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Mi cena con André

7,4
1.550
votos
Año
1981
País
Estados Unidos
Director
Reparto
Género
Drama
Sinopsis
Malle se atreve con un film sobre una conversación entre dos personas, obteniendo excelentes críticas en USA. Dándose vida a sí mismos, los actores y autores Wallace Shawn y André Gregory quedan una noche a cenar. Como buenos amigos, se empiezan a contar múltiples experiencias personales, a través de las cuales comienzan a surgir los grandes temas de la existencia. Dirigida por Louis Malle, y con guión creado por los dos protagonistas, ... [+]
Críticas ordenadas por:
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8 de octubre de 2012
34 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
En una crítica anterior se dice que leer el guión de esta película es como verla, por la poca importancia que tiene su puesta en escena. Y no estoy de acuerdo, aunque me guste mucho leer. Porque, si bien el escenario se reduce a una sala de un restaurante, no es un restaurante cualquiera: es un restaurante lujoso, como se demuestra en la cantidad y lo esmerado del servicio. Cuando vemos al primer personaje entrando allí, todo nos dice que es alguien para el cual aquello le viene grande: se pone la corbata antes de entrar, se arregla el modesto traje y luego ha de enfrentarse a una consumición inesperada y que no sabe si va a tener que pagar con sus escasos recursos económicos -y pide una soda; mientras que André entra como si estuviera en su casa, los camareros le llaman por su nombre y le recuerdan, viste una informal chaqueta de punto y entiende a la perfección todos los platos del menú, aunque estén escritos en diversos idiomas.

Durante la cena, ambos están tan inmersos en su conversación -que en muchos casos más bien parece monólogo-, que no se dan cuenta de que se están quedando solos y apenas si prueban los diversos platos que los solícitos camareros les sirven.

Independientemente de que la conversación es absolutamente interesante y toca tantos temas que parece imposible hacer un resumen, hay uno que sobresale y es la idea que desarrolla André de la falta de sinceridad, de autenticidad en nuestros comportamientos y en nuestra forma de vivir. Creo que el hecho de que los personajes estén cenando delante de un espejo está absolutamente relacionado con esa máscara y ese piloto automático que menciona André como modelo de vida actual.

Me ha recordado la excelente "Vania en la calle 42", donde asistimos a la lectura previa al ensayo que realiza un grupo de teatro de "Tío Vania". Como allí, los actores, sólo con la palabra y los primeros planos de sus caras, llenan la pantalla.

Louis Malle sabe trabajar con todos los materailes que conforman una película. También sólo con actores.
luguca
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15 de marzo de 2017
11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una conversación. Dos personas. Y una cena, con André en este caso. Nada más. Es la película-conversación entre dos personas más pura de las que he visto hasta el momento, radicalizando lo visto en La huella (Mankiewicz) o Mi noche con Maud (Rohmer).

110 minutos de diálogo ininterrumpido salvo por el prólogo y el epílogo, únicos momentos donde la acción sale al exterior de la mano de Wallace para exponernos su presentación y transformación. ¿Qué ha ocurrido entre medias? El catalizador del cambio: Mi cena con André. Dicha cena se desarrolla escenario tan despojado de distracciones que permite el desnudo existencial de las personas-personajes para así convertirse en dos seres humanos que confrontan su percepción de la realidad, la vida, el amor, la muerte y el arte a lo largo de un cambiante y nunca previsible dialogo. Wallace y André. ¿Espectador y director? ¿Último hombre y superhombre? ¿Sancho y Quijote? Intentaré realizar una mera caricatura de ellos ya que son personajes complejos y contradictorios y el espacio es el que es:

Wallace nos habla en primera persona, conocemos su vida y su pensamiento en los primeros minutos. Es un hombre moderno, pragmático y positivista. Anteriormente se interesaba por el arte y la música, ahora, a pesar de que se dedica al mundo del teatro, su máxima preocupación es conseguir dinero. Dinero para seguir, para continuar en esa New York que no duerme y que no se detiene. ¿Para qué va a detenerse? Lo único que quiere es disfrutar de los pequeños detalles que le regala la vida y que hacen que esta merezca la pena. Sobrevivir, que no es poco, como él mismo afirma. Es conformista en el buen sentido, es consciente de ello y no aspira a ser partícipe de grandes proyectos que puedan suponer una ruptura de su sosegada existencia. Wallace representa la vida, con sus pequeñas alegrías, miserias, decepciones, objetivos, rutinas y experiencias.

André aparece desde el primer momento como una figura enigmática y fascinante (¿acaso es casual su empleo constante de la palabra "fog"?) . Lo primero que sabemos de él es por terceros que han señalado que ha estado una temporada en Oriente abrazando árboles y que ha llorado con una frase de una película de Bergman ("podría vivir siempre en mi arte pero no en mi vida"). Llega el encuentro con Wallace y las sospechas se confirman: parece estar de vuelta de todo, con mil experiencias bajo el brazo y una curiosa percepción de la realidad. Este Gatsby neoyorquino vuelve a la civilización tras su paso por Oriente con una inquietud fundamental: compartir su experiencia que le ha ayudado a despertar del letargo en el que está sumida la civilización occidental desde la modernidad. Ya no se ve un hombre libre, todos se hayan lobotomizados en la rutina infernal que algunos incautos como Wallace siguen llamando vida. Esta es la razón por la que André ha emprendido el viaje y vuelve para contárnoslo (es espectador también queda extasiado por la abundancia extravagancia de las experiencias de André). Por eso ha realizado esos viajes, ha realizado esas locas performances, se ha atrevido con mil y una aventuras. Navegar es preciso, vivir no es preciso. Quiere volver a ser humano y no una máquina como nos cuenta en una anécdota muy graciosa ( un amigo suyo realizaba todas las acciones como si fuera zurdo para cambiar la manera de sentir y percibir la realidad). André representa la Vida, experimentada en todas sus dimensiones pero vivida realmente aunque duela, sin velos ni nieblas y con el Arte y la Belleza como aliados. Voluntad de desierto y aprender a mirar de nuevo. Nietzsche y Berger. Silencio, destierro y astucia. Joyce. Educación estética del hombre. Schiller.

Perfilados a los dos personajes parece que el campo de batalla parece claro. Wallace está dentro del sistema, contento y satisfecho por permanecer en él y André se erige como el destructor que desea liquidar esos nuevos valores que no nos liberan sino que nos hunden más y más: la vida moderna como monotonía narcótica que te va matando poco a poco y no te deja escapar porque te seduce con las pequeñas comodidades de la vida y su consecuente conformismo. La respuesta de André podría ejemplificarse en el famoso verso de Rilke: Debes cambiar tu vida.

A esto se debe añadir que ambos personajes proceden del mundo del teatro. Este hecho facilita que se expongan constantemente fricciones, fusiones y entrelazamientos entre el mundo ficticio y el real, entre la imaginación y la resignación, entre el la vida y el arte.

Recomendable: Película sumamente original en su planteamiento formal como radical en las temáticas que aborda. Su propuesta arriesgada sale airosa gracias a la calidad, importancia e imprevisibilidad de las líneas de diálogo.
No recomendable: Ritmo pausado, citas cultas y nula acción pueden disuadir a más de uno. Los actores cumplen pero no destacan especialmente.
Nanofilis
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3 de agosto de 2009
14 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Mi cena con André” es un duelo interpretativo en toda regla: la conversación de dos viejos amigos durante una cena consuma íntegramente el film. Lo que sucede es que el equilibrio en ese encuentro se rompe por el (para unos) hipnótico y (para otros) somnífero discurso de André Gregory sobre sus experiencias por el mundo y las continuas lecciones moralizantes que pretende dar a su colega y a los espectadores.
Ciertamente, representa bastante bien el papel del intelectual, naturalista, filosófico y vividor con el que todos nos hemos cruzado más de una vez. Se echa de menos que se indague algo más en la relación pasada entre ambos protagonistas, ya que da la sensación de no haber ningún tipo de vínculo entre las dos personas.
Sin embargo, el personaje que interpreta Wallace Shawn –un desafortunado e inseguro dramaturgo– lo conocemos algo más porque hemos ido en metro con él y con sus pensamientos hacia el restaurante a través de unas secuencias que son lo poco que otorga Louis Malle a esta particular cinta.
De esta forma, todo el trabajo está en esa prolongada conversación, en la que salen a relucir interesantes reflexiones existencialistas, llegando a resultar más incómodas que inquietantes, pues aunque suene verídico todo lo que se cuenta, falta algo de participación del exterior. Es decir, como son los actores los que también llevan el peso del guión, uno se acaba preguntando si lleva casi dos horas en medio de una conversación ajena, lo que supone, en cuanto al propósito de la película se refiere, un hecho positivo por una parte y desconcertante por otra.
hpbordon
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26 de febrero de 2018
7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una obra sencilla sobre dos amigos, André Gregory y Wallace Shawn, que tras bastante tiempo sin verse, se reúnen para cenar, y charlan, sobre como les va, sobre sus vidas, sobre lo que piensan y sienten respecto al mundo que les rodea, pasando por un sinfín de temas, sólo eso, hablando.

Personalmente, uno de esos temas para mi destacó sobre los demás, el de la percepción. Habitualmente todos llevamos una máscara al enfrentarnos a la realidad en muchos momentos, pero no damos importancia a como eso cambia nuestra percepción de la realidad.
Por un lado, disfrutar del momento presente, de los detalles, y no necesitar mucho, es llevar una vida feliz en sí misma, pero vivir así cada momento es también un desafío, ya que estar conectado a todo implica también estar conectado a la muerte, y eso asusta, de modo que a veces ponemos el piloto automático, y nos enfrascamos en nuestro propio mundo, viviendo una vida mecánica.

A veces no reaccionamos ante lo que tenemos delante en realidad, sino que lo pasamos todo por el filtro de nuestra propia interpretación, sin ver con claridad.
En parte por eso, nadie suele decir lo que piensa, sino que fingen dentro de un mundo superficial en el que todos usan máscaras. Se genera una falta de sinceridad y de autenticidad en nuestros comportamientos y no se expresa lo que se siente realmente, o si se hace resulta extraño o inapropiado.
La mayoría de nuestros sentimientos los llevamos dentro de forma inconsciente, mientras vivimos esa vida mecánica.

De ese modo, sólo nos preocupan nuestros objetivos, y la vida en sí se vuelve rutina, nos acomodamos. Pero también dejamos de ver y sentir el mundo y a los demás, que a veces puede resultar abrumador y caótico, y nos dejamos llevar por la corriente, sin vivir realmente, sólo dormitando.

Por otro lado, una parte de esa evasión o aislamiento es también necesaria, no se puede vivir solo a impulsos ni estar conectado a todo todo el tiempo, sería demasiado doloroso y agotador, especialmente desde su sensibilidad como artistas, como cuando hacen referencia a la cita de Bergman: "Podría vivir siempre en mi arte, pero no en mi vida".

En definitiva, la conversación con André, hace a Wallace, que a los diez años pensaba en arte y ahora reconocía que solo pensaba en dinero, pensar si es feliz con la vida que lleva o si se esta dejando arrastrar por la corriente desperdiciando la, y también que tipo de persona quiere ser, quedándose con una sensación muy positiva, ya que sabe que el motor de cualquier cambio esta en él.

"Si vives de forma mecánica, deberías cambiar tu vida".
miguel
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30 de mayo de 2017
12 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es muy fácil hacer críticas cuando la película le parece a uno mala, floja, aburrida y absolutamente prescindible. El problema es escribir rajando cuando se siente admiración sincera por un determinado director, entonces ya no mola tanto decir que es un despropósito, que me he dormido mil veces por minuto, que he perdido el tiempo y toda esa serie recursos descriptivos con mala leche. Me sabe mal porque Louis Malle es para mí un director que admiro de verdad, pero esta cena es un ladrillo (otro recurso negativo de esos facilones) y me duelen los dedos cuando tecleo diciendo que es una decepción. Y van dos, porque aquella de "El unicornio" es otro latigazo de película.

No quiero extenderme mucho porque duele hablar mal de Malle. Pero me he aburrido, me parece una pérdida de tiempo y creo que es inevitable y profundamente anticuada. La propuesta es arriesgada porque es eso, una cena entre dos colegas, es la suma de lo que dicen con el cómo lo dicen. Y para mí es un ladrillo, no me interesa nada de lo que dicen, no descubren nada que ya sabíamos y me parecen dos tipos con los que no me tomaría ni una cerveza. Son dos fulanos muy aburridos. Hubiera preferido ver de qué charlan dos obreros de la construcción mientras se comen su bocata. Por poner un ejemplo de los miles que me se me ocurren.
Luisito
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