicando de manera que tienen una angustia muy grande, la misma que traslada al espectador, al menos a mí me sucedió.
Otra cosa, sin querer entrar en temas políticos, es que los métodos empleados para generar angustias pueden ser cuestionables, pese a todo ello me parece un gran trabajo cinematográfico con un buen trabajo técnico detrás, en especial en el montaje, y me parece bien que se quiera mostrar lo sucedido en un momento concreto, en un tema que desgraciadamente está de actualidad. Ojalá se solucione cuanto antes ese conflicto para que habitantes, como la niña protagonista y su familia, puedan vivir de manera tranquila y sin tener que huir de los bombardeos. En el epílogo vemos imágenes reales de cómo quedó la zona después del bombardeo del ejército israelí.
LO MEJOR: el montaje.
LO PEOR: los métodos empleados pueden ser cuestionables.
Pueden leer las críticas con imágenes y contenidos adicionales en http://www.filmdreams.net
1 de diciembre de 2025
1 de diciembre de 2025
10 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
La decisión de combinar material de archivo auténtico (audios y vídeos del suceso) con la recreación ficcionada de lo ocurrido en la oficina es, con diferencia, el acierto más poderoso de 'La voz de Hind'. Quien crea que esta historia debía contarse solo como documental o solo como ficción desconoce las posibilidades expresivas del cine. La mezcla no solo funciona: es, en sí misma, una idea magistral. El problema es que, a la vez, el film opta por un histrionismo difícil de justificar. La interpretación de Omar imprime una dramatismo tan subrayado que resulta inverosímil: gritos, portazos y faltas de respeto inimaginables en un equipo acostumbrado a operar bajo presión.
Por todo ello, 'La voz de Hind' es una oportunidad parcialmente desaprovechada. La idea de base es sobresaliente, el material real es insuperable y el final es impactante (pocos desenlaces dicen tanto por sí solos). Pero, incomprensiblemente, la propuesta parece no confiar del todo en la potencia de la realidad que expone y decide inflarla a través de personajes y emociones sobredimensionadas, una elección que resta autenticidad a una premisa que pedía justamente lo contrario. Se gana una película muy necesaria. Se pierde la oportunidad de hacer una obra tan atemporal como maestra.
Por todo ello, 'La voz de Hind' es una oportunidad parcialmente desaprovechada. La idea de base es sobresaliente, el material real es insuperable y el final es impactante (pocos desenlaces dicen tanto por sí solos). Pero, incomprensiblemente, la propuesta parece no confiar del todo en la potencia de la realidad que expone y decide inflarla a través de personajes y emociones sobredimensionadas, una elección que resta autenticidad a una premisa que pedía justamente lo contrario. Se gana una película muy necesaria. Se pierde la oportunidad de hacer una obra tan atemporal como maestra.
9 de diciembre de 2025
9 de diciembre de 2025
8 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
La mayoría de quienes hemos visto en sala esta representación del auténtico infierno (ni el quimérico de las religiones ni el de Dante ), ya sabíamos qué pasó aquella lóbrega tarde del 29-1-2024. Los hechos históricos no cuentan como spoiler; es más, los muertos solo vuelven a la vida si son invocados por quienes les quisieron o por quienes, en su nombre, buscan reivindicación y justicia. El cine es un espacio ideal para que las víctimas se expresen. Cierto es que para aprovechar al máximo su efectividad habría que obligar a los apologistas de la violencia, si fuera preciso amarrándoles a una silla (¿os suena Alex, el jefe de los drugos?), a ver repetidamente el resultado de sus atrocidades. Aunque también es cierto que los psicópatas vienen de serie sin el sentimiento de la empatía y lo llevan con la misma naturalidad de quienes han perdido el sentido del olfato.
Algunos israelíes supremacistas, se consideran el pueblo elegido porque, dicen, está recogido en su interpretación de las escrituras; las mismas que, en otros pasajes, condenan el homicidio, la falsedad y el abuso de poder, con tan poco éxito. Ante un argumento tan poderoso se erigen en brazo ejecutor y consideran que una limpieza étnica es lo que el ser supremo les está pidiendo a gritos. Y qué mejor manera de satisfacer a un dios tan exigente que matar a los niños en los vientres de su madre, mientras juegan, en pleno viaje familiar o en las colas del hambre. Después de todo han sido concebidos con el pecado original y no merecen la salvación.
Lo que hace la tunecina Kaouther Ben Hania es trasladarnos durante unas horas a un puesto de la Media Luna Roja Palestina en el momento en que reciben la llamada de una niña atrapada en un coche y rodeada por tanques. Coge nuestra cabeza y nos sumerge, durante 70 minutos de grabación real, en la angustia, el sinsentido, la impotencia y el horror. Haciendo caer, como un castillo de naipes, todo nuestro confortable y ridículo microcosmos.
La interpelación va para cada uno de los ciudadanos del planeta, bastante más cómplices de lo que creemos: ¿por qué estamos permitiendo esto?, ¿cómo podemos seguir quietos y en silencio cuando una criatura de apenas seis años pide ayuda?, ¿este es el mundo de mierda que queremos?, ¿merecemos los líderes políticos, económicos, judiciales..., que nos gobiernan?
La de Hind Rayab será la voz que martillee nuestra conciencia cada vez que justifiquemos lo injustificable.
Algunos israelíes supremacistas, se consideran el pueblo elegido porque, dicen, está recogido en su interpretación de las escrituras; las mismas que, en otros pasajes, condenan el homicidio, la falsedad y el abuso de poder, con tan poco éxito. Ante un argumento tan poderoso se erigen en brazo ejecutor y consideran que una limpieza étnica es lo que el ser supremo les está pidiendo a gritos. Y qué mejor manera de satisfacer a un dios tan exigente que matar a los niños en los vientres de su madre, mientras juegan, en pleno viaje familiar o en las colas del hambre. Después de todo han sido concebidos con el pecado original y no merecen la salvación.
Lo que hace la tunecina Kaouther Ben Hania es trasladarnos durante unas horas a un puesto de la Media Luna Roja Palestina en el momento en que reciben la llamada de una niña atrapada en un coche y rodeada por tanques. Coge nuestra cabeza y nos sumerge, durante 70 minutos de grabación real, en la angustia, el sinsentido, la impotencia y el horror. Haciendo caer, como un castillo de naipes, todo nuestro confortable y ridículo microcosmos.
La interpelación va para cada uno de los ciudadanos del planeta, bastante más cómplices de lo que creemos: ¿por qué estamos permitiendo esto?, ¿cómo podemos seguir quietos y en silencio cuando una criatura de apenas seis años pide ayuda?, ¿este es el mundo de mierda que queremos?, ¿merecemos los líderes políticos, económicos, judiciales..., que nos gobiernan?
La de Hind Rayab será la voz que martillee nuestra conciencia cada vez que justifiquemos lo injustificable.
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