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Fahrenheit 451

7,4
17.047
votos
Sinopsis
Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel de los libros. Guy Montag, un disciplinado bombero encargado de quemar los libros prohibidos por el gobierno, conoce a una revolucionaria maestra que se atreve a leer. De pronto, se encuentra transformado en un fugitivo, obligado a escoger no sólo entre dos mujeres, sino entre su seguridad personal y su libertad intelectual. (FILMAFFINITY)
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30 de abril de 2010
123 de 128 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aníbal era un jefe cartilaginoso. Los coleccionistas de sellos reciben el nombre de sifilíticos. Los reptiles son animales que se disuelven en el agua. La hipotenusa está entre los dos paletos. Jesucristo fue bautizado en Río de Janeiro. El pararrayos fue inventado por Frankenstein.

Son respuestas reales de alumnos en exámenes de ESO y Bachillerato. Zoquetes los ha habido siempre, podréis argumentar, la de años que lleva editándose la Antología del Disparate, quién no ha conocido a tipos capaces de decir y escribir las mayores burradas y quedarse tan ancho, no hay para tanto. Ojalá fuera así. Quienes conocemos de primera mano qué se cuece en las aulas de nuestros institutos sabemos que lo que antes era excepción es ahora norma, que la burricie y la mediocridad no sólo no están mal vistas, sino que se premian y se alientan, por democráticas e igualitarias. Cómo mola ser un cabestro. ¿La cultura? Cosa de frikis e inadaptados.

La novela de Ray Bradbury alertaba, ya en 1953, contra la más poderosa de las armas del totalitarismo, la ignorancia. El fuego de los bomberos purifica la angustia del conocimiento, la innecesaria inquietud que pueden proporcionar las letras. La felicidad consiste en ignorar los rincones desagradables de la vida, no saber nos hace inmunes a la inquietud y el dolor. Sin sufrimiento no hay preguntas. Y sin preguntas, ¿quién puede cuestionar el modo en que es gobernado? El keroseno es el perfume de los tiranos.

Truffaut entendió bien el mensaje de Bradbury, y eso es lo que pervive de su película. Frases como “Mientras se les tiene entretenidos son felices, y eso es lo importante” o “Todos hemos de ser iguales” suenan inquietantemente actuales. Píldoras para no sentir y televisores de pantalla plana, a ser posible, tres por hogar: la ausencia de antenas nos hace sospechosos de sedición. Hay que relacionarse, aunque sea con gestos y palabras inútiles y banales.

Y sin embargo, corremos el riesgo de tomárnosla a broma. Porque no es una gran película. Porque atufa a años 60. Por sus zooms y sus veleidades psicodélicas y sus rojos chillones. Por esos modelitos y esos bomberos y esos camiones que parecen salidos de Legoland. Porque a pesar de la música de Bernard Herrmann y de la amistad de Truffaut con Hitchcock, no hay apenas suspense y el ritmo brilla por su ausencia. Por su final soso y discursivo. Cuando la vemos ahora, corremos el riesgo de creer que esta peli pertenece sólo al pasado. Qué error cometeremos.

Atenas fue fundada por César octavo a gusto. La vaca es un derivado de la leche. Un polígono es un hombre con muchas mujeres. El sujeto que no aparece en la oración es epiléptico. Quevedo era cojo de un solo pie y Góngora culturista. De los huevos de las ranas salen los cachalotes. Reíd, reíd. Asomaos un momento a la calle. Echadle un vistazo a la tele. Entrad y salid de cualquier red social. Volved después a mirar esta peli. ¿Os reís? Éste, y no otro, es el pasado que seremos. Y cuánto deseo equivocarme.
Normelvis Bates
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3 de septiembre de 2007
37 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil
A finales de los 60 algunos empezábamos a hacer nuestros “pinitos” en un mundo en que, al contrario de lo que ahora sucede, la juventud era una enfermedad que se curaba con la edad. Y esa juventud queríamos un mundo distinto, política y sobre todo socialmente.

En mi mesa de noche reposaba Un mundo feliz de Aldous Huxley y en mis estanterías podían encontrarse libros “prohibidos” como El libro negro de Giovanni Papini ó El retorno de los brujos de Pauwels y Bergier, junto a Las historias extraordinarias de Edgard Allan Poe y obras de H. P. Lovecraft con Necronomicón incluido.

Esa ciencia ficción con interrogantes nos marcó y por eso ha sido muy agradable encontrarme con esta novela de Ray Bradbury llevada al cine por un director de auténtico talento como Truffaut, el cual, a diferencia de otros paisanos suyos y compañeros de fatigas cinematográficas, ha conseguido darle la vuelta a mi instintivo rechazo al cine francés hasta acabar siendo admirador de sus trabajos. Eso si, mi admiración no es ciega ni alocada sino crítica (véase mi comentario a Jules et Jim) y por ello debo decir que Fahrenheit 451 sin ser una obra perfecta consigue plenamente lo que pretende, que es lo mismo que pretendía la novela de Bradbury: Concienciar a la sociedad del gran legado que tenemos en nuestras manos: La cultura. Esa cultura que se concreta en los libros, en la música, en el teatro, en el cine, en el lenguaje... Esa cultura que es la fuerza y la esperanza de la humanidad ante el futuro.

Estoy de acuerdo en que Truffaut nos deleita con algunas “frivolités” técnicas. Esa cámara que se acerca al personaje mediante un triple salto con tirabuzón hasta alcanzar el primer plano, resulta demasiado artificiosa y fuera de lugar. No obstante el montaje es bueno y en su línea a pesar de algún desencuadre perdonable. Los libros, igual que sucedía en La noche americana, no están elegidos al azar sino que se ajustan a los esquemas del director. Los Cahiers du Cinèma ó las obras de Salvador Dalí no aparecen entre ellos por casualidad. Y en general Truffaut da vida de forma digna a la novela de Ray Bradbury acercándola al gran público.

Dicen que lo mejor se deja para el final. Y, aunque lo mejor tal vez sea Truffaut, Oskar Werner y Julie Christie están francamente bien en sus trabajos. Especialmente el primero.
FATHER CAPRIO
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22 de mayo de 2006
35 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil
Genial adaptación del libro de Ray Bradbury. En Fahrenheit 451, la temperatura a la que arde el papel de los libros, se nos presenta una sociedad vacía, manipulada por los medios de comunicación, dependiente de "medicamentos" estimulantes y automatizada por la autoridad.

¡Mira, los bomberos! ¡Va a haber un incendio!
No, no es algo descabellado, los bomberos de Fahrenheit 451 persiguen los resquicios que quedan en la sociedad que posee libros, prohibidos por el gobierno por sus palabras malintencionadas y su pretensiosa retórica. Muchos deben huir al bosque memorizando algunas obras para perpetuar el conocimiento humano.

El protagonista de este filme, dirigida por el genial Truffaut, es Montag, un bombero con aspiraciones de ascenso que conoce a una maestra. Gracias a ella abre los ojos y consigue escapar del cuerpo en aras del conocimiento.

Si aún no la habéis visto, vedla por favor. Cada vez que encendáis la televisión y hagáis zapping buscando un mínimo instante de decencia, acordaos de esta antigua pero actual película.
MdMontemar
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23 de septiembre de 2006
27 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Fahrenheit 451 es la temperatura de ignición del papel. Truffaut adaptó la célebre novela fantástica homónima de Ray Bradbury en la que se planteaba un fascinante y tristísimo futuro en el que los bomberos eran sustituidos en su misión de apagar fuegos para encenderlos y quemar los libros. Es un planteamiento en el que hay una nueva Inquisición moderna que destruye los libros y, sin embargo, apoya el advenedizo mundo audiovisual: a veces, casi siempre, tan pobre, tan estúpido, tan soez, tan inculto.
Pudiera parecer una película atípica y ajena a Truffaut pero no es así, puesto que, al fin y al cabo, lo que plantea y de lo que trata la película es del mundo de la Cultura, de la que el cineasta francés estaba notablemente preocupado. Tanto el libro de Bradbury como la película de Truffaut no afirman que vaya a existir o que siquiera sea minimamente posible un mundo sin libros, a través del cual habría una presunta igualdad entre los humanos, porque nadie sería superior a nadie y obnubilados por el mundo audiovisual lo que efectivamente se produciría sería una igualdad en la estupidez - camino de ello vamos, sin ser tan a rajatabla -, lo que se plantea y que, quizás aterciopeladamente sí está ocurriendo, es el hecho de que el mundo de los libros y de la lectura quede reducido, absorbido o minimizado pro el nuevo universo audiovisual.
No es una película memorable ni siquiera un clásico, pero sólo por la condición de su maravilloso argumento y por el cineasta que la dirigió es una obra muy interesante.

P.D.: Lo que sí sería precioso sería la existencia de esos imprescindibles y sacrificados hombres-libro que memorizan libros, puesto que eso sí que no se puede quemar.
kafka
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4 de enero de 2012
14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
La temperatura la dicta el tiempo y además, en el caso de las adaptaciones, el original adaptado. En ambos casos dos serios inconvenientes para que el celuloide de esta película escape de sus voraces llamas. Vaya por delante afirmar que Truffaut me parece un buen director, pero no por ello cabe rendirse a cualquier cosa o película que haga.

Sobre el paso del tiempo, si bien los decorados tienen cierta gracia al recordar los destellos de la moda sesentera, sin embargo incluso para la época resultan poco creíbles, demasiado acartonados y delatan la falta de medios pero también de imaginación para resolver la ambientación que propone el universo de Fahrenheit 451.

Sin embargo, el gran lastre de la película es la adaptación de la novela de Ray Bradbury que si levantara la cabeza acusaría a Truffaut de alta traición. Dicho sea de paso, el libro me parece fascinante y hoy día conserva su plena vigencia, resultando ser una retrato muy acertado de la sociedad actual en la que vivimos. No voy a entrar en el debate, absurdo por otra parte, sobre si las adaptaciones al cine de obras literarias son casi siempre inferiores porque hay muchos ejemplos que ponen en duda tal afirmación. De cualquier modo este no es el caso.

En una adaptación por muy libre que sea siempre tiene el reto de conservar la esencia de la obra, aquello que el original pretende trasmitir. Y Truffaut, no sabría decir si por intereses de producción o presiones comerciales, desnaturaliza la obra literaria.

Tan sólo anotar dos de las traiciones más destacadas, de las muchas que podrían enumerarse. La primera es con respecto al tratamiento que en la película se hace de Clarisse, pieza esencial para entender el espíritu de la novela. Si bien, la composición del personaje respeta su espíritu idealista, creativo y vitalista, excelentemente interpretado por la cautivadora Julie Christie, Truffaut decide divorciarse con respecto al desarrollo y evolución de Clarisse en la historia que propone R.Bradbury. Insisto en mi desconocimiento sobre las razones que llevaron a dicho divorcio pero el tratamiento final que el guión hace de Clarisse cambia totalmente el tono del relato.
La segunda traición, es que el final de la película nos ofrece una edulcorada versión al más puro estilo “Hollywood ending”, en ese feliz mundo paralelo de libros y educción, frente a la desoladora y brutal visión que la novela ofrece de la raza humana.

En cualquier caso si estas traiciones hubieran servido para dar mayor fuerza y vigor al relato, o al menos igualarlo que no sería poco, se hubiera ganado el indulto de las llamas. Pero tampoco es este el caso.

Que arda pues, que arda el celuloide.
Alberto
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