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España España · Barcelona
Críticas de Juankiblog
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61 críticas
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1
10 de junio de 2017
100 de 110 usuarios han encontrado esta crítica útil
Amistades del director, parte del equipo técnico, mecenas de la campaña de Verkami con la que se financió el film y otros invitados formaban una enorme cola frente al Aribau Club hasta dar la vuelta a la calle. Casi todos vestidos con sus mejores galas, contrastando fuertemente con mi camiseta de Cálico Electrónico, mis vaqueros rotos, mi bandolera y mi aspecto desaliñado.

Ante todo, las cartas sobre la mesa: soy el equivalente de la crítica cinematográfica al típico cuñao que baila en las bodas. No es que tenga ningún tipo de conocimiento sobre cine y menos aún un criterio a tener en cuenta.

Oía murmullos por aquí y por allá: gente comentando el enorme trabajo que ha llevado producir la película, un par de incautos que no parecían saber muy bien dónde se metían buscando en Wikipedia información poco antes de entrar en la sala y a un señor muy motivado diciéndole a sus amigos que Pàtria sería una mezcla entre El nombre de la rosa y Braveheart a la catalana.

Al entrar, me preguntaron si llevaba acompañante. Qué más quisiera yo. Al menos, me consolé pensando en que al no ser un pase de prensa matinal podría comer palomitas cual gorrinazo. Al comprar el bol y la bebida más grandes del menú, caí en la cuenta de que seguramente era la única persona que había comprado palomitas aquella tarde y de lo gañán que iba a quedar. Pero ya era tarde para los arrepentimientos.

Buscando asiento, el acomodador me prohibió el paso a las butacas más apetecibles que quedaban libres y me sentó en el peor lugar de toda la sala. Como llegué tarde por haberme entretenido comprando las palomitas tampoco había mucho sitio donde escoger. Lástima que tuviera que tocarme precisamente al lado de un señor más rancio que el programa de Bertín Osborne. Al verme colocar la bebida en el posavasos y haciendo malabares para sentarme sin tirarme las palomitas encima, noté cómo su mirada fulminante no expresaba otro pensamiento que no fuera «joder, putos millennials…».

Entró en escena Joan Frank Charansonnet, director de la película y la clase de persona que claramente ha editado su propia página de Wikipedia. No, en serio, echadle un ojo. Hay un cero por ciento de posibilidades de que la haya escrito alguien que no sea él mismo. Se puede ser más sinvergüenza, sí, pero hay que entrenarse a fondo. Sus primeras palabras fueron de agradecimiento hacia todos los presentes, las segundas fueron para quejarse de la gente que había ido a comprar palomitas.

Nos contó que el proyecto de Pàtria nació de un sueño por no sé qué cosas de su abuela, que el proceso había sido muy gratificante a la par que duro y nos pidió al público que si nos gustaba la cinta (y si no, también), repitiéramos el día del estreno y pagáramos por verla. Instantáneamente después de dicha petición, hubo un aplauso ensordecedor. Supongo que fue la sutil forma de los asistentes de decirle que no, que ni de coña íbamos a volver a verla y menos aún pagando. Pero de buen rollo, eso sí. Aquel aplauso era lo único con lo que le íbamos a recompensar el esfuerzo.

Su discurso terminó, como no podía ser de otra manera, con un pequeño alegato a la independiencia de Cataluña. Durante unos segundos temí que la cosa pudiera ponerse demasiado reivindicativa y nuestro presidente tuviera que tomar cartas en el asunto sacando los tanques a la calle e irrumpiendo en la sala para salvaguardar la unidad de España. Obviamente no ocurrió nada de eso, pero después de hora y pico de sufrimiento casi hubiera preferido a los tanques.

Pàtria nos cuenta la poco conocida leyenda de Otger Cataló, personaje de quien se dice que deriva el nombre de Cataluña. Los problemas principales de esta leyenda son que ni había dinero para contarla bien ni su historia daba para llenar 100 minutos. Por tanto, la mayor parte del metraje consiste en una trama paralela en la que un noble catalán pasa sus últimos días en un monasterio contándoles esta leyenda a un grupo de monjes que se encargarán de transcribir sus palabras para que puedan transmitirse a futuras generaciones.

Aquí sí. Aun a riesgo de quedar como puto millennial, reconozco que casi me dormí nada más empezar. Los primeros veinte minutos de la primera película épica catalana de la historia consisten principalmente en dos señores mayores hablando de sus movidas en un monasterio. Y debido a un insufrible doblaje (en la propia versión original catalana, ojo) costaba horrores seguir el hilo de la conversación. No es que necesite estímulos visuales loquísimos ni escenas de acción cada cinco minutos —disfruto como el que más de propuestas como The Young Pope—, pero si como director quieres jugártela a empezar tu obra con un ritmo pausado, por lo menos sería un detalle que se entendieran los diálogos.

Dentro del monasterio tienen lugar unas cuantas subtramas que no sólo no van hacia ninguna parte sino que además parecen totalmente fuera de lugar. Desconozco cuál sería la intención del director a la hora de contárnoslas y cómo encajan temáticamente con el resto de la cinta. Quizá me perdí algo. Quizá sólo querían llenar minutos a toda costa. Hay que admitir que estas escenas provocaron la mayor parte de las risas incómodas del público y que seguramente fueran los únicos momentos realmente disfrutables del film, ni que fuera sólo por la comedia involuntaria.

Hay que decir que el señor de la cola tenía razón. Pàtria es, en efecto, un cruce entre El nombre de la rosa y Braveheart. El problema es que se parece a la primera en las escenas dobladas para DVD de la versión extendida y a la segunda si estuviera producida por The Asylum. No me gusta echar leña al fuego, de verdad que no. Sé que el presupuesto no habrá sido precisamente holgado y que la cosa no daba para más. Eso podría justificar lo parcas que son las escenas de batalla, con apenas tres o cuatro extras dándose tortas de fondo, pero no el exceso de cámara lenta, la falta total de imaginación y la pereza en las coreografías.

Sigo en spoilers, sin spoilers.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Juankiblog
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8
9 de marzo de 2016
58 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil
«Pobre Mark Strong».

Será seguramente el primer pensamiento que os vendrá a la cabeza después de ver la nueva salvajada que Sacha Baron Cohen nos tiene preparada.

Agente Contrainteligente —como siempre, una traducción particularmente gilipollas para el título original, The Brothers Grimsby— es la típica parodia del cine de espionaje y agentes secretos que hemos visto ya mil veces. La propuesta no difiere demasiado de otras cintas como Johnny English o la más reciente (y recomendable) Espías. Si acaso, aquí hay un poquito menos de James Bond y algo más de Jason Bourne, pero ni eso es suficiente para quitarnos la sensación de déjà vu.

No obstante, sí que cuenta con un as en la manga. Un pequeño elemento diferenciador que consigue que (algunos) pasemos por alto el agotamiento de la fórmula. Estoy hablando, cómo no, del sentido del humor de Sacha Baron Cohen. Su estilo impregna todo el relato y creedme si os digo que no pasa desapercibido en ningún momento. Para bien o para mal.

Como ya os estaréis imaginando, no se trata precisamente de un refinado, sutil e inteligente humor inglés. Quienes hayan visto otras películas de su cosecha ya sabrán que Agente Contrainteligente es una batería de salvajadas gratuitas y chistes escatológicos.

Pero dejad que os hable del humor escatológico en esta película.

A Sacha Baron Cohen se le podrán reprochar muchísimas cosas, pero si hay algo que se le dé especialmente bien es desarrollar su enorme capacidad de proponer una situación sucia y empeorarla hasta límites insospechados. De verdad. Nadie es capaz de llegar tan lejos como él. Escenas como las del veneno o el improvisado escondite ya pueden parecer jodidas sobre el papel, pero Cohen sabe darles una vuelta de tuerca en el momento más oportuno para convertirlas en algo todavía más desagradable. Cualquier otro guionista habría terminado la escena cinco minutos antes. No nuestro Sacha. Hay que reconocerle el mérito de no echarse atrás en ningún momento, de darlo absolutamente todo.

Al ser esto una comedia de acción, resulta de agradecer que se hayan tomado bastante en serio ese aspecto contratando a Louis Letierrer como director. Siendo un tipo bastante curtido en el cine más palomitero como Transporter 2 o El Increíble Hulk, nos regala un par de escenas considerablemente imaginativas y espectaculares que no desentonarían en absoluto en cualquiera de las películas que está parodiando.

Hablar del reparto y de las actuaciones en una película como ésta es una tontería como un templo, pero lo voy a intentar: Mark Strong hace del tipo duro que hemos visto en casi todas las cintas de su carrera y Sacha Baron Cohen nos ofrece aquí al que no es su personaje más flojo porque el dictador Haffaz Aladeen fue peor. Eso sí, aunque no peguen ni con cola, se las apañan para construir una extraña química en pantalla que termina funcionando.

El resto de caras conocidas que se dejan ver durante el metraje como Penélope Cruz, Isla Fisher, Rebel Wilson o Ian McShane sólo están ahí para hacer bulto y porque si no, no habría película. Pero nada más. Ni siquiera tienen una cuota de pantalla destacable. Algunos sirven para provocar ciertos chistes, otros sólo para que exista una trama sobre la que construirlos.

Con todo lo que he dicho hasta ahora puede parecer que Agente Contrainteligente no me ha gustado, que me ha parecido una mierda y que sólo tengo malas palabras para ella. Pero nada más lejos de la realidad. Con pocas películas he tenido el placer de reírme tanto en una sala de cine. Y no estoy hablando de una sonrisa tímida, sino de estallar violentamente en carcajadas. Por lo menos en un par de ocasiones. De mil chistes que hay en cada escena, sólo funciona uno. Pero ese que funciona, funciona fuerte.

Así que ya sabes, si tienes quince años, odias a Donald Trump y te encantan los chistes sobre cáncer, sida, semen, incesto, sodomía y zoofilia entre otras muchas lindezas, ésta es tu película. No es que tenga ningún tipo de valor cinematográfico, ni muchísimo menos, pero difícilmente encontrarás algo que se acerque a rozar siquiera su nivel de suciedad. Nadie gana a Sacha Baron Cohen en su propio campo.

Gente con buen gusto, abstenerse.

Crítica original en: http://www.criticronico.com/2016/03/agente-contrainteligente.html
Juankiblog
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8
10 de febrero de 2016
58 de 69 usuarios han encontrado esta crítica útil
Después de ver los primeros avances de Zootrópolis, lo primero que se me vino a la cabeza fueron sus enormes similitudes con la serie BoJack Horseman. No es que la idea de animales antropomórficos fuera precisamente novedosa, pero la ejecución era bastante semejante y algunos de los chistes parecían directamente calcados de la serie de Netflix. Lo más probable es que todo esto se trate de algo completamente accidental, pero lo menciono porque fue lo que me hizo entrar a la sala con ciertas reservas sobre lo que me iba a encontrar.

Por suerte, se me pasaron de golpe.

Porque, ideas prestadas —o no— aparte, el mundo que nos propone esta película es visualmente espectacular y está repleto de detalles ingeniosos. Quizá los estudios de animación de Disney no suelan sacarse la chorra tan fuerte y con tanta frecuencia como en Pixar, pero desde luego han sabido aplicarse y recortar distancias a marchas forzadas y pasos agigantados. La animación es tremenda, fluida, divertidísima y recargada de gags visuales en segundo plano. El mayor mérito, no obstante, está en haber sabido crear un universo con cierta coherencia interna pese a lo totalmente descabellado del concepto en sí mismo.

Pero aunque el envoltorio sea la mar de bonico, el resto de la película tiene que estar también a la altura. Y si no, que se lo digan a James Cameron. Que sí, que Pandora es una auténtica delicia audiovisual y con una mitología súper compleja e interesante, pero Avatar no deja de ser un remake de Bailando con Lobos protagonizado por pitufos en esteroides. En Zootrópolis, milagrosamente, el guión acompaña. Y acompaña mucho.

Si nos centramos en la trama en sí, nos encontramos con una parodia del género policiaco bastante conseguida, con tintes de buddy movie incluso, en la que lo más sorprendente es que los giros argumentales no se ven venir desde el minuto cero. Vamos a decirlo ya: como thriller policíaco funciona mejor que la segunda temporada de True Detective (como comedia un poquito menos, el bigotito de Colin Farrell sigue siendo más hilarante). Pero centrarnos en eso sería quedarnos sólo en la superficie. No podemos obviar que esto es una película de Disney y que, como tal, contiene también una bella lección moral dirigida hacia LOS PEQUEÑUELOS de la casa.

Lejos del «lucha duro por tus sueños y conseguirás todo lo que te propongas» por el que temía que iban a tirar a raíz de lo visto en los primeros compases de la cinta, la moraleja final en realidad está más enfocada en contra de la discriminación y los prejuicios de cualquier tipo —sí, aquí nos hablan de especies, pero no cuesta nada extrapolarlo a las discriminaciones raciales o sexuales—. Esto es Disney, no son excesivamente sutiles al respecto, pero como mínimo es un mensaje positivo, necesario y que además no arruina ni entorpece la diversión.

Pero sin duda, el punto más destacable del guión son los chistes. Porque funcionan. Y cuando digo que funcionan, es que funcionan DE VERDAD. De carcajada pura y dura. No, no son chistecitos de mierda para niños pequeños unineuronales —no quiero señalar a nadie, pero Madagascar 3—, no. Son gags disfrutables para todos los públicos. En serio. No importa si eres un crío de teta o un friki gordicalvo con canas en los huevos: si ves Zootrópolis te vas a reír. Y no precisamente poco. Ya sea con la cantidad de detalles repartidos de fondo por los escenarios, con los ágiles y divertidos diálogos, la enorme cantidad de guiños cinematográficos y seriéfilos que hay —incluyendo pullitas a la propia compañía y referencias veladas a Breaking Bad— o por la ENORME escena de los perezosos funcionarios (tristemente destripada en la mayoría de tráilers y clips), el material cómico de este film es de primer nivel.

Ayuda, y mucho, un reparto de voces totalmente entregado a la causa. No tengo ni idea de cómo será la película doblada, aunque rezo para que no se la carguen demasiado, pero entre las voces originales nos encontramos con un Jason Bateman (Arrested Development) que parece haber nacido para hacer de zorro estafador y cabroncete, a una adorabilísima Ginnifer Goodwin (Once upon a time) en la piel de la primera coneja del cuerpo de policía y a un reconocible e inspiradísimo Idris Elba (Luther) interpretando a un cliché andante como es el del típico comisario cabreado pero con la suficiente gracia para que no nos importe.

Naturalmente, no todo es perfecto. Algunos bajones de ritmo en su segunda mitad, un numerito final bastante lamentable con una Shakira metida con calzador (pese a protagonizar, indirectamente, algún chistecillo simpático) y más de un cliché que podría haberse evitado —normalmente lo perdonaría, y más siendo una película de Disney, pero en ésta esquivan y/o saben darle la vuelta a muchos otros tópicos de un modo tan inteligente y divertido que cuando ponen el piloto automático se les nota mucho más que si el guión hubiera sido consistentemente convencional de principio a fin— impiden que esta cinta sea la pequeña joya que podría haber sido.

En definitiva, Zootrópolis no marcará un antes y un después en el cine de animación y seguramente ni siquiera formará parte del imaginario colectivo como muchas otras películas que quizá se lo merezcan menos —no quiero señalar a nadie, pero los putos minions—, pero sin embargo ofrece una buena colección de carcajadas para toda la familia, un guión lleno de sorpresas, un auténtico deleite visual y una moraleja la mar de fina. Si tenéis la oportunidad de verla, no lo dudéis. Pasaréis un rato cojonudérrimo.

Crítica original: http://www.criticronico.com/2016/02/zootropolis.html
Juankiblog
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7
1 de diciembre de 2017
34 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil
«Esta conversación es antigua y rancia», dice uno de los personajes durante el clímax final de la cinta. Y no va falto de razón. Perfectos Desconocidos está plagada de individuos casi tan desagradables como fácilmente identificables. Son esos seres cuñadiles con los que tenemos que lidiar durante nuestro día a día, ya sea por compromisos familiares, laborales o porque inexplicablemente formen parte de nuestro círculo de amistades. Existen. Están ahí. Nos vemos obligados a soportarlos. Y la gracia —o carencia de ella, según se mire— es que aquí son retratados con una precisión milimétrica.

En una cena formada por un grupo de amigos de toda la vida, se propone jugar a un juego que consiste en dejar los teléfonos móviles encima de la mesa y leer en voz alta todos los mensajes que les vayan llegando durante la velada. Naturalmente, este acto kamikaze acabará destapando todos los secretos que guardasen entre ellos. Que no serán pocos, claro, porque de lo contrario no habría película. Como es de esperar, tendrán lugar varios giros, traiciones, alianzas inesperadas y alguna que otra trampa para intentar no arruinar sus vidas para siempre.

Pese a que parece una propuesta idónea para que Álex de la Iglesia dé rienda suelta a todos sus tics habituales, aquí nos toparemos con una versión suya mucho más contenida y comedida que de costumbre: poca violencia, poco desfase y poco peligro en las alturas. Seguramente esto se deba al hecho de que se trate de un remake de la italiana Perfetti Sconosciuti y haya preferido seguir a pies juntillas su argumento. De todos modos, no resulta muy complicado adivinar a ciegas cuáles han sido las aportaciones de Álex y su compinche Jorge Guerricaechevarría al guión original. Sin entrar en detalles, la mayoría de cambios consisten en adaptar los diálogos, pero hay un añadido que destaca sobre todos los demás hasta el punto de parecer que nos hayan colado, sin avisar, un remake encubierto de Coherence.

A excepción de Eduardo Noriega, que ya tal, el casting es espectacular. Podemos hablar ya de la mejor actuación que se ha visto en pantalla de Belén Rueda, pero todos hacen un trabajo excepcional y resultan creíbles, naturales y cercanos. Concretamente, Eduard Fernández protagoniza una escena inesperadamente emotiva y profundamente humana en lo que, por otra parte, es una película cargada de misantropía. No es raro que en el cine de Álex de la Iglesia termine abusándose del histrionismo y el griterío, al fin y al cabo es marca de la casa (y, en su defensa, suele funcionar), pero aquí se opta por una tensión mucho más sutil donde la cosa no se desmadra hasta que sea estrictamente necesario.

Con un final ligeramente menos decepcionante que el de su referente —aunque más previsible debido a su propia naturaleza y a las pistas que nos van dejando durante el metraje—, Perfectos Desconocidos nos deja con la sensación de que su punto de partida daba para muchísimo más. Algunos chistes están un poco anticuados y a veces es difícil distinguir cuándo los personajes están siendo unos cuñaos y cuándo lo está siendo el guionista. Aun así, no por ello deja de funcionar como un tiro. Tensa, divertida a ratos, con un ritmo perfecto, unas actuaciones sorprendentes y un mensaje ambiguo. No será el mejor trabajo de su director, pero tampoco es el encargo impersonal que podría haber sido. Echadle un ojo si queréis, raro sería que os arrepintierais.

Crítica original en: http://cineenserio.com/perfectos-desconocidos/
Juankiblog
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9
10 de febrero de 2016
30 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
BoJack Horseman va sobre un caballo antropomórfico (un tremendo Will Arnett) que protagonizó una rancia sitcom en los noventa, pero que a día de hoy se ha convertido en un juguete roto de la industria que se pasa el día emborrachándose en su mansión y torturando psicológicamente a Todd (Aaron Paul haciendo de Jesse Pinkman otra vez, pero en versión animada), su compañero de piso. En un intento de volver a ser relevante, se compromete a escribir un libro de sus memorias con la ayuda de Diane (Alison Brie), una escritora apócrifa a la que dictará toda su vida y por la que no tardará en tener sentimientos que van más allá de lo estrictamente profesional.

Reconozco que cuando me enfrenté por primera vez a esta serie, lo único que esperaba era echarme unas risas durante veinte minutos, sin comerme demasiado la cabeza. Y durante los cinco primeros capítulos es, más o menos, lo que BoJack Horseman nos ofrece: una comedia ácida que alterna sutil ironía ingeniosa con chistes más de trazo grueso parodiando el star system hollywoodiense, representado aquí básicamente como una especie de zoológico en el que humanos y animales de todo tipo conviven.

Esto último crea un universo cuyas reglas no terminan de ser demasiado claras pero que dan pie a cientos de chistes y juegos de palabras (la atención al detalle es enorme, la serie se merece un segundo visionado sólo para intentar captar todos los chistes que ocurren en segundo plano) que funcionarán mejor o peor según la tolerancia hacia el humor absurdo del espectador.

En realidad al principio el tono no deja de ser muy parecido al de series como Padre de Familia —cutaways incluidos— o American Dad (por las que no tengo nada en contra, ojo), pero de vez en cuando aflora cierta pochedumbre que obliga a replantearse si lo que nos están contando tiene tanta gracia como parece.

Y llegados a cierto punto, te das cuenta de que no.

Porque los siguientes seis episodios de los doce que conforman la primera temporada carecen de piedad alguna sobre el espectador. El humor sigue presente, y sin reducir un ápice su mala hostia y sentido del absurdo —de ahí la irrupción de personajazos robaescenas como Vicent Adultman, que elevan la comicidad hasta límites insospechados—, pero pasa a un segundo plano en pos de un estudio sorprendentemente serio y sin concesiones sobre cómo funciona la depresión.

La depresión es un tema espinoso en el que rara vez he visto adentrarse a una película o serie de televisión, por no decir que prácticamente ninguna. Y me parece algo perfectamente normal. Porque es difícil. No es cinematográfico. No es entretenido. Retratar a una persona con depresión puede ser frustrante y reiterativo, por eso en la ficción suele representarse mediante la elipsis. Rara vez vemos a un personaje cuando está jodido de verdad, sino que nos saltamos ese momento y pasamos directamente a cuando empieza a recuperarse.

Por eso, centrarse en un personaje que está a años luz de la recuperación (y, de paso, de la redención) es un reto muy complicado, y más en una comedia animada protagonizada por animales, pero BoJack Horseman consigue salir airosa y sin despeinarse apenas. Y lo consigue porque tiene la virtud de saber alternar perfectamente la seriedad con la distancia irónica cuando la situación lo requiere.

Aquí tengo que reconocer una cosa: si de un tiempo a esta parte alguien me llega a decir que terminaría llorando a lágrima viva con una serie protagonizada por Will Arnett (una de las personas más divertidas del mundo) me costaría creérmelo. Pero es que ya, si encima ese alguien me dice que en dicha serie a quien está interpretando Arnett es a un caballo de dibujos animados, lo más posible es que le mandara a tomar por culo directamente.

Y no me quedaría más remedio que tragarme mis palabras ante escenas tan devastadoras y sinceras como la que cierra el onceavo episodio de esta primera tanda de capítulos. Es imposible no derramar alguna que otra lágrima. Es imposible no quedarse con un mal cuerpo increíble. Siempre y cuando tengáis alma, claro.

(Sigo en spoiler, sin ser spoiler)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
Juankiblog
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