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España España · barcelona
Críticas de alex
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10
15 de octubre de 2007
158 de 188 usuarios han encontrado esta crítica útil
John Lennon, al que unía una amistad con Dan Richter, el mimo que interpreta al homínido encargado de lanzar el hueso que dio lugar a la más famosa elipsis de la historia del cine, dijo en cierta ocasión que “2001 una odisea del espacio” se debería proyectar en las iglesias 25 veces al día. Estoy plenamente de acuerdo con él.
Tal vez su desmesurada ambición a la hora de abordar los asuntos más trascendentes sea la razón de que esta película haya dado lugar a más interpretaciones que ninguna otra. A este respecto convendría recordar las palabras del propio Kubrick cuando afirmaba que había concebido la película como una experiencia sensorial más proclive a ser captada por esa intuición infantil con la que nos abrimos, maravillados, al misterio del universo, que por la lógica convencional con la que cartografiamos la realidad con el fin de volverla manejable.
El tema principal de la película sería, a grandes rasgos, la evolución de la vida (o de la conciencia) en el Cosmos. Una evolución puntuada por saltos paradigmáticos provocados por una misteriosa fuerza (el monolito), que tanto podría aludir al Vacío budista, a inteligencias extraterrestres, como a Dios; en este sentido, los dos últimos conceptos podrían solaparse, pues seguramente existan en el Universo formas de vida tan evolucionadas que podríamos atribuirles cualidades divinas.
Pero 2001 obvia tanto las mitologías religiosas tradicionales como los clichés sobre extraterrestres, para proponernos un viaje mítico, que a semejanza de las antiguas epopeyas conducirá primero a la especie, y luego al héroe individualizado hacia dimensiones desconocidas, que al final le llevarán, presumiblemente, a reencarnarse de nuevo (ley de la conservación de la energía, universo cíclico). Y tal vez, del mismo modo que las máquinas acabarán teniendo un alma, acaso el hombre termine transformándose en Dios (por denominarlo de algún modo).
Eso nos llevaría a otro de los temas a los que alude 2001: la dualidad entre inteligencia (o vida) “natural” y “artificial”. Una dualidad ficticia, pues a partir de cierto nivel de desarrollo la frontera entre “natural” y no natural, entre máquinas y seres biológicos, así como entre dioses y todo lo demás, tiende a desaparecer. Y así, la burocrática frialdad de los astronautas contrasta con la tortuosidad existencial de HAL, en el fondo más “humano” que estos.
Entrando en aspectos técnicos, destacaría el acierto de su ritmo pausado, así como la excelencia de la música, el sonido, y la soberbia fotografía y decorados. En cuanto a los efectos especiales: aun impresionan por su realismo pre-infográfico.
Un apunte anecdótico: por azares del destino, la casa de Gran Hermano (versión inglesa) está emplazada en lo estudios Elstree, a corta distancia de los desaparecidos estudios MGM donde se rodó 2001. Una vez rebasado, pues, el mítico año 2001, el ojo cibernético de HAL ha sido reemplazado por el ojo de Orwell, ahora transubstanciado en espectáculo televisivo.
alex
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10
27 de noviembre de 2006
109 de 122 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me resulta difícil de racionalizar, pero lo cierto es que de algún modo esta película tiene la capacidad para pulsar resortes olvidados, o quizá nunca reconocidos, de nuestra sensibilidad; se trataría de una especie de secreta conexión entre el hombre y sus pasiones con ciertas dimensiones del espacio y en parte, del tiempo.
Podría referirme a su espléndida fotografía, a los sugerentes escenarios, al encanto, pero también gravedad que transmiten Monica Vitti y Alain Delon en la cumbre de su apostura juvenil. Pero me centraré en tratar de desentrañar los significados de sus misteriosas y a veces desconcertantes imágenes.
Creo que en esta película se nos propone una nueva vuelta de tuerca sobre las temáticas habituales en el cine de Antonioni (la incomunicación, la fragilidad de las relaciones humanas, la alienación del hombre en el mundo moderno), pero dentro de un contexto que se podría calificar de metafísico. Tal es así, que aunque el fantasmagórico edificio en construcción o la astilla de madera empiezan siendo, como en cualquier película convencional, meros decorados o elementos de atrezzo, acaban sin embargo convertidos finalmente, no solo en inamovibles testigos, sino también en verdaderos protagonistas de la narración, hasta el punto que los hasta entonces protagonistas de carne y hueso acaban por desaparecer del escenario de sus encuentros. Así pues, el escenario se revela finalmente como más “real” e importante que los propios personajes; tal es la estratagema que nos propone Antonioni con el fin de poner de relieve la fragilidad de estos, así como la contradictoria fugacidad de los sentimientos que los animan. Es como si la materia inerte, huérfana de conexión con sus antiguos habitantes adquiriera de pronto una cualidad extraña. Una cualidad que también tendría algo de correlato material de la situación anímica de los protagonistas.
En mi opinión, esta usurpación deviene finalmente una metáfora inquietante de la fugacidad de la vida humana. Porque las pasiones juveniles, los bellos gestos, risas, y miradas, por muy maravillosos que nos hayan parecido, están condenados a desaparecer y a perderse en el olvido. ¿Y qué es lo que queda entonces, al final? Prácticamente nada. Solo un borroso y melancólico recuerdo flotando en los ahora desolados espacios, testigos silenciosos del eterno –y quizá intrascendente a la postre- drama del devenir humano.
Pero como otras grandes obras de arte, esta película está abierta a múltiples significados. Quizá sería mejor limitarse a dejarse embriagar por la impronta que sus imágenes hipnóticas producen en nuestros sentidos. Esas miradas ambiguas de los protagonistas después de haber cruzado el paso de peatones. Las cortinas de cáñamo cubriendo el silencioso edificio convertido en extraño y fantasmagórico tótem. O la astilla de madera otrora tocada por una mano ilusionada, y ahora flotando a la deriva en el agua que fluye inexorablemente hacia la alcantarilla.
alex
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10
29 de diciembre de 2007
98 de 121 usuarios han encontrado esta crítica útil
Así como Hitchcock es el maestro del suspense y la narrariva, digamos tradicional, en la medida en que consigue nuestra atención a base de llevarnos, como en una montaña rusa, a través de un planteamiento, un nudo -con sus consiguientes subnudos o puntos culminantes- y un rápido desenlace, Antonioni es el maestro de la subvesión narrativa, de la destrucción de los códigos dramáticos tradicionales. Y así en su cine (igual que en la vida) puede ocurrir que determinado planteamiento no tenga forzosamente que llevarnos a un desarrollo y luego a un desenlace. Es un cine en el que toma más importancia el subtexto que el texto, lo que se oculta que lo que se expone, el silencio y la quietud (que nos remiten a la meditación o a la contemplación) que los fuegos vacuos de la convecionalidad dramática. Pero lo mejor de todo es que siempre hay un elemento de elegancia, de rigor, y sobre todo, de misterio, que se sustrae a ser analizado por la lógica. Y tal vez el arte sea eso.
alex
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10
1 de marzo de 2007
83 de 94 usuarios han encontrado esta crítica útil
A veces no somos capaces de apreciar lo que tenemos, ni de mostrar nuestro amor, hasta que lo que amamos desaparece. Es esta una experiencia universal, y en este sentido todos podemos identificarnos con ese tosco Zampanó.

Esta inolvidable obra maestra de Fellini narra la interrelación entre dos seres aparentemente opuestos, pero que sin embargo tienen algo en común: su errante soledad y su dificultad para encajar en el mundo.

Y su experiencia en común a través de las distintas etapas de su periplo son los hilos que tejerán su mutuo aprendizaje, además de un afecto por el otro que no siempre sabrán expresar.

Es precisamente este amor no expresado, no desarrollado, el amargo combustible que prenderá el fuego emotivo de la escena final, una de las más tristes y bellas de toda la historia del cine.
alex
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10
7 de diciembre de 2006
66 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil
Realmente no hay palabras para describir la intensidad emocional de esta película. Creo que en ninguna otra película he derramado tantas lagrimas. A mi juicio ese es su mayor merito: la increíble pericia y sensibilidad para emocionarnos en lo más profundo. Y todo ello, sin más armas que una buena historia transitada por unos personajes entrañables. Unos personajes, que como casi todos nosotros, viven escondiendo unas profundas heridas, cuyo último destino -no podría ser de otra manera- es remontar el pozo de la verguenza y la culpa, y finalmente salir a la luz. Es en esta exteriorización donde se encuentra la llave de la curación. Y a la postre, también del perdón.
alex
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