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A Londoni férfi (The Man from London)

7,2
1.300
votos
Sinopsis
Maloin es un vigilante de una estación de tren que, de forma casual, es testigo de un asesinato, y acaba haciéndose cargo de una maleta llena de dinero que trastocará para siempre su vida, acarreándole muchos problemas. Inspirada en la novela de Georges Simenon "El hombre de Londres". (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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25 de julio de 2009
46 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil
Octavo largometraje del realizador Béla Tarr (Pécs, Hungría, 1955). El guión, del propio Tarr y de Lászlo Krasznahorkai, su guionista habitual, adapta libremente la novela “L’homme de Londres”, del novelista belga Georges Simenon (1903-89). Se rueda en escenarios reales de Bastia (Córcega), otras localizaciones de Córcega y Pilisborosjeno (Hungría). Es nominado a la Palma de oro (Cannes). Producido por Humbert Balsan, Christoph Hahnheiser, Paul Saadoun, Gáber Téni y Joachim von Vietingoff, se proyecta por primera vez en público el 23-V-2007 (Cannes).

La acción tiene lugar en Dieppe (Normandía, Francia). Maloin (Krobot), de más de 50 años, trabajador portuario, es el encargado del turno de noche del guardagujas de la terminal ferroviaria del puerto. Trabaja desde una cabina acristalada, elevada, de gran visibilidad y dotada de controles a distancia. Poco después del atraque de un trasbordador de Londres, es testigo de una pelea entre dos pasajeros recién llegados, Brown (Derzsi) y su compañero Teddy, y de la caída mortal de éste con un maletín al mar. Maloin recoge el maletín y lo guarda cuidadosamente en la cabina, después de comprobar que contiene más de 60.000 libras esterlinas en billetes. Maloin está casado con Camelia (Swinton). Son padres de una hija, Henriette (Bók), que trabaja en una carnicería. Reparte su tiempo entre la cabina del puerto, la casa familiar y el bar de la esquina, donde cada día juega una partida de ajedrez. Es solitario y callado. Lleva una vida monótona, rutinaria, vacía y aburrida.

El film suma crimen, drama, cine negro y misterio. El protagonista, Maloin, es un hombre simple e ingenuo, con una vida de rutinas en la que nunca ocurre nada. Se ha acostumbrado a no pensar, no sentir, no emocionarse, no dudar y no saber. Los hechos ocurridos durante la noche en el puerto le trastornan y le mueven a actuar. Por primera vez en mucho tiempo siente la necesidad de hacer algo fuera de lo común, pero no lo sabe definir, ni concretar autónomamente. No distingue entre lo correcto y lo incorrecto, lo propio y lo impropio, lo oportuno y lo inoportuno. Como “voyeur” y como hombre colonizado (1), confunde lo que quiere hacer con lo que ha visto hacer: sólo se le ocurre imitar lo que ha visto. La bronca de Brown y Teddy, la reproduce en su casa con su mujer; el intento de Brown de sustraer el maletín a Teddy, lo reproduce sustrayendo a su mujer el dinero que guarda en una caja, etc.

Tarr demuestra su preocupación por la alienación humana, el deterioro de la capacidad de análisis crítico y la aniquilación de la iniciativa y de las ansias de saber y entender a manos de un materialismo tan subrepticio como salvaje. Para él, la sociedad contemporánea compone un cuadro desolador en el que se ha pasado de la pasividad acomodaticia a la pérdida de la conciencia de lo que es la esencia del ser humano.

(Sigue sin “spoilers”)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Miquel
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18 de abril de 2009
31 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
La menospreciada narrativa de Simenon plasma con radical economía y sin retórica un duro retrato del hombre, de la parquedad de su existencia.
Bela Tarr toma como partitura una novela del escritor belga y orquesta una obra cinematográfica, un mundo portuario gris y semidesierto, de luz entre plomiza y pizarrosa, donde llueve a menudo y mucho tiempo es de noche.

Tarr mantiene la base de intriga y la estetiza, intenta elevarla a misterio, con un lenguaje peculiar, muy elaborado en su simplicidad.

Desde el interior acristalado de una atalaya de vigilancia, la cámara en movimiento filma cómo el pasaje de un barco desciende a las sombras del muelle. El prolongado plano-secuencia, que se fragmenta gracias a las divisiones de la cristalera, anuncia el sello del voluntarioso estilo.
La tensión: el torrero ve desde su puesto un crimen en un rincón apartado. Juega una baza sigilosa, con la que sacar de la pobreza a su familia. Comprende angustiado que le puede salir fatal, y durante días aguarda astuto una jugada que le salve.

La cadencia es despaciosa y hay repeticiones acústicas que rozan lo machacón; son series de sonidos en primer término, marcando ritmo: pasos, oleaje, reloj, acordeón, el cuchillo del carnicero… La estrategia es semejante al monótono recitado de mantras, o el dar vueltas y vueltas de los derviches giróvagos, que inducen una especie de trance y cambian la percepción. El paso a una percepción no realista sino estética busca Tarr con la lentitud extrema y las rítmicas repeticiones. El contraste con los hábitos vigentes (trepidación, velocidad sin pausa, hablar como ametralladoras) es muy fuerte y, como ocurre con las mencionadas técnicas, el peligro de caer dormido en vez de cambiar la percepción es real.

A la hipnosis estética contribuyen la subrayada lentitud, el que no aparezca ni un coche ni un vehículo, excepto unos metros de tren; las caminatas de los personajes, seguidas por la cámara en sus rostros; el silencio imperante, que realza lo mínimo de los diálogos; los movimientos coreografiados, como el descenso de los pasajeros del barco; los encuadres abstractos, que demoran el reconocimiento de los objetos; las frecuentes tomas a los personajes de espaldas; la nitidez de la contrastada fotografía, magnífica …

En las figuras de los personajes ocurren cosas constantemente, y en profundidad. Los actores trabajan bien; Tilda Swinton, muy bien; y mejor aún quien hace de inspector (István Lénárt). Su fisonomía es más bien orografía. La cámara la trata como un paisaje rocoso. Los primeros planos de todos son abundantes y prolongados. Y muy intensos: en la quietud se actúa con parpadeos y pestañeos. ¡Hasta con las pupilas y las líneas del iris!

Bela Tarr declara que busca representar a un tiempo “el aspecto universal y cotidiano de la vida, en una obra que es a la vez cósmica y realista, divina y humana”.

Es como representar al océano y a la humanidad en la imagen de una playa. Se puede.

(7,5)
Archilupo
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15 de septiembre de 2011
25 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Más de lo mismo” dicen algunos críticos enfurecidos. Y es verdad: Tarr, en efecto, se repite; insiste en su reflexión sobre el fondo del alma humana; e insiste en un lenguaje formal rebosante de belleza. Bendita monotonía...

En todo caso, hay matices. Tarr se sitúa aquí, según yo lo veo, en una perspectiva distinta a la de “Armonías de Werckmeister”, su anterior película. En “Armonías...”, el individuo —Janos— se enfrentaba a la colectividad; pero no estaba solo; había otros con los que aliarse en la resistencia (o, al menos, en la “melancolía”): Eszter el musicólogo, sobre todo, y también Lajos el zapatero y su mujer. En “El hombre de Londres”, Maloin está solo, no tiene a nadie; por no tener, ni siquiera tiene enfrente a una turba enfurecida: no hay gentes que se reúnan en la plaza a las que observar o de las que guardarse; ni tampoco helicópteros de los que escapar; la masa gregaria y la élite del poder están aquí abstraídas, y “lo otro” es un ente rigurosamente despersonalizado, anónimo e intangible, a lo sumo reflejado veladamente en la fantasmal figura del “comprensivo” Morrison, en la kafkiana pareja de “amables” vendedores o en la, en definitiva, inofensiva dueña del supermercado. Maloin no tiene nada con lo que enfrentarse; a su alrededor no hay más que vacío; por eso entabla una absurda pelea con su mujer, consigo mismo. Ya no queda nada más que la pura y simple ausencia.

En mi crítica a “Sátantangó” aludía a la unión de los opuestos en el cine de Béla Tarr. En “El hombre de Londres” es como si esa oposición se esencializara hasta sus términos más radicales: como si ya sólo estuvieran presentes el ser y la nada. Y los dos —parece pensar Béla Tarr— son sospechosa e inquietantemente semejantes. “El hombre de Londres” es mucho más abstracta, más esquemática en su planteamiento, que las películas anteriores, más desnuda, más seca y más áspera. Aquí Tarr ahonda un paso más en el alma humana. Y cuanto más se profundiza en el abismo interior, por una especie de simetría cósmica, más presente se hace el vacío exterior. O viceversa.
[sigo en el spoiler]
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Ludovico
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14 de agosto de 2008
14 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
Comienza el gran día, último día sábado 10 de noviembre de 2007, día que justifica todo el festival, incluso.

A las 12 del mediodía me dirijo hacia el Casino de la Exposición, donde tiene lugar la rueda de prensa de Béla Tarr. Tonto de mí, llego tarde por primera vez a una cita imprescindible del festival.
Entro en la sala, pasados unos diez minutos desde el comienzo, y ahí está, sentado al lado de Manuel Grosso, Tarr, en carne y hueso, exactamente igual a como lo he visto en fotos: chaqueta negra de cuero y gafas de sol redondas.
Siempre corta e insatisfactoria, por supuesto, la rueda de prensa acaba y yo me quedo con que “A Londoni Férfi” ha sido para Béla Tarr la película más difícil de llevar a cabo, una producción que se extendió durante más de dos años, lastrada por una larga pausa debido al suicidio, en febrero de 2005, del productor francés Humbert Balsan, a quien está dedicada la película.

A las 16:00 puedo ver “El Jardín de la Fantasía”.
Después “Alondras en el Alambre” a las 18:00.

21:00.
Empieza.

El tiempo queda suspendido.

Contemplamos la cabina de guardagujas ferroviario donde deambula Maloin, protagonista de esta historia.
La cámara sube, se mueve, baja, entra por sitios imposibles… comienza una pausada sinfonía de movimientos que componen un único plano y a la vez una única escena.
“Los primeros 20 minutos de «El Hombre de Londres» es lo mejor que se ha filmado en Europa este año”, había dicho Grosso. Y no le falta razón.

Cuando me enteré de que el último film de Béla Tarr estaba basado en “L’Homme de Londres”, novela del escritor belga Georges Simenon, me compré el libro y me lo leí. Sin ser una obra maestra, sin ser siquiera un gran libro, está escrito con un lenguaje claro y sencillo, con una trama interesante pero que tampoco da lugar a una excesiva intriga o a una excesiva tensión, donde lo único a destacar es el final, en el que el escepticismo y el cinismo de Maloin lo coronan como padre de Meursault; y es que, escrito nueve años antes, el final del libro bien pudo ser un perfecto incentivo para que Camus creara al famoso extranjero.
El libro se presenta también, al parecer, como un punto de inflexión en la obra de Simenon, punto en el que dejó de escribir “noveluchas policíacas y populares” y se pasó a cosechar una reputación de “escritor serio y trascendental”, habiendo firmado un contrato con la prestigiosa editorial francesa Gallimard.
En cualquier caso, la historia le sirve de pretexto al director para regresar a ese cine negro minimalista que ya explorara en “Kárhozat”, del año 88.

En esta producción el cuarteto mágico se quiebra con la salida del iluminador Gábor Medvigy y la entrada del nuevo Fred Kelemen, alemán de madre húngara, del cuál no tenía referencia alguna; pero insiste en la dirección con Tarr, en el guión con Tarr y el escritor László Krasznahorkai, y en la música con Mihály Vig.
(Sigue en spoiler por falta de espacio).
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Alexei
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4 de julio de 2010
11 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
El húngaro Béla Tarr parece moverse en una dimensión en la que el tiempo transcurre mucho más despacio, y en la que la tristeza se aspira con la humedad y la bruma. Todo rezuma niebla, la vida se ralentiza, las esquinas del alma están carcomidas, al igual que las de los muros negruzcos, que el aire pesado, cargado de atonía, decepción y culpa, y al igual que esas noches fantasmales y esos días grisáceos.
Autómatas rodeados de nada se mueven al ritmo pausado de quien ventea la inutilidad de una vida gastada, agotada, fatigada de sí misma, reiterativa y monótona, subrayada por esos sonidos ambientales repetitivos y la música que insiste sin descanso en los mismos fragmentos. El vigilante nocturno del puerto otea a través de los cristales empañados de su torre, solo, tan solo como vino al mundo y como se marchará, otea por la inercia de sondear con indiferencia una noche más llena de nada, de bruma y de autómatas que se mueven siempre del mismo modo.
Pero esta noche un pequeño descarrilamiento de la nada produce un hecho fuera de lo normal. Dos hombres pelean por una maleta, uno cae al agua y el otro se escabulle. Picado de curiosidad, Maloin, el vigilante, baja al muelle y rescata la maleta de las aguas. Está repleta de libras esterlinas.
A él, al don nadie vulgar, le ha caído un regalo (o más bien un lastre, Maloin sabe que nada se da gratis) del cielo o de donde los hados se ríen de la suerte de esos autómatas que respiran ahí abajo.
Desconfiadamente, como si las repentinas riquezas le quemaran en los dedos y él aguardara el instante en que el regalo dejará de serlo para reclamarle, piensa en primer lugar en su hija Henriette. Padre distante y poco comunicativo (en el universo Tarr los autómatas se relacionan con la mínima expresión), su forma de expresar su amor por su dócil y buena Henriette consiste en sacarla del mediocre trabajo en el que está empleada, llevarla de paseo y comprarle una estola de piel. Puede que su interior esté tan carcomido como lo demás en esta ciudad de nieblas, pero no consentirá que su hija siga fregando suelos mientras todo el que pase pueda verle el culo que apenas cubre su escueta falda. Su mujer (una demacrada y amargada Tilda Swinton) pondrá el grito en el cielo ante tales derroches, pero Maloin, pétreo e instalado tras la gruesa pared que ha separado a los cónyuges durante sus veinticinco años de convivencia, ignora sus quejas. Ella tragará quina una vez más, como ha venido haciendo desde que puede recordar, y alguna nueva arruga de disgusto se añadirá a la colección que ya ostenta en su fruncida frente y en el contorno de sus apagados ojos.
El crimen deja su rastro, y pronto un inspector inglés indaga por la zona acerca del dinero sustraído y de los autores del robo, los dos ingleses a los que Maloin vio pelear la otra noche.
El vigilante es consciente de que tarde o temprano purgará su castigo por haberse quedado con la maleta…
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Vivoleyendo
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