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El reinado del terror

6,3
265
votos
Sinopsis
Revolución Francesa. Época del Terror (1793-1795). Robespierre prepara una lista negra con los nombres de sus enemigos para condenarlos a la guillotina. Un grupo de políticos moderados, encabezados por Barras, encarga a un hombre el robo del documento y promueve una revuelta contra el tirano. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
1 de abril de 2011
16 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Insólito ejercicio de cine negro, pero pese a ello poseedor de todos los ingredientes habituales en el género, "El reinado del terror" sorprende al elegir el periodo histórico de la Convención Jacobina como marco en el que desarrollar una historia que, de haber tratado de una banda de hampones dispuestos a acaparar el poder en un barrio suburbial de Chicago o Nueva York, no habría presentado sustanciales variaciones respecto de la que aquí se nos cuenta.

En el presente caso, el jefe de esos hampones viene a ser Robespierre, paradigma del fanatismo y del afán de poder, los cuales aspira a consolidar como dictador, sirviéndose para ello de una especie de "lista negra" en la que figuran sus enemigos y opositores. Asistiéndole en esta loable labor encontramos al fanático Saint-Just y al ambiguo y calculador Fouché, siempre jugando a dos bandas. Del lado del "bien" están Barrás y sus partidarios, los "héroes" de la película, Daubigny y Madeleine. Así, tanto los personajes como el argumento -que gira en torno a la posesión del mencionado libro negro- responden no a la verdad histórica, ni tan siquiera a un intento de acercarse a la misma, sino a las fórmulas narrativas y a los arquetipos clásicos del cine negro de siempre.

Formalmente se trata de una de las mejores películas que filmó ese excelente dúo formado por Anthony Mann y el director de fotografía John Alton, a cuya brillantez habitual cabe sumar en este caso la de William Cameron Menzies. El estilo característico de estas películas, lastradas por presupuestos muy escasos, se basaba en hacer de la necesidad virtud. ¿Por qué usar grandes y costosos decorados pudiendo reducir el espacio a juegos de luces y sombras? ¿Qué necesidad había de contratar cuantiosos extras teniendo la posibilidad de multiplicar unos pocos por medio de espejos hábilmente dispuestos? De todo ello es ejemplo este filme, que a mí me parece maravillosamente iluminado, como todos aquellos en los que interviene Alton; resulta impresionante su dominio de los focos de luz, el protagonismo que cobran los rostros, fuertemente iluminados en contraste con los fondos, tenebristas y casi abstractos. En cuanto a la realización de Mann basta observar secuencias como el asesinato del verdadero Duval, la de los discursos en la "abarrotada" Convención, o planos generales de jinetes solitarios cabalgando bajo una luz crepuscular (anticipación de lo que luego haría en sus célebres Westerns), para percatarse de la magnitud de su pericia.
Continúa en spoiler, sin revelar detalles.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Quatermain80
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1 de junio de 2009
21 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cine hecho con cuatro duros y a toda prisa, parece ser que esa era la seña de identidad de Mann, que era capaz de rodar hasta tres películas por año.

No me extraña por tanto que el resultado fuesen films tan flojos como "The black book", una anécdota inofensiva en la que se nos narran los intentos del pérfido Robespierre por convertirse en dueño y señor de Francia.

Mucho diálogo intrascendente, escenas de acción que en la época actual resultan ridículas, decorados de cartón-piedra que producen una leve sonrisa y un uso de la luz que parece ser tampoco era el fuerte de este director.

Le pongo un 4 porque Richard Basehart borda su papel de dictador en ciernes, pero el conjunto resulta decepcionante y bastante impreciso en los detalles históricos de la época.
Hrundi_Bakshi
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4 de febrero de 2012
6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cinta de gran director clásico del cine negro y el western, géneros que ya se encuentran en esta obra a pesar de que este ambientada durante el periodo de la revolución francesa. A sus 63 años aún es francamente entretenida, con un ritmo sorprendente manteniendo intriga y suspense en un blanco y negro muy expresionista y teatral en la mayoría de las ocasiones. Richar Basehart, el que luego será el inefable comandante Nelson en la superpopular serie de tv "Viaje al fondo del mar" da vida a un Robespierre que asume junto con Saint Just el rol de la malo de la historia. Mann se acerca al rigor histórico muy someramente y nos da un visión muy básica de los hechos. Albert Cumming ejerce de prota con solvencia, agente encargado de recuperar el libro negro donde Robespierre tiene anotados los nombre de todos aquellos a los que desea eliminar. Aparecen los históricos Barras y Fouché, jefe de la policía de París, este último interpretado magníficamente por un shekspiriano Arnold Moss cuyo parecido con Adrian Brody es realmente curioso. En resumen cine de aventuras, de sesión de tarde inolvidables donde aprendimos a soñar.
ELZIETE
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22 de mayo de 2018
4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta película se inscribe en la etapa de aprendizaje de la fructífera carrera de Anthony Mann, donde abundan los títulos de cine negro y donde ni siquiera esta historia, ambientada en la época del terror de la revolución francesa, en la que un grupo de conspiradores trata a toda costa de evitar que Robespierre se convierta en dictador, escapa a los códigos de esa constante.

El argumento es ligeramente desquiciado, pero une con inteligencia –no olvidemos que el guion es de Philip Yordan- romance y película histórica, pese a que el retrato de los revolucionarios sea ligeramente grosero y reductor aunque el resultado final sea muy efectivo, destacando una gran ambientación, fruto del magnífico trabajo de William Cameron Menzies, la iluminación tenebrosa y expresionista de John Alton -quien dos años después ganaría un merecidísimo Oscar con una colorida “Un americano en Paris”, justo lo contario de esta-, el uso de expresivos contrapicados ya presentes desde el impactante prólogo o el hecho de que la película está relatada como si fuese una película de terror, -y en cierto modo así fueron, terroríficos, aquellos momentos- lo que da un tono casi gótico al conjunto.

Un soso Irving Cummins, acompañado de la bellísima Arlene Dahl junto a un aterrador Richard Basehardt como Robespierre componen los principales papeles de esta interesante muestra de la primera y prometedora etapa del maestro Mann.
Gould
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