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Tiempos modernos

8,6
50.294
votos
Sinopsis
Extenuado por el frenético ritmo de la cadena de montaje, un obrero metalúrgico acaba perdiendo la razón. Después de recuperarse en un hospital, sale y es encarcelado por participar en una manifestación en la que se encontraba por casualidad. En la cárcel, también sin pretenderlo, ayuda a controlar un motín, gracias a lo cual queda en libertad. Una vez fuera, reemprende la lucha por la supervivencia en compañía de una joven ... [+]
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user-icon burton   Santander (España)
Excelente
25 de Junio de 2006
134 de 143 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una obra MARAVILLOSA, se mire por donde se mire. La última vez que Chaplin nos deleitó con su mítico personaje de Charlot en pantalla.

En plena época de crisis de los años 30, en un contexto de crisis capitalista enormemente deprimente y opresivamente insoportable para el trabajador standard, el de las fábricas que habían adoptado ya el teórico sistema de distribución Tayloriano del trabajo en cadena, donde los trabajadores formaban parte de un proceso de alienación rayante en el paroxismo más exasperante(ovejas que salen de la boca del metro para posteriormente incorporarse agolpadamente en sus respectivos puestos de trabajo), llegando incluso a adquirir lo característicos tics del autómata más mecanizado..., Chaplin uno de los artistas más socialmente posicionados en el lado del derecho laboral digno y no vejatorio ni denigrante como se estaba convirtiendo gradualmente, nos presenta esta ENORME cinta con unos méritos innegables no sólo desde una perspectiva socialmente comprometida, sino también del lado de las loas artísticas, basadas en su mayoría en su incuestionable poder y habitual maestría narrativa en el contexto del antiguo cine mudo(y ello apesa de que hacía ya casi una década que el cine hablado estaba en voga), y de una fotografía en blanco y negro poderosamente tenebrista y expresionista a cargo de sus habituales; Ira H. Morgan y Roland Totheroh.

A buen seguro que esta obra serviría de inspiración a Orwell para sus obras "Rebelión en la granja" y sobre todo "1984", con esas pantallas de televisión vigilantes e intimidatorias para los trabajadores relajados.

Cada uno de los fotogramas de esta épica cinta forman ya parte por derecho propio y con mayúsculas de las OBRAS MAESTRAS más sorprendentes e influeyentes en la historia del celuloide.
(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama) Ver todo
burton
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user-icon chema7   Rota (Cádiz) (España)
Excelente
25 de Septiembre de 2008
97 de 107 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aun recuerdo perfectamente el día que vi por primera vez esta película. Fue la noche del 25 de septiembre de 2005. Ustedes diréis, bueno y como es que tiene tanta memoria este chico. Lo recuerdo porque ese mismo día, varias horas antes, el piloto español de Formula 1, Fernando Alonso, hizo historia tras la disputa del Gran Premio de Brasil, al convertirse en el pionero de este país en coronarse como campeón del galardón más importante del automovilismo mundial. Hasta ese día, nunca había visto cine clásico, ni Padrinos, ni Amaneceres, desconocía por completo el nombre de Akiro Kurosawa, lo que se dice nada. Solo veía blockbusters, de los que echaban por la noche en Antena 3.

Recuerdo que me quede hasta bien entrada la noche viendo La 2, porque estaba viendo el genial programa de fútbol del resumen de la jornada ya que me la perdí por completo ese fin de semana porque la carrera se disputo por la tarde hora española. Y a estas cuando acaba el programa, arrancan los créditos iniciales del programa Cine Club, que aún continua en emisión sino me equivoco, voy al cuarto de baño a hacer mis necesidades antes de dormir y cuando voy a apagar la televisión… zas!! me quede hipnotizado, clavado en el asiento de la butaca (que ya estaba bien calentito) al ver la primera secuencia de esta grandiosidad. Ese reloj, ese sonido doliente, agudo, apocalíptico, el blanco y negro de sus imágenes, todo lo sentía ajeno, disímil a lo que estaba acostumbrado a ver.

Y me encontré con una película sin el típico argumento repetido hasta la saciedad, con una historia (muy caricaturesca eso si), que habla sobre eso, sobre la propia historia y sobre la sociología del trabajo, del auge el fordismo en la Revolución Industrial, en la que lo más importante era conseguir una alta producción en las economías desarrolladas, en un capitalismo instaurado de forma atronadora, aunque se contratara una gran plantilla, compuesta la mayoría de ellos de analfabetos funcionales.

Hasta aquel día solo conocía a Charles Chaplin, por ser imagen en las carátulas de los DVD’s de los videoclub. Este director, esta película, fue la faena que me abrió a los clásicos, a valorar el buen cine, el de verdad, aquellos por los que se ha ganado llamarse ser, el séptimo arte.
Por eso, mi primera crítica en el FilmAffinity se la he querido dedicar a esta maravilla, porque le tengo un cariño muy especial.

GRACIAS CHARLES
chema7
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user-icon Bloomsday   Cines Astoria (España)
Notable
25 de Noviembre de 2005
51 de 57 usuarios han encontrado esta crítica útil
El cine sonoro estaba ya plenamente integrado y Charlot se iba despidiendo (en esta película el personaje incluso canta y hay variados efectos de sonido).
Al mismo tiempo los USA estaban sumidos en la terrible Depresión y Chaplin utilizó su mejor arma (el humor) y su libertad como creador (obtenida gracias a su inmensa fama y rentabilidad) para realizar un alegato contra la pobreza y el orden injusto que impone un capitalismo feroz.

Como siempre un estilo sencillo pero de una precisión maestra. En ella, entre risas, vemos un ritmo laboral atroz que aliena y adormece al obrero, las represalias contra todo aquello que escapa al sistema establecido etc. Charlot se enfrenta a todo tipo de desafortunadas situaciones con la típica inconsciencia que tanto nos hace reír, como si no supiera que detrás de esas máquinas, policías y patrones no acaba de tener cabida el ser humano, como si no supiera que sus carreras y despistes escondían una gran carga de profundidad.

Demoledor es el ensayo con la máquina alimentadora, el obrero como un objeto al que utilizar a gusto y del que prescindir si la atroz competencia lo precisa. Evidentemente su mensaje está repetido hasta la saciedad, pero pocas veces se ha contado con tanta capacidad de fascinación. Así, lo que no está en absoluto superado es el perfecto ensamblaje de alegato social, tono de comedia y melancolía de los personajes.

Se le acusó de plagio por copiar cosas de “A Nous la liberté” de René Clair (5 años anterior), pero todo acabó con el Sr. Clair diciendo que en todo caso se sentiría honrado de que esto fuera así. Sabia decisión, esta obra de Chaplin tiene evidentísimos puntos en común con la de Clair, pero también es cierto que es superior. Al menos para mi gusto.
Bloomsday
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user-icon Vivoleyendo   Huelva (España)
Excelente
7 de Febrero de 2008
48 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
El genio Chaplin asestó, como de costumbre, un golpe certero y exhaustivo, en esta ocasión a las lacras que conlleva la civilización industrializada y capitalista.
En la que probablemente sea una de las mejores sátiras realizadas durante toda la era cinematográfica del siglo XX, Chaplin presentó al mundo los esquemas, ridiculizados hasta el extremo, de la era industrial actual.
Desde el punto de vista de su eterno Charlot, patoso y romántico incurable con bigotito, bombín, bastón, traje raído, zapatos de payaso y andares de pato, somos testigos de las continuas desventuras de este mítico personaje que, en esta ocasión, lleva a cabo una lucha titánica e inútil para tratar de adaptarse a una sociedad que va demasiado deprisa. Trabajos monótonos y estresantes en fábricas, como una pieza más del montón en la frenética cadena de montaje. Movimientos mecánicos y repetitivos hasta la náusea, el ritmo de trabajo medido y sincronizado hasta las milésimas de segundo, maquinarias complicadísimas cargadas de engranajes, palancas, botones y ruedas dentadas (sobresaliente ambientación, representando la invasión tecnológica, y geniales las escenas en las que Charlot y algún otro personaje se "pierden", tragados entre los múltiples elementos de las máquinas). Todo controlado, para que la cadena de montaje no se rompa y así los niveles de producción alcancen el máximo, venciendo a la competencia... Los trabajadores como simples autómatas, números anónimos. La escena de la "máquina de comer" que unos empresarios pretenden vender al director de la fábrica, pregonando sus virtudes en cuanto al ahorro de tiempo que supondría sistematizar incluso el almuerzo de los peones, y la prueba que realizan sobre el propio Charlot, es un deleite absoluto, un derroche de sarcasmo, humor negro e ingenio. Disfruté a tope contemplando esa parte; hacía tiempo que no me reía tanto viendo una película.
Por supuesto, el sensible y romántico Charlot no tarda en descubrir que no está hecho para los trabajos rutinarios, ni para el alocado ritmo de la ciudad enloquecida. Huelgas, manifestaciones políticas... El pobrecillo, a causa de malentendidos y torpezas, se ve envuelto inocentemente en líos y llega a dar con sus huesos en la cárcel...
Mientras tanto, una chica huérfana que vive prácticamente en las calles se topará con Charlot, y ambos, identificándose en su deshaucio mutuo, en su condición de marginales inadaptados y sumidos en la pobreza, continuarán juntos la batalla cotidiana para optar a un lugar digno en la sociedad.
Tremenda y mordaz, pero a la vez optimista, crítica a las múltiples dificultades que muchas personas encuentran para seguir el ritmo loco de la era industrializada y tecnológica y para optar a lo que todo el mundo tiene derecho: la dignidad personal e individual, la autorrealización, el bienestar. Aspectos tan básicos como el acceso a la vivienda, la difícil búsqueda de un trabajo que se acondicione mínimamente a las características personales...
(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama) Ver todo
Vivoleyendo
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user-icon Tomine   Grijalbo-Dargaud (España)
Excelente
11 de Mayo de 2008
48 de 67 usuarios han encontrado esta crítica útil
Charlie había dedicado todo el verano a encontrar la piedra perfecta. Una vez hallada, le sacó brillo con un trapo, construyó un pedestal de madera de roble y sobre éste la apoyó. La encerró en una vitrina y le colocó un letrero que decía “simplicidad”. Al verano siguiente, insatisfecho con la obra, rompió el cristal. Agarró la piedra y procedió a pulirla, tarea en la que empleó el resto de sus vacaciones. Al final, quedó una esfera, la colocó en el suelo y le dio una patadita, mientras susuró “de ahora en adelante, te llamarás sencillez”. Y luego le hizo una foto.
Tomine
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