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Las uvas de la ira

8,3
20.262
votos
Sinopsis
Tom Joad (Henry Fonda) regresa a su hogar tras cumplir condena en prisión, pero la ilusión de volver a ver a los suyos se transforma en frustración al ver cómo los expulsan de sus tierras. Para escapar al hambre y a la pobreza, la familia no tiene más remedio que emprender un larguísimo viaje lleno de penalidades con la esperanza de encontrar una oportunidad en California, la tierra prometida. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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19 de mayo de 2006
160 de 178 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Alguien dijo por ahí que John Ford fue un carca dedicado al género machista del western?.

Pues bien, nos encontramos ante una de las obras más socialmente comprometidas en la historia no sólo de la literatura (gracias a la inestimable colaboración del autor de la obra epónima, John Steinbeck), sino de la cinematografía mundial, por delante o al mismo nivel de autores como Eisenstein o Visconti.

Uno de los mejores papeles encarnados por Henry Fonda sin lugar a dudas, y una de las mejores y más convincentes interpretaciones en la historia del celuloide.

Tom Joad emerge en la pantalla por los áridos desiertos de Oklahoma camino de casa, al igual que lo hiciera Travis en la obra de Wim Wenders; Paris, Texas.

La diferencia radica en que al contrario que con Travis (Harry Dean Stanton), con Tom Joad sí sabemos lo que sucede. Acaba de salir de la cárcel bajo la condicional por homicidio (prodigiosa escena inicial en la que Fonda nos brinda todo un alarde de contención interpretativa).

Como el personaje de Wayne en centauros del desierto (Ethan), Joad encuentra que en su pueblo no queda NADA ni NADIE. El tempestuoso tiempo impide las cosechas en régimen de aparcería, por lo que los verdaderos propietarios de las tierras, las sociedades cooperativas agrícolas se quedan sin financiación por parte de los bancos.

Por el camino Ford nos narra a través de su asombrosa técnica y maestría habitual y siguiendo de manera fidedigna la obra maestra de Steinbeck la penosa historia de continua lucha por la supervivencia, la identidad y la pertenencia no sólo a un lugar sino a lo material como privativo de uno mismo.

Al final, hartos de las incipientes y opresivas maneras capitalistas, nuestros protagonistas, se dan cuenta de que California no es la panacea. Recoger melocotones está bien para los que no tiene nada, pero como diría Casey (el peculiar predicador reconvertido a lider del agit pop obrero), si "unimos nuestras fuerzas haremos presión y nuestra dignidad se verá fortalecida...".

Todo se resume en las inolvidable frases que Tom Joad refiere a su madre antes de partir por última vez: "... Allí donde haya un policía pegando a un muchacho, allí donde un recién nacido llore porque tiene hambre, allí donde haya una lucha contra la sangre y el odio en el mundo, mírame allí mamá porque allí estaré.
Allí donde haya alguien luchando por asentarse en algún lugar, o por un trabajo decente o una mano amiga, allá donde haya alguien que luche por la libertad, míra en sus ojos mamá porque allí estaré yo...".

Magnífica también como siempre la fotografía del maestro Tolland.

Parece como si el espacio temporal durante el que se desarrolla la película no hubiera pasado...En pleno siglo XXI aún andamos con las mismas historias y los mismos personajes...

Inmigración, racismo, desconfianza hacia lo de fuera, precariedad en el trabajo, insolidaridad....Reflexión algo está pasando y no hemos actuado.
burton
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27 de octubre de 2006
81 de 103 usuarios han encontrado esta crítica útil
Porque ante determinadas críticas me quedo petrificado. No se habla de valores cinematográficos, sino del guión. Es decir, hay gente que prefiere asistir a un mitin político que ver buen cine, el que sea, provenga de donde provenga. El problema es que la demagogia sólo convence al ya converso, el resto no puede sino reaccionar al lavado de cerebro con una sonrisa. Se critica esta peli porque en ella no intentan cambiar la sociedad. Falta el manierismo de los buenos y malos, el heroe enfrentado al mundo cual rambo con rastas. Se hecha de menos que aparezca un superman combatiendo el mal, o el capital, o lo que sea. pero que lo combata. Y un final tipo vivieron felices y comieron perdices, o floreció la revolución y se quedó entre nosotros, amén. Cuanto más simple y más clarito, mejor. Sin complicaciones que den para pensar.

Grandiosa película de ford, que lleva al cine una novela de Steinbeck. No hay grandes heroes que cambian el mundo, porque no existen en la obra (ni en la realidad) por eso nos es tan cercana y actual, lo otro es cosa del subconsciente pajero de los políticamente adeptos.

Lo único real e invariable es la gente que sufre. Y Ford acierta de pleno al encarar lo difícil, hacer cine de sentimientos, y no acabar de forma almibarada ni panfletaria. Tres pimientos le importaba al irlandes el mitín. Por eso convierte una obra formalmente marxista (la novela) con personajes, ahí si, alienados, en una película humanista, que le llega a todo el mundo, con gentes que a pesar de todos los pesares, no han perdido todavía su condición humana y su dignidad de personas. Por eso no intentan cambiar nada. Sólo quieren ser felices y vivir en paz. Como todo el mundo, que coño.

A la crítica anterior, recomiendo la visión de Octubre. Excelente película. Claro que, maniquea, y demagóga (que lo es y mucho). Supongo que en ese sentido el guión si hará feliz a las mentes simples, todo clarito; buenos, malos, etc. Pero para mí si es una gozada disfrutar de Eisenstein detrás de la cámara. Una pena que por lo visto, mucho crítico ideologizado no pueda disfrutar de una película de Ford y de otra de Eisenstein, por ser incompatible con el gusto doctinario (de los unos o de los otros). Con lo que se admiraban mutuamente. Claro, ellos eran inteligentes. Y además sabían de cine. Los dos mejores.
jesus
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13 de octubre de 2007
68 de 85 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me pasa algo con esta película. Recuerdo mi niñez. Recuerdo una televisión sin mando a distancia y un pequeño salón. Recuerdo unas persianas de madera hinchada por el sol y la lluvia que pesaban una tonelada y no subían del todo. Recuerdo que ponían “Las uvas de la ira” en la televisión y no entendía un carajo. Recuerdo que alguien mayor, llamado yayo, me miraba mosqueado por mi incomprensión se levantaba renqueante y se iba a su pequeña biblioteca. A la vuelta me tiró un libro y me aconsejó que primero lo leyera. Era amante de Ford y de los western. Era un lector empedernido de las novelas vaqueras que se compraban en quioscos en mi niñez. Sé que el libro que me lanzó al regazo se llamaba como la película y que sólo vi un tocho de letras impresas que me pareció igual de aburrido que la película.

Decidí hacerle caso a este viejo y sabio hombre. Cojo por un balazo en la rodilla; serio y bonachón. A pesar de las oportunidades jamás quise ver esa película hasta que no leyera el libro.

Un día mi abuelo murió y yo busqué ese libro por toda la casa. Registré meticulosamente todos los cajones y todos los libros pero “Las uvas de la ira” nunca apareció. Me puse a penar si no lo había soñado todo, si jamás ese libro estuvo en mis manos y nunca vi esa película con mi yayo.

Era muy fácil buscar el libro en cualquier librería o biblioteca pero prefería que fuera el libro el que llegara a mí. Un día una buena amiga me lo regaló. Sabía que iba a empezar un vaivén de recuerdos en el momento que abriera la primera página. Espere el momento oportuno para empezarlo.

En un avión hacia un extraño país comencé a leer. Y sus páginas quedaron impresas en mi memoria y en mi corazón. Tiempo después me puse la película.

Es una gran película. Quizá sea una buena adaptación, que lo es. Quizá plasme una época y unas ideas del libro. Seguro que esta película está bien dirigida y bien interpretada. Emociona hasta la médula el personaje de la madre interpretado por Jane Darwell. Pero no es John Steinbeck. No me dice lo mismo. No me llena como lo hace la pluma de un hombre que me emociona hasta descomponerme. Que recrea la vida y la nostalgia con la magia de los grandes.

Estoy seguro que esta película me hubiera gustado mucho más de no haber leído el libro. O de no haber tenido la historia que tuve con “Las uvas de la ira”. Esa historia que mezcla vida y fantasía con mi abuelo cojo por un balazo en la rodilla.

Quiero dedicar esta crítica a Bloomsday que consiguió hacerme recordar muchas cosas con “El extraño recuerdo de la bayoneta que nunca existió.”
Chagolate con churros
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9 de mayo de 2008
53 de 61 usuarios han encontrado esta crítica útil
La última vez que ví "Las uvas de la ira".

Aquel día me puse a pensar. Las patadas de la vida. Te hacen cojear con caracter. Sentir vs. agradecer. Luchar, luchar y luchar. Pirarte si es menester, pirarte cojeando y con la cabeza a media asta, que mirar demasiado arriba marea. Ponerte tus vaqueros con gesto triste y perdido para ir a, por ejemplo, una mierda de trabajo que te aplasta, y encima creer que haces lo que debes (vamos, en serio).

Pero es cierto. Haces lo que debes (por no acabar viviendo en un barril y en pelotas). Pero yo podría vivir en un barril y en pelotas si no fuera por el temor a que me viese alguien conocido. No somos tan fuertes. Aunque podríamos serlo.

Bien. Cojeas, luchas, sientes, agradeces, te aplastan, te conciencias, dudas...Te piras, te marchas. Naranjas de la china en California. Existe una ilusión que es algo así como fé. Una segunda oportunidad, la penúltima copa que apuras por ver si se arregla la noche. Esos viajes forzados por la carencia se afrontan con la excepcional ilusión de esas segundas oportunidades.

Lo que le ocurre a Henry Fonda en la película. El tipo se va...de la cárcel...de la granja...del pueblo...de la amargura. Con la familia. La familia, ay, la familia. Para los que somos familiares hasta la imbecilidad, muchas veces nos mata. Lo que le ocurre a Henry Fonda en la película (no literalmente, esto no es un spolier). Henry se desFonda, se sacrifica. Por hacer lo que debe, por escapar del barril. Por ilusionarse.

Eran épocas difíciles.

No para John Ford.

En una época - difícil - como ésta en la que hay genios a gogó, saborear la verdadera genialidad es un deleite. Esta película suya de cojos que se piran con toda la fé de las californias, es un extensísimo viñedo. Que fué Gran Reserva. Que siempre me inspiró buenas cosas. La ira por ejemplo, porque olvidaba decir que sin ella las patadas te son definitivas. Te quedas. No marchas.

Te quedas comiendo pasas.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Rick Blaine
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8 de junio de 2009
51 de 57 usuarios han encontrado esta crítica útil
Jamás se me ocurriría sacar pecho de mis limitaciones literarias, os lo juro, pero a veces -aunque parezca increíble- ser un gañán también tiene sus ventajas. Ayer mismo, por ejemplo, mientras visionaba “Las uvas de la ira” pensaba: “Qué suerte tengo! Si fuera un gafapasta de verdad y hubiera leído previamente la novela de Steinbeck seguro que ahora mismo no estaría disfrutando como lo estoy haciendo”. Y es que poder visionar la peli de Ford con la mente abierta, relajada, sin verte obligado a dirimir si la novela es mejor o peor que la peli, es algo que no tiene precio. De verdad. No me importa demasiado saber, por consiguiente, si ésta es una buena o mala adaptación literaria. Solo sé que si la novela es mejor solo puede serlo por poco. Por muy poco.

No me explico, si no, de qué manera pueden dibujarse mejor las penurias y el infortunio de la depresión americana. Porque si bien es cierto que lo más fácil y cómodo era que Ford hubiera tirado de lagrimita, la opción de mostrarnos la entereza y la dignidad con la que estos parias de la tierra van encajando golpe tras golpe le confiere a la peli un halo épico, si cabe, aún mayor. Y aunque las míticas frases pronunciadas por Tom (Henry Fonda) o su madre (Jane Darwell) no hacen más que subrayar con rotulador fluorescente algo que el propio film ya destila por sí mismo, a mi no me molestan en absoluto. Por muy quiméricas que suenen.
Taylor
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