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Críticas de AlvaroFaure
Ordenadas por:
30 críticas
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8
10 de diciembre de 2016
67 de 83 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tengo cinco películas favoritas de Jim Jarmusch. A día de hoy, soy incapaz de poner una por encima de otra ni ordenarlas de ninguna forma, pertenecen a universos distintos, generan sensaciones completamente diferentes y se sienten como obras únicas e independientes.

«Dead Man» es un viaje espiritual que a ratos se siente como un viaje físico, una obra cautivadora dirigida principalmente a los sentidos. «Broken Flowers» se mueve en otra dirección, es una cinta conceptual que presenta en sus personajes y sus acciones ideas abstractas que el director busca analizar. Su objetivo es el intelecto, pero es capaz de emocionar.

En «Ghost Dog», al margen de sus hallazgos estilísticos, prima el encanto, poblada de entes jarmuschianos rebosantes de vida. Es una película que cala hondo y llega al alma. «Only Lovers Left Alive» parecía coger un poco de todo: el planteamiento conceptual de «Broken Flowers», la experiencia audiovisual de «Dead Man» y la vitalidad de «Ghost Dog», pero en esencia, su virtud es la fuerza, un torrente cinematográfico que cala hasta los huesos.

Jarmusch ve el póquer de maravillas, y no duda en subir a escalera de color. Su maravillosa filmografía se redondea con «Paterson», una obra delicada, íntima, cotidiana y hermosa, enorme en su aparente pequeñez y compleja en su supuesta sencillez que apunta al fin a aquello que su autor siempre había rozado con mayor o menor fortuna, acertando en esta ocasión de lleno en pleno corazón. Cinco obras maestras, cada una para un estado de ánimo particular.

«Paterson» parece para aquellas noches en que una suave tristeza nos embarga, hace tal vez algo de frío, quizá nos sentimos solos, probablemente echamos de menos a alguien y seguramente necesitamos un abrazo. Es una película tierna, seria, dulce e inteligente con capas y capas para ver una y otra y otra vez y seguir descubriendo cosas al tiempo que nos preguntamos, supongo, al enésimo visionado si preferiríamos ser un pez y por qué no otro animal.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
AlvaroFaure
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7
1 de octubre de 2016
25 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
«Ella abisma la mirada en el suelo y él en sus ojos, alma adentro con la esperanza del reencuentro»

Suena un tema muy antiguo, «una canción romántica, quizá un poco cursi» en el interior de un local de Madrid. Una luz roja baña el rostro de los protagonistas, a sus espaldas un espejo refleja la figura del cantante brillando en azul y la pobre labor interpretativa de los actores no logra restar emoción a una de las escenas con más vida que he visto en mucho tiempo.

«Diminuto fragmento de una vieja emoción»

Cuando escribí sobre su ópera prima, hablé de la conexión por identificación y de cómo el cine de Jonás Trueba la sortea casi sin proponérselo. Tal vez mucho de esto tenga que ver con el hecho de que su autor hace cine para él y probablemente sobre él, de forma que no plantea situaciones con las que te puedas identificar per se sino que plasma su propia vida con tanta pasión que sus escenas desbordan una emoción real y palpable con la que podemos conectar aunque no hayamos vivido realmente ninguno de esos momentos.

Un joven de 15 años lleno de ilusiones escribe sobre un papel la más bella declaración de amor: el deseo de acompañar a esa persona hasta el fin de sus días, la imposibilidad de imaginar un futuro sin ella al que pronto se tendría que enfrentar. Los viejos cuadernos encierran las emociones desnudas de la juventud, las antiguas cartas albergan los deseos sin materializar, las promesas incumplidas y las ilusiones rotas. Jonás no escribe sobre ellas, sino que las rescata de la papelera y las devuelve a la vida, tratándolas con el respeto y el cariño que merecen aquellos fragmentos de lo que fuimos.

«Palabras borrosas que te hicieron llorar».

En una entrevista, el realizador afirma que le gusta el cine que le genera vergüenza. La incomodidad ante lo cursi y ñoño de los textos del pasado se refleja en la cara del protagonista que relee a su yo de entonces, y es exactamente la reacción que la segunda parte de la cinta pretende generar en el espectador, pues supone la apertura del baúl de los recuerdos que oculta en su fondo las frases edulcoradas nacidas de la emoción del primer amor. Quien sale indignado ante el derroche de cursilería que despide la segunda mitad de la película ha olvidado algo muy importante que Trueba deja caer en la primera parte: la lectura ha de hacerse en el tono adecuado. Nadie recita poesía con la pasividad con que examina un manual de instrucciones, ¿cierto?

Es una tarde tranquila en un parque, hace tiempo que pasó la hora del almuerzo y queda aún para la hora de cenar. Dos jóvenes se abrazan tímidamente y se separan para observarse. Es el reencuentro tras mucho tiempo sin verse, tras una historia de amor con punto final antes de tiempo –o quizá justo en el momento exacto–. Sonríen y la sonrisa es sincera pero en ambos casos se entrevé un leve gesto de amargura: la radiante luminosidad por volver a estar juntos la empaña levemente la suave melancolía por los sueños rotos y el recuerdo de un pasado feliz el uno al lado del otro.

«Y ni siquiera sientes pena sino la pena de no sentir dolor»

Jonás Trueba ha construido una obra que, girando en torno al recuerdo, mira con ilusión hacia el futuro. Su segunda parte es el relato de dos adolescentes enamorados, con la mochila llena de planes, motivaciones y altas expectativas, ilusionados por lo que vendrá, incluso temerosos por lo que se están perdiendo, por lo que les depara el mañana. La primera parte, nostálgica y agridulce, cargada de viva felicidad pero con el corazón encogido, se siente esperanzadora, como echar un vistazo atrás, sonreír por lo vivido y decirse a uno mismo que qué bonito aquello que pasó. Ambas mitades se nutren mutuamente, la una no es nada sin la otra, la otra no tiene sentido sin la una. Las dos encierran e irradian lo mismo.

Él vuelve de madrugada, vuelve de visitar el pasado, de reencontrarse con la chica del recuerdo, la que lo dejó por posibles anhelos, ni siquiera por algo concreto. Ha sido maravilloso volver a estar junto a ella, sentir esas emociones, revivir los viejos tiempos, los momentos que pasaron juntos. Ella le pregunta cuándo se va. Aún queda. «¿Vais a quedar otra vez?» añade. «No» responde él. Al pasado hay que volver para recordar y aprender, no para quedarse, piensa seguramente él cuando baja la mirada en busca de un porqué.

«Duras penas, eso nos depara. Porque nadie sabe nada de su propio amor»

Es difícil hacer una gran película, pero lo más difícil de todo es hacer algo que desborde vida, porque para ello hace falta pasión, hace falta emoción y hace falta valor para hablar de lo que te importa. Y son difíciles de encontrar estas obras. Muy rara vez un cineasta da con el momento adecuado para hablar de lo que quiere como quiere y a quien quiere y cuando eso ocurre la película brilla con luz propia y desde el primer minuto te atrapa entre sus brazos con su irresistible encanto. Pero para eso hace falta sentir verdadero cariño por lo que cuentas y, sobre todo, por la forma de contarlo.

«¿Sabrán repetir después las palabras que se dicen los amantes y ponerlas en los labios como nunca dichas antes? El mundo encierran y el cielo pertenece a quien las diga. Por eso cuestan la vida. Por eso cuestan la vida»
AlvaroFaure
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10
23 de abril de 2016
17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Vamos a divagar.

Supongo que lo mejor sería que no me gustase «Inland Empire».

Quizá no viviría tan feliz como vivo sabiendo que existe una película así a la que poder volver cada vez que lo necesite, pero viviría mucho más tranquilo, porque «Inland Empire» es fácil de criticar, pero difícil de defender, porque las críticas apelan a lo racional y las defensas a lo sensorial y todo el mundo entiende unos argumentos pero es difícil encontrar a alguien que comprenda tus sentimientos. Hay quien ha escrito mucho y muy bien sobre ella, pero no sirve, y no sirve porque si no te gusta tanto son palabras en un idioma extraño. Lo sé porque me ha ocurrido, porque hace meses me empapé de textos que la alababan y la describían como la experiencia definitiva y no comprendía nada, habían visto otra película. Estaban mintiendo o exagerando.

«Al ver Inland Empire en el cine, pensé que era tan sólo una película notable»

Supongo que es cuestión de encontrar el momento. Ocurre con todo el cine de Lynch, y en especial con «Inland Empire», que te exige un estado de ánimo muy particular. Mi primera vez con ella no sabía qué era lo que iba a ver. Ciertamente tenía muchas ganas de ver «Inland Empire», pero no tenía ganas –y no sabía que esto ocurría– de «Inland Empire». No me lo pedía el cuerpo como cuando ayer de madrugada supe que tenía que volver a verla porque me moría por perderme en sus imágenes. Antes de esta revisión, mi opinión sobre ella era la de alguien que no ha visto la misma película, porque durante 3 horas observé la experiencia desde fuera, en la oscuridad, a través de las ventanas llenas de vaho. Ayer, de la misma forma que Kubrick me abría las puertas de la mansión en «Eyes Wide Shut» invitándome a un universo desconocido y especial, Lynch decidió dejarme pasar y ver la película desde dentro, como nunca antes la había visto, completamente absorto ante sus imágenes.

«Entiende el camino del largometraje no como un avance lineal, sino en profundidad»

Cuando vi aquella película que creí identificar como «Inland Empire» me chirriaron muchas cosas. También encontré en ella destellos de un genio y la magia de un cine que me apasiona, que consiguieron levantar considerablemente una cinta irregular y caótica. Anoche nada fue así. Las escenas que habían terminado por irritarme en aquella ocasión me resultaron ahora increíblemente absorbentes y aquello que consideré una maraña sin sentido se desvelaba como una obra riquísima en detalles, profundísima y con una coherencia interna que si es posible confío en desentrañar alguna vez. ¿Alguna vez habéis probado a pensar cómo imaginaríais la tridimensionalidad si solo hubieseis existido en un universo bidimensional? De no ser así, pensadlo un momento. ¿Os sería imaginable? «Inland Empire» se extiende en múltiples dimensiones, avanza y retrocede, se contrae y expande adaptando formas que nunca habían tenido representación en el audiovisual. La primera vez que la vi me molestó la cámara digital. «Qué feo» pensé. «Por qué» me preguntaba. Esta vez ni me inmuté, estaba dentro flotando en su universo multidimensional, estaba viéndolo desde el interior, desde un punto de vista completamente ajeno al que te otorga la distancia de un visionado sin conexión.

Chorradas y más chorradas, supongo.

Ya lo he dicho, es una película cuyas alabanzas vienen escritas en sensaciones codificadas por métodos que impiden traducirlas y exponerlas al mundo. Hay que divagar, escarbar, remover y expulsar lo que uno lleva dentro para intentar dar con algo que permita traducirlas de alguna manera a palabras que sin verdadero sentido permitan representar lo que en bruto hay dentro de nosotros.

«Podemos separar la historia, averiguar cómo cada pedazo encaja con el otro, cómo una parte del patrón responde a la otra, pero uno tiene que poseer dentro de sí alguna célula, algún gen, algún germen que vibre en respuesta a sensaciones que uno no puede definir ni ignorar».

Lynch a lo largo de una filmografía increíble ha hecho lo más grande que se le puede pedir a un artista: ha desempolvado mi interior y ha despertado en mí las emociones más fuertes, puras e indescriptibles que me ha generado el cine. Ha desatado en mí un huracán de sensaciones que es imposible de trasladar a palabras coherentes. Por eso sería más fácil que no me gustase «Inland Empire», porque no haría falta que me sintiese impotente. Aunque sería muchísimo menos feliz.

En fin, gracias de nuevo, Lynch. Lamento no estar a veces a la altura de lo que me pides. Seguramente aún siga sin estarlo. Algún día, tal vez. Solo espero que no te mueras, porque mientras sigas vivo hay un motivo más para levantarse cada mañana esperando que más pronto que tarde llegue otra más y podamos volver a experimentar algo único por primera vez. Algún día, tal vez, ¿no?

Dije que iba a divagar.
AlvaroFaure
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9
5 de abril de 2016
13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Chantal Akerman filma imágenes de la ciudad de Nueva York. Un paso de peatones, una calle poco transitada, otra abarrotada, un paseo en el metro, el exterior de un negocio, un paso subterráneo, un establecimiento de comida rápida...

Sobre estas imágenes, la cineasta narra las cartas que recibe desde su casa en Europa. En ellas, su madre le cuenta cómo les va en el Viejo Continente, le da consejos, le envía dinero y le pregunta cuándo volverá aunque sabe que no será pronto. "Lo más importante es que estés feliz" dice a menudo.


Imágenes compuestas de asfalto, hormigón, hierro, aluminio, plástico y madera. Grandes y pequeñas construcciones, quietas o en movimiento, frías o calientes, de seres vivos o de objetos inanimados. La imagen es lo concreto, lo tangible, lo instantáneo, la insípida y seca realidad.

Sonidos que forman palabras, palabras en francés que hablan de otra vida, de otra gente en otro lugar. Palabras que hablan de otro tiempo, en otras circunstancias. Palabras llenas de tristeza por la ausencia del ser querido y de infinita alegría por su felicidad. La palabra es lo abstracto, lo intangible, lo esquivo, lo inaprensible, el ilusorio e inalcanzable recuerdo.


La imagen es el presente.
La palabra es el eco del pasado.

Las imágenes de «News from Home», por sí mismas, no valen nada. Las misivas desde Francia, por sí mismas, no tienen mayor interés que el valor emocional pueda encontrar en ellas quien las recibe. No es la grandeza de las partes, es la belleza del conjunto. Pocas cosas más hermosas he podido experimentar como la emocionante reacción que surge de combinar la imagen seca, fría y muerta del presente con la tierna voz del pasado que en la oscuridad de una lluviosa calle de Manhattan susurra:

«Escribe pronto, por favor. Estamos orgullosos de ti».
AlvaroFaure
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3
29 de septiembre de 2016
21 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
La progresión de Alberto Rodríguez en sus dos últimas películas era envidiable. «Grupo 7» era un fantástico boceto de lo que terminaría por redondear en la impecable «La isla mínima», donde se confirmaba como un gran realizador, capaz de construir atmósferas incómodas, inquietantes o misteriosas sirviéndose del entorno en que tenía lugar la acción.

No inventaba nada nuevo, es cierto, pero poco a poco iba perfilando un estilo propio a la manera en que Fincher –otro magnífico generador de atmósferas– lo había ido logrando tiempo atrás, bebiendo de los más talentosos pero bajo su propia mirada. Parecía que en unos años podríamos hablar de películas con herencia del cineasta español, palpar su huella en futuras producciones y, en definitiva, hablar de un nuevo filtro en el thriller policíaco.

Así, si bien parecía que con «La isla mínima» tocaba techo, cabía esperar que Rodríguez siguiese trabajando en la misma línea, pero cuando la construcción de una propia identidad cinematográfica estaba más próxima, se decide a cambiar totalmente de rumbo con «El hombre de las mil caras», la crónica de un caradura que supone un estancamiento en esta evolución y que se siente como una película que ya hemos visto un millón de veces.

«El retrato de un país» escribían algunos tras el pase. «De qué país» me preguntaba yo incrédulo. Alberto Rodríguez, que había sabido exprimir como nadie el entorno de sus películas –los peligrosos rincones de la Sevilla pre-Expo o las marismas del Guadalquivir en su obra maestra– firmaba una obra absolutamente impersonal, un thriller que repetía las fórmulas de las producciones estadounidenses y que es tanto el retrato de España como podría serlo de Guinea Ecuatorial.

De esta forma, «El hombre de las mil caras» es una «nueva» historia contada como otras tantas antes, que seguro generará fascinación en quienes desprecien el cine patrio, encumbrando una obra que bajo bandera americana considerarían del montón, pero que vestida de rojo y gualda se siente nueva y especial, hija de un país en el que «no se hace buen cine». Rodríguez, olvidando las lecciones de dirección que nos había brindado, cae en el lado de lo pretendidamente resultón, con escenas incomprensibles como esa rueda de prensa filmada a oscuras y con pirotecnia en un intento de ocultar con dinero y fuegos artificiales que en esta obra no hay voluntad de hacer un gran cine, sino de trasladar una interesante historia a la gran pantalla y que quede suficientemente «chulo».

Y esto está muy bien, pues quien no quiera leer el libro puede ver la película, quien no conozca la historia puede informarse sobre ella y quien participe en el proyecto se embolsará un buen dinero. Pero quienes venimos buscando en este nuevo trabajo un ejercicio cinematográfico a la altura de sus anteriores obras no podemos ver aquí más que un paso atrás: un talentoso director haciendo lo que podría hacer cualquiera con algo de dinero y un buen relato.
AlvaroFaure
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