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Sinopsis
El Tío Boonmee sufre una insuficiencia renal aguda y decide acabar sus días entre los suyos en el campo. Sorprendentemente, los fantasmas de su mujer fallecida y de su hijo desaparecido se le aparecen y lo toman bajo sus alas. Mientras medita sobre los motivos de su enfermedad, Boonmee atravesará la jungla con su familia hasta llegar a una cueva en la cima d... Leer sinopsis completa
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27 de Noviembre de 2010
66 de 80 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Bienvenidos a Boonmee, una cinta que, al modo de ciertas narraciones orientales, contiene varias cintas.
1) Costumbrismo tailandés rural y lento. Lentísimo. Nos sitúa al límite del sueño o del sopor. Planos largos, personajes estáticos, inacción. Palabra intrascendente. Para resistir el peso de los párpados, se recomienda contemplar composiciones y paisajes, líneas verticales y cortes de factura magistral.
¿Aún estáis despiertos?
2) Fantasmagoría familiar, hombres-bestia. Un espectro viene a visitarnos, anuncia el fin. Desaparece la frontera (si la hubo) entre ser humano y animal. Fantasmas en ingenua transparencia, hombres mono que bordean lo irrisorio. Diálogos desconcertantes:
- Esto es producto de mi karma.
- ¿A qué te refieres?
- A mi enfermedad. Tal vez he matado demasiados comunistas.
- No importa, lo que cuenta es la intención.
- También he matado infinidad de bichos en mis plantaciones.
La cabezada nos acecha. No arranca la película y ya ha pasado más de media hora.
Aguantad.
3) Cuento del pez y la princesa. Interesante, con aires frescos de mitología. Un bagre –rezan los subtítulos (yo dudo que lo fuera en esas latitudes)– posee a una princesa. La fotografía nos ofrece tonos fríos y cascada al fondo. Planos subjetivos y cercanos.
Algo se mueve, mordemos el anzuelo.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
4) El camino de la muerte que no es muerte. Fragmento fascinante. Un descenso desde la naturaleza exuberante y verde de la selva hasta lo hondo de la roca blanca. Espeleología emocional. Cámara al hombro y procesión. Cuando creemos que la vida ha desaparecido, un charco de lechosos pececillos lo desmiente. ¿Lo desmiente?
El director reserva para este episodio, piedra angular de la película, sus mejores planos: la jungla entre la niebla, la luna vista desde el fondo de la gruta, la cueva de los mil destellos, el contraste radical de sombra y luz (un cuerpo fallecido y otro aún viviente).
La atmósfera desborda y maravilla.
5) Vislumbres del futuro. Presentación de fotos casi powerpoint con voz en off. Se muestra un mundo nuevo detenido, de uniformes. Lamentablemente, el hombre-mono vuelve a la pantalla. La sensación para el espectador es agridulce.
¿Qué habrá de suceder?
6) Ceremonia funeral y coda ¿incomprensible? El adiós es una fiesta de luces estridentes y regalos monetarios. Escena absurda en una habitación, con hijo-monje y dos figuras femeninas sobre fondo de paredes blancas. Desdoblamiento astral y cena-karaoke.
Fin. Con una mueca tibia y la impresión contradictoria de haber visto muy buen cine regular.
Aquí concluye mi experiencia con Boonmee.
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‘Mi vida en la maleza de los fantasmas’, de Tutuola. El enlace de Dánae con Zeus. La Santa Compaña. Viaje al centro de la Tierra. Los dioses Penates. Los sueños de Akira Kurosawa. (…)
La abolición de todas las fronteras: entre hombres, plantas y animales; entre los vivos y los muertos; entre las luces y las sombras; lo sagrado y lo profano; lo occidental y lo oriental; el tiempo pasado, el presente y el futuro; la tradición y la modernidad…
Televisiones y selvas. Tedio, pausa y poesía. Extrañeza.
- Cuando muera, ¿podremos encontrarnos en el cielo?
- El cielo está sobrevalorado. Allí no hay nada. Los muertos siempre están con los que viven.
¿Entonces?
Aún estamos aquí abajo.
Servadac  |
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GVD
Madrid (España)
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28 de Noviembre de 2010
53 de 67 usuarios han encontrado esta crítica útil.
1) La antesala.
Peli tailandesa, con garantía de gafapastada absoluta, Palma de Oro incluida y con la crítica especializada lanzando sentencias iluminadas (lo que intuyo que es un perfecto ejemplo de texto que plasma la atmósfera de una película: si yo no me entero de nada, tú menos).
Con todo esto, había curiosidad, pero mis ojos, por prevención, iban preparándose para esfuerzos titánicos ante el ejercicio de masoquismo cultureta que se avecinaba.
2) La confirmación.
El arranque no defrauda: planos fijos peleándose por ver cuál dura más, trama confusa, personajes, diálogos y situaciones absurdos, ausencia de una atmósfera envolvente y monos sin colirio; la nada como elemento primordial.
La pantalla permanece hermética, imposibilitando cualquier tipo de acceso a la película. Forma educada de decir que esto es un coñazo.
3) El clímax.
Sigo sin encontrar la manera de meterme en la película, el ritmo permanece intacto, es decir, no aparece, con lo que ya llevo un rato procurando reírme para pasar el rato (a lo que ayudan diálogos como el de los comunistas y los bichos).
Y así llega el punto álgido.
Aparece una especie de fábula sin conexión aparente con lo mostrado hasta ahora (ya inconexo de por sí), en la que una princesa pide como deseo recobrar la juventud a un pez, empleando sus joyas como ofrenda. A continuación, el pez ejerce de consolador. En esto, Servadac se gira y suelta la frase más adecuada en el momento preciso:
"¡Que te folle un pez!"
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
4) El anticlímax.
Finalmente, estoy en estado de semisueño. Con los ojos entreabiertos, observo ahora planos sugerentes. Percibo la atmósfera de un mundo oculto, no inquietante, sino magnético. Aparece una gruta como escenario del descenso al fin (o al inicio). Los minerales conforman una mera pared rocosa con luz de linterna y un cielo estrellado con la oscuridad. La luna observa el viaje. El sol desvela la muerte.
De la vegetación agobiante y viva a la roca desnuda. De la roca desnuda a la tarta multicolor eléctrica. El efecto es brutal.
¿Aquí hay cine o lo estoy soñando?
5) El tiempo.
En este segmento tampoco ha aparecido el ritmo. Ahora, sin embargo, no percibes que sea algo forzado, sino que no puede haber ritmo. No existe. La película mata al tiempo. Me introduce en un limbo en el que no sé si ha pasado un segundo o una eternidad.
Miro el reloj y me indica que han pasado 90 minutos, pero sólo el reloj me lo indica.
6) El regreso.
Al finalizar la película tras ese limbo (porque los 15 minutos restantes ya me pillan a contrapié, en armonía con lo anterior al segmento), me doy cuenta de que he vuelto a la realidad, de que hay una pantalla, de que la película es infumable.
Salgo a la luz y estoy como alucinado. El tailandés éste ya me ha dejado gilipollas del todo. Le voy a cascar un 4.
"¿Qué te ha parecido?" Las impresiones son similares. Emocionan y aburren las mismas cosas, con matices. Y eso en una película tan incomprensible y, en principio, tan propensa a las interpretaciones y sentimientos dispares, me parece preocupante. Las dos experiencias vienen a ser la misma.
La impresión final es la esperada en la antesala: una película aburrida, indescifrable y tremendamente irregular. Sin embargo, en el recuerdo de este conjunto aparentemente arbitrario y heterogéneo (este "aparentemente" es por cortesía), entre toda esta madeja, prevalece el segmento, la idea de que detrás de la pantalla no todo era vacío, sino que había algo vivo, un algo inexplicable y que no deja indiferente, un mundo aparte.
Y creo que algo de eso viene a ser el cine.
GVD  |
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raguabros
http://filmicas.com | Bogotá (Colombia)
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24 de Noviembre de 2010
43 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Puede considerarse que esta "crítica" está llena de spoilers, pues es más una interpretación. Esta película merece ser interpretada, y eso implica que se cuenten distintos aspectos de la historia.
Antes que nada, que quede claro que “Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives” es una de las (si no la más) extrañas películas que jamás he visto. La reacción que encuentro en los usuarios de internet es una que nunca había visto. En Filmaffinity.com, la película ha recibido prácticamente la misma cantidad de 1s que de 10s. Y es que “Uncle Boonmee…” del impronunciable director tailandés Apichatpong Weerasethakul es, ante todo, una película difícil.
La ganadora este año de la Palme d’Or, el premio mayor en el festival de cine de Cannes, uno de los más prestigiosos del mundo, es, como la define Weerasethakul (a quienes los medios han bautizado, por economía de lenguaje, como “Joe”), una muestra de “open cinema”, cine abierto a todo tipo de interpretaciones, con ideas difusas y con una marea de símbolos y sucesos de la que el espectador puede sacar los elementos que considere relevantes para construir sus propios significados acerca del largometraje.
Eso hice yo. No lo relacioné, como lo han hecho ciertas personas, con la situación política de Tailandia (empezando porque no tengo conocimiento sobre el asunto) pero de eso se trata “Uncle Boonmee…”, de que cada quien enmarque en su propia mente lo que vio.
Yo vi en “Uncle Boonmee…” tres temas íntimamente ligados: la pérdida de la sacralidad que rodea las tradiciones tailandesas, una transformación en la relación con la naturaleza tan característica de quienes creen en la transmigración del alma y una desvalorización de lo propio en una sociedad que se está occidentalizando cada día más.
La pérdida de la sacralidad está impregnada en todo el largometraje e incluso podría argumentarse que la parte cómica de la película, con el mico-hombre que ha surgido de una espiritualidad de un humano que se ha encontrado con la naturaleza, se ha hecho intencionalmente para que el espectador en vez de admirar al personaje se ría de él. Pero tal vez donde se vea más claro es en una de las escenas finales, cuando un personaje que quiere ser monje entra a escondidas al cuarto de su mamá, se quita su túnica, se baña y se pone una camiseta, unos jeans y tenis, y sale a comer. El agua con el que se baña remueve su pasado, su religión, su pueblo y lo prepara para estar inmerso en otra realidad, la que está afuera del templo, donde la gente se come sus hamburguesas al lado de gasolinerías donde paran carros cada minuto.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler:
Al ser Tailandia un país eminentemente budista, se puede inferir que la relación de sus habitantes con la naturaleza tiene ciertas características pues, al creer en la transmigración del alma, los otros seres vivos, sean animales o vegetales, dejan de ser inferiores al ser humano (¿podré estar matando a un ser querido si mato un grillo por diversión?) y se forma una relación no únicamente de respeto a ellos, sino una relación que los considera otros sujetos más. Los seres humanos no son más que unos más de los seres vivos en la naturaleza, al punto que un pez puede aparearse con una mujer, y un hombre puede terminar convirtiéndose sin problema en un híbrido entre humano y simio que con la misma facilidad con que se pasea entre las ramas de los árboles visita a su tío humano para ver cómo va todo. La película muestra cómo con la modernidad esta relación cambia, y se ve perfectamente ejemplificado cuando Boonmee está muriendo y sueña con el futuro. Una serie de fotografías nos muestra al hombre-mico siendo atrapado por unos soldados, unos jóvenes con camisetas Levi’s tirándole piedras al ser, y los soldados tomándose fotos con él; es la última atracción, un hombre-mico con un lazo al cuello. Los seres vivos de la naturaleza dejan de estar al mismo nivel de los humanos y se vuelven inferiores, se pueden dominar y manejar a voluntad, así como se domina al principio de la película a la vaca que trata de escapar sólo para re-encontrarse con su dueño, listo a apresarla de nuevo.
Ligado a todo esto está una desvalorización de lo propio, de lo tailandés, en una sociedad que se está occidentalizando cada día más, entrando cada vez más en el sistema capitalista. Es por eso que, en un fragmento de la película que parece no tener mucho que ver con el resto, una princesa tailandesa se ve blanca al ver su reflejo en el agua, y entrega todas sus pertenencias al pez que allí habita para ser transformada en esa figura.
raguabros  |
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12 de Enero de 2011
28 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Esto me pasa por querer ir de guay, de versátil en cuanto a gustos, por querer dármelas de cinéfilo sin prejuicios que no le hace ascos a nada y que cree que cada creador puede fascinarte si uno va predispuesto.
El caso es que el título de la película ya avisaba de que esto no iba a ser normal. La carátula aseguraba que lo convencional estaba apagado o fuera de cobertura. Macho, si hasta el nombre del director ya era indicio de que algo raro pasaba aquí. No pienso escribirlo, así que como soy gaditano, le llamaré Apishita, que se me hace más común.
Pues Apishita ha hecho una peli sobre la muerte (y no lo puedo asegurar, si alguien me dice que era un documental o un anuncio de colonia para tailandeses me lo creo) y entre fantasmas y monos se pone a disertar a base de planos largos en los que no pasa nada y no se habla de nada. Mentira, seguro que sí pasa y sí se habla, pero Apishita me ha metido en tal pozo de sopor, que no he hecho el más mínimo esfuerzo en intentar pillar las metáforas y simbolismos que propone. Quizás hasta sea buenísima, no lo niego, pero el estupor que me ha dejado no merece mayor puntuación.
Pues entre que el Tio Boonmee decide si palmar o no, Apishita nos cuela cosas tales como una fábula sobre una princesita que entendió mal la expresión "que te f... un pez" y el PowerPoint que hizo el Yeti cuando fue a visitar a las fuerzas armadas tailandesas.
Encima Apishita antes de cada toma inyectaba valeriana en vena a sus actores y si hacían algún movimiento o gesto brusco, les amenazaba con obligarles a ver la peli una vez la acabaran.
Algunos planos son muy bonitos, no lo niego. Pero en Youtube hay un puñado de videos de paisajes buenísimos y a ninguno le han dado la Palma de Oro. Tim Burton, presidente del jurado de Cannes, al terminar de verla (o al despertarse quizás) pensaría que como no premiara esta cinta, se le tacharía de normal y eso no puede ser. No encuentro otra explicación.
Y para colmo, le tengo que dar la razón a Carlos Boyero, lo que me irrita más todavía. Recomiendo ver Mr. Nobody, que es rara también y va de lo mismo (o no, yo que sé) pero no te obliga a echarle el candado a tus párpados.
En fin, yo aviso, es una paranoia soporífera, pero no te fíes de mí, no soy un cinéfilo sin prejuicios que no le hace ascos a nada y no cree que cada creador pueda fascinarte si uno va predispuesto.
Sodapop  |
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14 de Diciembre de 2010
25 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Segunda encarnación del cine fantasmagórico a cargo de la productora Eddie Saeta (nombre empresarial de Luis Miñarro), el último trabajo de Apichatpong Weerasethakul (quien quiere que lo conozcamos como Joe, para facilitar las cosas a los críticos encannecidos y ajenos al poliglotismo) es una película que llegaba rodeada de un aura mediática que el creador de Síndromes and a Century (06) jamás había tenido, pese a haber ganado en el mismo Cannes con Blissfuly Yours (02). Ganadora de la última Palma de Oro gracias sobre todo al papel del Presidente del Jurado, Víctor Erice (el gran Bartleby de la cinematografía ibérica), Uncle Boonme (UB)… no representa un giro especial en la obra de Apichatpong/Joe. Lo cual no explica las profusas eyaculaciones y/o especulaciones de la masa crítica cahierista, si bien justifica la defensa a ultranza de un realizador que seguramente sea (junto con Zhang-Ke, Ming-Liang, Costa, Alonso o Lav Díaz) uno de los más representativos de la delicuescente actualidad del cine, consistente en el desbordamiento de los contenedores habituales, en la transfiguración de la imagen y la mirada. Y, según todas las listas publicadas el último año, uno de los directores más importantes del siglo XX. Así, UB, como prístino ejemplo de ello, es sólo la parte de un todo, un fragmento metonímico de un complejo de acciones que cae bajo el nombre de “Primitive”, y que acoge varios cortos, media docena de instalaciones y el largometraje. Más allá de la sala obscura del cine, las nuevas imágenes globales invaden otros lugares, otras pantallas. Otras vidas.
UB continúa la senda marcada por filmes como Misterous object at noon (00) o Tropical Malady (04), un camino que transita subrepticiamente entre el mundo de los vivos y el de los muertos, el del tiempo real y el mnemotécnico: unas resonancias del más allá que tenían su objetivación material en la repetición especular que acabó por convertirse en “el toque Api”. Nos referimos a la estructura dual que adoptaban todas sus películas, al menos hasta ahora: en esa idea del doblete, de la repetición con variaciones, se hacía visible la metempsicosis, la transmigración de las almas. De esa forma, se llevaba a cabo la puesta en escena de una creencia (basal en el budismo que Joe profesa), la misè en escene del milagro, siguiendo una sublime tradición que lo emparienta con Dreyer, Bresson, Rohmer o Tarkovsky. Lo cual convierte al joven estudiante de cine tailandés (pero formado en Chicago, en la radicalidad yanqui a lo Jacobs, Snow, Smith o Brakhage) en algo que jamás pudo imaginar: un Gran Autor. Lo quiera o no, ese trabajo ya lo ha hecho la crítica.
(sigue en spoiler)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler:
Por eso, para enfrentarse al último filme de Joe, se conozca o no su ya extensa y fecunda obra previa, lo mejor es seguir su propio consejo: “No penséis demasiado”. Dejarse llevar por la cadencia de las secuencias y por la inocencia del acontecimiento. Un ritmo que ya en su comienzo nos anuncia el tempo: un buey atado a un árbol lucha por soltarse. En el plano, naturalmente iluminado, un rumiante se libera y se adentra en la jungla (escenario omnipresente en su cine, como en el de Lav Díaz): el tiempo del film es ese rumiante. Sin saberlo, Joe cita a Nietzsche y Bela Tarr de una forma hermosa: tomarse el tiempo necesario, ser rumiante (que es la forma meditabunda del no pensar), construir un tiempo del no tiempo, de la simultaneidad multipléjica. Como la estructura circular del tango: 6 pasos adelante, 6 atrás.
6 rollos tiene el filme. Cada uno rodado con un estilo y una forma particulares, acorde con el capítulo que despliegan. Sin entrar en pormenores sobre la historia, para ello es menester videar rollo tras rollo, sin pensar: lo que Joe nos pide es un acto de fe. Citando a cierto Tenor Afín que cita a alguien citando a otro: “no es un fade out, es un fantasma”. Debemos de sorprendernos tan poco –o de tal forma- a como lo hace el Tío Boonme cuando se aparece su mujer muerta, o su hijo hecho un Chigüaca con los ojos rojos. Debemos aceptar, como siempre lo ha hecho el lenguaje –naturalmente- que es posible que una bella odalisca sea follada por un pez. Debemos creer que es posible. Todo es posible en este filme que lo mismo es fantástico, que dramático, que cómico, que político. Su transformismo nos habla de una esencia de lo real: múltiple e inaprehensible como un todo. ¿Película de fantasmas, comedia dramática familiar, parábola política de la situación política de Tailandia? Todo eso y mucho más.
Circularmente, las seis partes (1+2+3=6) se cierran en la muerte de Boonmee (personaje verídico, y que ya había sido mencionado en otro filme de Api), que vuelve al mismo lugar donde nació. En ese lugar, la cueva del Tío Boonmee, la mirada de Joe lo deja morir, tranquilo y feliz, y hace que aparezca el universo entero en una pared de roca (como Godard nos hiciera ver una galaxia en una taza de café en "Dos o tres cosas que séde ella" (67)), ante nuestros ojos, límpidos y depurados ahora. Es posible. Créetelo.
McCunninghum  |
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