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12 años de esclavitud

7,3
48.593
votos
Sinopsis
Basada en un hecho real ocurrido en 1850, narra la historia de Solomon Northup, un culto músico negro que vivía con su familia en Nueva York. Tras tomar una copa con dos hombres, Solomon descubre que ha sido drogado y secuestrado para ser vendido como esclavo en una plantación de Louisiana. Solomon contempla cómo todos a su alrededor sucumben a la violencia y a la desesperación. Pero él decide no rendirse y esperar a que llegue el ... [+]
Críticas ordenadas por:
26 de febrero de 2014
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tras debutar en 2008 con la película Hunger y continuar después con la excelente Shame, el director inglés Steve McQueen se hizo con un hueco importante dentro de las preferencias de la cinefilia mundial como uno de los directores más personales, inquietos y provocadores del panorama cinematográfico actual. De esta forma la llegada de su tercera película se anunció casi como si de un acontecimiento se tratase. Y la sorpresa no puedo ser mayor, ya que el nuevo proyecto, 12 years a slave, no podía estar más alejado, a priori, de lo que Steve McQueen nos había ofrecido en sus dos primeras películas. Su nueva película se presentaba como un drama de época ambientado en los Estados Unidos en el siglo XIX y que hablaba de un asunto tan serio como la esclavitud.
Una vez vista la película, y aunque 12 años de esclavitud se mueve en un terreno completamente distinto, se aprecia la mano del director tras la cámara. McQueen se acerca a los rostros y a los cuerpos de sus personajes con la misma dolorosa fisicidad con que lo hacía en sus anteriores obras, mientras que estéticamente nos vuelve a ofrecer imágenes tan bellas y cuidadas como descorazonadoras, brutales por momentos. Aquí, tal vez por el asunto tratado, su tono es más clásico y ortodoxo, pero su personalidad sigue presente, aunque sea de forma más sutil, con la misma fuerza que en sus dos primeras películas.
12 años de esclavitud se centra en la historia verídica de Solomon Northup, un hombre negro y libre que vivía en Nueva York a mediados del siglo XIX, en un posición socialmente acomodada. Su vida da un vuelco cuando, tras un engaño, es secuestrado y vendido como esclavo en los estados del sur. Allí comienza un dramática odisea de doce años en la que sufrirá en carne propia la brutalidad que un ser humano es capaz de infligir a un semejante, hasta recalar en la plantación de Edwin Epps. Ahí culminará este dramático peregrinaje de la forma más intensa y salvaje.
El enorme potencial dramático del relato eleva el poderío de la película muy por encima de algunas, nada despreciables, limitaciones de su guion. Una de las dos principales pegas que cabe ponerle a 12 años de esclavitud, y que limitan, aunque sea moderadamente, el entusiasmo, es que puede acabar resultando un relato más plano de lo esperado. Una vez que se presenta el conflicto que da lugar a la historia, el tono dramático del relato resulta un tanto monótono. Sabemos lo dura que es la vida de los esclavos, y de ahí prácticamente no nos movemos en toda la película. Personajes como los encarnados por Benedic Cumberbatch, Alfre Woodard o incluso, de forma más obvia, Brad Pitt, introducen los pocos matices que se permite el relato. Por otra parte cuando llegamos al final de la historia sabemos que han pasado doce años porque nos lo dice el título, pero eso nunca se ve reflejado en el desarrollo de la historia. Tal vez esto esté relacionado con esa monotonía en el tono que acompaña toda la narración.
Estas son las dos principales pegas que poner a una película que, por otra parte, proporciona elevadísimas dosis de buen cine que no por ello se ven empañadas. Y es que el talento de Steve McQueen como director queda reflejado en casi todos los fotogramas de 12 años de esclavitud, brillando su contundencia en varios momentos de intenso clímax dramático. En ese sentido la secuencia de los latigazos, al final de la película, sirve de catarsis emocional para el espectador después de haber sufrido toda historia de una forma tan intensa como contenida.
Por primera vez Steve McQueen dirige una película con muchos personajes, aunque sean breves, de importancia, y demuestra que su enorme capacidad como director se extiende también a su dirección de actores, algo que hasta ahora solo había demostrado en las carnes de Michael Fasbbender. Su actor fetiche tiene aquí el papel más desagradable de la función, realizando una interpretación brutal y despiadada de Edwin Epps. El protagonismo recae en Chiwetel Ejiofor, todo emoción en su sufriente personaje. Destacar también entre todos los demás actores a dos mujeres, la cada vez más consolidada Sarah Paulson que pone los pelos de punta en su frialdad, y la emergente y desconocida Lupita Nyongo que tiene un personaje corto pero imprescindible en la historia y que protagoniza dos o tres de las mejores secuencias de la película.
12 años de esclavitud está siendo reconocida como una de las grandes películas del pasado 2013, reconocimiento más que merecido, por más que algunas limitaciones me impidan hablar de la obra maestra que mucho sí han visto.
ernesto
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28 de febrero de 2014
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
No se pueden discutir los loables propósitos que inspiraron producir la película, en cuanto valores morales que dignifican al hombre, como la búsqueda de la libertad, la toma de conciencia sobre la lucha contra el racismo, la explotación del hombre por el hombre, la discriminación en todas sus formas y, en general, por la defensa de los derechos humanos. Pero sería deleznable si se quería hacer un filme “respuesta” al “Django sin cadenas” de Tarantino acusado, en medios norteamericanos, de “burlarse del drama de la esclavitud en los EEUU”. Porque esa parecería ser la motivación principal para explicar, por ejemplo, el énfasis que ofrece la cinta en exponer gráficamente los azotes corporales y sus huellas físicas en los esclavos en un estilo sangrientamente moderado de “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson pero con un similar resultado que produce recargar las tintas, incluyéndose la truculencia del maquillaje, en la puesta de escena para generar adhesión del gran público y “replanteo”, sobre la cruel dimensión del drama histórico, entre los incrédulos y herejes del mundo que cometieron el pecado, en este contrapunto, de reírse con Tarantino.
No es el único baldón aunque sí el más visualmente notorio. Porque se trata de una película que no aporta mucha novedad en los temas que se propone, a pesar de que su comienzo es prometedor con ese fotograma del grupo de esclavos que es parte de la escena donde un capataz les enseña a cortar la caña de azúcar. Pero luego de una toma nocturna totalmente prescindible, que Mc Queen considera eje de la historia, viene todo el flash back que muestra a Solomon Northup, el hombre libre para desarrollar la ruta de la historia pero tomando mayormente caminos trillados, con personajes, incluso, maniqueos y carentes de matices. Sin embargo, hay momentos de mérito, coadyuvados por la cuidada ambientación y la excelente fotografía de colores pálidos; como la de la compra y venta de esclavos, con la previa preparación de cuerpos, los trabajos de campo presididos por la sonora amenaza del látigo, el plano detenido donde Platt está medio colgado de un árbol que, sin necesidad de diálogos, logra fuerza expresiva o la que muestra a una ex esclava que ha logrado su condición de señora de la casa mediante favores sexuales. Pero en cuanto a desempeños individuales, como el de Ejiofor, que marquen la diferencia o contrapuntos interpretativos dialogados, muy poco. Ni siquiera Fassbinder, con todo su empeño, o la buena mano del director para registrar, adicionalmente, bellos paisajes que contrastan con la sordidez y la brutalidad humana, pueden salvar la cinta de su medianía.
GUSTAVO
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8 de marzo de 2014
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
La esclavitud es un tema que normalmente ha pasado de puntillas por la historia del cine. Lo más habitual, con algunas excepciones, ha sido tratarlo de una forma indirecta, y en general la mayor parte de los casos, bajo la perspectiva de los blancos. Los realizadores de color de la industria de Hollywood se han centrado más en el presente o en los movimientos de los años 60, que no en retratar las plantaciones esclavistas antes de la Guerra Civil. El primero en hacerlo, que tenga noticia, ha sido el británico Steve McQueen, el cual se ha basado en la historia real de Solomon Northup, un hombre libre, que fue vendido como esclavo de forma ilegal y, como indica el título del film pasó 12 años como esclavo trabajando en plantaciones sudistas.

La elección de la historia es todo un acierto por parte de McQueen, ya que no busca la típica historia de africanos capturados y trasladados en barcos a norteamérica, sino que su protagonista, Solomon (Chiwetel Ejiofor) es un descendiente de aquéllos, pero que no sólo es libre sino que es una persona instruida y respetado violinista en el New York de mediados del siglo XIX. De esta forma, el realizador muestra de una forma simple y directa la dicotomía de los Estados Unidos, en el que una persona de color podía ser tratado como una persona en el Norte y como un objeto en el Sur. Nunca llega a mencionarse de forma directa a lo largo de las dos horas de metraje, pero la sombra del enfrentamiento entre en Norte y el Sur está presente. Es más, incluso McQueen anticipa la derrota al mostrarnos, a través de los ojos de Solomon un Sur en clara decadencia y degradación moral. Desde el primer amo de Solomon (interpretado por Benedict Cumberbatch), una persona con buenas intenciones pero incapaz de rebelarse contra lo establecido, hasta el cruel Edwin Epps (Michael Fassbender), un amo brutal, pero al mismo tiempo alcoholizado y atrapado entre el deseo que siente hacia una esclava y la rígida postura de su mujer.

No sólo es valorable la voluntad de mostrar unos escenarios reales, y la forma de vida de los esclavos en las plantaciones así como su trabajo en los campos de algodón. También lo es en el trabajo con los actores a la hora de dotarles de dimensión. Ejiofor está excelente y convincente en el retrato de una persona que de la noche a la mañana pierde no sólo su libertad, sino su vida junto a sus seres queridos, y trata de sobrevivir a toda costa mientras espera alguna oportunidad para recuperarla. A través de su mirada es capaz de expresar el sufrimiento que padece. Sin embargo es Fassbender el que acaba sobresaliendo por encima de todo el reparto. Su ingrato personaje no es obstáculo para componer a un amo brutal pero al mismo tiempo persona que inspira cierto patetismo.

Otro acierto a la hora de encarar una historia de este tipo, es la ausencia de morbo o melodrama. El periplo de Solomon es ciertamente sobrecogedor, y no faltan algunas escenas impactantes, en las que la crueldad se muestra de forma descarnada, fijando la cámara y sosteniendo el plano (en la más recordada, aguanta más de 2 minutos). Con ello consigue impactar al espectador pero sin manipularle. Es decir, mostrando la crueldad en toda su crudeza, sin adornos innecesarios. Lo mismo sucede en las (pocas) escenas más dramáticas del film. El realizador aguanta lo justo el plano sin excederse ni recrearse en momentos en que se podría haber buscado la lágrima fácil.

Pese a embarcarse en un proyecto bastante más potente de lo habitual (con lo que eso significa para libertad creativa del realizador) McQueen sigue manteniendo su personal forma de dirigir, con un film algo más accesible que los anteriores, pero sin perder su peculiar sentido de la puesta en escena ni su gusto por historias, digamos duras, y al mismo tiempo reales. Puede parecer algo presuntuoso tocar el tema de la esclavitud sin ser norteamericano (o afroamericano), pero no parece este un film pretencioso. Es más el realizador aborda la cuestión desde una perspectiva poco conocida, y además sabe dotar a sus personajes de contradicciones y ambiguedades. Sin duda estamos ante la obra de un cineasta que conoce su oficio y sabe lo que quiere contar y como hacerlo.
manulynk
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2 de abril de 2014
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Bueno, en el titulo ya doy pistas. Para mí, un coñazo de principio a fin, no porque no me guste el tema, es que creo que esta película sobresale porque se ha hecho en la época de Obama, si no, de qué. Michele Obama reconoció que era descendiente de esclavos (no se como lo sabe, pero lo sabe). Y en esta película hay tantas escenas de atropello físico como en aquella afamada serie de nuestra niñez: Roots ("Raíces") donde un monuental Kunta Kinte hacía de las suyas.
Solomon, es un fiel seguidor de esa saga.: el heroe negro, un resistente. A la película no le veo más que maldad por todas partes, uf... un no parar de castigos físicos y sevicia. Pero creo que la historia, siendo cruel, se puede contar de más maneras. La profundidad del personaje protagonista, no la veo por ningún sitio y no se cuenta lo que hizo o no hizo la otra parte, su familia, sus amigos para encontrarle, todo queda supeditado a lo que vive él, que es un verdadero infierno, pero que nos da una visión muy limitada, muy estrecha de la historia. Muy pobre el planteamiento para abordar un tema tan grande. Bien las interpretaciones, pero narrada así, daba para un cortometraje documental. El director ha decidido hacer un largometraje, con escenas repetitivas, pues yo le doy esta puntuación tan baja. No da para más.
fleury
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8 de abril de 2014
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tener paciencia y esperar en la justicia divina o rebelarse con fortaleza ante una situación inmoral que clama al cielo. Ese es el dilema que atormenta al protagonista de "12 años de esclavitud", Solomon Northup, un hombre negro y libre que es secuestrado en el estado de Nueva York para después ser vendido como esclavo en el Sur. Entre la consternación y la indefensión, Salomon pierde su condición, su familia y hasta su nombre... pero no la dignidad ni la esperanza de recobrar su libertad y de reencontrarse con su familia. Aunque debe pasar por analfabeto y silenciar su pasado, aunque tenga que soportar humillaciones y torturas, aunque se le obligue a actuar contra su conciencia, Solomon es un hombre íntegro que entiende lo que son las leyes humanas y las divinas... y por eso espera el día en que la Historia haga justicia con tan lamentables barbaridades.

Al comienzo de la película, Steve McQueen nos advierte que la historia está basada en hechos reales, a partir de la autobiografía del propio Solomon publicada en 1853. Eran momentos previos a la Guerra de Secesión estadounidense y la cuestión esclavista/abolicionista estaba a la orden del día. En las plantaciones de algodón o de caña de azúcar y en las explotaciones de madera, los trabajadores de color eran considerados propiedad de sus amos... que les trataban como mano de obra sin derecho alguno o como mercancía para satisfacer sus propios instintos más primarios. Por esas difíciles y penosas situaciones tuvo que pasar Solomon, y dar muestra de aguante físico, de astucia e inteligencia, y también de personalidad y estabilidad emocional. En esa historia épica, McQueen consigue ir cargando poco a poco de tensión a su protagonista, mientras que un genial Chiwetel Ejiofor sabe transmitir con su semblante esa angustia creciente... y el espectador espera el momento en que las cuerdas se tensen demasiado y se rompan, como sucede a las del violín.

La fuerza de la historia y del guión es innegable, mientras que la estética realista hace que resulte muy dura y en ocasiones espeluznante. Se suceden momentos de crudeza como el azote hasta la rasgar la piel de la joven, con otros de angustia como el del ahorcamiento interminable, o de íntima dureza emocional como el de la carta (en un alarde fotográfico). De cualquier forma, se nos da mucha violencia y brutalidad solo suavizada con algún apunte de humanidad porque siempre hay algunos hombres buenos... también en el Sur, y porque una familia que le espera en un emotivo -aunque no demasiado- encuentro final. Por otro lado, la historia está bien contada en sus saltos temporales -buen trabajo de montaje- y mantiene un constante ritmo narrativo, mientras que el espectador sufre con Salomon al vivir su misma tragedia y encontrarse en la encrucijada de callar o gritar. La cuestión moral y la oportunidad de actuar se la plantea el protagonista y quien está sentado en la butaca... que no sabe cuál será el menor mal y hasta dónde se puede ceder.

Entre seres despiadados que descargan su ira con el látigo y su lujuria con cualquier indefensa jovencita -Michael Fassbender resulta creíblemente sádico y banal-, entre mujeres orgullosas que liberan sus celos y su vanidad con los más inocentes, entre capataces que arrastran un ego o un sentido de culpa que ahogan con el alcohol o con violencia... aparecen algunos individuos que aún creen en la humanidad, en la igualdad y en la libertad. Por otra parte, esa tensión social que se vive en algunos momentos cruciales de la Historia es acertadamente recogida en la película de McQueen, para trasladar ese universo en conflicto y lleno de paradojas a la cabeza de un Salomon que debe debatirse entre vivir o sobrevivir, entre velar por los de su condición o salvar los muebles de su casa. La película es una de las favoritas a los principales premios del año y, aparte de su buena factura técnica e interpretativa, tiene a su favor tratar temas de vital importancia y hacerlo con profundidad moral... y también de nadar a favor de la corriente.
La mirada de Ulises
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