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Voto de TOM REGAN:
6
Voto de TOM REGAN:
6
5,8
66.412
Comedia
Torrente es un policía español, fascista, machista, racista, alcohólico y del Atleti. Tiene un vecino llamado Rafi, al que le gustan las películas de acción y las pistolas, y que vive con su madre y su prima Amparito, una ninfómana. Juntos, Torrente y Rafi, patrullarán por la noche las calles de la ciudad. (FILMAFFINITY)
2 de abril de 2026
2 de abril de 2026
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
173/51(28/03/26) He vuelto a ver “Torrente: El brazo tonto de la ley” con motivo del estreno de su sexta entrega, y la sensación sigue siendo la misma: una mezcla incómoda de carcajada culpable y náusea moral. Es una película tan deliberadamente repulsiva como sorprendentemente lúcida, un artefacto cómico que convierte lo peor de nosotros en espectáculo y lo empaqueta con una eficacia casi obscena. Pese a su impacto cultural y su indiscutible capacidad para hacer reír, su fórmula vive peligrosamente cerca del agotamiento incluso en su primera entrega.
Mi revisión me confirma algo que a veces se olvida: esto no es solo una comedia chabacana, sino un proyecto con una intención muy clara detrás. Santiago Segura, que escribe, dirige y protagoniza la película, levanta aquí una ópera prima que nace casi por rebeldía creativa tras su paso por “El día de la Bestia”. Su conclusión fue sencilla: si quieres controlar el monstruo, tienes que crearlo tú mismo. Y vaya si lo creó.
Mi revisión me confirma algo que a veces se olvida: esto no es solo una comedia chabacana, sino un proyecto con una intención muy clara detrás. Santiago Segura, que escribe, dirige y protagoniza la película, levanta aquí una ópera prima que nace casi por rebeldía creativa tras su paso por “El día de la Bestia”. Su conclusión fue sencilla: si quieres controlar el monstruo, tienes que crearlo tú mismo. Y vaya si lo creó.

Santiago Segura
El resultado fue un fenómeno. Producida por LolaFilms, la película arrasó en taquilla, ganó dos premios Goya (incluido el de actor de reparto para Tony Leblanc) y redefinió la comedia comercial española. No solo eso: instauró un modelo replicable hasta el infinito, como demostrarían sus secuelas, desde Torrente 2: misión en Marbella hasta la reciente sexta entrega.
Lo que más me interesa ahora, revisándola con perspectiva, es su ADN. Hay ecos claros de la tradición berlanguiana, cierta mala leche buñueliana y una reivindicación del cine popular de Alfredo Landa o Fernando Esteso. Pero Segura no homenajea: deforma, exagera, lleva al límite. Y en ese exceso está tanto su genialidad como su problema.
La ambientación es clave. Ese Madrid de barrios descuidados, bares de azulejo grasiento y pisos que parecen oler a humedad a través de la pantalla no es casual: es una estética buscada. La fotografía de Carles Gusi (“Celda 211”), sucia, apagada, casi mugrienta, acompaña perfectamente al personaje. No hay glamour, ni intención de embellecer nada. Todo es feo, como Torrente.
Lo que más me interesa ahora, revisándola con perspectiva, es su ADN. Hay ecos claros de la tradición berlanguiana, cierta mala leche buñueliana y una reivindicación del cine popular de Alfredo Landa o Fernando Esteso. Pero Segura no homenajea: deforma, exagera, lleva al límite. Y en ese exceso está tanto su genialidad como su problema.
La ambientación es clave. Ese Madrid de barrios descuidados, bares de azulejo grasiento y pisos que parecen oler a humedad a través de la pantalla no es casual: es una estética buscada. La fotografía de Carles Gusi (“Celda 211”), sucia, apagada, casi mugrienta, acompaña perfectamente al personaje. No hay glamour, ni intención de embellecer nada. Todo es feo, como Torrente.

Y sin embargo, ahí hay una decisión técnica consciente. Bajo la apariencia de cutrez hay una planificación eficaz, una narrativa clara y un ritmo que no decae. La música de Roque Baños (su obra más icónica, “Celda 211”) aporta un contraste brillante: arranca con solemnidad para luego estrellarse contra el esperpento de “Apatrullando la ciudad”, convertida ya en himno involuntario.
Si algo sostiene la película, más allá del impacto inicial, es su reparto. Empezando por el propio Segura, que construye un personaje que es puro exceso: Torrente no es un ser humano, es un compendio de defectos. Machista, racista, franquista, sucio, miserable… y, sin embargo, extrañamente magnético.
Pero donde la película alcanza una dimensión inesperada es en la recuperación de Tony Leblanc. Su presencia no es solo un guiño nostálgico: aporta una humanidad que equilibra, aunque sea mínimamente, el desfile de atrocidades.
Javier Cámara como Rafi funciona como contrapunto perfecto. Ingenuo, torpe, pero con una ternura que convierte la dinámica en una especie de buddy movie deformada.
Y luego está el festival de secundarios y cameos: Javier Bardem, Jorge Sanz, Gabino Diego… una colección de apariciones que convierten la película en un juego cómplice con el espectador. Mención especial a Cañita Brava, cuyo “me debes 6000 pesetas de whisky” ya forma parte del ADN cultural del país.
Hay momentos que siguen funcionando con una eficacia inquietante. La escena de Torrente robando en el supermercado mientras ocurre un atraco, el monólogo de “la manguerita de la alegría”, el mafioso cortando un cuento infantil con un “porque me sale de las pelotas” …, son ejemplos de un humor que no busca el ingenio clásico, sino el choque frontal.
Y aquí está el quid: o entras en ese juego o la película te expulsa. No hay término medio. Me sigue resultando especialmente incómoda la frase final sobre “ser español”. No porque exista, sino por cómo ha sido interpretada por parte del público. Segura juega con la confusión entre sátira y afirmación, y ahí pisa terreno resbaladizo.
Torrente es, probablemente, el personaje más políticamente incorrecto del cine español. Pero reducirlo a eso sería simplificarlo demasiado. Es una caricatura hiperrealista: no existe como individuo, pero sí como suma de actitudes reconocibles.
Y ahí está su fuerza. Es un espejo deformado. Un retrato grotesco de lo que no queremos admitir que existe. Segura no lo defiende, lo exhibe. Lo pone bajo una luz grotesca y nos invita a reírnos… o a incomodarnos. En mi caso, ambas cosas.
Revisitar Torrente: El brazo tonto de la ley hoy es un ejercicio curioso. Por un lado, sigue funcionando como comedia en muchos momentos. Por otro, evidencia sus límites: la reiteración, el chiste fácil, la acumulación excesiva de provocaciones.
Pero no puedo negar su importancia. Cambió el cine español comercial, creó un icono y demostró que el público estaba dispuesto a abrazar lo incómodo si venía envuelto en carcajadas.
Mi valoración va del respeto a su impacto y de la distancia crítica hacia su propuesta.
Si algo sostiene la película, más allá del impacto inicial, es su reparto. Empezando por el propio Segura, que construye un personaje que es puro exceso: Torrente no es un ser humano, es un compendio de defectos. Machista, racista, franquista, sucio, miserable… y, sin embargo, extrañamente magnético.
Pero donde la película alcanza una dimensión inesperada es en la recuperación de Tony Leblanc. Su presencia no es solo un guiño nostálgico: aporta una humanidad que equilibra, aunque sea mínimamente, el desfile de atrocidades.
Javier Cámara como Rafi funciona como contrapunto perfecto. Ingenuo, torpe, pero con una ternura que convierte la dinámica en una especie de buddy movie deformada.
Y luego está el festival de secundarios y cameos: Javier Bardem, Jorge Sanz, Gabino Diego… una colección de apariciones que convierten la película en un juego cómplice con el espectador. Mención especial a Cañita Brava, cuyo “me debes 6000 pesetas de whisky” ya forma parte del ADN cultural del país.
Hay momentos que siguen funcionando con una eficacia inquietante. La escena de Torrente robando en el supermercado mientras ocurre un atraco, el monólogo de “la manguerita de la alegría”, el mafioso cortando un cuento infantil con un “porque me sale de las pelotas” …, son ejemplos de un humor que no busca el ingenio clásico, sino el choque frontal.
Y aquí está el quid: o entras en ese juego o la película te expulsa. No hay término medio. Me sigue resultando especialmente incómoda la frase final sobre “ser español”. No porque exista, sino por cómo ha sido interpretada por parte del público. Segura juega con la confusión entre sátira y afirmación, y ahí pisa terreno resbaladizo.
Torrente es, probablemente, el personaje más políticamente incorrecto del cine español. Pero reducirlo a eso sería simplificarlo demasiado. Es una caricatura hiperrealista: no existe como individuo, pero sí como suma de actitudes reconocibles.
Y ahí está su fuerza. Es un espejo deformado. Un retrato grotesco de lo que no queremos admitir que existe. Segura no lo defiende, lo exhibe. Lo pone bajo una luz grotesca y nos invita a reírnos… o a incomodarnos. En mi caso, ambas cosas.
Revisitar Torrente: El brazo tonto de la ley hoy es un ejercicio curioso. Por un lado, sigue funcionando como comedia en muchos momentos. Por otro, evidencia sus límites: la reiteración, el chiste fácil, la acumulación excesiva de provocaciones.
Pero no puedo negar su importancia. Cambió el cine español comercial, creó un icono y demostró que el público estaba dispuesto a abrazar lo incómodo si venía envuelto en carcajadas.
Mi valoración va del respeto a su impacto y de la distancia crítica hacia su propuesta.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El desenlace, con Torrente escapando con el botín mientras su “equipo” cae por el camino, es la culminación perfecta del personaje: no hay redención, no hay aprendizaje, no hay moral. Solo supervivencia y egoísmo. Y quizá esa sea la mayor virtud —o el mayor problema— de la película: que nunca pretende ser mejor de lo que es.
Un chiste largo, sucio, incómodo… y, contra todo pronóstico, inolvidable.
Gloria Ucrania!!!
Un chiste largo, sucio, incómodo… y, contra todo pronóstico, inolvidable.
Gloria Ucrania!!!
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