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España España · Zaragoza
Críticas de cassavetes
Ordenadas por:
395 críticas
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5
17 de febrero de 2020
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película de las mal acabadas. Los muertos no mueren muere mal. Nace con un comienzo atractivo y divertido y muere mal. Las películas para-pasar-el-rato. También pasó el rato al rodarla su director.

En cuanto desvaría Jim Jarmusch (qué queréis, este tío es el director de Permanent Vacation), no hay más que rascar y Los muertos no mueren deja de interesar.

Puntos en común del independiente cinematográfico: aquí con los Coen.

Una coña, más que parodia, de los zombies, undead o walking dead pasado por el tamiz intelectual de un perro viejo y con canas desde su juventud (qué queréis, éste es el tío que hizo Permanent Vacation). La gran coña de Sam Fuller, los guiños internos con Bill Murray, con Tom Waits y un papel para el cada vez más emergente Adam Driver muy a su medida interpretativa. O un tipo de actor muy a la medida del cine Jarmusch. Pinchó hueso Jim. Ay, Paterson.

La canción y el country. Poco más. Caput.
cassavetes
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6
13 de febrero de 2020
2 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Que Malick, don Terrence, es un director más que dado a metrajes a los que no se les ve el fin es concepto más que sabido y conocido. Es notorio. Y precisamente por serlo, no debería sorprender a nadie que Vida oculta, su última película, alcance menos seis minutos las tres horas de duración. Y sin embargo, avisados y prevenidos como estábamos, todo el mundo, y el mundo incluye a un servidor, se llevó las manos a la cabeza y alertó: ¡¡¡que dura tres horas!!! Así que al cine hay que ir, bocadillo, cena o palomitas (¡¿Malick palomitero?!) en ristre por si las tripas. Algo había, pues, que advertía al espectador. ¿Tenía razón de ser esa prevención?

Votos a favor del sí:

El hombre tiene ya una edad. Más concretamente setenta y seis primaveras. Alejado del Hollywood que pisó con también prevencióny que le dio actores como los de La delgada línea roja, El nuevo mundo o Brad Pitt, Malick contempla esa cosa llamada hacer cine desde su estilo, que no abandonó cuando rodó a las estrellas, ese estilo característico al que le salen devotos imagineros por doquier. Si ahora se va a hacer las Europas, rueda con actores que no conocemos y tenemos hasta la pereza instalada en el (in)consciente de que cuidado que hay una curva que abarca la barrera de los ciento ochenta minutos, nada se opondrá en su camino a la hora de exigir: metrajes, medios, montaje, localizaciones y, entremos ya de lleno en la película, reiterativos planos bucólicos, montañas más altas que la luna y secuencias que te explican por qué detrás de una hora viene otra y otra más.

Sí, este voto, a pesar de las apariencias, es por un sí. Hay escenas, hay varias escenas, incluso hay bastantes escenas que o bien sobran, o bien había que acortar. Pero en medio de tijeras y recortes al (espero que) celuloide, hay palabras, frases y sentencias: “la conciencia nos hace cobardes”.

¿Es el ser humano culpable o inocente? Bruno Ganz, en una secuencia de pocas palabras y mejores silencios, se sienta en una silla. Una que no es la suya. No puede decirse nada, más que nada porque no necesita explicarse. Al margen de spoilers. El plano habla por sí.

¿Es el ser humano alguien dotado de la suficiente altura moral para condenar el mal ajeno si haciendo eso te pones a la altura de quien condena el bien?

Aplaudo que la duración aletargadora de Vida oculta sirva para reflejar lo que debió de ser una guerra para las gentes que sufrían en la distancia algo que en realidad no era tan remoto. Una guerra para dos personas enamoradas y que no esperaban, una guerra que para ellos ni tuvo ningún principio anunciado y casi ningún final. Recordad, todo más allá de las montañas.

(No me gusta demasiado el título, aun el original, aunque tiene explicación en forma de frase histórica).

Los votos a favor del no, si hay más, no me da la gana decirlos. A Malick, el perdón. Qué fácil es usar esta expresión.
cassavetes
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7
5 de febrero de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Bien por Roy y gracias a Dios por existir. Porque Dios existe. Antes de ver esta película, la última del realizador sueco Roy Andersson, Sobre lo infinito (el título, ese título de película Andersson), puede que te entren dudas. Tras verla, ya te cuestionas cosas: si lo que hay en el cielo son dioses, estrellas o parejas levitando sin alas. Qué preferir. Para lo que llevamos de siglo y lo que vivimos del pasado, casi dar a elegir entre varias opciones y que cada cual viva de la manera mejor, peor o más allá.

Pero por lo menos el día que Roy dijo por primera vez en sueco “acción”, Dios estaba ahí.

Hay gente que sufre en el mundo y que está triste y que tiene todo el derecho del mundo a expresarlo. Hasta Adolf el conquistador. ¿Era necesario mostrar y subrayar en una película que existe la tristeza y el dolor aparte de la gloria y el triunfo en este llamado mundo?

Sí.

¿No?

¿He dicho antes “acción”, aunque sea como se diga en sueco?

Nunca mejor escrito un entrecomillado.

Los personajes que viven Sobre lo infinito, o sea, esto que también damos en llamar, por decirlo de alguna forma, vida (o sea, tú, yo y efectivamente el de más allá), a veces conocen el color rosa, ése que si ves en una película de Andersson me lo dices, que esperaré sentado. Quién conoce el color rosa: para eso hay que volar y huir del suelo o cantar una canción del folclore escandinavo. Y para intentar darle vida a los cuadros pintados a mano en el guión anderssoniano ahí está esa fotografía de grises en color, de cielos sin sol ni de mediodía y ni de medianoche, de almas errantes y silenciosas que no conocen ni comprenden al vecino, que rechazan el lamento ajeno y que en definitiva (no) se mueran los tristes.

Bienaventurados los dichosos que aparecen Sobre lo infinito. De ellos puede que sea el reino de los cielos. Si por la cámara fuese, fija que sí.
cassavetes
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7
26 de enero de 2020
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A sus años. Clint Eastwood la clava. A su manera, con las marcas en el suelo para los actores, a los casi noventa tacos, pero Clint Eastwood, el hombre, acierta.

No es un pleno, que la diana la ve ya con más que vista cansada, pero con Mula se da un garbeo por esa América que ya vimos hace más de veintitantos años en Un mundo perfecto, película que por otra parte recuerda menos que vagamente a esta historia del anciano camello de finas flores.

Incumpliendo su promesa de no volver a situarse delante de las cámaras, Eastwood se reserva el papel principal, central y protagónico. Como Dios manda. A su edad, qué mejor que un sano ejercicio de narcisismo cinematográfico. Que con las arrugas justas en su frente que le otorga la existencia, las chatis le rodean, adjudicado. Que Clint Eastwood tiene un inmaculado historial de conducción en carretera (pensad en La gran pelea y el mono), adjudicado. En definitiva, que Clint Eastwood tiene cuerda para rato: Manoel de Oliveira en vida le pasó el testigo en Cannes. Se siente.

Siempre al filo de ese filmar ordinario y descuidado, con esos maridos, aún con frases de diálogo, con aspecto de extras, pero con el guapo oficial (y buen actor) de Hollywood que es Bradley Cooper como su fiel pepito grillo, Clint Eastwood, y Mula, mola.

A ver, si no, defenderías en juicio sumarísimo a un delincuente tan enternecedor y regularcillo esposo.

Pensad, sin necesidad de acudir a spoiler alguno, que si no hubiera sido por la irrupción de internet, nada de lo narrado en Mula hubiera ocurrido. En su descargo.
cassavetes
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7
26 de enero de 2020
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esto es Parásitos: argumento brutal y sin concesiones (si acaso hay concesión y generosa es a un cultivado y evidente humor negro negrísimo); entretenido y ratos muy entretenido enredo de divertidísimos tramos; y truculencia, por una vez en el cine coreano (del sur) situada donde y cuando tiene que estar. En su punto.

Al punto y no demasiado hecho.

Parásitos es la película premiada del año y la incontestable favorita de público y crítica. Parásitos es feroz, aunque previsible en su primer tramo. Automatizada, pero con huellas de gran guión. A caballo entre el sí y el no al ocho. Peros y pros, contras y elogios. La balanza se inclina seguramente del lado donde se cantan las alabanzas aunque no de un encomio de primer grado. Las loas son por ejemplo para ese humor (negro incluido) al que aplaudes porque estás a favor cuando te desgrana detalles que sirven para describir por igual a la sociedad coreana como a la occidental. Una historia cerrada en sí misma y ciertamente rematada de manera perfecta con un epílogo de gran altura narrativa y que puede servir en cierto modo como compensación idealista o triunfo moral.

Parásitos no se me hace larga pero te vas dando cuenta de que transcurren los minutos. Te das cuenta también de las partes diferenciadas de la película. De las licencias de guión, del beneplácito que les otorgas a esos ardides. Obviamente la segunda parte de Parásitos sube como la espuma, y te olvidas de aquellos contras, noes y peros. Sucede a partir de que la película, una vez consumada cierta patraña de familia, se asienta y se bifurca y enraíza de esa manera so-terrada tan típica del cine (Mother) de Bong Joon-ho.

Bong Joon-ho es el director de la película. Un tipo que nunca me ha conseguido de conquistar.

Quizá el día que aprenda a memorizarlo y decir que se llama Bonyunhu.
cassavetes
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