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Críticas de "Fresas salvajes"
Fresas salvajes
Notable
Ingmar Bergman
(1957)


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143 de 159 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Bloomsday   AA-licante (España)
Su valoración: Notable 30 de Agosto de 2005
Tras un sueño (de un carácter surrealista y expresionista muy marcado, recurriendo a numerosos símbolos) el profesor Borg decide iniciar un viaje en coche, un viaje físico e interior a la vez. A través de este viaje (contado con un estilo sencillo y sobrio, haciendo especial hincapié en los rostros de los actores) Bergman nos va desgranando sus temas recurrentes: las relaciones con los demás, el amor, nuestra posición ante la muerte... y a la vez nos muestra la vida del protagonista. Para ello se sirve de sus recuerdos de juventud y de los personajes que va encontrándose en su viaje a Estocolmo.

Borg es un hombre de éxito profesional (un eminente físico) pero fracasado en sus relaciones personales por egoísta (es un ser centrado en sí mismo y en sus preocupaciones) y por ser excesivamente racionalista (esto le llevará, por ejemplo, a perder el amor de su prima Sara, que prefiere a su hermano, un tipo menos inteligente que él pero mucho más “carnal” y cercano).

Así el personaje de la chica que recogen en coche representa a la mujer moderna (mucho más independiente) y sus dos pretendientes nos muestran la visión de Bergman sobre la lógica Vs. el misticismo. Por otro lado, Marianne (su nuera) supone el contrapunto al protagonista, es un personaje que decide vivir a través del amor y la emotividad, buscando la felicidad en la maternidad y luchando contra la decisión de su marido de no tener hijos.

Durante el viaje el protagonista irá tomando conciencia de lo realmente importante (el amor a los demás, vivir la vida desde la voluptuosidad y desde una cierta insensatez.) Descubrirá que la felicidad es lo realmente trascendental y no el exceso en la reflexión. Así, al tener cerca la muerte descubre que quizás no haya aprovechado del todo su tiempo y que quizás debió dedicar más tiempo a recoger fresas salvajes con Sara.

Lo mejor de todas formas es la presentación y el final (absolutamente colosales) y algunos momentos aislados a lo largo del metraje (los recuerdos de juventud sobre todo, especialmente el recuerdo de sus padres pescando), el resto tiene altibajos. Es una cinta tan sobrecargada que a ratos pierde algo de interés. Los dos personajes de los pretendientes a los que antes he hecho referencia, por ejemplo, me parecen decepcionantes, muy esquemáticos y metidos, para mi gusto, a la fuerza. También el matrimonio que recogen tras un accidente. Y como esto algunas cosas más que le restan energía (y tiempo) al núcleo principal de la película. Todo ello al final deja una sensación sólo parcialmente satisfactoria (para el nivel de Bergman se entiende, esta sería la obra maestra de un buen cineasta, pero el sueco es algo más que eso). La sensación de que sabes lo que te quieren contar pero que sólo a ratos han sabido hacértelo llegar de verdad.(8,4)
Bloomsday
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67 de 73 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Ludovico   Ávila (España)
Su valoración: Excelente 20 de Noviembre de 2007
En mi opinión, una de las grandes películas de la historia del cine, en la que, tal vez sin que Bergman se lo propusiera muy conscientemente, cristalizan de forma sistemática y coherentemente homogénea una serie de temas que andaban pululando por su cabeza —la relación con el otro, la posible o imposible transcendencia, el tiempo, la muerte, los sueños, el mundo imaginal... y, especialmente, la memoria—, y que aquí se conjugan armónicamente en el tema dominante del film: la reintegración existencial del ser humano.
Los dos sueños y, sobre todo, la dos rememoriaciones dan la clave de la película: la recuperación progresiva de la identidad real más allá del ego «social», del «personaje» que a cada cual le ha tocado en suerte representar. Y si el primer sueño es el desencadenante de la revisión integral de la vida del protagonista (Victor Sjöström), que se resiste a dejarse arrastrar al ataúd en que yace su yo socializado, el segundo sueño y, sobre todo, las dos rememoraciones, nos proporcionan los elementos claves de la reintegración de una vida que, en contra de lo que pretenden hacernos creer los prejuicios modernos, no se vive en el presente ni —aún menos— tiene su razón de ser en el futuro. Justamente al contrario, somos, esencialmente pasado. «El pasado no ha muerto; en realidad, ni siquiera está pasado», decía Faulkner con una de las frases más lúcidas que se han pronunciado en el último siglo y que Bergman despliega y recrea con maestría sapiencial. Somos esencialmente pasado, nuestra realidad no es el instante presente, sino toda nuestra vida, que se hace íntegramente presencia en el instante atemporal del conocimiento. La vida es una, en su unidad, en su totalidad, sin partes que hayan quedado atrás; y su reintegración, a lo largo del viaje iniciático que el protagonista recorre en su interior (viaje interior o verdadero, simbolizado por el viaje «exterior» en automóvil) hacia la posible culminación en el retorno al origen, en la recuperación de la existencia dispersa como unidad esencial, en la asunción de la identidad real. Viaje que puede llevar de la oscuridad a la luz (obsérvense detenidamente la relación entre el plano inicial de la película, tras el prólogo que antecede a los carteles de crédito, con el protagonista en la cama, y el plano final).
Película cargada de sentidos y de claves, probablemente mucho más hondos, incluso, de lo que el propio Bergman llegó a suponer y, por supuesto, de lo que estas breves líneas pueden siquiera sugerir: una excepcional obra maestra.
Ludovico
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Servadac   Madrid (España)
Su valoración: Excelente 10 de Mayo de 2009
Fresas salvajes es un canto onírico, imperfecto y maravilloso a la soledad que anida en la raíz del ser humano. Es un autorretrato del hijo a través del padre (acaso la forma más íntima de retratarse, la más sincera). Es una búsqueda perpetua e imposible. La infancia en la vejez.

“Modelé una figura que exteriormente se parecía a mi padre pero que era enteramente yo. Yo, a los treinta y siete años, aislado de relaciones humanas, relaciones que yo había cortado, autoafirmativo, introvertido, no sólo bastante fracasado sino fracasado de verdad. Aunque exitoso. Y capaz. Y ordenado. Y disciplinado.”

Fresas salvajes no sería lo mismo sino fuera por la presencia de un gigante: Victor Sjöström. Sus ojos, su mirada, la forma de inclinar la cabeza hacia lo alto. El infinito detrás de las pupilas.

“Victor Sjöström me había arrebatado mi texto y lo había convertido en algo de su propiedad, había aportado sus experiencias: su propio sufrimiento, misantropía, marginación, brutalidad, tristeza, miedo, aspereza, aburrimiento. Había ocupado mi alma en la forma de mi padre…”

De ese modo, la riqueza de la cinta se duplica. La realidad del alma traspasa la pantalla y se hace celuloide. El padre se desborda y el hijo no consigue confinarlo en un trocito de papel.

===

Quisiera haber escrito este magnífico poema para celebrar Fresas salvajes. Andrés Neuman se me adelantó, le puso letra y música a mis pensamientos.

(LOS ERRORES PERFECTOS)

La simetría: un animal sagrado
que pide ser sacrificado al sol.
El rigor cuando sueña se convierte
en un círculo blando que se abre
inundando de zumo
la razón y sus formas.

El ansia por lo exacto
conduce, si es sincera, a lo imperfecto.
Sé que la perfección
es el arte marcial del temeroso,
que toda proporción bien entendida
renuncia al consumarse.

Generosos errores, necesito
belleza improvisada.

ANDRÉS NEUMAN
(El resto de la crítica puede contar partes de la película) Ver todo
Servadac
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FATHER CAPRIO   Almeria (España)
Su valoración: Notable 13 de Julio de 2007
A estas alturas del siglo XXI con más de cien años de cine a nuestras espaldas es difícil de creer que alguien se siente a ver una película de Ingmar Bergman sin saber lo que con toda seguridad se va a encontrar. Ni siquiera las últimas generaciones de cinéfilos pueden aducir desconocimiento porque curiosamente, aunque son las últimas en el tiempo son las primeras en estar informadas.

Los que amamos este arte y damos gracias a los Lumiére por ello, sabemos que hay directores que cuentan cosas y directores que dicen cosas. Y Bergman es de los que dicen. Y por ello hay que tener los ojos y también los oídos muy pero que muy abiertos. Su cine no es una invitación a la reflexión sino que reflexionar es una obligación. Y por ello, para algunos, entre los que me contaba, genera un cierto rechazo. Es realmente difícil de digerir pero cuando lo consigues es altamente gratificante.

Concretando, Fresas salvajes es, posiblemente, la película idónea para acercarse al cine de Bergman. Tiene de todo un poco, pero sin extralimitarse. Encontramos sueños surrealistas, una road-movie existencialista y por encima de todo, preguntas y más preguntas sobre el sentido de la vida ante la inexorabilidad de la muerte.

Y es inevitable quedarse sentado en el sillón, acabada la proyección, reflexionando. Intentando sacar el “jugo” a la película. Y eso no es fácil. Incluso puede que cunda el desánimo. Pero si se consigue superar esta fase con alguna conclusión, no con las de otro sino con las nuestras propias podremos enorgullecernos de lo logrado y exclamar: ¡Prueba superada!.
FATHER CAPRIO
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helen   Madrid (España)
Su valoración: Muy buena 14 de Marzo de 2008
Un médico va a recibir un homenaje de su universidad. Repentinamente, tras un sueño en el que contempla su propio cadáver, decide emprender el viaje en coche con su nuera, que se ha ido de casa de su hijo tras una discusión por su embarazo. Durante el viaje parará en la casa donde pasaba sus vacaciones de niño, donde crecen fresas salvajes y donde tuvo su primer amor...
Mi primera vez con Bergman fue Fresas salvajes, y desde entonces, se ha convertido en mi favorita. ¿De qué trata? Del viaje final de un viejo profesor, que desgrana sus frustraciones mientras se dispone a recibir el doctorado honoris causa en Lund junto a su nuera, que sueña o recuerda experiencias y amores. Rodada inmediatamente después de El séptimo sello, su segunda mejor baza, su guión, no ganó el Oscar que se llevó Confidencias a medianoche, justo el año que arrasó Ben-Hur. Victor Sjöstrom, maestro del cine mudo, recibió por su interpretación el gran premio del Festival de Berlín de 1958. Es un gran clásico, y es por algo.
Una película de esas de antes, una maravilla de apenas hora y media de duración, una de las joyas imprescindibles del cine, otro de los míticos filmes del maestro. Esa pesadilla inicial, tan desasosegante, digna de cualquier película de terror, de esas de "sugerir en vez de mostrar". El tan académico uso del flashback, que yo también estudié, y tan simple, a la vez. La gran virtud de Fresas salvajes es su riqueza narrativa, con esa alternancia de planos objetivos, del presente, con planos subjetivos, del subconsciente y del pasado del protagonista. Ingenua, quizá, pero se agradece.
El motivo principal de la película, aparte de su naturaleza onírica y de reconciliación con la vida, es el protagonismo del viejo maestro. Un maestro que creemos todo bondades, pero que tiene mucho que aprender de la vida. Fuera amarguras. El retorno a la niñez como la única felicidad posible. Estupenda road-movie, en la carretera y hacia el interior. Hacia la luz. Que sea poco creíble esa cariñosa amistad que recibe de los tres jóvenes que conoce por el camino... No importa. Esto es cine.
Siempre que había tenido un día triste soñaba con su niñez. Pobre maestro. ¿Resultó un día triste al final? El viejo maestro reflexiona sobre si ha desperdiciado su vida. Todavía te queda tiempo; más vale tarde que nunca.
helen
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