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Oyû-sama

7,7
777
votos
Año
1951
País
Japón
Director
Reparto
Género
Drama
Sinopsis
Shinnosuke acepta casarse con Shizu con tal de poder estar cerca de su hermana Oyu, viuda y madre de un hijo. Las costumbres japonesas prohíben que Oyu se case porque su deber es educar a su hijo para que llegue a ser el jefe de la familia de su marido. Entre los tres se creará un extraño vínculo. (FILMAFFINITY)
Críticas ordenadas por:
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23 de junio de 2008
26 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tanto Kenji Mizoguchi como Yasujiro Ozu, paisanos y coetáneos, se volcaron magistralmente en los retratos de familias corrientes, legándonos extraordinarios y preciosos testimonios sobre la sociedad japonesa tanto de la primera mitad del siglo XX, como de otras épocas anteriores.
Ozu, con sus buenos y sencillos actores y sus minuciosas ambientaciones, rodaba la vida normal de una familia cualquiera, como si se metiera con su cámara en una casa y pidiera a sus moradores que simplemente se dedicaran a hacer sus tareas de siempre y a mantener sus conversaciones habituales. Mizoguchi hacía prácticamente lo mismo, pero tomando por la vertiente de los grandes dilemas que ponían en entredicho el honor, la respetabilidad y la prosperidad de familias enteras. Si podía ocurrir algún acontecimiento que alterase el orden corriente y amenazase la estabilidad de un clan, Mizoguchi ahí estaba para filmarlo con ese desgarro elegante y armonioso.
En este caso, la causa del dilema es la atracción que el joven protagonista, a quien presionan para que elija una esposa, experimenta hacia la hermana mayor de la chica con la que lo quieren comprometer. Pero esa mujer, la señora Oyu, es intocable. Aunque es viuda, tiene un hijo varón que debe convertirse en el cabeza de familia, y por lo tanto las normas no escritas de la conducta familiar le impiden volver a casarse.
Así que Shinnosuke, enamorado de Oyu, y Shizu, la hermana de ésta, se encuentran ante un terrible atolladero y deberán tomar una decisión muy, muy difícil...
En este drama se respira amor, delicadeza, belleza y dulzura en cada fotograma. Pero también la opresión de un ambiente reprobador.
Los exquisitos modales, las costumbres cotidianas, los hermosísimos paisajes, los sobrios pero elegantes interiores de las viviendas, las vestimentas, los rituales, la observancia del decoro y cualquier mínima alteración del mismo que da lugar a habladurías... Toda la cerrada sociedad que circunda a los protagonistas se deja sentir casi como un personaje más. Esa mirada severa y circunspecta del entorno que, tras su serena y amable apariencia, apunta con su dedo justiciero a quienes osen contravenir cualquiera de las rígidas normas de conducta.
La esplendidez de este drama romántico radica en su calidad etérea, en su buen gusto, en su sutileza, en su capacidad para sugerir delicadamente los mayores conflictos suscitados por el amor y por el qué dirán.
Como un juego de porcelanas chinas que hay que tratar con sumo cuidado y respeto. Como esas frágiles pinturas japonesas sobre papel. O como un quimono de seda elaborado por manos mágicas.
Nada hay que se salga de tono, nada estridente, nada que rompa la magnífica estética que transporta al espectador al corazón de Japón. Desde la maestría indiscutible de la fotografía hasta la artesanía de la música folclórica, todos los detalles nos regalan un billete de ida al que una vez fue el Imperio del Sol Naciente.
Vivoleyendo
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27 de junio de 2006
10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sencilla y hermosa historia de sentimientos como el amor y un afinado retrato de la cobardía humana. Magistral juego del tempo dramático, de las elipsis, del plano fijo. Mizoguchi saca partido de los elementos que le brinda el lenguaje del cine. Más sencilla todavía la presentación y desencadenante de la trama, del personaje de Oyu.
cassavetes
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7 de diciembre de 2009
8 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
“La señorita Oyu” (1951) Kenji Mizoguchi
“Para casarte con ella tendrás que secuestrarla y desaparecer”
Es un alivio poder girar el cuello a Este y Oeste, cinematográficamente hablando, y recibir distintos puntos de vista de las historias de siempre. A un lado, el poder del dólar, al otro, el pago en especias. Sería un error hacer un juicio de valor denostando la calidad del primero a favor del segundo (como suele oírse), o viceversa. Ambas corrientes agrupan virtudes y defectos.
Pero, sin duda, debemos estar agradecidos de que el cinematógrafo no apareciera al mismo tiempo ni de la misma forma en todas las zonas del planeta.
El giro de cuello que ahora me ocupa traslada nuestra mirada a la ciudad de Tokio. Es la década de los veinte, mientras el imperio de Japón se expande bajo la afilada batuta de Hirohito, un joven llamado Kenji Mizoguchi escala posiciones en la industria cinematográfica hasta dirigir su primera película “El día en el que regresó el amor”.
Pero de toda la nutrida filmografía de este conocido realizador me ocupará los siguientes párrafos una de sus mal llamadas “obras menores”: “La señorita Oyu”, un melodrama de principio de los cincuenta que contiene una sencilla y elegante historia de amor triangulada entre dos hermanas y un empresario.
(SIGUE SIN SPOLER)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Fernando Polanco
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3 de agosto de 2016
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Capas y capas de austera educación ocultan la pasión de las mujeres del antiguo Oriente. Sin embargo estos sentimientos se resisten a desaparecer y luchan por aflorar de una u otra manera, creando a veces situaciones más perversas que las que dicha educación pretendía evitar. Es la búsqueda de la cuadratura del círculo, de la felicidad, en un mundo que ha sido diseñado para no conseguirla.

Es esta maestría de Mizoguchi, la de conseguir hacer comprensible lo inasible, lo que diferencia este drama de relaciones de cualquier culebrón. Es la diferencia entre ahondar en la realidad misma y utilizar mecanismos estandarizados para captar audiencia, entre mostrar mediante un ejemplo una situación social difícilmente detectable, explicable -y que sin embargo es vital para entender lo que somos realmente- y mostrar simples enredos sin alma ni razón profunda detrás.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
jasikevicius
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23 de marzo de 2017
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
De todos los triángulos amorosos que el cine ha parido, que deben ser miles, el que nos presenta aquí Kenji Mizoguchi estaría en las primeras posiciones de la lista de los más raros e incomprensibles. Me atrevería a decir que incluso para el espectador que esté acostumbrado a la ética y costumbres niponas hay cosas que no acaban de cuadrar, y ello se debe indiscutiblemente a la ambigüedad de uno de los vértices de ese triángulo. Hay dos que lo tienen muy claro, el enamorado y la hermana con la que se casa, pero todo chirría cuando atendemos a las razones de la teórica protagonista, la señora Oyu, que no sabemos si ama o no ama, si se hace la distraída o es que es ciega.

Lamento posicionarme en contra de la actitud de la parte masculina, que no lleva al límite que yo esperaba sus actos. En lugar de tomar el sabio consejo que le ofrecen, secuéstrala y llévatela lejos si la quieres, decide vivir una existencia en la que ve negada su voluntad. Viene a ser un cobarde, para mí se equivoca y no tiene el valor de dejarse llevar por la pasión. Nuevamente, creo yo, otra actitud no se ajusta a lo que es la ética japonesa correcta.

De todos los directores japoneses considerados clásicos, es una opinión por supuesto, Mizguchi es el que menos atrae. Reconozco que mueve la cámara como los ángeles, que usa las elipsis de forma magistral y que nos enseña la vida del japonés tal cual era. Bien es cierto que aquí se trata de la vida de familias más bien acomodadas, no son los japoneses típicos de los primeros años de la década de los cincuenta... pero no importa, su fotografía en blanco y negro es una gozada y al menos sabe crear un clímax final que sí corresponde con todo lo que queda detrás.
Luisito
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