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El gran hotel Budapest

7,3
18.428
votos
Sinopsis
Gustave H. (Ralph Fiennes), un legendario conserje de un famoso hotel europeo de entreguerras, entabla amistad con Zero Moustafa (Tony Revolori), un joven empleado al que convierte en su protegido. La historia trata sobre el robo y la recuperación de una pintura renacentista de valor incalculable y sobre la batalla que enfrenta a los miembros de una familia por una inmensa fortuna. Como telón de fondo, los levantamientos que ... [+]
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user-icon Pableras   http://www.asgeeks.es/ (España)
Notable
21 de Marzo de 2014
78 de 88 usuarios han encontrado esta crítica útil
Wes Anderson es uno de los grandes estetas de ese cine independiente americano que felizmente surge al margen de los cánones establecidos, explotando en la pantalla como un oleaje de libertad. Plato no de todos los gustos, sus cintas son oasis creativos amados por la crítica desde que su nombre adquiriera notoriedad con 'Academia Rushmore' ('Rushmore', 1998). En el caso del público, siempre ha existido una mayor divergencia de opinión, aunque bien es cierto que sus últimas películas han encontrado más fácilmente la senda hacia la empatía y la complicidad del espectador. Sea como fuere, 'El gran hotel Budapest', la primera gran película de 2014, no nace para ganar seguidores sino para sumar un nuevo miembro a la insólita familia que compone la filmografía del director texano, es decir, ofreciendo una pieza única para alegría y gozo de sus (muchos) fans. Dicho de otro modo, es un regalo.

El mundo de Wes Anderson abre sus puertas una vez más, exuberante en sus formas y excéntrico en sus modos, como cabría esperar. Sus últimas películas, y más concretamente la que nos ocupa, sirven como una fantástica exploración de ese propio pequeño gran universo que ansía por encima de todo ser descubierto y conquistado. Para ello nos cuenta una historia a modo de gran flashback (que acude a diversas épocas y formatos de imagen en su tramo inicial) que gira en torno a un cuadro valiosísimo y la fortuna de una señora cuyo testamento levantará ampollas en el seno de una peculiar (y peligrosa) familia, que hará cuanto esté en su mano (o en las de otros) para recuperar la obra. El enredo, el más puro y elegante disparate y el vértigo de la aventura y el humor se darán la mano en un extraño, imprevisible e impagable torrente de acontecimientos. Todo ello vertido en el contexto de una guerra inminente que se cierne sobre los personajes que no habría imaginado mejor Ibáñez, hilado como si de un tebeo de 'Mortadelo y Filemón' se tratara. Por supuesto, es una aventura coral, como la propia película, atiborrada de personajes que van y vienen, que viven y dejan de vivir, donde conviven multitud de rincones que, como el hotel del título, deparan sorpresas incesantes y aseguran una estancia memorable y ampliamente confortable.

Hay diversos aspectos que distinguen, por encima de cualquier otro, a las películas de Wes Anderson, a saber: el reparto, la estética y el humor. Vayamos por partes. 'El gran hotel Budapest' supone una nueva cinta coral, con unos pocos personajes principales (estupendos Ralph Fiennes y un debutante y muy proactivo Tony Revolori) y otros muchos que van apareciendo a lo largo del metraje. En ocasiones más cerca del cameo (Bill Murray) pero todos con momentos de lucimiento y maravillosa hilaridad, cada actor y actriz ayuda a que la experiencia sea del todo satisfactoria y magnética, absolutamente entregados a la causa andersoniana. Si ellos disfrutan, tú lo harás. Willem Dafoe o Adrien Brody, por ejemplo, son para darles de comer aparte. El reparto, en estado de gracia y gustosísimo de contemplar, se mueve a través de una dirección artística exquisita, cuyo gusto por el detalle raya lo enfermizo, todo ello bajo una fotografía deliciosa de tonos a menudo cálidos, que le hacen a uno estar como en casa (como en casa de Mr. Anderson, se entiende). A esta propuesta visual maravillosa y colorista (siguiendo la estela de la magnífica 'Moonrise Kingdom' -2012-) se le añade una fascinante utilización del encuadre y unos movimientos de cámara que quitan el hipo. Por último, hablar del humor del cine de su director se antoja quizá más espinoso, pues muchos lo llaman rápidamente esquinado, aunque un servidor prefiere definirlo como diferente, atrevido. Alcanza, eso sí, una gran eficacia en esta película, quizá la más accesible (aunque igual e insobornablemente personal) de su carrera. La banda sonora, elemento que tampoco olvida su director en sus trabajos, corre a cargo de uno de los genios musicales más escondidos de los últimos tiempos, Alexandre Desplat, y funciona a la perfección. Todo junto, pero no revuelto, convierte el visionado del film en una experiencia deliciosa.

Al estar narrada en flashback, lo mostrado adquiere los tonos del recuerdo que guarda el protagonista o, al menos, de cómo quiere contarlo. Su historia nace desde una mirada tierna y nostálgica que deviene en una profunda melancolía. En la película coexisten luces, sombras y colores como en la propia vida, y al final la sensación que deja es la de la necesidad inherente del ser humano de sentir nostalgia y perderse a veces en ella. Porque 'El gran hotel Budapest' es, en última instancia, y como nos muestran sus planos finales, una celebración de la memoria y el recuerdo, un puro y limpio ejercicio de nostalgia sobre la aventura de crecer y madurar (como era 'Life aquatic' -2004-) y también sobre la aventura de enamorarse (como lo es su anterior 'Moonrise Kingdom'). Su cine parece salido de la mente de un niño y esa inocencia (profundamente madura) guía sus pasos hacia largometrajes como éste, cada vez más esteticistas, pero más emotivos, donde su preciosismo está al servicio del corazón, y nunca al revés.

Humanista, vitalista y benéfica, 'El gran hotel Budapest' prolonga el discurso autoral de Wes Anderson, al tiempo que contribuye a mantener su universo puro e intachable, provocando de manera irressitible la necesidad de regresar a él. Uno lamenta que no se estrenen más películas así cada año.

http://www.asgeeks.es/movies/critica-de-el-gran-hotel-budapest-la-fiesta-de-la-nostalgia/
Pableras
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user-icon Lordpol   Barcelona (España)
Pasable
22 de Marzo de 2014
99 de 133 usuarios han encontrado esta crítica útil
El inicio de Gran Hotel Budapest es ejemplar, como bien nos tiene acostumbrados el director, pero la historia del conserje seductor de octogenarias y su inefable ayudante Zero Moustafa, se acaba deshilachando entre tanta licencia estética y parentésis narrativo. El robo del cuadro renacentista que llevan a cabo ambos es un mcguffin para realizar un modélico ejercicio de dirección y estilo. Y, ya de paso, encadenar un carrusel de cameos planos, incluido el de Bill Murray, que aparece los 30 segundos de rigor para poder poner su cara en el cartel.

Wes Anderson es un preciosista como hay pocos eso sí. Cada plano del film compone un lienzo que bien podría adornar cualquier chimenea. La disposición de los elementos es matemática y refleja un gusto por la estética a la vez que reafirma un universo muy personal. Sin embargo Anderson, a parte de preciosista es manierista, y acaba esforzándose tanto en mantener la pose que se acaba olvidando lo que quería contar. Hace presos a los actores y los avoca a la mueca y el esperpento, obligándolos a mantenerse siempre en la superficie del personaje, sin apenas matiz ni cambio de registro. ¿Para qué? La cámara ya hará el resto. Pero en esta ocasión la cámara trata igual las secuencias emocionales que las de acción, donde el director se desgañita gritando referencias y tributos, anteponiendo siempre su gusto personal a la coherencia de la historia. Y cada vez que lo hace, se aleja un poco más de su tesis inicial, de sus personajes y del espectador, creando un tète a tète en el que, o estás en su onda, o estás perdido. Soy consciente que estoy en inferioridad, que formo parte de esa repudiada minoría que estaría más a gusto viendo a Anderson pintando bodegones que expresando emociones. Y disfrutaría de verdad, porque al director de Fantastic Mr.Fox talento no le falta.

Después de tantas películas ya me ha quedado claro el universo del director, conozco sus fetiches y sus fobias, tengo su estilo bien asimilado. Pero sigo esperando a que algún día trascienda, que vaya más allá y que, por una vez, se acerque a la verdad de lo que quiere contar.
Lordpol
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user-icon Talibán   Sevilla (España)
Notable
7 de Abril de 2014
41 de 47 usuarios han encontrado esta crítica útil
En “El Gran Hotel Budapest” hay una escena que el espectador sabe cómo va a terminar desde el principio; en ella, un hombre sigue a otro para matarlo por las calles de la ciudad. La víctima huye arbitrariamente hacia el gran museo que será su ratonera, en donde tiene lugar una persecución absurda cuyo protagonista es el propio escenario (secuencia que me recuerda a otra parecida de “Cortina rasgada”). ¿Por qué tanto sin sentido? ¿Por puro capricho del narrador? ¿Porque es un gran escenario para un crimen, nada más? Me inclino claramente por el sí: una monumental broma pesada sin duda, como toda la película –ya se darán cuenta los que la vean- que va ensartando disparates argumentales sin descanso. ¿Hay que tomársela en serio?

Creo que depende. Si me preguntan a mí, diría que intenten ser justos con “El Gran Hotel Budapest”; es la historia que narra un viejo, que escribe otro viejo, que lee una joven y que finalmente nos llega a nosotros al final de la cadena. Mirada en conjunto desde uno de los extremos, como digo, es una burla. Vista desde el otro extremo, es el colmo de la coherencia.

Una primera clave hay que buscarla en la manera en que está contada, la forma en que está traducida a imágenes.

“El Gran Hotel Budapest” es, quizás más que cualquier otra cosa, un homenaje a las historias, a los que saben contarlas, a los que saben escucharlas, a los que las protagonizan, a sus escenarios, a todo lo que ya no existe salvo en la memoria de los que han vivido en esas historias y, sobre todo, a los que las imaginan sin haberlas vivido porque alguien se las transmitió para que fuesen suyas para siempre. Es, de manera coherente, una experiencia visual pura y lo es porque de las historias bien contadas no surgen reflexiones ni discursos, sino imágenes y aromas.

Y en ese territorio está película no tiene rival. Está contada acudiendo a un formalismo extremo, geométrico, lleno de planos estáticos y movimientos milimétricos cosidos con increíble mimo entre sí; cada composición es autosuficiente y hermosa en sí misma, pero encadena a la siguiente con fluidez. Son las imágenes que toda historia bien contada nos deja.

¿Va esto hacia algún lado o es un simple experimento formalista? “El Gran Hotel Budapest” nos recuerda que entre la Causalidad de la Historia y la casualidad de la historia hay un abismo…, muy pequeño, que un buen contador de historias debe convertir en escenario de juego y diversión sin suprimirlo del todo: sólo debe difuminarlo. En ese margen mínimo, que un personaje se deje atrapar estúpidamente en un maravilloso museo vacío responde a la misma lógica que la escena de la avioneta de “Con la muerte en los talones”, la de marcar un territorio de superioridad del contador de la historia sobre sus personajes y sobre sus espectadores; si la soberanía absoluta del autor impone una lógica que le pertenece a él, el instrumento que utiliza aquí para derrotar a los personajes y a nosotros mismos es el humor. Creo que si el espectador no se ríe desde el primer chiste, “El Gran Hotel Budapest” le parecerá una indignante tomadura de pelo y el personaje del museo morirá en vano, así de frágil es esta película.
(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama) Ver todo
Talibán
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user-icon keizz   Madrid (España)
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23 de Marzo de 2014
30 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una comedia de Wes Anderson. Que no es lo mismo que una comedia cualquiera. Es una película con sello de autor, que no podría ser de ningún otro. Personalmente, diría que es una comedia de sonrisa más que de risas. Pero es divertida a rabiar. Quizá no sea de carcajadas (para mí no lo es) pero es muy divertida, entretenida, de sonrisa casi perenne.

Estamos ante un espectáculo. Algo que mantiene a los sentidos ocupados durante todo el metraje. Es un espectáculo sensorial, una fiesta de colores, música e imágenes vertiginosas. Como digo, puro espectáculo.

Basada en los libros de Stefan Zweig, se nota en la manera de exponer el escenario en que se desarrolla la película. La Europa de los años 30 tantas veces retratada por Zweig con tanta destreza es el paisaje en el que sitúa Anderson a los personajes de su historia. La Europa de aquella época, tan misteriosa como hermosa, con sus hoteles lujosos, sus delicadas pastelerías, aquellos perfumes franceses, esos trenes de vapor que podían ser asaltados en cualquier momento por la policía alemana…

“El Gran Hotel Budapest” nos retrotrae inevitablemente al cine de animación, a las maquetas, a los decorados rimbombantes. Parece una película de dibujos animados interpretada por personas. Recuerda bastante al cine de Charlot o Buster Keaton, pero esta vez en color. Qué digo en color, el una borrachera de colores. No sabemos como serían aquellas películas de cine mudo si se hubieran hecho con los medios actuales, pero supongo que se parecerían bastante a ésta.

Como en los dibujos animados, aquí también se desdramatizan las situaciones por muy graves que parezcan. La segunda guerra mundial tratada de un modo trivial, desprovista de cualquier atisbo de circunspección. La guerra, la muerte, en esta película se ven con una sonrisa, nada impresiona. Si alguien tira un gatito por la ventana y lo estampa contra el suelo de la calle, no produce ningún mal sentimiento, al contrario, mueve a la risa. Todo lo malo que pasa lo vemos con ojos infantiles, como cuando ves dibujos animados donde todo es reversible. Como en los sueños, donde todo lo malo que pasa se puede solucionar solo con despertarte. Como en los juegos, que por mal que acaben, siempre puedes volver a empezar.

Wes Anderson vuelve a hacer una película con su habitual fórmula. Tiene derecho a hacerlo y además lo hace muy bien. Nos vuelve a introducir en su mundo preciosista, y vuelve a poner los aspectos formales muy por encima del fondo. En su afán por impresionar, se recrea tanto en la estética exterior que pierde de vista la esencia de la narración. Esto hace que la película sea una delicia para los sentidos pero que no alimente el alma. Los personajes carecen de profundidad porque están al servicio de lo principal, que es la parte visual. Esto es habitual en las películas de Anderson, aunque debo decir que en esta ocasión los personajes dejan trascender una cierta ternura, y hay un tono general melancólico en la película respecto a aquella vieja Europa.

Esta profunda sensación de melancolía viene producida en parte por la música. Una vez más, para mi gozo, la música vuelve a correr a cargo de Alexandre Desplat (últimamente siempre está presente en las películas que veo) y su intervención engrandece la película. El elemento musical funciona a la perfección en la película y corrobora mi impresión de que Desplat es un genio en eso de añadir música a las imágenes.

Y si la música es exquisitamente bella, la parte visual no va a la zaga. Los habituales ejercicios estéticos de Wes Anderson se superan más aún si cabe en este film. Deslumbran esos colores del hotel, rojo intensísimo, violetas, rosas. Esas imágenes de los Alpes nevados donde el blanco y los tonos azulados del anochecer componen un cuadro admirable. Y no son sólo los colores, claro, son los fantásticos movimientos de cámara y la excelente utilización del encuadre, es la multitud de cuidadísimos detalles y el ostentoso diseño de producción lo que hace que, todo junto, componga una maravillosa coreografía estética que no está al alcance de cualquiera y que es imposible no admirar.

El reparto es grandioso, aunque también forma parte de la pretenciosidad de Anderson, ya que hay algunos grandes actores que aparecen casi testimonialmente y que apenas sirven para engordar la lista de grandes nombres de intérpretes de la película, como por ejemplo Bill Murray, que apenas aparece durante unos segundos. El resto, junto a los dos protagonistas (Fiennes y Revolori), grandes nombres como F. Murray Abraham, Adrien Brody, Edward Norton, Harvey Keitel (irreconocible), Jude Law, Willem Dafoe o Jeff Goldblum. Como veis, todo en esta película es exceso y derroche.

De todas las películas que he visto de Wes Anderson, me quedo con ésta. Me lo he pasado bien, y, a estas alturas, empiezo a admirar sus virtudes y a soportar sus defectos. Sin duda vuelve a ser excesivamente excéntrico y camina moviéndose peligrosamente entre la genialidad y la patochada, pero, a mi juicio, esta vez gana la parte buena.
keizz
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user-icon David Reszka   Madrid (España)
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30 de Marzo de 2014
28 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
Wes Anderson es un moderno. Pero uno de esos modernos que acaban sacando de quicio. Si "Moonrise Kingdom" fue un pastel bien envuelto, con buen sabor y, en cierto modo, innovador, "El Gran Hotel Budapest" no es más que una tarta empalagosa que sigue las mismas pautas de cocción que su predecesora. Por tanto, dentro de la filmografía de este señor, carece de originalidad. Lo que me resulta verdaderamente chocante es el ingente número de seguidores que se están sumando a este tipo, que lo tachan de ser uno de los “mejores realizadores de los últimos años”. Pues si este es el nivel, vamos mal. Personalmente creo que Louis Malle expresaba mejor todo ese rollo de “mundo de fantasía” en "Zazie en el metro", o si se me tira un poco de la lengua, sería capaz de decir que Jean-Pierre Jeunet y Terry Gilliam. Pero el mundo de las maravillas de Wes Anderson, que recuerda a una versión “buena” de las últimas películas de Tim Burton, es un mundo idealizado de cartón piedra donde ni los sentimientos ni las pasiones ni la racionalidad tienen cabida. Es una realidad vacía envuelta en papel fucsia.

Para mí Wes Anderson es un tipo que quiere llamar la atención utilizando decorados recargados con colores chillones y grandes angulares que deformen la imagen y muestren en un solo plano el exhaustivo – y aburrido – trabajo del equipo artístico. Y remarcando esto último de los objetivos angulares: a mí me pone de mala leche ver una imagen deformada durante más de cinco segundos. Me parece que va en contra de los objetivos primordiales del cine, que son crear una estética embellecida de la realidad o bien conseguir una objetividad completamente subversiva; en todo caso crear un mundo propio con una coherencia interna. Sin embargo el popurrí de trávelins, paneos, grúas y uso de grandes angulares no tiene una función específica. Y si la tiene yo no soy capaz de verla. Además, unos personajes acartonados, sin personalidad, todos clichés vistos ya en innumerables películas, no ayudan a mejorar el conjunto: desaprovechar actores y actrices como Willem Dafoe, Adrien Brody, Harvey Keitel, Ralph Fiennes, Bill Murray, F. Murray Abraham, Tilda Swinton, Edward Norton y Jeff Goldblum, entre otros, es una injuria. Por eso llego a la conclusión de que Anderson, que tiene ciertas aptitudes narrativas demostradas en sus últimos trabajos, se ha montado una paja mental para atraer a las masas. Una cajita de muñecas con luces de neón poblada de barbies despersonalizadas. “El Gran Hotel Budapest” es como una bombilla en mitad del bosque en verano, y el público va a ella cual moscas perdidas en la oscuridad. Y me incluyo.

David Reszka, Critica Tu Cine
David Reszka
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