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Condenados

6,9
403
votos
Sinopsis
En los campos manchegos una mujer trabaja la tierra con la ayuda de un joven forastero. Su marido está en prisión por un crimen que cometió en un ataque de celos. Todo va bien hasta que el hombre recobra la libertad y con él vuelven los fantasmas del pasado. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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2 de mayo de 2009
17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Adaptación de la obra de teatro homónima de José Suárez Carreño, se nos muestra una Castilla tan seca y dura como sus habitantes, hombres y mujeres curtidos en el campo y recelosos y maledicentes ante el escándalo y la condenación que supone para ellos, la convivencia entre el recién llegado mozo forastero y la recia mujer que acepta la ayuda de este, ante la dureza de las tareas del campo.
A través de imágenes y encuadres cuasi expresionistas, Manuel Mur Oti realiza una singular historia de amores reprimidos, con unos atormentados y seguidores, muy a su pesar, de las seculares y asfixiantes tradiciones que hacen imposible e irremisiblemente abocado a la tragedia, la consumación de la relación entre Aurelia y el mozo.
A mi juicio Aurora Bautista esta magnífica, aunque ella renegara de la película tachándola de pretenciosa y la manera de retratar los campos y las calles de ese maledicente pueblo por parte de Oti, me resulto muy atractiva.
Como curiosidad resaltar que está rodada de el manchego pueblo de Camuñas (Toledo).
tiznao
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23 de agosto de 2011
13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Gran película española bastante olvidada que mezcla temas como el trabajo en el campo con el amor y los celos.
El incio de la obra ya nos muestra unos toques expresionistas que si bien son bastante interesantes choca por el hecho de ser una película de 1953, año en el que el cine europeo y mundial ya ha tomado otro rumbo, provocado por la segunda guerra mundial, el neorrealismo y que también refleja Mur Oti a través del ambiente donde se desarrolla la trama.
El duo de protagonistas está sublime, especialmente Aurora Bautista, una de las mejores actrices que ha dado el cine español.
La banda sonora a cargo de la obra de Beethoven también contribuye al toque expresionista y a veces es demasiado solemne.
Una obra olvidada que merece ser rescatada de su olvido.
franio risji
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2 de noviembre de 2011
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Manuel Mur Oti es uno de los directores españoles a los que habría que revisitar. Habituados a un cine rancio y sosete de ideología made in Franco, en aquellos tiempos de los años 40 y 50 nos encontramos a gente como Mur Oti, un director con ideas propias, con estilo y coherencia. Drama es Mur Oti, un buen drama, intensas historias de una España profundamente fea y anclada. Muestra de ello, Condenados. Título melodramático hasta la extenuación, pero que encierra un drama furioso, sentimientos a flor de piel, y palabras de las que quedan, hieren, miradas que hablan y la censura no podía saber.

Historia de un trío en una España más que rural, cerrada y obcecada por miedos y por costumbres anquilosadas. Trío protagonista magníficamente interpretado por Aurora Bautista, en otras cintas la heroína del cine español y, por qué no decirlo, buena actriz, Carlos Lemos y un nunca bien reconocido José Suárez. Habituales de ese cine que decía antes. Amos y siervos, tierras e intereses, un pueblo hostil y en cerrazón. Ingredientes perfectos para que Mur Oti vertebre un drama estupendo, con matices y detalles que van más allá de lo que se está contando. A buen entendedor, pocas palabras bastaban.

Por ello es por lo que hay que dar esa otra visión a esa otra España que directores como Mur Oti ofrecían para quien quisiera entender.
cassavetes
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22 de octubre de 2015
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Despelote maravilloso. Beethoveniano a muerte.
Romanticismo de verdad, a tumba abierta, sin ambages ni dobleces, huyendo de blandenguerías, amabilidades y correcciones.
Los celos son la excusa (como pasaba con Buñuel, sí, "Él", película que misteriosa, milagrosamente, es del mismo año que esta que nos ocupa, del 53, y que coincide en la esencia, en el celoso calamitoso. "Celos", de Aranda, sería la hija bastarda de estas dos. Nació tarde, en el 99, pero con fuerza kamikaze también). Lo que importa de verdad es el amor entendido a lo bestia, a lo bruto, como suicidas pegándose fuego, consumidos de ansia y estrépito, puro arrebato pulverizador. O dicho de otro modo, vulgarmente, perdón, con la Iglesia se follaba mejor. Es decir, a más religión, rezos, sagrado matrimonio, votos, promesas y eternidades celestiales, la sangre hierve con más furia, la carne se abre, se estira, se yergue con más frenesí, los ojos se salen de las órbitas, los miembros se expanden como el universo, las navajas desafían a la luna, la muerte se enseñorea de todo (nada que ver con nuestros tiempos aguadaos y ateos; con el triste recuento de divorcios, separaciones y ligues ocasionales, con el sexo libre, el agnosticismo y el escepticismo, con los juzgados y los contratos. No hay nada que transgredir ni morbo por el que hervir, solo quedan la pena y la risa).
La razón es eliminada. O no. Otra sobrevive, una nueva lógica, obtusa, majadera, pero implacable, fatal. Tú y Yo. Marido y mujer. Como sea. Contra lo que sea. Contra mí y contra ti. Contra nosotros. Nos mataremos de dolor y disparate, pero juntos hasta el fin.
Asombrosa forma; bella, ampulosa. Enfermiza y estilizada.
Fabulosa, increíblemente atractiva, Aurora Bautista. Se come la pantalla y a sus hombres, los devora, los tritura a dentelladas de pasión y represión, de deber y fatalismo. Ella es, pese a las apariencias, la que realmente manda, es el objeto acosado, la sufridora impenitente, pero sobre todo, la reina de la banda, la jefa del trío endemoniado, la que parte y reparte, la que mantiene el sentido, la que asume con más decisión y espanto esos valores por los que sulfuran y agonizan, ella es, cuando ellos dudan o se debilitan, cuando desean rendirse y aflojar el trote infernal, la que les mantiene en pie, combatiendo, quemándose y golpeándose (como pasaba en otro tono, mucho más comedia que tormento, con el personaje femenino en "El hombre tranquilo", donde era ella , la tremenda Maureen O´hara, la que reclamaba con más furor las esencias que aparentemente la torturaban y condenaban). Ella es la salvación y la perdición de los hombres, su luz quebrada, su esperanza fúnebre, el martirio y el deseo, sangre de amor correspondido.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Ferdydurke
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30 de enero de 2015
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
El vestido puede cubrir, guarnecer, abrigar, disfrazar, proteger o adecuar a alguien y conviene elegirlo con tiento de acuerdo con el propósito, el destino o la actividad que pretendamos llevar a cabo. No es aconsejable ir a la montaña con un vestido de fiesta, como el soldado debe acudir al campo de batalla vestido para la ocasión. Hasta a los niños se les viste de manera especial cuando deben participar en algún acontecimiento social o religioso, como puedan ser el bautismo o la primera comunión. Pero, ¿cómo debería vestirse uno cuando solo se trata de escribir una aproximación a una película tan especial como “Condenados”, dirigida en 1953 por Manuel Mur Oti y que cuenta en sus principales papeles con Aurora Bautista, el pasmarote-mueble de José Suárez y Carlos Lemos. Tras larga reflexión, se me ocurre que lo más apropiado sería recurrir a la coraza y el yelmo, si no al turbante y el alfanje, para adecuarse a algo tan severo, tan riguroso, tan implacable, tan estricto, tan rígido, tan intolerante, tan calderoniano, en suma…
Estamos en La Mancha, una Mancha que se nos muestra como un tremendo secarral, un auténtico paisaje lunar, con una tierra gris y polvorienta que da la impresión, a los legos, de una esterilidad absoluta. Aurora Bautista, una antecedente, quizá menos ampulosa, de Nuria Espert, interpreta a Aurelia, una campesina que vive sola en su casa de labranza. A su entorno las tierras se agostan irremediablemente por más esfuerzos que ella hace, pues no dejamos de verla agarrada al azadón y tratando de remover esa tierra seca.
A esta situación de soledad se ha llegado porque el amo, su marido, está en la cárcel con una larga condena por haber matado a un hombre que la había mirado, a su juicio, con ojos de deseo. El pueblo, curiosamente, se ha puesto de parte del muerto y, sin distinción alguna, vuelve la espalda al asesino y a su mujer. Uno se pregunta por qué a ella también, y no halla otra respuesta que la necesidad dramática: si el pueblo no le hubiera hecho el vacío, no habría sido necesaria la ayuda y el trabajo de Juan.
La llegada de éste, un forastero que busca trabajo, ignora la actitud del pueblo respecto a la propietaria de la alquería y que, además, es inteligente, vigoroso y muy trabajador cambia radicalmente el escenario y el destino del cortijo: las cosechas se multiplican, los animales se reproducen en abundancia no vista hasta entonces y el molino vuelve a recibir grano para devolver harina. En fin, como en la Biblia sucede con la llegada de Jacob a casa de Labán, puro milagro.
Es evidente desde el primer momento que Juan no va a ser inmune al atractivo de su patrona, pese a que ella por su parte no da ningún paso por el camino de la seducción y se muestra tan solo amable y agradecida.
Resulta extraordinariamente interesante, sobre todo si lo comparamos con los procedimientos narrativos que el cine impondrá años después y hasta el presente, la secuencia que Mur Oti construye para transmitir al espectador el deseo de Juan por Aurelia. Y lo consigue con una imagen sencilla, sencillísima y que a buen seguro los censores (estamos, no lo olvidemos, en 1953, con un franquismo todavía joven, poderoso e implacable) dejaron pasar, sin caer posiblemente en la cuenta del tremendo poder de esa imagen.
En esa escena Aurelia, plantada en un rellano de la escalera de su casa, habla con Juan, quien se encuentra unos cuantos peldaños más abajo. Juan la ve en un contrapicado. Ella viste una amplia falda que la cubre hasta los tobillos y deja ver las enaguas debajo y los pies. La cámara, convertida en la mirada de Juan, se alza hasta los zapatos de Aurelia y de paso pone en evidencia que sus pies están separados, no exageradamente separados, pero sí separados. Lo suficiente. La imaginación se desata ardorosa, y los tobillos de Aurelia sugieren de forma clara las piernas y los muslos de la mujer. Es el latigazo del deseo en la cara de Juan. No hace falta más. Con una economía de medios, en todos los sentidos, sobresaliente, el director tumba la tijera de la censura, pero también pone en evidencia la reiteración grosera y facilona a que se llega en gran parte del cine que se rueda desde hace bastantes años. Esos gemidos, suspiros, gruñidos, chillidos y gritos a que se nos somete quieras que no cuando una pareja recibe el soplo del aliento de Eros son absolutamente ridículos, molestos, irreales y aburridos.
La situación se enriquece con la llegada de José, el marido, interpretado por Carlos Lemos, a quien, sin saber muy bien la razón, la justicia le ha aplicado una importante reducción de pena y lo ha puesto en libertad. Como es muy natural en un personaje tan suspicaz y sensible, le basta una mirada en amplitud para darse cuenta de la situación: la visión del mundo sustentada por el islam más fundamentalista se queda corta si la comparamos con la representada por este marido salido de la cárcel cuya experiencia en ella, como suele ser habitual, de poco ha servido para enmendarle. La tragedia está, pues, servida.
La realización de Mur Oti es impecable y el guión, que sigue las líneas marcadas por una pieza teatral de José Suárez Carreño, galardonada con el premio Lope de Vega de teatro de 1951, también. Es una película que no debieran perderse los colectivos feministas más furibundos y arrebatados. Tendrán motivos más que sobrados para airarse…
Toribio Tarifa
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