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Críticas de forolibro
Ordenadas por:
10 críticas
1 2 >>
7
29 de marzo de 2017
10 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
CRÍTICA: (7,0)

Matrix Reloaded (Hermanos Wachowski 2003, a día de hoy herman@s), nos introduce la siguiente problemática acerca de la evolución, la dependencia, y la supremacía de la evolución del género humano. En Matrix nos cuestionábamos si la creación de las máquinas con inteligencia artificial podía ocasionar la esclavitud del género humano, dejando a los complejos sistemas robóticos como únicos testigos de la evolución humana. Precisamente una evolución sin humanos. Pero como indicaba Neo, siempre podemos apagarlas, el dominio de la evolución lo tiene el ser humano y su botón omnipresente de On/Off, aunque esto conlleve la carestía de las comodidades más esenciales, podríamos subsistir sin ellas. En el mismo año 2003 veíamos como la red Skinet en Terminator 3 (Jonathan Mostow) se sublevaba para evolucionar hacia un estrato donde el ser humano es prescindible mano de obra barata.

En la obra cumbre de Philip K. Dick ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?, llevada al cine con el nombre de Blade Runner (Ridley Scott – 1982), se exploraba muy a fondo la filosofía, autoconocimiento y ética de los replicantes en un entorno hostil. ¿Qué siente un ser sintético dotado de capacidades intelectuales avanzadas cuando conoce la función de su creación, la esclavitud de sus funciones y el yugo de su posición en la sociedad? Pues es muy probable que el resultado de la ecuación sea la rebelión contra su creador y contra aquellos que no son sus iguales, buscando en sus coetáneos el apoyo necesario para la revolución y consecuentemente operar una nueva sociedad a su imagen y semejanza, aspirando a matar a su dios, para reemplazarlo por ellos mismos. Es el ejemplo claro en Inteligencia artificial, (Steven Spielberg 2001). Es la rebelión en busca de un sitio en la creación, (El hombre bicentenario basada en una novela de Isaac Asimov, (Chris Columbus 2000) o el Frankenstein clásico con su fracaso identitario. ¿Qué quiere realmente un Hal 9000 que se cree más inteligente que todo lo que le rodea pero está consignado a los designios de unos seres infinitamente inferiores a su capacidad cognitiva en 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick – 1968). ¿Qué es el monolito, sino un impulso para seguir avanzando hacia un lugar que no nos pertenece aún y que en su evolución a golpe de fémur podamos llegar hasta los secretos últimos del conocimiento, y con ellos, al de nosotros mismos?

Tron (Steven Lisberger – 1982) acercaba el concepto de una vida plena en una red computerizada que se tornaba real para sus habitantes, manando sufrimiento para todos ellos que se encontraban sumidos en el caos de los caprichos de Dilliner “control central de programas”. En Ghost in the Shell nos encontramos al personaje de Kuze que invita deliberadamente a Major Motoko Kusanagi a entrar en su propio “Tron” para volar libres por las redes en busca de su alma, de otro cuerpo y de venganza. También en El cortador de césped (Brett Leonard – 1992) basada en un relato de Stephen King, nos mostraban la delgada línea que separa la realidad de la ficción en los primeros pasos de la realidad virtual. Si el cerebro asimila un suceso como real, es real. Ejemplo claro y todo un clásico de la injerencia mental es Desafío Total, (Paul Verhoeven – 1990).

En Metrópolis (Fritz Lang – 1927) ya contábamos con la heroína María, posiblemente la primera mujer robot, que trataba de conciliar a dos mundos totalmente diferentes, el de la élite de pensadores y el de la casta de operarios que trabajan para ellos en las cloacas y ghettos de la ciudad subterránea. (Guiño a Mad Max – Más allá de la cúpula del trueno, George Miller – 1985). ¿No usaban acaso los nazis a los judíos como mano de obra barata para su maquinaria de guerra, los faraones egipcios a los israelitas y a otras tribus esclavizadas del alto Nilo o los aztecas a los esclavos llamados tlacotin que recolectaban tras sus cruentas conquistas, humillándoles con los tradicionales collares de madera?. En Ghost in the Shell también podemos ver una ciudad desdoblada en dos mitades. La zona marcada por el ocio, el placer, la lujuria, y las altas esferas, y otra mucho más sucia alejada del bullicio del centro, de increíbles torres de edificios de hacinamiento sumo, charcas apestosas a sus pies y basura en cada esquina.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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9
9 de septiembre de 2017
11 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
El fenómeno de la “Coulrofobia o miedo a los payasos”, viene de lejos, y supongo que existirá una legión de psicólogos y psiquiatras prestos a enarbolar un fajo de gruesos manuales para explicarnos sus causas, fundamentos, y terapias de contención. Yo tengo mi propia teoría por si la quieren conocer. Parto de la sabiduría del niño pre-adolescente. En esta fase de la que muchos no se acordarán, teníamos un conocimiento ajeno al filtro de la razón formalista en que nos apasionábamos por ciertas actividades y denostábamos muchas otras. El niño es exigente y se emociona irracionalmente con lo que le rodea. El adulto está condicionado, el niño no. Y es entonces cuando aparece el payaso. Un personaje que fuerza la sonrisa del niño pero no se lo gana, le obliga. En este juego de máscaras tan forzado, dudamos de los verdaderos sentimientos del hombre maquillado. Mientras a Batman, a Spiderman, incluso a Superman, (con su sorprendente poder de la agnosia visual que hace que no le reconozcan con unos simples anteojos), les vemos como cambian su traje, se quitan sus máscaras y descansan de la dura jornada ajusticiando maleantes en su fortaleza de la soledad particular, ¿qué vemos del payaso? Siempre está aparentemente contento, vestido y maquillado. ¿Acaso no sufre, no descansa? Esto es sospechoso, y eso al niño no le gusta. No es capaz de distinguir si detrás de esa pintura facial se esconde algo verdaderamente peligroso, algo que lo quiere solo para él. Es el miedo a algo que aparenta perfección. Fíjense en el público cuando hay un payaso cerca, cuando muchos ríen, otros pocos, saben la verdad y lloran, (- Hijo, ¿no te gusta el payaso? – No papa, me da miedo, vámonos de aquí). Estos últimos son los más avispados y precavidos.

En Derry se aparece “el que no debe ser nombrado”, aunque en este caso sí tiene nariz y no un tajo en la cara por donde respirar. Una nariz roja como la sangre que busca. Ya averiguarán qué es “IT”, espero, en el capítulo dos. Cuando lo averigüen sabrán que la mejor arma para destrozar a las personas es el miedo. Lo vemos en los regímenes dictatoriales, en los abusones de instituto, en los sibilinos, pacientes y vigilantes pederastas y hasta en las clínicas de cirugía estética. “IT” tiene muchas formas, que tomará sin dudarlo hasta acorralar a sus presas, que individualmente serán tiernos bocados en una noche de tormenta. El depredador siempre ataca a la gacela coja, nunca a la manada entera. Aquí contamos con un magnífico grupo de gacelas. Los actores elegidos son soberbios y la dirección de los mismos exquisita. Andrés Muschietti, tras Mamá de 2013, ha hecho un trabajo redondo.

La adaptación de la magnífica novela del maestro de Maine está horneada de talento, paciencia y oficio tradicional, exceptuando los escasos momentos en que “lo digital” y el “truco sonoro del susto fácil” aparecen, aunque no distorsionan, en esta cruenta sesión de diapositivas en el garaje. Para adaptar una novela de casi mil páginas en dos películas, hay que ser un virtuoso de la narrativa, del tratamiento de los personajes, y del “fuera de cámara”. “IT” une a los impúberes, dándoles fuerzas para seguir adelante en el oscuro y futuro mundo de los adultos, donde no se intuye una meta satisfactoria.

“IT” es la vigesimoséptima esencia del miedo ancestral que nos acompaña hasta la pubertad, donde el “ritual sangriento de Carrie”, iniciará a nuestros héroes, (que somos nosotros mismos, allí estamos, lejos en el tiempo, pero somos nosotros), en la fase adolescente. Aunque en este caso no sangra solamente “Carrie”. Sangra todo el grupo, es el pacto de la sangría, la búsqueda y secreto del “sangrial”. La sangre debe manar, no debe taponarse ni evitarse. Conjurados y hermanados de sangre para siempre los perdedores, sellarán su fuerza contra la bestia que los acosa, que si bien toma forma de payaso, podría tomar cualquier otra. (“Ella, la araña” de Tolkien es claramente una variante de Pennywise. Reflexionen si quieren sobre sus paralelismos). “IT” es la cara de la tentación del adulto, el cancerbero del rito de paso, (recomiendo el genial libro de Arnold Van Gennep, publicado en 1909. Claro ejemplo es la celebración del Bar Mitzva de uno de los protagonistas). Nos muestra de lo que está formado el mundo de los adultos, un horizonte de sinsabores, frustraciones, y obligaciones, miradas lascivas, impotencias y sueños lastrados. A esta edad no existen chicos ni chicas, sino solamente amigos. Con la edad, la sociedad nos distanciará en encasillados roles sexuales. Con este panorama Pennywise “el bailarín”, nos invita a su lado, en su carrusel de luces y música, para quedar preservados eternamente en “El país de nunca jamás” de James Barry”. “IT” es una variable de un terrible Peter Pan que te secuestra con su canto de sirenas para mantenerte en un formol perenne, alejando por siempre la posibilidad de hacerte mayor. A cambio de ofrecerte este don, te pedirá tu sangre, (de la que literalmente se alimentará) y tu sumisión a su reglamento de miedo en los desagües más profundos de los Barrens y de tu mente. Para salir a la luz de la adolescencia, antes tendrás que pagar el precio, que con el tiempo verás que es una luz de gas que agoniza, que se apaga en ocasiones, y que no brilla tanto como creías. Por cierto, curioso que el bautismo de este grupo de chavales sea literalmente en aguas marrones y no en aguas cristalinas de la pila bautismal. También para nota el concepto de que Pennywise, cual niño, juegue con la comida antes de ingerirla.

Debemos elegir entre flotar para siempre en el país de Nunca Jamás o encaminarnos a un mundo adulto donde la fantasía quedará cercenada para siempre. Yo ya he elegido. Llevo muchos años flotando y Pennywise será siempre mi amigo, al menos hasta dentro de 27 años.
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8
19 de diciembre de 2016
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
En un mundo en el que el Tigretón, el Bony, y la Pantera rosa ya no saben igual, (y nunca lo harán), los herederos de aquella gloriosa edad galáctica lo único que anhelamos es que el mito se mantenga en pie, y aguante los bamboleos del creciente cine juvenil de parafernalia migrañosa y vacuo interior.
“Star Wars: Una nueva esperanza” a ojo de todos aquellos que no habíamos cumplido los diez años, era básicamente la lucha de un grupo de gente rara contra un tipo de negro que nunca abandonada el luto:
- Obiwan: (Un tierno abuelo que lleva a sus nietos adoptivos de correrías).
- Chewbacca: (Un felpudo con patas de abrazo férreo).
- Luke: (Un adolescente hastiado de la rutina y con ganas de ver mundo).
- Leia: (Una princesa inadaptada con mala leche y ganas de repartir estopa).
- R2D2: (Un pequeño robot cabezón, caprichoso y contestatario. Amén de eficaz).
- C3PO: (Cobardón, burocrático, huidizo, y con menos sangre que Don Pimpón).
- Han Solo: (Algo bohemio y soñador, caradura, ególatra y autosuficiente).
Esto es resumidamente lo que se le queda al niño en la cabeza. Una suerte de gente que se encuentra para luchar contra un señor de negro con máscara, que respira mal y siempre está amargado, incluso con sus amigos. Cuando está muy molesto pilla al que tiene más cerca, (que algo habrá hecho mal), y le contagia su problema respiratorio, incluso algunos se ahogan y mueren. Y cuando no quiere usar la magia, utiliza una especie de fluorescente rojo, (nosotros a esa edad solamente conocíamos los blancos de nuestras cocinas), y lucha contra el abuelo y el nieto inadaptado, que llevan fluorescentes verdes y azules. (Pero que chulas debían de ser las cocinas de estas personas, pensábamos).
Y así nos entregamos a una sátira teatralizada de unos personajes perseguidos por el señor de negro que no nos caía nada bien, (al menos en la primera película, más adelante quedábamos seducidos, y finalmente seríamos capaces de alistarnos en sus filas y luchar a cuchillo contra el indomable Sarlacc, ya que los caminos oscuros de la fuerza son inescrutables).
No es momento de comparar Rogue One con los capítulos I,II,III y VII, pero sí con la trilogía original. (No es la primera trilogía, sino la original. Declaración de principios que exalta su lugar en la inmortalidad, frente a todo lo que ha venido y vendrá después. Del Santo Grial no se pueden hacer copias). Rogue One se basa en el espíritu de una nueva esperanza, (no en la copia, como el Episodio VII).
La rebelión es más realista, al tratarse de una caterva de intereses contrapuestos, facciones a veces enfrentadas, y una clara desunión en la forma de cómo llevar el imparable avance de un Imperio que no se pone límites. Las personalidades de cada uno son antagónicas, su acercamiento personal es únicamente posible para derrotar al Imperio. Aunque el roce haga el cariño, no hay espacio para tomarse un Grog en la taberna de Mos Eisley. Nos muestran el sacrificio personal en aras del interés general como la piedra angular de toda rebelión que se precie. Sin generosidad en el sacrificio no puede haber unidad, y sin unidad no hay esperanza.
El Imperio es implacable y Dios es Vader, no se mueve nada en la galaxia sin su conocimiento. Es omnipresente y omnipotente. No tiene tiempo ni para charlar del tiempo en un ascensor de un destructor imperial, ni de darte los buenos días en el puente de mando de la estrella de la muerte. Se nos olvida que tuvo la cara y el cuerpo, (piernas incluidas), de un Anakin enfadado con el mundo, con su mujer, con su mentor y con la castañera de la esquina. Vader se come dos Jabba el hutt para desayunar. Si Vader es Dios, la estrella de la muerte son los cuatro jinetes de la Apocalipsis. La vemos radiante, recién pasada por chapa y pintura, con el sello de garantía de calidad de cinco años de Mads Mikkelsen, en su embalaje original y sin abrir. No hay sitio dónde esconderse, su capacidad de destrucción es total. (Encomiable el papel del Director Krennic, un personaje inolvidable y lleno de matices…pero señor Director, que nunca se le olvide amigo, Vader es Vader y punto, ¿notas cierta desazón a la altura del gaznate?, pues eso querido, es Vader).
Para afrentar este poder omnímodo hay que acudir a las misiones suicidas que tan gratos momentos nos ha dado la historia del cine bélico, (Los doce del patíbulo, Los siete samuráis, El desafío de las águilas, Los cañones de Navarone, El puente sobre el rio Kwai, Salvar al soldado Ryan, y un largo etcétera.). Y aquí es dónde Rogue One saca todo su músculo. Es en Scarif, (Holiday planet), dónde se extiende la mecha de la contienda más importante para librar a los pueblos libres de la tiranía imperial. Únicamente reseñable es que podría haber sido el momento para que al algún ejecutivo de Disney hubiera perdido la cabeza y hubiese rodado esta última hora de película con el mismo tono que “Hasta el último hombre”, el último, desgarrador, visceral, (literalmente), y carnaza de Oscars, film de Mel Gibson. Este directivo hubiera sido despedido, y seguramente la película directamente censurada en la sala de postproducción del cuartel general de Disney situado en algún lugar hipersecreto dónde el bueno de Walt conectado a un lector de mentes criogénico se hubiera pegado un buen calentón que le hubiera devuelto a la vida. Eso si, a los espectadores nos hubieran regalado la batalla más brutal de la historia de la saga.
Rogue One hay que verla, hay que disfrutarla, hay que añorar los viejos tiempos dónde en la calle Gran Vía había colas que daban la vuelta a la manzana, los cines eran palacios de alfombras rojas, arañas doradas y pantallas con telón. Y nosotros éramos afluentes que algún día llegaríamos al mar pero que de momento íbamos saltando en aguas limpias y tranquilas, jugando entre colores y prados bruñidos al sol.
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9
16 de enero de 2017
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
CRÍTICA: (9,0)

Ahora toca justificar como a una película “musical” le pongo un nueve, si decimos de antemano que ni el género musical me gusta especialmente, y menos aún la comedia romántica. (A un lado dejemos mi fascinación por el Fantasma de la Ópera, por el simple hecho de que siempre he querido que fuera el propio fantasma, personaje desarraigado, frustrado, amargado y de un talento inigualable, el que pasara a sangre y fuego a todo el que se le pusiera por delante…fuera máscaras!. Y de otro lado el desparpajo de Mamma Mia!, aunque sea solamente por rememorar los cassetes que ponía mi madre en el coche cuando me llevaba de pequeño al colegio.)

Hollywood descubrió que el paso más importante de su historia fue el acceso al sonido, (incluso más importante que el paso al color). En 1929 la película “La melodía de Broadway” se llevaba el primer Oscar a la mejor película musical sonora de la historia del cine. A partir de ahí la música y el cine han sido parte consustancial de la industria de los sueños. Mientras las bandas sonoras de las películas nos hablan de acción, ciñéndose al dramatismo y a la atmósfera del momento, el cine musical usa el pentagrama para cantar su existencialismo más vivo, desgañitando su poder de seducción pavoneándose de su fuerza interpretativa más primigenia. El musical atenta directamente a la sin razón, al sueño, a la emoción reptiliana. Si el cine es fotografía en movimiento, el cine musical es el auténtico cine en tres dimensiones, (y no tanta gafita).

Siempre he preferido que no me cuenten las cosas cantando. (No había momento más odioso en las películas de Disney que cuando empezaban a cantar, yo no lo veía serio, me cortaba el dramatismo, convertía en insulsos peleles a sus representantes, me sacaba de mis casillas. Con el tiempo he descubierto lo esencial y divertidas que son las canciones de Dumbo, Aladdín, La sirenita o La bella y la bestia, etc). Chicago, West Side Story, Mary Poppins, Sonrisas y lágrimas, etc, no podrían existir si no fuera cantando, (bueno Mary Poppins igualmente sí, pero siempre que la protagonista se pareciera a Rebecca de Mornay en “la mano que mece la cuna”, y que sus pupilos fuesen atormentados hasta el paroxismo… Mary BadPoppins, “la niñera implacable”…bueno volvamos al camino).

La La Land, apellidada “La ciudad de las estrellas”, para que a nadie se le olvide que Los Ángeles, (California), es la depositante de los sueños visuales de la humanidad. Allí están los sueños sí, escondidos en unas grandes naves de rodaje en los estudios Universal, Warnes Bros, Columbia, Paramount, 20th Century-Fox, MGM, entre otros, donde se espolvorea el polvo de hadas, que recorrerá con frenesí el planeta entero con extensiva virulencia. Mientras la narración oral, la literatura, las artes teatrales, son, salvando las distancias, patrimonio de la humanidad entera, el cine es coto vedado de pesca de la industria norteamericana, punto se acabó. Lo saben ellos y lo sabemos nosotros. Podremos encallecer nuestros discursos con pinceladas de genialidad sobre el cine coreano, francés, indio, argentino o noruego, pero en sus magníficas obras no habita el conejo de Alicia, ni el principito de Exupéry, ni el polvo de hada que nos hace volar, sí, sí, volar literalmente en el observatorio Griffith de Los Ángeles, (siento decir que para mí siempre será el observatorio Gryffindor, cosas de la imaginación y del cambiarle el nombre a las cosas). Desde este observatorio se contempla toda la ciudad de Los Ángeles, hasta el mar, final de la ruta 66, las playas de Venice Beach, Santa Mónica, Sunset Beach, etc. Las letras del mítico cartel de Hollywood también se pueden contemplar desde aquí. Es dónde suben muchos aspirantes a estrellas, (muchos futuros estrellados), a respirar aire limpio y mirar con perspectiva el destino que se plantea a sus pies.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
forolibro
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8
12 de noviembre de 2016
7 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dante y Virgilio se encuentran a Catón, un pagano nombrado por Dios, guardián de la entrada del pie del monte Purgatorio. En la zona baja de la pendiente, conocida como “antepurgatorio”, llegan a conocer a dos almas cuya penitente vida cristiana fue deficiente: Los excomulgados y los arrepentidos de forma tardía. Los primeros son detenidos aquí por un periodo de treinta veces su período de contumacia o terquedad. Los segundos incluyen a los demasiado perezosos o preocupados por su arrepentimiento, (estas almas serían aceptadas en el Purgatorio, pero tendrían que esperar ahí por un tiempo igual al que permanecieron en la tierra). Estos últimos son los que nos interesan. Los arrepentidos “in extremis”, son los que hacen de la maldad su cotidianidad.

El miedo que nos ofrece Hugo Stuven es un menú degustación de varios platos con maridaje de varios géneros, siendo la mayor virtud del guión y a la vez la mayor debilidad, el soltar sin arnés de seguridad al espectador a una búsqueda incesante de un pilar de roca dónde poder asirse y dar descanso a una mente que resuella incesantemente en cada fotograma. La factura técnica, el sonido y la fotografía son impecables. Se agradecen estos formalismos para películas que buscan salir de los cánones clásicos del cine español donde tradicionalmente el fondo es siempre más interesante que la forma.

La cámara en mano ya utilizada magistralmente en una obra cumbre del fantástico español como es REC, (qué disfrute a lo Call of Duty, ¡por Tutatis!), es muy arriesgada en esta película, ya que como indica el propio director no utiliza el recurso de un grupo de personajes que bullen por delante de la escena, dotando el plano de múltiples encajes y posibilidades estilísticas. El enfrentamiento aquí es unipersonal, (en la mente de un encomiable Edgar Fox), prácticamente en momentos diurnos y sin una amenazadora fuerza letal a tus espaldas. Pudiera ser excesiva y redundante en ocasiones, sobre todo para las primeras filas, pero sin ella nos hubieran privado de uno de los mejores planos fijos de los últimos tiempos con una morgue como protagonista total.

El film es un juego de espejos en un partido jaleado en eliminatoria de ida y vuelta. El partido en casa se juega contra uno mismo como rival, y el partido como visitante se disputa contra la balanza del juicio moral universal. En este juego de Osiris nos encontramos con espejos, peceras de seguridad, retrovisores, cámaras, televisores, etc.. Todos ellos nos miran (sí, ellos son los que nos miran), y nos devuelven la verdad de nuestra deformación, acomplejamiento y cata ética. No podemos escapar de ellos, nos enjuician a cada momento y, o los aceptamos, o nos negamos a reconocer lo evidente. Y la negación junto con la falta de atrición nos llevan a la perdición.

Si Anomalous puede “pecar” (faltaría más que no lo hiciera), es de la calma y flema de la propia estructura narrativa intrínseca. Al apoyar casi todo su cuerpo en una conversación de adultos, (gran Lluís Homar e hierática Christy Escobar), el ritmo, aunque entremezclado con pasajes más movidos, en ocasiones decae lánguidamente, (la señorita Starling recreó una situación parecida con el doctor Lecter y la tensión fue apabullante…¿a lo mejor encadenando a Lluís Homar para la próxima…no sé?. !Quid pro quo¡). A su favor hay que recordar que el buque insignia del terror clásico que ostenta Psicosis no tuvo su primera sangre hasta el minuto 48, circunstancia que desorientaba a los espectadores de la época que acudían en masa a las salas de cine con la promesa de una película que se vendía como sangrienta.

Mientras Buñuel nos entregaba en bandeja a un grupo de orgullosos ricachos que finalmente acababan mostrándonos sus más bajas e inconfesables miserias en un contexto opresivo, Hugo Stuven retuerce el sótano de una comisaría para que un psiquiatra nos haga partícipes de la eterna lucha entre lo fácil y lo correcto. La opresión del film se ciñe bien firme al cuello, cual apéndice de Xenomorfo. Los espacios se acortan y se empequeñecen progresivamente. Empezamos en el caserón de “Los otros de Alejandro Amenabar”, seguimos hacia el salón de “El Ángel exterminador de Buñuel”, continuamos en “La habitación de Fermat de Luis Piedrahita”, ingresamos a “La Cabina de Antonio Mercero” y pasamos a tomar los postres directamente al ataúd de “Buried de Rodrigo Cortés”. Al final solamente nos queda una salida, que el espectador comprobará con impaciencia, que es la única posible. Al final todos vivimos y morimos en una eterna tartera de hojalata.

La puerta del purgatorio está custodiada por un ángel que usa la hoja de su espada para escribir la letra “p” (peccatum) siete veces en la frente de Dante, ordenándole “Haz que lave, cuando esté dentro, estas llagas”. El ángel finalmente utiliza dos llaves para abrir la puerta, una de plata (remordimiento) y otra de oro (reconciliación), siendo ambas necesarias. A partir de ahí, David y el doctor Friedhoff tendrán que escribir su propio camino de penitencia para alcanzar el cielo, mientras que el ángel exterminador seguirá sempiterno el ademán. Aunque a veces le duelan sus pesadas alas justicieras deberá cumplir con sus encargos, entibando la infinita arquitectura cósmica en la que todos flotamos.

P.D. Los cines Séptimo oficio de Las Rozas son lo más parecido a ir a casa de unos amigos con unas cocacolas y unas bolsas de patatas fritas, para pasar la tarde arrullados entre mantas y crepitares de la chimenea.

P.D1: Tras el pase de la película que oficialmente se estrenará el próximo 11 de noviembre, el director y guionista abrieron un amable turno de preguntas con posterior sorteo de varios ejemplares de la novela de la película. (Lástima que no fuera agraciado con alguna de ellas).
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