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Críticas de chandalito
Ordenadas por:
9 críticas
1 2 >>
9
2 de septiembre de 2019
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hoy que el volumen de producciones animadas no necesariamente infantiles está asentado en el mercado audiovisual de occidente, quizás no nos acordemos cuando esto no era así. Nos podríamos remontar a algunos de los primeros cortos de Disney o Warner, producciones que, con el paso de los años y los códigos sociales, se han vuelto políticamente incorrectas; a las psicodélicas y surrealistas animaciones de Terry Gilliam o Yellow submarine en los sesentas, al planeta salvaje en los setentas o a los cortos de Bill Plympton en los ochentas, por poner algunos ejemplos. Pero bastaría con volver a la menos lejana década de los noventa del pasado siglo para examinar que la acidez bobalicona de Beavis and Butthead o la irreverencia de Ren y Stimpy fueron producciones excepcionales para los standares acomodados y familiares con los que habitualmente se asocia el mercado de la animación. Con el nuevo siglo (y milenio) Adult Swim, la división juvenil de Cartoon Network, contribuyó, entre otras, para diversificar y eliminar de una vez este estereotipo. Y Samurai Jack fue (y es) una de sus banderas.

La producción cuenta la historia de un samurái que, a punto de vencer al demonio Aku, cae preso de una maldición y es enviado a un futuro distópico. Allí deberá encontrar el camino de regreso a su época para vengarse.

Genndy Tartakovsky, creador y director de la serie, revisa el cine de género con numerosos homenajes explícitos o sutiles, mima el encuadre y coreografía con destreza las omnipresentes escenas de acción. Y aunque, quizás por contar con dosis de humor sencillote y pueril, no podamos catalogar a Samurai Jack como una serie para adultos, estamos ante una rareza cuya identidad se cimienta en rasgos del cine oriental clásico como el tempo pausado y la violencia con fines estéticos; en una elegante dirección de arte, hija inequívoca del estilismo de Mary Blair y de las producciones de la UPA y en un metraje carente casi de diálogos. Por todo esto, el resultado contrasta con el vértigo anodino de las producciones contemporáneas, y dos décadas después de su aparición, pienso que el camino de este samurái en su honorable búsqueda continúa con un puesto destacado en la historia de la animación televisiva.
chandalito
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7
24 de diciembre de 2019
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es tan notorio el impacto, fundamentalmente estético, de Blade runner en la historia del cine que, facilmente se cae en la tentación de analizar esta secuela referenciando los logros alcanzados por su predecesora. Comparar el contexto cinematográfico del siglo XXI, con un público ahíto de virtuosismo técnicos y visualmente hiperestimulado, con el de los años ochenta resulta desequilibrado, por tanto, su análisis en este sentido sería infructuoso, injusto para una solvente dirección artística y técnica que, con mucho tacto y sutileza, reencuentran el aura de la obra seminal e incluso la expanden. El trabajo del departamento de iluminación, liderado por Roger Deakins, es sobresaliente, no sólo recreando las icónicas ambientaciones urbanas, sino especialmente en las delicadas penumbras de los interiores. Los efectos visuales y hasta los glitcheados créditos finales están enmarcados dentro de una cuidada y destacada uniformidad. En el apartado musical, Benjamin Wallfisch y Hans Zimmer asimilan los timbres de Vangelis, actualizando las armonías hacia una banda sonora más ambiental, menos melódica. Quizás, como siempre que se cuenta con Zimmer, la aportación de este se vuelva invasiva y el tono de la narración se apoye excesivamente en lo sónico. (En este caso para remarcar la extrañeza)

Es acertada la elección de Ryan Gosling, cuya carente expresividad le lleva a encarnar con eficacia al replicante K (Joe para los amigos) , un ser sintético, sin alma. Lo más interesante de la obra me parece el debate interior de K. A pesar de su origen artificial, el replicante quiere oler, fuma y utiliza ilusiones ópticas con las que simula una relación de pareja y hasta la comida. Es en ese deseo donde Denis Villeneuve parece fundamentar la condición humana. No es la genética ni la fisiología lo que nos define sino la ilusión y la búsqueda, eso que nos motiva como a Pinocho, ese anhelo de ser.
chandalito
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8
19 de enero de 2019
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta historia habla de obsesiones y manías y sobre todo de la manipulación del prójimo para conseguir las ambiciones propias, la vampirización del otro.

Daniel Day Lewis se enfunda en el cuerpo y el alma de Reynolds Woodcock, diseñador de moda obsesionado con el trabajo (workaholic que dirían los anglosajones. Palabro cuya traducción, a pesar de la riqueza del castellano, no acierto a encontrar) y lo hace con un control y contención al alcance de muy pocos, acertando a transmitir incomodidad e impaciencia hasta cuando calla. Sin aspavientos.

Woodcock es un personaje ensimismado que se ve cediendo al mundano magnetismo de Alma, una espontánea camarera interpretada portentosamente por Vicky Krieps. A esta historia de opuestos que se complementan, Thomas Anderson le añade una tercera pata: la protocolaria y severa hermana de Reynolds; su omnipresencia sirve al director para entibiar la relación esfumando cualquier conato de intimidad, devolviendo al modisto a la rutina.

Las tres personalidades están notablemente calibradas y, aunque no tienen demasiados recovecos, su carácter es profundo y está bien hilado. Mérito que, además de los talentos interpretativos , habría que atribuirlo al director. Thomas Anderson también tiene un control preciso sobre el tono y el ritmo o “timing” de la obra; resultado todo esto, seguramente, de mucho trabajo y perfeccionismo.

La ambientación agradece la bipolaridad entre intimista y neurótica de la banda sonora compuesta por Jonny Greenwood.
chandalito
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8
1 de octubre de 2020
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Adolfo Aristarain es un cineasta de vocación predominantemente literaria. En Lugares comunes, igual que en todas sus últimas películas, la imagen es un apoyo, un medio con en el que sustenta el peso de su discurso que reside en el texto, en la palabra. Con variable resultado, Aristarain se sirve de esta para verter su idealismo izquierdista: un código bien avenido y de cómoda adhesión cuando lo confronta dialécticamente con el sistema. Lo hace con un fin, probablemente pedagógico, que funciona pero cuyo trazo grueso y abuso de “ lugares comunes” a menudo se desequilibra hacia un estereotipo excesivo y caricaturesco del intelectual que degenera en un individuo culto pero pedante. Quizás haya en esto en una crítica, una autocrítica que yo no sé ver.

Como tantas veces el director cuenta con Federico Luppi. Es muy difícil encontrar un altavoz más eficaz para manifestar cualquier idea retórica que la elocuencia mayúscula de este intérprete. Sin embargo, en esta ocasión, es destacable el oficio de Mercedes Sampietro que, con las palabras justas, transmite empatía, clarividencia y comprensión.

El mensaje de Aristarain es necesario pero su obra postrera es fatalmente explícita. Escatima las posibilidades propias del formato cinematográfico.
chandalito
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5
16 de diciembre de 2019
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A principios del siglo XXI y tras 40 años de inagotable trayectoria cinematográfica, Woody Allen parece haber contado prácticamente todo lo que quiere decir, o casi. Escribe y dirige ejemplarmente dentro de su zona de confort, utiliza con austeridad unos instrumentos cinematográficos mínimos (que diferencian el cine del teatro), y lo hace con la eficacia de su sempiterna experiencia; escasea de planos generales, elige muy excepcionalmente los primeros planos para dar énfasis y, aunque el diálogo es un factor imprescindible para entender su cine, eleva a la imagen como elemento más importante, y lo hace ejecutando con maestría un recurso tan propio, tan inseparable de sus identidad artística, como es subrayar el protagonismo de los personajes que quedan dentro los márgenes del encuadre subordinando la palabra, desplazando al que dice, al que habla, fuera de ese marco.

En esta película, Allen repite alguno de los elementos que salpican su filmografía, como son el género negro, protagonizado habitualmente por aficionados cuya curiosidad o circunstancias los vuelve detectives ocasionales, aunque esta vez sí que cuente con un profesional, perro viejo de la investigación, o el coprotagonismo recurrente de prestidigitadores, ilusionistas, hipnotizadores, payasos y demás personajes del arte escénico que a menudo pueblan lo largo y ancho de sus películas.

La maldición del escorpión de Jade es una comedia amable, sin estridencias, desprovista incluso de esa vena existencialista, tan destacable en el autor. Obra cristalina, en la que Allen enseña al espectador todas las cartas marcadas y donde cabe resaltar, como siempre que él mismo se pone delante de las cámaras, su alter ego caricaturesco, hipocondríaco y perdedor, un tipo confundido y malinterpretado pero optimista a pesar de todo. Quizás el personaje cinematográfico que mejor sabe reírse de sí mismo y, con ello, de todos nosotros.
chandalito
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