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El gran hotel Budapest

7,3
28.325
votos
Sinopsis
Gustave H. (Ralph Fiennes), un legendario conserje de un famoso hotel europeo de entreguerras, entabla amistad con Zero Moustafa (Tony Revolori), un joven empleado al que convierte en su protegido. La historia trata sobre el robo y la recuperación de una pintura renacentista de valor incalculable y sobre la batalla que enfrenta a los miembros de una familia por una inmensa fortuna. Como telón de fondo, los levantamientos que ... [+]
Críticas ordenadas por:
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22 de marzo de 2014
144 de 194 usuarios han encontrado esta crítica útil
El inicio de Gran Hotel Budapest es ejemplar, como bien nos tiene acostumbrados el director, pero la historia del conserje seductor de octogenarias y su inefable ayudante Zero Moustafa, se acaba deshilachando entre tanta licencia estética y parentésis narrativo. El robo del cuadro renacentista que llevan a cabo ambos es un mcguffin para realizar un modélico ejercicio de dirección y estilo. Y, ya de paso, encadenar un carrusel de cameos planos, incluido el de Bill Murray, que aparece los 30 segundos de rigor para poder poner su cara en el cartel.

Wes Anderson es un preciosista como hay pocos eso sí. Cada plano del film compone un lienzo que bien podría adornar cualquier chimenea. La disposición de los elementos es matemática y refleja un gusto por la estética a la vez que reafirma un universo muy personal. Sin embargo Anderson, a parte de preciosista es manierista, y acaba esforzándose tanto en mantener la pose que se acaba olvidando lo que quería contar. Hace presos a los actores y los avoca a la mueca y el esperpento, obligándolos a mantenerse siempre en la superficie del personaje, sin apenas matiz ni cambio de registro. ¿Para qué? La cámara ya hará el resto. Pero en esta ocasión la cámara trata igual las secuencias emocionales que las de acción, donde el director se desgañita gritando referencias y tributos, anteponiendo siempre su gusto personal a la coherencia de la historia. Y cada vez que lo hace, se aleja un poco más de su tesis inicial, de sus personajes y del espectador, creando un tète a tète en el que, o estás en su onda, o estás perdido. Soy consciente que estoy en inferioridad, que formo parte de esa repudiada minoría que estaría más a gusto viendo a Anderson pintando bodegones que expresando emociones. Y disfrutaría de verdad, porque al director de Fantastic Mr.Fox talento no le falta.

Después de tantas películas ya me ha quedado claro el universo del director, conozco sus fetiches y sus fobias, tengo su estilo bien asimilado. Pero sigo esperando a que algún día trascienda, que vaya más allá y que, por una vez, se acerque a la verdad de lo que quiere contar.
Lordpol
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21 de marzo de 2014
98 de 108 usuarios han encontrado esta crítica útil
Wes Anderson es uno de los grandes estetas de ese cine independiente americano que felizmente surge al margen de los cánones establecidos, explotando en la pantalla como un oleaje de libertad. Plato no de todos los gustos, sus cintas son oasis creativos amados por la crítica desde que su nombre adquiriera notoriedad con 'Academia Rushmore' ('Rushmore', 1998). En el caso del público, siempre ha existido una mayor divergencia de opinión, aunque bien es cierto que sus últimas películas han encontrado más fácilmente la senda hacia la empatía y la complicidad del espectador. Sea como fuere, 'El gran hotel Budapest', la primera gran película de 2014, no nace para ganar seguidores sino para sumar un nuevo miembro a la insólita familia que compone la filmografía del director texano, es decir, ofreciendo una pieza única para alegría y gozo de sus (muchos) fans. Dicho de otro modo, es un regalo.

El mundo de Wes Anderson abre sus puertas una vez más, exuberante en sus formas y excéntrico en sus modos, como cabría esperar. Sus últimas películas, y más concretamente la que nos ocupa, sirven como una fantástica exploración de ese propio pequeño gran universo que ansía por encima de todo ser descubierto y conquistado. Para ello nos cuenta una historia a modo de gran flashback (que acude a diversas épocas y formatos de imagen en su tramo inicial) que gira en torno a un cuadro valiosísimo y la fortuna de una señora cuyo testamento levantará ampollas en el seno de una peculiar (y peligrosa) familia, que hará cuanto esté en su mano (o en las de otros) para recuperar la obra. El enredo, el más puro y elegante disparate y el vértigo de la aventura y el humor se darán la mano en un extraño, imprevisible e impagable torrente de acontecimientos. Todo ello vertido en el contexto de una guerra inminente que se cierne sobre los personajes que no habría imaginado mejor Ibáñez, hilado como si de un tebeo de 'Mortadelo y Filemón' se tratara. Por supuesto, es una aventura coral, como la propia película, atiborrada de personajes que van y vienen, que viven y dejan de vivir, donde conviven multitud de rincones que, como el hotel del título, deparan sorpresas incesantes y aseguran una estancia memorable y ampliamente confortable.

Hay diversos aspectos que distinguen, por encima de cualquier otro, a las películas de Wes Anderson, a saber: el reparto, la estética y el humor. Vayamos por partes. 'El gran hotel Budapest' supone una nueva cinta coral, con unos pocos personajes principales (estupendos Ralph Fiennes y un debutante y muy proactivo Tony Revolori) y otros muchos que van apareciendo a lo largo del metraje. En ocasiones más cerca del cameo (Bill Murray) pero todos con momentos de lucimiento y maravillosa hilaridad, cada actor y actriz ayuda a que la experiencia sea del todo satisfactoria y magnética, absolutamente entregados a la causa andersoniana. Si ellos disfrutan, tú lo harás. Willem Dafoe o Adrien Brody, por ejemplo, son para darles de comer aparte. El reparto, en estado de gracia y gustosísimo de contemplar, se mueve a través de una dirección artística exquisita, cuyo gusto por el detalle raya lo enfermizo, todo ello bajo una fotografía deliciosa de tonos a menudo cálidos, que le hacen a uno estar como en casa (como en casa de Mr. Anderson, se entiende). A esta propuesta visual maravillosa y colorista (siguiendo la estela de la magnífica 'Moonrise Kingdom' -2012-) se le añade una fascinante utilización del encuadre y unos movimientos de cámara que quitan el hipo. Por último, hablar del humor del cine de su director se antoja quizá más espinoso, pues muchos lo llaman rápidamente esquinado, aunque un servidor prefiere definirlo como diferente, atrevido. Alcanza, eso sí, una gran eficacia en esta película, quizá la más accesible (aunque igual e insobornablemente personal) de su carrera. La banda sonora, elemento que tampoco olvida su director en sus trabajos, corre a cargo de uno de los genios musicales más escondidos de los últimos tiempos, Alexandre Desplat, y funciona a la perfección. Todo junto, pero no revuelto, convierte el visionado del film en una experiencia deliciosa.

Al estar narrada en flashback, lo mostrado adquiere los tonos del recuerdo que guarda el protagonista o, al menos, de cómo quiere contarlo. Su historia nace desde una mirada tierna y nostálgica que deviene en una profunda melancolía. En la película coexisten luces, sombras y colores como en la propia vida, y al final la sensación que deja es la de la necesidad inherente del ser humano de sentir nostalgia y perderse a veces en ella. Porque 'El gran hotel Budapest' es, en última instancia, y como nos muestran sus planos finales, una celebración de la memoria y el recuerdo, un puro y limpio ejercicio de nostalgia sobre la aventura de crecer y madurar (como era 'Life aquatic' -2004-) y también sobre la aventura de enamorarse (como lo es su anterior 'Moonrise Kingdom'). Su cine parece salido de la mente de un niño y esa inocencia (profundamente madura) guía sus pasos hacia largometrajes como éste, cada vez más esteticistas, pero más emotivos, donde su preciosismo está al servicio del corazón, y nunca al revés.

Humanista, vitalista y benéfica, 'El gran hotel Budapest' prolonga el discurso autoral de Wes Anderson, al tiempo que contribuye a mantener su universo puro e intachable, provocando de manera irressitible la necesidad de regresar a él. Uno lamenta que no se estrenen más películas así cada año.

http://www.asgeeks.es/movies/critica-de-el-gran-hotel-budapest-la-fiesta-de-la-nostalgia/
Pableras
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7 de abril de 2014
58 de 65 usuarios han encontrado esta crítica útil
En “El Gran Hotel Budapest” hay una escena que el espectador sabe cómo va a terminar desde el principio; en ella, un hombre sigue a otro para matarlo por las calles de la ciudad. La víctima huye arbitrariamente hacia el gran museo que será su ratonera, en donde tiene lugar una persecución absurda cuyo protagonista es el propio escenario (secuencia que me recuerda a otra parecida de “Cortina rasgada”). ¿Por qué tanto sin sentido? ¿Por puro capricho del narrador? ¿Porque es un gran escenario para un crimen, nada más? Me inclino claramente por el sí: una monumental broma pesada sin duda, como toda la película –ya se darán cuenta los que la vean- que va ensartando disparates argumentales sin descanso. ¿Hay que tomársela en serio?

Creo que depende. Si me preguntan a mí, diría que intenten ser justos con “El Gran Hotel Budapest”; es la historia que narra un viejo, que escribe otro viejo, que lee una joven y que finalmente nos llega a nosotros al final de la cadena. Mirada en conjunto desde uno de los extremos, como digo, es una burla. Vista desde el otro extremo, es el colmo de la coherencia.

Una primera clave hay que buscarla en la manera en que está contada, la forma en que está traducida a imágenes.

“El Gran Hotel Budapest” es, quizás más que cualquier otra cosa, un homenaje a las historias, a los que saben contarlas, a los que saben escucharlas, a los que las protagonizan, a sus escenarios, a todo lo que ya no existe salvo en la memoria de los que han vivido en esas historias y, sobre todo, a los que las imaginan sin haberlas vivido porque alguien se las transmitió para que fuesen suyas para siempre. Es, de manera coherente, una experiencia visual pura y lo es porque de las historias bien contadas no surgen reflexiones ni discursos, sino imágenes y aromas.

Y en ese territorio está película no tiene rival. Está contada acudiendo a un formalismo extremo, geométrico, lleno de planos estáticos y movimientos milimétricos cosidos con increíble mimo entre sí; cada composición es autosuficiente y hermosa en sí misma, pero encadena a la siguiente con fluidez. Son las imágenes que toda historia bien contada nos deja.

¿Va esto hacia algún lado o es un simple experimento formalista? “El Gran Hotel Budapest” nos recuerda que entre la Causalidad de la Historia y la casualidad de la historia hay un abismo…, muy pequeño, que un buen contador de historias debe convertir en escenario de juego y diversión sin suprimirlo del todo: sólo debe difuminarlo. En ese margen mínimo, que un personaje se deje atrapar estúpidamente en un maravilloso museo vacío responde a la misma lógica que la escena de la avioneta de “Con la muerte en los talones”, la de marcar un territorio de superioridad del contador de la historia sobre sus personajes y sobre sus espectadores; si la soberanía absoluta del autor impone una lógica que le pertenece a él, el instrumento que utiliza aquí para derrotar a los personajes y a nosotros mismos es el humor. Creo que si el espectador no se ríe desde el primer chiste, “El Gran Hotel Budapest” le parecerá una indignante tomadura de pelo y el personaje del museo morirá en vano, así de frágil es esta película.
(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama) Ver todo
Talibán
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23 de marzo de 2014
37 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una comedia de Wes Anderson. Que no es lo mismo que una comedia cualquiera. Es una película con sello de autor, que no podría ser de ningún otro. Personalmente, diría que es una comedia de sonrisa más que de risas. Pero es divertida a rabiar. Quizá no sea de carcajadas (para mí no lo es) pero es muy divertida, entretenida, de sonrisa casi perenne.

Estamos ante un espectáculo. Algo que mantiene a los sentidos ocupados durante todo el metraje. Es un espectáculo sensorial, una fiesta de colores, música e imágenes vertiginosas. Como digo, puro espectáculo.

Basada en los libros de Stefan Zweig, se nota en la manera de exponer el escenario en que se desarrolla la película. La Europa de los años 30 tantas veces retratada por Zweig con tanta destreza es el paisaje en el que sitúa Anderson a los personajes de su historia. La Europa de aquella época, tan misteriosa como hermosa, con sus hoteles lujosos, sus delicadas pastelerías, aquellos perfumes franceses, esos trenes de vapor que podían ser asaltados en cualquier momento por la policía alemana…

“El Gran Hotel Budapest” nos retrotrae inevitablemente al cine de animación, a las maquetas, a los decorados rimbombantes. Parece una película de dibujos animados interpretada por personas. Recuerda bastante al cine de Charlot o Buster Keaton, pero esta vez en color. Qué digo en color, el una borrachera de colores. No sabemos como serían aquellas películas de cine mudo si se hubieran hecho con los medios actuales, pero supongo que se parecerían bastante a ésta.

Como en los dibujos animados, aquí también se desdramatizan las situaciones por muy graves que parezcan. La segunda guerra mundial tratada de un modo trivial, desprovista de cualquier atisbo de circunspección. La guerra, la muerte, en esta película se ven con una sonrisa, nada impresiona. Si alguien tira un gatito por la ventana y lo estampa contra el suelo de la calle, no produce ningún mal sentimiento, al contrario, mueve a la risa. Todo lo malo que pasa lo vemos con ojos infantiles, como cuando ves dibujos animados donde todo es reversible. Como en los sueños, donde todo lo malo que pasa se puede solucionar solo con despertarte. Como en los juegos, que por mal que acaben, siempre puedes volver a empezar.

Wes Anderson vuelve a hacer una película con su habitual fórmula. Tiene derecho a hacerlo y además lo hace muy bien. Nos vuelve a introducir en su mundo preciosista, y vuelve a poner los aspectos formales muy por encima del fondo. En su afán por impresionar, se recrea tanto en la estética exterior que pierde de vista la esencia de la narración. Esto hace que la película sea una delicia para los sentidos pero que no alimente el alma. Los personajes carecen de profundidad porque están al servicio de lo principal, que es la parte visual. Esto es habitual en las películas de Anderson, aunque debo decir que en esta ocasión los personajes dejan trascender una cierta ternura, y hay un tono general melancólico en la película respecto a aquella vieja Europa.

Esta profunda sensación de melancolía viene producida en parte por la música. Una vez más, para mi gozo, la música vuelve a correr a cargo de Alexandre Desplat (últimamente siempre está presente en las películas que veo) y su intervención engrandece la película. El elemento musical funciona a la perfección en la película y corrobora mi impresión de que Desplat es un genio en eso de añadir música a las imágenes.

Y si la música es exquisitamente bella, la parte visual no va a la zaga. Los habituales ejercicios estéticos de Wes Anderson se superan más aún si cabe en este film. Deslumbran esos colores del hotel, rojo intensísimo, violetas, rosas. Esas imágenes de los Alpes nevados donde el blanco y los tonos azulados del anochecer componen un cuadro admirable. Y no son sólo los colores, claro, son los fantásticos movimientos de cámara y la excelente utilización del encuadre, es la multitud de cuidadísimos detalles y el ostentoso diseño de producción lo que hace que, todo junto, componga una maravillosa coreografía estética que no está al alcance de cualquiera y que es imposible no admirar.

El reparto es grandioso, aunque también forma parte de la pretenciosidad de Anderson, ya que hay algunos grandes actores que aparecen casi testimonialmente y que apenas sirven para engordar la lista de grandes nombres de intérpretes de la película, como por ejemplo Bill Murray, que apenas aparece durante unos segundos. El resto, junto a los dos protagonistas (Fiennes y Revolori), grandes nombres como F. Murray Abraham, Adrien Brody, Edward Norton, Harvey Keitel (irreconocible), Jude Law, Willem Dafoe o Jeff Goldblum. Como veis, todo en esta película es exceso y derroche.

De todas las películas que he visto de Wes Anderson, me quedo con ésta. Me lo he pasado bien, y, a estas alturas, empiezo a admirar sus virtudes y a soportar sus defectos. Sin duda vuelve a ser excesivamente excéntrico y camina moviéndose peligrosamente entre la genialidad y la patochada, pero, a mi juicio, esta vez gana la parte buena.
keizz
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17 de marzo de 2014
31 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
El número 13 de la calle del Percebe —que por conservación de la memoria histórica ha sido recordado como 13, Rue del Percebe— ha sido finalmente localizado, y no en España como se esperaba, sino en Centroeuropa, concretamente en la república de Zubrowka (cuyo jefe de gobierno sospechamos que pudiera ser el mismísimo Rufus T. Firefly, dadas las implacables e insólitas medidas de seguridad que su país lleva a cabo). El enorme y destartalado Gran Hotel Budapest se levanta en tan singular localización, como reminiscencia de lo magnífico y lujoso que un día fue. Un botones Sacarino un tanto aljamiado y ya convertido en figura respetable de la institución, nos da la oportunidad de conocer, de primera mano, la fabulosa historia que esconden las envejecidas paredes de ese parador.
Wes Anderson es al cine lo que Francisco Ibáñez al cómic. Un genio cuyo reconocimiento no ha alcanzado la proyección que debiera, pero al que su transgresión, su novedoso, a la vez que sorprendente, punto de vista y su sin par estructura narrativa lo convierten en uno de los referentes a la hora de escapar de la monotonía cinematográfica que, mejor o peor encaminada, monopoliza las grandes pantallas de la mayor parte de occidente. Para lograr semejante atropello a los convencionalismos, el director no duda en enfrentar dos géneros fílmicos tan antagónicos como el drama y la comedia: sus películas, por lo general, son dramas en los cuales el espectador disfruta con el sufrimiento de sus protagonistas, ya que lo realmente triste de la narración, ha sido caricaturizado de tal manera que quede irreconocible —véase la versión “zezeista” que realiza de las SS— impidiendo a nuestro cerebro cualquier asociación con la trágica situación que se esconde tras el inherente pesimismo de la realidad. De esta forma, toda acción, por cruel que sea (incluimos en este apartado el asesinato de inofensivas y adorables mascotas), queda hilarantemente ejecutada por medio de escabrosos golpes de humor o reacciones inesperadas.
Así pues, el periodo de entreguerras representado por Anderson, donde las tensiones políticas podían desatar un tiroteo en el lugar más insospechado, ha sido distorsionado aberrantemente por medio de la amplitud y el extremismo cromático, y la creación de unos personajes tan excéntricos y entrañables como conflictivos. Un reparto de estrellas impresionante que no duda en acompañar y servir de apoyo para el verdadero tándem protagonista de la cinta (como también ocurriera en el anterior filme de Anderson: Moonrise Kingdom, 2012) compuesto por Gustave H, un espectacular Ralph Fiennes en el papel de un regente de hotel de exquisitos modales, y el mozo en periodo de aprendizaje bajo su mando, Zero, un joven que ha sabido contrarrestar el honor que hace a su nombre en cuanto a experiencia y educación, con una lealtad incondicional a su patrón. La muerte de Madame D, protegida y amante de Gustave (una de tantas), y el legado de su testamento, va a originar un revuelo de repercusión internacional que implicará directamente al señor H, y por extensión a su inseparable secuaz, por ser el beneficiario de un cuadro muy valioso que, ni la familia (de índole fascista y violento) de la difunta, ni la propia prefectura de policía, parecen dispuestas a entregarle.
Un fresco expresionista que, al igual que la fotografía empleada por Robert D. Yerman, está dotado de cierto aire naif y fuertes contrastes de colores que simbolizan la personalidad de cada personaje. De esta manera, tanto los miembros del hotel, como la propia apariencia del mismo, serán representados por medio de fuertes tonos escarlata y violeta; Agatha (prometida del joven Zero, interpretada por la irlandesa de moda, Saoirse Ronan), transmitirá también esa alegría cromática en la realización de llamativos y sabrosos macarons; para ir oscureciéndose poco a poco, dependiendo del grado de perversidad, hasta llegar a los retorcidos Dmitri y Jopling, que vestirán de negro riguroso. Todos ellos, independientemente de la vestimenta o la recurrencia de su papel, ejecutarán su actuación con una gravedad casi teatral que amplificará la comicidad de sus exageradas acciones. Un ejercicio intencionadamente histriónico que irá en perfecta consonancia con los efectos visuales “vintage” que el director ha utilizado —con una persecución en la nieve incluida, que parece salida del videojuego Winter Olympics, para la consola Master System—.
El argumento se sitúa inicialmente en el presente, pero irá desplazándonos a través de diferentes décadas, mediante saltos temporales, para tratar de explicar la historia del monumento a un escritor (actualidad), que conoció al propietario de un hotel (años 60) donde sucedieron las más extraordinarias aventuras (año 1932 en adelante). Cada flashback quedará visualmente reflejado mediante el uso de una diferente relación de aspecto, o ratio de imagen (ancho y alto, para que nos entendamos), desde el panorámico estándar usado comúnmente en cines, 21:9, para la más moderna de las historias, hasta el “casi” cuadrado que se usaba en los televisores domésticos, 4:3, para referirse a la trama más antigua y principal, pasando por el conocido 16:9 característico de las televisiones actuales de alta definición. Un trabajo geométricamente perfecto que juega astutamente con reflejos, luces y formas para componer este oxímoron cinematográfico tan dramático que hará que nos duelan las mandíbulas de tanto reír.
Peaky Boy
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