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La mujer de al lado

Romance. Drama En una pequeña población, cerca de Grenoble, Mathilde Bauchard (Fanny Ardant) se encuentra a Bernard Coudray (Gérard Depardieu), un hombre con el que mantuvo una relación años atrás. A pesar de que ambos están casados, no pueden evitar volver a vivir un romance. (FILMAFFINITY)
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Críticas 13
Críticas ordenadas por utilidad
6 de abril de 2007
31 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil
Título 20º y penúltimo del realizador François Truffaut, escrito por él, Suzanne Schiffman y Jean Aurel. Se rodó durante la primavera de 1981 en las cercanías de Grenoble (Francia). Obtuvo 2 nominaciones a los César (actriz y actriz reparto). Se estrenó el 30-IX-1981 (Paris).

La acción tiene lugar en un pequeño caserío próximo a Grenoble, en 1981, a lo largo de 6 meses. Bertrand Coudray (Gérard Depardieu), su mujer y su hijo, forman una familia feliz y sin problemas. Cuando toman en alquiler la casa de al lado Mathilde (Fanny Ardant) y su marido, emergen recuerdos de hechos pasados.

La película desarrolla un singular drama romántico de amor "fou". El realizador explora una relación amorosa extraconyugal de fuerza arrebatadora. Al amparo de la misma se plantea con fina inteligencia cuestiones como la fragilidad de los sentimientos humanos (tema recurrente del autor), las dificultades del amor, la necesidad y los problemas de las relaciones de pareja. Investiga, además, el alcance y las limitaciones del amor, su relación con el sufrimiento y su viabilidad a costa de renuncias y sacrificios. También analiza los efectos positivos (plenitud, felicidad, integración social) y negativos del amor. Se preocupa de modo especial de éstos, cuando desatan fuerzas instintivas, que en ocasiones puden dar lugar a desórdenes psicológicos y emocionales. En casos extremos la fuerza de los instintos puede generar trastornos de bloqueo mental ("amour fou"), de los que se derivan comportamientos irracionales, infantiles, obsesivos y, a veces, autodestructivos. Los problemas suelen agravarse cuando un miembro de la pareja monopoliza las funciones de dominio en términos de manipulación y sometimiento del otro. La narración es sencilla, directa y neutral. Se enmarca en escenarios íntimos (hotel) y en tres cuadros colectivos: jornada social en el Club de tenis, el "garden-party" de los Bouchard y la presentación del libro escrito e ilustrado por Mathilde. Odile Jouve (Véronique Silver), gerente del Club, hace las veces de narradora experimentada. La presencia dispersa del humor culmina en dos escenas: el descosido del vestido de tarde de Mathilde y la búsqueda de Odile que hace el auxiliar de telégrafos. Las miradas tras las ventanas recuerdan y homenajean al Hitchcock de "La ventana indiscreta".

La música, de Georges Delerue, consta de 12 temas breves, instrumentales y melódicos, de entre los que destacan "La femme d'â coté", "L'amour dans la voiture", "Le secret de madame Jouve", "Garden Party" y otros. La fotografía se sirve de admirables planos secuencia, giros de cámara precisos, emotivos "zooms" de aproximación. La paleta es restringida, de colores cálidos (dorados, cremas y ocres) y de tonos suaves, contrastados con marrones oscuros y brillantes efectos de luz. La imagen trata de penetrar en el mundo interior de los protagonistas. Las interpretaciones de Depardieu y Ardant (primera colaboración con Truffaut) lucen calidad y riqueza de matices.
Miquel
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24 de mayo de 2007
22 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
El tiempo lo cura todo. Así al menos quería pensar también Bernard. Pero el tiempo que hurtamos al destino no es nuestro, y no tiene el poder terapéutico de ese otro, el que dice curar.
Bernard no sabía realmente a que tiempo estaba apelando, pero el tiempo que se ocupaba de él no tenía pretensión curativa ninguna; nada de esa intención sanadora que se le suele atribuir. Tiempo cruel, que tras jugar 8 años con el sosiego de una persona decide que se ha cansado, dar la broma por concluida, y el juego por perdido para todo el mundo.
Buena dosis de amor desesperante y desesperado.
Dicen que el enamoramiento es un estado fisiológico que no dura más allá de los 3 años máxime. Para Truffaut dura mínimo 8. Claro que aquí no tenemos el enamoramiento de la parejita que levita, sino una especie de certeza destructora sobre la singularidad de la otra persona, y un deseo irreductible y fatal a participar plenamente de esa singularidad, o al menos, eso se deduce de la forma en que se perciben los protagonistas mutuamente. Para ese plazo de expiración del amor y la atracción se supone que se requiere el contacto continuo. En esta historia no tenemos eso, pero parece que durante todo ese tiempo los protagonistas no han tenido otra cosa en la cabeza que la vecindad de esa persona de su pasado.
A las primeras de cambio la frase “ni contigo ni sin ti” parece rotular a fuego la pasión que nos pintan. Por fortuna no nos encontramos ante un vaivén insulso y sin sentido, o ante un toma y daca al que no tomamos el pulso por la insipidez del retrato. Cuando vislumbramos un poco de la forma de ser de los personajes, y un poco de su pasado, entonces las sacudidas que sufre la relación, y que le otorgan fatídicos tonos, cobra una significación aplastante; sacudidas fruto del enfrentamiento entre la pasión y la particularidad que nos atrae en el otro con la certeza de las nítidas razones que provocaron la separación. Y repito que al menos yo capto la dimensión de esa fatídica relación sin que explícitamente la película me ponga en situación. Así, supongo que habrá que agradecer esto a unos inmensos Gerard Depardieu y Fanny Ardant, dando vida al inestable y exaltado Bernard y a la romántica y misteriosa Mathilde.
El personaje de Madame Odile, magnífico también, es otro ejemplo de que el tiempo solo cura cuando le viene en gana, que a veces nuestros esfuerzos por olvidar son inútiles, y además, suponen una eterna lucha contra nosotros mismos.
La película tiene un tremendo final, que quizá no se vea venir del todo, pero que llega henchido de horrible lucidez.
irian hallstatt
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19 de diciembre de 2008
18 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta es una película inestable. Desequilibrada. Y es que en ella el amor adopta varias formas y demuestra que no puede contenerse, que siempre se desborda.
Con todo, Truffaut logra contener en este film un cúmulo de sensaciones que parecían no poder organizarse, ni arrojar un sentido que pudiese desembocar en un mensaje claro y directo. Por esto resulta ser una buena película, porque Truffaut logra ceñir estos sentimientos a los postulados aristotélicos básicos de una narración, pues toda historia, -incluidas las historias de amor, como señala uno de los personajes del film-, deben tener un inicio, un medio y un final. Y aunque esto parezca algo básico y simple, el lograr llevar el tipo de sentimientos que se expresan en esta película por un camino organizado, vuelve a demostrar la maestría de este director, que también está presente en este film, como dispersa en sutiles engranajes.
Y es que la mujer de al lado, no hace referencia a la mujer que se ha logrado dejar a un lado, sino que es aquella que se construye lejos de su propio centro, de los sentimientos que no han sabido contenerse y que se han pretendido evitar, en pos de una vida tibiamente organizada.
Sus personajes son seres que se han despojado de sus propias sensaciones, que han rehuido aquello que los desequilibraba, y que han intentado construir, desde ese centro falso, una vida que puede resultar más sólida, pero en ningún caso más verdadera.
Han arrojado de sí aquello que los enfermaba, pero que era también parte de ellos mismos. Como siguiendo las premisas bíblicas: “Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que todo tu cuerpo vaya a la gehena”.
Tenemos así una pierna falsa, matrimonios falsos… prótesis que han intentado salvar las dificultades que surgían del amor cuando este demostraba ser incontenible y arrasaba hasta con los propios amantes.
Por eso es hermosa esta película, porque nos muestra a sus personajes vislumbrando ese centro perdido, revelándonos además que en el mismo desequilibrio, que en la propia enfermedad, puede esconderse algo esencial: que en el medio de dos puntos de uno mismo que parecen lejanos e irreconciliables puede estar el verdadero sentido que revela quienes somos, qué sentimos, y nos enseña que el torbellino del otro también puede ser parte de nuestro propio centro herido. Y que no importan los costos.
Un griego antiguo señalaba que los hombres mueren por no poder “unir” el principio con el final, porque no pueden encontrar el sentido que pasa a ser también su propio significado. Esta película nos muestra que esa búsqueda puede retomarse en cualquier momento y que independientemente de sus resultados, da siempre origen a algo verdadero: un desequilibrio terrible pero que revela siempre, en última instancia, quiénes somos, de qué estamos hechos, y cuánto y a qué costos, somos capaces de amar.
rodolfo
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9 de diciembre de 2005
11 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esto del "amour fou" es una cosa que se les da muy bien a los franceses. En este caso se presenta de la mano de Truffaut y su libertad a la hora de formar una historia y sus habituales licencias narrativas. La mujer de al lado contiene todos los elementos típicos de una historia Truffaut, quizá con un componente más amargo del final de su carrera, un humor más soterrado, más invisible. Sin ser una de sus mejores películas, les da un viaje a todos los intentos por contar las razones de los encuentros-desencuentros de la pareja.
cassavetes
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8 de septiembre de 2012
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si parecía que en El último metro Truffaut había suavizado su discurso sobre el amour fou, esta película lo devuelve a las cotas enfermizas de La sirena del Mississippi o Jules y Jim. Hace años Bernard y Mathilde mantuvieron una tormentosa relación. El destino volverá a reunirlos en un pequeño pueblo, vecinos aparentemente desconocidos y felizmente casados. Como no podía ser de otro modo, la atracción del pasado empujará a los protagonistas a una tragedia anunciada. El extremismo de la historia lo sostiene en gran medida un contenido Gérard Depardieu pero sobre todo la encantadora Fanny Ardant, convertida ya en musa y compañera sentimental de Truffaut. Fiel a sus constantes rotaciones, el director mantiene la música de Georges Delerue pero prescinde en esta ocasión de la fotografía de Néstor Almendros en beneficio de la de William Lubtchansky.

Aunque Truffaut trata de ofrecer una visión analítica de las relaciones amorosas a través del discurso omnisciente del personaje de madame Jouve -estupenda Véronique Silver-, lo cierto es que su película acaba en un punto intermedio entre el melodrama y el cine negro. Eso no quita para que nos encontremos ante uno de los amores más desgarradores y terribles de toda su filmografía. La metáfora recurrente del film es la del instinto animal, el maullido de los gatos que no se sabe si hacen el amor o pelean. Una vez más, la pasión es un trauma insuperable y autodestructivo que termina por alterar la fachada del orden social. No es casual que esta pasión íntima estalle en momentos de reunión ni tampoco que el fatal encuentro de la pareja se produzca en una casa vacía. Nada puede haber más allá de ese último éxtasis, dos cuerpos fundiéndose en un abrazo postrero ajeno a la moralidad. Para Truffaut el amor era lo más cercano a la vida pero también a la muerte.
Keichi
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