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La sangre seca

Drama Un asalariado trata de suicidarse cuando el director de su empresa anuncia un despido masivo. Una compañía de seguros usa este suceso en su propio beneficio convirtiéndolo en una campaña de publicidad. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
12 de diciembre de 2020
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Como cuando el simple aleteo de una mariposa provoca un cambio climático importante en otro extremo del Planeta, la decisión de un hombre insignificante puede hacer tambalear los cimientos de toda una sociedad.
Sobre todo de una sociedad tan negra y podrida como en la que está atrapado el protagonista de este relato...

Llegados los '60, la etapa del considerado cine clásico en Japón, su edad de oro indiscutible, va a ser rápidamente reemplazada por una época de cambios y nuevas mentalidades debido a la avalancha de rebeldes directores que surgieron en el seno de los grandes estudios; algunos tardaron más que otros en hacerse notar, pero sus voces y su visión fueron decisivos. El sr. Yoshishige Yoshida, clavado en la poderosa Shochiku, dejó de ejercer como asistente de dirección de Keisuke Kinoshita y fue ascendido a realizador recién empezada la década, comenzando con la regular "El Inútil" una carrera plagada de obras tan interesantes como crípticas.
Escrito por él mismo y producido poco después de su debut, "La Sangre Seca" es su segundo y desde luego mejor largometraje, un nuevo ataque a la sociedad nipona sin complejos ni concesiones utilizando otro enfoque aunque parámetros similares. Esta sociedad, de todas formas, se sigue representando en un viscoso y asfixiante blanco y negro, otra vez perfilado por el buen director de fotografía Toichiro Narushima; el director inicia la historia con la mirada perdida de un hombre empapado en sudor y al borde del colapso mientras la ciudad ruge de fondo (el bullicio, los coches, los gritos...esa será, básicamente, la banda sonora del film).

Ese hombre se llama Takashi Kiguchi y es trabajador de una empresa que acaba de afrontar la quiebra y, por consiguiente, el despido de sus asalariados; en este impactante principio manejado con nervio por Yoshida, el protagonista está dispuesto a volarse la cabeza con tal de que sus compañeros vuelvan al trabajo. Un acto, que no es sino la desesperación, la locura de un hombre roto, interpretado como un acto de puro sacrificio, imposible de atisbar en una sociedad en la que el crecimiento económico masivo la ha conducido a una era de capitalismo depredador.
Acto que capta la atención de una compañía de seguros que precisa de un empujón en sus beneficios. Asistimos entonces a la total manipulación y despersonalización del ciudadano de clase media-baja por los ambiciosos tiburones de las grandes corporaciones urbanas; y empezará cuando Yuki, la publicista de dicha aseguradora, se apropie del suicidio de Takashi con el objetivo de hacer de ello la campaña de publicidad más rocambolesca y pomposa jamás vista. Y de por medio se inmiscuyen un repulsivo y chantajista paparazzi, amante de la anterior, que desea lo contrario: destruir por todos los medios el falso ídolo de barro convertido en mero instrumento.

Yoshida se inspira sin duda en situaciones similares ya planteadas en el cine (por Kazan en "Un Rostro en la Multitud", por Capra en "Meet John Doe", Wilder en "El Gran Carnaval" o sus compatriotas Kurosawa y Masumura en las también amargas "Escándalo" y "Gigantes y Juguetes") y se sirve de estos personajes-tipo, perfectos modelos de la sociedad consumista nipona de la recuperación, para tejer su intriga, heredada a partes iguales del "noir" y el mejor cine social, centrándose en las pérfidas maniobras de Yuki y el paparazzi, asqueado con la personalidad de Takashi (precisamente por mostrar valores atípicos que no encajan en su entorno social y atacar a lo que él representa).
Y ahí nos sumerge Yoshida, en el ramal de conspiraciones, traición, mentiras, manipulación, celos y odio desmedido que se alza alrededor del desgraciado Takashi, incómodo ante las miradas de aquellos que le toman por héroe, llevado de aquí para allá como la sensación de moda, y que, en un giro inesperado, acepta su propia despersonalización asumiendo por el camino la falsa identidad que han creado para él con el fin de aprovecharse de ello (como el vagabundo de Capra), de lanzar un mensaje altruista basado en la felicidad como fin último a un pueblo, que en efecto, se halla bajo el yugo de la opresión, la hipocresía y la competitividad.

Atrapada en el blanco y negro de Narushima, la atmósfera que nos propone Yoshida exhuda violencia a todos los niveles (física, verbal, psicológica y emocional); nos la hace respirar y tragar a la fuerza, en cada conflicto, en cada conversación, en cada roce y en cada mirada de los personajes. Esta es una sociedad en la que cada palabra contiene litros de veneno dispuestos a intoxicar al receptor; incluso la banda sonora se halla colmada de odio (la canción que interpreta la mujer en la sala de fiestas, cuyas letras no pueden ser más afiladas e iracundas).
Yoshida se adelanta en años al "Network" de Lumet, o al "Kuro no Shisosha" del mismo Masumura (donde la manipulación y la supresión de la libertad individual eran esenciales aun en diferentes escenarios) y hace lo posible por corroernos las tripas con su extenuante radiografía del mundo empresarial, la publicidad (la fraudulenta en todas sus ramificaciones) y el sensacionalismo barato; la frialdad de los personajes deja un poso de incomodidad que tarda en olvidarse. Mari Yoshimura interpreta bien (demasiado bien) su repulsivo personaje, al igual que Shinichiro Mikami.

Y unos correctos Kaneko Iwasaki y Masao Oda apoyan a un Keiji Sada arrollador, sencillamente espectacular en su encarnación del hombre que, por un descuido, cree pertenecer al pueblo desposeyéndose de su identidad como individuo.
Pero su gesta, como estaba pronosticado desde el mismo momento en que empuña el arma, no puede acabar sino en tragedia. Discurso el de Yoshida hecho para agitarnos las entrañas, un cineasta que aún tendría que dar muchas grandes obras al cine sobre su negra visión del Mundo y el ser humano.
Christian Jiménez
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