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España España · Ferrol
Críticas de Sahar
Ordenadas por:
288 críticas
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8
26 de julio de 2008
160 de 179 usuarios han encontrado esta crítica útil
Parto de la base de que con esta peli no puede haber certezas porque se basa en la ambigüedad. Dicho esto, diré que para mí no es una historia de fantasmas.
En todo caso es la historia de la lucha de la reprimida institutriz protagonista contra sus propios fantasmas sexuales: Miss Giddens (maravillosa Deborah Kerr), está un poquito desesperada y necesitada, y se siente atraída por el niño al que debe cuidar. Pero para no enfrentarse con esa realidad, su cabeza va pergeñando toda esa historia de la posesión fantasmal: para no reconocer que ve en ese “niño” a ese “hombre” que tanto necesita, se inventa que ese niño está poseído por aquel apuesto capataz cuyo solo retrato la hace temblar, y con el que sueña en sus pesadillas presumiblemente húmedas. Argumentaré mejor ese marcado carácter sexual:
Miss Giddens está inmersa en uno de esos sueños que tiene, entre gemidos, con el recio y viril criado muerto… cuando de repente la ventana se abre violentamente, irrumpiendo en la habitación todas las humedades de la furiosa tormenta exterior… ¡un auténtico orgasmo!
También está ese lenguaje tan sensual que emplea para hablar de la pasión de Miss Jessel (la institutriz muerta) por Quint (el criado buenorro): dice que siente “hambre por él, por sus brazos, por sus labios…”. Está hablando de la antigua institutriz, pero la manera tan concupiscente en que lo hace deja traslucir que también está hablando de sí misma y de sus propias ansias.

Es interesante el remake “mallorquín” que se hizo hace unos años (“El celo”), donde sí se mojaban con la cuestión fantasmal, sin que por ello la buena mujer dejase de estar más salida que el pico de una mesa. Es decir, no hay por qué entender de forma excluyente que “o hay fantasmas o está desequilibrada”, sino que a una mente fracturada se le puede añadir lo sobrenatural como realidad auténtica (que empeora el problema psicológico, claro). Pero me gusta más la ambigüedad total de Clayton (más respetuosa con el espíritu de la novela de Henry James, que lleva la incertidumbre hasta el paroxismo).

Una última mención para resaltar la evidente influencia de esta obra en títulos recientes como “Los otros” o “El orfanato” (aparte de lo evidente; en la idea “peter-panesca” de ese niño al que le gustaría vivir ahí por siempre, sin que nada cambie).
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Sahar
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9
30 de diciembre de 2007
113 de 116 usuarios han encontrado esta crítica útil
En “Sonata de otoño” Bergman plantea esencialmente el problema de no saber vivir, porque para eso no basta con existir, sino que el saber desenvolverse emocionalmente exige un talento que no todos tienen.
Y como algunos (o muchos) no saben relacionarse, fingen que saben: conocen los ritos, las normas y los ceremoniales de lo que debe ser la conducta adecuada, pero no sienten nada de lo que dicen dentro de esa corrección que es puro fingimiento y pura simulación, causando sin querer un daño indescriptible en otros, sensibles y menos preparados para el gran teatro de la vida, que se dan cuenta de esa hipocresía afectiva.
Produce tal dolor el ver que tu madre no te quiere (sino que sólo lo aparenta con fórmulas y recetas), que esa insatisfacción te lleva a pensar que es imposible que otros te puedan querer de verdad, y ese abatimiento también te lleva a creer en la existencia de realidades que van más allá de los limitados sentidos (Dios y sus planes… pues de alguna forma hay que darle “forma” y sentido a nuestro desconsuelo para hacerlo soportable). ¿Cómo no creer eso y más, cuando todo lo que percibes de quien más debería amarte es vacío, falsedad y egoísmo sin límites?
Son tremendos esos primeros planos que comparten Ingrid Bergman y Liv Ullmann, tan cercanas físicamente, pero tan alejadas emocionalmente pese a ser madre e hija.
Y es CINE CON MAYÚSCULAS esa larga confesión nocturna en la que se dicen amargas verdades, entre el alcohol (que aporta sinceridad, o al menos valor) y esas velas que le dan un toque ceremonioso e importante a la situación.
Pero, ¿sirven de algo esas regurgitaciones aparentemente purificadoras, ese emborracharnos y vomitarle todo al otro? ¿está la sinceridad en una noche etílica…?
La película da a entender que la mayor sinceridad está en los momentos de soledad con uno mismo, y también que todo seguirá un poco igual: la madre seguirá siendo una egoísta, y la hija seguirá disculpándola y culpabilizándose a sí misma, en esa eterna niñez en la que vive inmersa, y que le impide cuestionar o censurar a su madre.
Ése es otro de los grandes temas: la inutilidad del paso del tiempo para crecer o desarrollarse (esas coletitas de una muy talludita Liv Ullmann…).
Y en este punto ya me callo y dejo hablar al propio Bergman (por boca de Ingrid): “Nunca he crecido, aunque mi cuerpo y mi cara hayan envejecido. Tengo recuerdos y experiencias, pero dentro de todo eso es como si no hubiese nacido.”
La gran incógnita que para mí deja la película es si aquellas personas que causan aflicción por no saber entregarse, también terminan sufriendo al saber el dolor que han causado con su egoísmo, o si simplemente continúan con su fingimiento, simulando pesar cuando conviene simularlo, igual que aparentaban amor cuando tocaba aparentarlo.
Porque quien finge alegría, ¿por qué no va a poder fingir pena y arrepentimiento?
El que no siente nada, puede hacer ver que siente cualquier cosa...
Sahar
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8
20 de marzo de 2009
115 de 140 usuarios han encontrado esta crítica útil
Almodóvar alterna astutamente películas arriesgadas ("La ley del deseo", "Kika", "Hable con ella" o "La mala educación"), con otras más seguras ("Mujeres al borde un ataque de nervios", "Carne trémula", "Todo sobre mi madre" o "Volver").
"Los abrazos rotos" pertenece al primer grupo, por lo que me atrevo a augurarle menos éxito que la anterior, y presiento también que la próxima será de las lineales y masticaditas (no digo que mejores o peores).

Personalmente me ha gustado mucho. Creo que aquí las acrobacias estructurales le salen mejor que en la entrecortada "Hable con ella", o la farragosa "La mala educación"; ya que aquí en ningún momento notas que la narración se quiebre por los saltos en el tiempo o el cambio de géneros, sino que avanza siempre de forma fluida, rítmica y armoniosa.

Además tiene escenas de imperecedera antología: una entre Lola Dueñas, José Luis Gómez y Penélope Cruz ya justifica el precio de la entrada (el Almodóvar tragicómicamente ingenioso en estado puro).
Otra entre Cruz y Carmen Machi, correspondiente a una película (cómica) que se rueda dentro de la película (trágica) nos hace añorar al Almodóvar más marujón y vivaracho.

Se trata de una película muy cinéfila, y contiene múltiples homenajes (incluso auto-homenajes: la película que dirige Lluís Homar recuerda a "Mujeres al borde…"), de los cuales me gustaría destacar dos especiales para mí:
- "Severine", el seudónimo que emplea Penélope Cruz para hacer sus pinitos como dama de compañía, era el nombre de aquella Catherine Deneuve que se prostituía en "Belle de jour".
- El invidente Lluís Homar le pide a Tamar Novas que le ponga "Ascensor para el cadalso" porque le apetece oír la voz de Jeanne Moreau (sin duda es una de las cosas que pediría si me quedara ciego).

Además de esas referencias, la película destila auténtica reverencia por la creación cinematográfica. El cine aparece no sólo como simple ocupación, sino como medio de curación: al principio Rubén Ochandiano quiere hacer una película como medio de exorcizar la mala relación con su padre, y Homar encontrará en la realización de un film el medio para cerrar las heridas del pasado, sin que importe el éxito, sino sólo el proceso creador/sanador.
Pocas veces he visto una declaración de amor al cine tan sentida, y eso puede jugar a su favor de cara a los Óscar.

En su contra tiene que los personajes quizá generan poca empatía. Almodóvar quiere ser solemne e introspectivo cuando lo suyo es más la ligereza y el desparpajo.
En esta línea, sorprende que en una película suya los actores (en especial las actrices) trabajen "hacia adentro" y no "hacia afuera". Eso puede hacer parecer que están peor que otras veces, pero no, simplemente es otro estilo, más contenido, más "a la francesa".

Rodrigo Prieto (director de fotografía de Iñárritu), crea imágenes de gran "belleza perra", tirando hacia la oscuridad pero sin apagar los vivos colores típicos de Almodóvar. Buena simbiosis.
Sahar
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6
9 de octubre de 2007
87 de 109 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con “Persona” Bergman llega a la máxima desnudez y minimalismo, tanto formal como argumentalmente, para hablarnos de la lucha que mantenemos con nosotros mismos, en forma de tormentoso debate entre el fingimiento mimético e hipócrita, o sea, el estar continuamente interpretando un papel como si fuéramos actores en nuestra propia vida; y la tentación de liberarnos de los corsés, quitarnos las pesadas máscaras de tragedia griega, abrirnos al mundo y a los demás, ser nosotros mismos (con todo lo que ello pueda conllevar de sacar a la luz aspectos incómodos, oscuros o retorcidos). Entre ambas posturas, aparece la postura intermedia del mutismo, el aislamiento, el encierro silente que nos impermeabilice del dolor, la culpa, y todas las hostilidades y miserias de este mundo cruel.
Ninguna de las tres opciones (liberarse, encerrarse, o simplemente seguir la corriente) aparece como la más idónea. Como de costumbre, Bergman plantea dilemas pero no da soluciones claras.
Propuesta realmente radical, ya que se basa casi toda en el monólogo, pero sin llegar a hacerse pesada gracias a un lenguaje rico, sugerente, subyugante. El empleo de la palabra me ha parecido uno de los más conseguidos en el cine de Bergman (en especial la narración del episodio sexual, que sin una imagen llega a ser más erótico que muchas películas basadas en la evidencia sexual).
Bibi Andersson hace la mejor y más completa interpretación que le haya visto.
Sahar
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7
1 de enero de 2007
83 de 105 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ya ese cántico inicial, como de misa negra, da mal rollito… mientras suena vemos al David de Miguel Ángel junto a una siniestra gárgola, lo que da una idea de lo que vamos a ver: una lucha entre lo oscuro (representado por la realidad más prosaica que rodea al chaval) y lo luminoso (representado por sus evasiones y sus ensoñaciones frente a esa realidad tan poco grata)

Es una película realmente “fea”, pero no lo digo como defecto: realmente creo que debe ser desagradable para que, como espectadores, sintamos la misma sensación de agobio y ansias de evasión que invadeN al protagonista.
Son muchas las cosas que ayudan eficazmente a hacerla fea, incluso asquerosa: el tema excrementicio; la suciedad que desprenden las imágenes; los animales (la rata en la bañera, la pava sucia, húmeda, desplumada…); ese hígado al que se le da un uso sexual para luego ser consumido; ese perro muerto semi-sumergido; los ronquidos “mocosos” del hermano; incluso la locura familiar se nos muestra con un feísmo visual nada estilizado (al contrario de lo que muchas veces nos tiene acostumbrados el cine, haciendo bonito lo que no lo es)

Contrastando con toda esta negrura hay momentos enfáticamente “bonitos”: cánticos celestiales; coros que da gloria oírlos; vivificante música italiana; luces radiantes, como de origen divino, que aparecen al abrir una puerta, y que parecen sanar y dar esperanza...

Lo chungo de la película es que no hay un equilibrio entre la luz y la oscuridad, sino que lo negativo engulle y vapulea a lo positivo. Lapidaria me parece en este sentido una de las últimas frases del protagonista: “ya no sueño más” (“je ne rêve plus")
Hay personas que no están hechas para este perro mundo, y no les queda otra que ser devoradas por él: no logra evitarlo Léolo con su ensoñadora poesía, ni su hermano con métodos más prosaicos como ponerse cachas… la vida no es bella y no hay escapatoria.
Sahar
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