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Críticas de Christian Jiménez
Ordenadas por:
1.671 críticas
9
26 de octubre de 2018
13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Si bailas con el Diablo, el Diablo no cambia...el Diablo te cambia a ti", se decía muy convenientemente en "Asesinato en 8 mm.".
Kenichi Takabe, un hombre que va a descender al inframundo de su propio inconsciente tras haber sido hipnotizado por las palabras del Diablo, también está empezando a cambiar. Es inevitable cuando sus palabras revelan a tu auténtico "yo".

Con una carrera de más de diez años (donde sobre todo destaca el film de fantasía y terror "Sweet Home"), Kiyoshi Kurosawa daría el salto definitivo del "V-Cinema" en el que había empleado mucho tiempo, y lo haría, siendo reconocido así a nivel internacional como un maestro del terror psicológico contemporáneo, con el que sería uno de los mejores "thrillers" orientales (junto a "Audition" y "Chaos") e influencia seminal para la ola de películas de terror que estaba a punto de explotar a finales de década justo cuando ese cine de suspense habitado por asesinos en serie resultaba una de las apuestas más seguras de cara a la taquilla (eran los tiempos de "Seven", "Copycat", "El Coleccionista de Amantes"...).
Como no podía ser de otra forma en un film del director, "Cure" ya empieza jugando con nosotros: una mujer lee "Barba-azul" ante un doctor, donde ya se nos anuncia que bajo las apariencias hay misterios ocultos, incluso que va a haber un asesino y su víctima será una mujer; de repente, se perpetra el primer crimen, acompañado de una alegre música. Comienzo escorado hacia la extrañeza y enseguida al terror, pero además habitado por un retorcido humor negro que subyace al propio Kurosawa (y más aún empezando con la lectura del clásico de Perrault, que mucho influirá en la historia).

Takabe es el eficiente inspector de policía que ha de encargarse del caso, un hombre con una vida personal insatisfecha y que ha de cuidar de una esposa que padece amnesia progresiva mientras trata de resolver una serie de brutales asesinatos en los cuales la piel de las víctimas ha sido cortada en forma de "X" y no hay ninguna relación aparente entre los culpables. Pero sin duda existe una conexión, y quizá sea Kunihiko Mamiya, un extraño individuo que posee un don: introducirse en la mente de las personas y controlarlas a voluntad...
El individuo aparece en una playa desierta, salido de la nada, deambulando como un muerto vuelto a la vida. Entonces se acerca a la pantalla, hacia nosotros. ¿Quién es?, ¿de dónde viene? La secuencia está poderosamente impregnada de una sensación de agobio que se intensificará cuando el personaje tome partido en la trama; sus palabras, como la sombría atmósfera del film, ejercen un poder atrapante. Para Kurosawa el ser humano en sí es incapaz de mostrar los sentimientos, encerrados tras un muro de opresión levantado por el entorno social; el objetivo de Mamiya es hacer aflorar al verdadero "yo" a través de la manipulación.

Una forma de terapia, de purga, de cura divina. Takabe reflexiona sobre ello ("¿y si en el inconsciente de cada uno de los culpables hubiera enterrado un trauma bajo la forma de un odio latente?") ignorando que su propio interior también alberga un tenebroso "yo". El encuentro de Mamiya ante el protagonista en el ecuador del film (casi como el visto en "Seven") vira el esquema de la trama, donde ya la investigación no importa más que la enfermiza relación que se establece entre el asesino y el policía, actuando el primero como el catalizador para arrancar al segundo las perversas pulsiones que se hallan en algún recoveco de su psique.
Este hombre oprimido, incapaz de ser él mismo ("¡me han enseñado a no mostrar mis sentimientos, incluso a mi mujer!", le espetará en el intenso cara a cara) se sumergirá de forma paulatina en una espiral de locura y descubrimiento íntimo donde la amenaza de lo monstruoso brota desde lo cotidiano convirtiéndose, al ser consciente de sus verdaderos sentimientos, en una perfecta figura de proyección de Mamiya (su tutor inconfesable). Kurosawa logra arrastrarnos, como a Takabe, versión más oscura y fatalista del policía de "En la Cuerda Floja", al interior de un espacio tan implacable como sugerente usando la curiosidad como pretexto.

Éste demuestra gran talento a la hora de distribuir señales ambiguas y crear un clima de conspiración permanente acrecentando la tensión al tiempo que la relación y transmisión entre Mamiya y Takabe y la perturbadora lógica de una intriga que alcanzará su sobrecogedor cenit al mostrar Sakuma la cinta de una vieja sesión de hipnosis donde una mano desconocida realiza el signo de la "X". Irrupción estremecedora y brutal; la "cura" tiene un origen, y seguirá perpetuándose (detallado en Zona Spoiler). De ahí que se derive hacia una conclusión capaz de acoger toda suerte de interpretaciones (al contrario que Fincher, Kurosawa prefiere dejar en incógnita la identidad y los propósitos del "homicida").
Los protagonistas, oscuros, complejos, difuminados de cara al espectador y analizados a cierta distancia, son encarnados por un Koji Yakusho primero comedido y luego sorprendiendo con una actuación sentida y visceral, cara a cara contra un Masato Hagiwara tan hipnótico como desquiciante y repulsivo en la piel de un ser ambiguo, una suerte de John Doe metafísico y fantasma encarnado de un "otro", imagen especular de una pulsión de muerte que no se atreve a revelar su identidad. Tras ellos, unos muy solventes Anna Nakagawa y Tsuyoshi Ujiki, y los conocidos Ren Osugi y Yoshihiro "Denden" Ogata.

La abisal fotografía de Noriaki Kikumura y la absorbente puesta en escena logran unas atmósferas de puro terror capaces de transportarnos a un abismo de misterio e incesante pesadilla. Desasosegante paleta de sensaciones las que nos transmite un Kurosawa pleno de facultades.
Desgarradora y mordaz intriga, poesía macabra y fascinante sobre la locura interior y el sometimiento al infierno de la psique; por esos y otros motivos, "Cure", suerte de versión moderna y torcida del "God Told me To" de Larry Cohen, ya es una obra maestra del suspense moderno.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Christian Jiménez
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8
25 de abril de 2019
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Todo lo que puedo ver son imágenes, apiñándose en mi mente […]. Intento detenerlas, abandonarlas en alguna parte...pero no quieren detenerse".
¿Hasta que punto algo que nos atormenta es capaz de crecer, devorar nuestra propia identidad, nuestro ser, y destruirnos por completo? ¿Cuándo llega realmente ese momento en el que nos vemos caminando en la cuerda floja?

Como de costumbre en su cine, Sidney Lumet vuelve a embarcarse en un exhaustivo estudio sobre la psique humana, lugar recóndito y misterioso donde innumerables males, producto del miedo, la angustia, la desesperación y el desamparo, se albergan con la esperanza de emerger en algún momento, cuya fuerza pueden corroer el alma hasta en lo más profundo. Esta historia tiene su origen en la obra de teatro "This Story of Yours", a cuya representación en 1.968 asistió un Sean Connery en la cima de su carrera que más tarde propondría al autor John R. Hopkins una adaptación cinematográfica.
La intención del actor al acometer el proyecto no venía sólo por el gran potencial que vio en el argumento, sino por su deseo de demoler, una vez más, la imagen de James Bond a la que público y crítica le asociaban, la cual parecía estar encasillándole de forma irremediable. Hopkins, habiendo colaborado anteriormente con él, se encargaría del guión mientras Lumet ocupaba el puesto tras la cámara por petición expresa de Connery, quien ya se había visto a sus órdenes en "Supergolpe en Manhattan" y "La Colina", una de las obras maestras del neoyorkino.

El cielo de Bracknell es tan gris como la atmósfera reinante, todo por culpa de un asesino que continúa libre después de haber atacado a numerosas niñas; no hay pistas y las víctimas se acumulan. Esta situación mantiene en estado de constante alerta a la policía, especialmente a Johnson, un rudo y lacónico inspector que ansía coger al criminal al precio que sea; tras un inexplicable y extraño prólogo, Lumet nos sumerge en lo que parece ser un sobrio "thriller" criminal que destila el más puro aroma "hitchcockiano" (las influencias de "Frenesí" están ahí). Y así continúa hasta que un sospechoso llamado Baxter cae en las manos de Johnson...
No obstante seremos embaucados por el director (o, más bien, el guionista) cuando el argumento sufra un giro radical a eso de los tres cuartos de hora; con unas perturbadoras imágenes dispuestas en planos rápidos, dejamos el escenario policial para seguir al inspector hasta su casa, donde le espera su esposa Maureen. De aquí en adelante nos centraremos en ese hombre al que conducía una cierta serenidad y sin embargo dominaba una sensación de angustia en sordina; pronto descubriremos que se trata de un amargado, hastiado por su trabajo, su infeliz matrimonio y el mundo que le rodea, aunque el origen de ese pesar no deja de ser la violencia que cada día le acompaña en sus labores de agente de la ley.

Una violencia omnipresente que alimenta sus miedos y traumas, de los cuales no es capaz de librarse, grotescas imágenes apiladas en su cabeza cuya fuerza será la causa de su degeneración mental. En esta poderosa secuencia conoceremos la asfixiante sensación que envuelve al personaje, desamparado, incomprendido, poco a poco absorbido por su propia violencia (llegará a figurarse los rostros de Baxter y la última niña violada al sujetar a su mujer). Lumet y Hopkins han ganado la partida; el caso del violador se convierte en un mero detonante de los hechos, un pretexto para presentar el conflicto de Johnson con Baxter y consigo mismo.
Pronto se empiezan a atar los cabos; desde el primer momento el epicentro de la historia siempre ha sido el interrogatorio al sospechoso, que el director nos irá desvelando a lo largo del film a través de inesperados "flashbacks". La atmósfera, tensa y sombría, termina por violentar a los personajes, quienes destapan todos aquellos males que sin piedad los mortifican; a ojos de Johnson, el asesino se halla ante él y no duda en juzgarle, sea o no culpable (como sucedía con el jurado de "Doce Hombres sin Piedad"), sin duda unos ojos confundidos y nublados por la locura desatada en su mente.

El círculo de la desgracia eterna está representado mediante la repetición formal (la conversación entre Cartwright y Johnson encuentra su reflejo en la de Johnson y Baxter; el niño que atemorizaba a éste en la escuela quedará reencarnado en el inspector...); un cúmulo de odios y traumas soterrados que encontrarán su vía de salida por la violencia donde la salvación es poco más que imposible. El tramo final, que encontró el aplauso del mismísimo John Huston, retornará al suceso inicial, punto de inflexión en la historia y el policía, quien liberará a su auténtico "yo" (detallado en Zona Spoiler).
El convencional "thriller" que se nos había prometido queda totalmente reemplazado (nunca sabremos quién es de verdad el criminal) por una de las más viscerales introspecciones psicológicas llevadas a cabo en la gran pantalla, donde Lumet vuelve a poner de manifiesto que lo importante para él son sus personajes, interpretados de forma soberbia por un elenco donde ante todo destacan Ian Bannen, Trevor Howard y un Sean Connery sensacional desde todos ángulos, metido a conciencia en su papel; personajes envueltos en las sombras de un ambiente hermético, desasosegante y atrapante, realzado por la gélida fotografía de Gerry Fisher y la música de Harrison Birtwistle.

Connery respaldó "La Ofensa" con su propia productora, aunque ello no le reportaría casi beneficios de cara a la taquilla, por la que pasó casi desapercibida injustamente.
Pese a tratarse de un durísimo y agobiante drama psicológico difícil de soportar (y sin una trama aparente), nos hallamos ante una de las mejores muestras de talento artístico del panorama cinematográfico, sin grandes alardes técnicos ni baratos efectismos. Cine del auténtico, del que te revuelve, del que se siente en las entrañas.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Christian Jiménez
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Angel's Egg
6,9
1.458
Animación
10
11 de enero de 2018
9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ocasionalmente, el cine sirve de portal misterioso para llevarte a un universo de imposible lógica en el que toda fantasía puede ser realizada.
El cine de animación también, por supuesto, y como amante de éste tengo que decir que pocas veces he sentido una sensación parecida como la que experimenté con "El Huevo del Ángel".

Esa extraña sensación que tienes al creer que has sido transportado a otra dimensión, eso me sucedió. Allí es precisamente donde parece estar viviendo la niña de la historia, en otra dimensión, indescriptible a todos los efectos. Una niña que recorre las oscuras y frías calles de una ciudad aparentemente destruida por una catástrofe, entre anclada en un pasado victoriano y un futuro post-apocalíptico donde no cesa la lluvia, dedicándose a recolectar botellas llenas de agua y llevarlas al derruido edificio en el que habita en soledad y, lo más importante, a proteger un huevo con gran cariño y dedicación.
Digamos que su existencia pasa apaciblemente hasta que se presenta ante ella un misterioso hombre que porta una especie de bastón con forma de cruz; cada uno desconoce del otro su nombre, su pasado, su cometido y prácticamente no cruzan palabra, aunque él la sigue a todas partes como su protector, sobre todo porque le asalta una pregunta constante: ¿qué es lo que hay dentro del huevo?

Habían pasado ya casi diez años desde que el sr. Mamoru Oshii se introdujo en la industria del anime y el manga, escribiendo para la Tatsunoko Productions y comenzando como director eventual de animes como "Yatterman" o "Gatchaman", forjándose una reputación y dando el salto con "Urusei Yatsura", que realizó como director principal y desembocando en largometraje, dándole la oportunidad de dirigir su primera película de animación, con la que ya empezaría a mostrar su personal estilo. Tras crear el exitoso OVA "Dallos" decidió mudarse a los estudios Deen y embarcarse en un proyecto más trascendente para él.
En su juventud, aparte de venerar a Stanley Kubrick (hay influencias de "2.001" aquí), Oshii se convirtió en amante del cine europeo, sobre todo del surrealismo, viéndose marcado por Fellini, Tarkovsky o Bergman, cosa que se nota en sus trabajos, aunque la obra que realmente le inspiró fue aquel mediometraje francés de Chris Marker, "La Jetée" (base para la muy posterior "12 Monos"). Todas estas influencias y las ganas de concebir un OVA experimental y artístico se combinaron con la grave crisis de fe que estaba viviendo, pues era cristiano de religión.

Intentar buscar respuestas en "El Huevo del Ángel" es una tarea, cuanto menos, imposible. Lo único que hace Oshii es ponernos delante el escenario y dos personajes, el del hombre y la niña, quienes interactúan de una manera muy peculiar: reflexionando y haciéndose preguntas, constantemente (lo primero que dice la niña es "¿quién eres?"). Es la tónica del film, dejar cuestiones sin responder, mientras que el director hace alusiones importantes a la Biblia y a la religión desplegando un precioso, caótico y sombrío imaginario que cautiva a la vez que estremece, gracias a un diseño de animación detallista y una banda sonora casi mística.
Aunque hay puntos que sí se pueden intuir (la representación de Dios en ese gran ojo mecánico compuesto por estatuas humanas, la creencia de que el recién llegado sea un soldado de Dios (el bastón es una pista) o de que esa ciudad sumida en la oscuridad y la permanente lluvia, donde los hombres viven de falsas ilusiones y recuerdos marchitos (ven peces, pero no hay peces, porque ya no hay animales en la Tierra), haya sido condenada por el Gran Diluvio), sólo podríamos teorizar, ya que el camino a la verdad se encuentra totalmente difuminado por el empeño de Oshii, quien nos deja símbolos, metáforas, sensaciones y palabras, palabras de recónditos significados que, más que esclarecer, desconciertan.

¿De dónde viene el tipo que posteriormente se encontrará con la niña?, ¿los dos se conocen?, ¿la castiga por adorar a un falso ídolo, ese "pájaro" que en realidad es un ángel?, ¿en ella se halla la esencia misma de un ángel, o se pretende personificar en ella a la Virgen?, tal vez el hombre rompe el huevo para provocar que el espíritu salga del pálido y débil cuerpo de la niña, ¿y por qué el mundo donde suceden estos hechos tiene esa forma?...puede ser el Arca vista desde abajo. El caso es que ni el director nos lo va a decir ni lo vamos a averiguar así porque sí.
"El Huevo del Ángel" no es un rompecabezas para ser resuelto, es sobre todo una experiencia artística e hipersensorial con la cual el director trabaja para imbuirnos de cierto estado de receptividad, logrando simultáneamente que perdamos pie y encontremos una nueva relación con flujos de percepción excesivamente sutiles. Habitar el mundo creado por el nipón no es sencillo, sin embargo, y aun ausente de explicación, es un placer para los sentidos caminar en la oscuridad de las calles y entre los edificios de piedra junto a esa muchacha que llena vasijas con agua y custodia con ahínco su huevo y ese misterioso hombre que la sigue, entre amable y amenazante, dispuesto a cambiar su destino con un gesto que se desvelará tan atroz como significativo.

Fácilmente podemos hablar de la obra maestra de Mamoru Oshii. Solemos relacionar la animación japonesa de los '80 con cyborgs, ultra-violencia, rayos láser, sexo, monstruos y demás, craso error...
hay mucho más en esta década por descubrir.
Christian Jiménez
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10
8 de mayo de 2017
9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si no fuera por "Blade Runner" podríamos hablar fácilmente de la obra maestra de Ridley Scott. Y es que no es para menos.
"Alien" marcó una época, se destapó como todo un logro en el momento de su realización y fue una obra clave para el cine de ciencia-ficción y terror, imitada, plagiada y copiada multitud de veces y aún hoy día sigue invicta, quedando como una de una de las mejores películas de la Historia del cine.

Es su modo sobrenatural que tiene de atrapar al espectador y ahogarle en una atmósfera angustiosa, opresiva y de puro terror. Porque, a pesar de que algunos se quejan de su tan marcada ambientacion setentera (la vestimenta de Yaphet Kotto lo dice todo), consigue mantener en tensión, consigue agobiar cuando hay que hacerlo y pega sustos en el momento justo.
Scott no nos presentó el espacio como un lugar donde vuelan los lásers y hay combates vertiginosos de naves (en aquella época así se veía gracias a George Lucas), sino como un lugar silencioso, sombrío, fascinante y desagradable a la vez, tal como hiciera Kubrick 11 años antes con "2.001". Y es en ese lugar donde pueden surgir peligros súbitamente y desatar la peor pesadilla del ser humano, el ser acechado por lo desconocido. Ese es el terror que se baraja en este film: el terror ancestral del hombre hacia lo que desconoce, hacia lo que amenaza su humanidad.

Ahí el director se desvela como un auténtico maestro del suspense. La acción no es rápida, el riesgo no se sucede a toda pastilla como una de Michael Bay, sino que tarda en llegar, como en toda buena película clásica de terror, vigilando a su presa entre las sombras pacientemente hasta que llegue el momento preciso de atacar. Así funciona esta primera entrega de "Alien", la mejor. Quizá hoy en día para muchos puede resultar aburrida y pesada y prefieran ver gilipolleces como "Alien vs. Predator" o esa chorrada que ahora va a estrenar Scott llamada "Alien Covenant", pero lo que pasa es que hay que saber verla como es debido. Para el verdadero amante de la ciencia-ficción es insuperable.
Además, no sólo el estilo de la película, los impresionantes efectos especiales y demás aspectos técnicos son dignos de nombrarse, sino también el genial reparto, los pasajeros de la inolvidable Nostromo. Todos deslumbran: Stanton, Skerrit, Hurt, Ian Holm (el personaje más interesante de todos, dicho sea de paso), la estrella de la "blaxploitation" Kotto y, por supuesto, una sublime Sigourney Weaver como esa Capitán Ripley, entre fría y dura y a la vez sensual y débil, uno de esos personajes míticos del cine por el que pronto sientes un cariño especial.

Scott, con ayuda de Dan O'Bannon, recogió influencias de varios sitios, directores y géneros (la "2.001" de Kubrick, "Vinieron de Dentro de..." de Cronenberg o el "Dark Star" de Carpenter son algunas) y dio vida a esta cruda, cautivadora y enigmática, a partes iguales, obra maestra.
Un pilar del género que aún se mantiene conservando su magnético halo de misterio como el primer día.

Imposible olvidar el instante en el que el bicho sale del estómago de John Hurt...apabullante.
Christian Jiménez
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8
20 de noviembre de 2017
8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sí, y del bueno, señores, pero eso la gente parece haberlo olvidado.
Caso error si se ha hecho, porque en nuestro país muchos directores apostaron por introducirse en los parámetros del más clásico "noir", y no sólo lo vimos en décadas tan lejanas como los '50, dejando patente José Luis Garci que a principios de los '80 el género podía seguir reluciendo con "El Crack".

Si había un estilo que, efectivamente, pegaba en la segunda mitad de la época franquista ese era el cine negro, acogiéndose muchos cineastas a los códigos más conocidos del mismo ya que otros géneros cinematográficos acababan siendo objetivos fáciles para la censura de la época. A finales de los '50 y sobre todo en los '60, cuando en tierras estadounidenses el "noir" estaba empezando a convertirse en un mero recuerdo de otra época, dejando el camino libre a un tipo de películas muy distintas, aquí se concebían algunas pequeñas joyas como "A Tiro Limpio", "El Precio de un Asesino" o "El Expreso de Andalucía", destacando sobre todo los nombres de Julio Coll y Josep María Forn, pero de entre todas estas maravillas hoy relegadas al olvido más injusto, mi favorita siempre será "El Salario del Crimen".
En ella no podemos tener un esquema más visto y oído del cine negro: el típico policía duro y humilde que pierde a su compañero en acto de servicio y que, en el transcurso de la investigación se enamora de la "femme fatale" de turno, enamorada del lujo y el dinero, quien le está exprimiendo continuamente y consigue cambiarle hasta el extremo de infringir los códigos de la ley que en su día juró proteger.

El eficaz artesano Julio Buchs, que prácticamente había empezado su carrera y que con mano maestra conseguiría a lo largo de los años tocar un sinfín de géneros tan dispares como la comedia, el drama o incluso el "spaghetti western", siendo el encargado de la muy notable "El Hombre que Mató a Billy, "el Niño" ", que protagonizó Peter L. Lawrence, demuestra que se mueve como pez en el agua en el más tradicional policíaco con todos los clichés del cine negro heredados directamente del cine de Robert Siodmak, Fritz Lang o Norman Foster, donde tenemos descapotables, garitos más o menos decentes, mujeres fatales, trapicheos de drogas, chantajistas inoportunos, redadas en la oscuridad, corrupción policial y dinero ganado de forma sucia, todo salpicado de una banda sonora con saxofón de fondo.
Aunque Buchs filma algunas escenas en un tablao flamenco para que sepamos a qué país pertenece su película, sin duda todo el imaginario está vinculado al cine negro más puro, donde el director demuestra nervio a la hora de rodar y aúna suspense, violencia, elegancia y acción, con ciertas dosis del humor más castizo y un romance imposible que sirve de pilar a la trama.

Arturo Fernández, muy jovencillo él, realiza una actuación diametralmente opuesta a esos recurrentes papeles de ligón que de un tiempo a esta parte haría sólo en el ámbito de la comedia y por los que es conocido por todos los españoles; olvídense de eso, porque el hombre, sin abandonar esos aires de galán que le caracterizan, está brillante encarnando a Mario, ese agente de la ley que ya nos conocemos, el que se hizo policía porque su padre lo fue, el que siempre ha permanecido fiel a los rectos procedimientos de su profesión, pero el que cae al final en las redes de la autodestrucción por una mujer cuyo tren de vida es muy distinto al suyo. Mira que hasta el mismísmo Luis Sánchez Polack (sí, el alto de Tip y Coll) se lo avisa: "las mujeres, don Mario, que pierden al más inocente", pero él nada.
La encargada de hundir al protagonista es la preciosa actriz francesa Françoise Brion, y en papeles más secundarios tenemos a auténticos grandes de nuestro cine como José Bodalo, Tomás Blanco o un genial Manuel Alexandre que queda de miedo como el compañero del prota, el cual sirve para añadir la nota cómica.

Oscura a la par que entretenida, y con escenas tan memorables como la persecución por la corrala, el hábil atraco al banco o el duelo final entre Mario y el asesino de su compañero.
Sin duda una muestra del cine español que realmente merece la pena...al contrario del que infecta nuestras salas hoy día.
Christian Jiménez
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