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Críticas de El Despotricador Cinéfilo
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95 críticas
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9
13 de febrero de 2012
21 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
Creo recordar que era Pumares el que decía que "Vértigo" de Hitchcock, a pesar de estar considerada de forma unánime hoy en día como una incuestionable Obra Maestra, sería una película absurda, incoherente y un despropósito total si no la hubiese dirigido el Maestro inglés. ¿Por qué? Pues porque roza continuamente la incoherencia, el absurdo y la incredibilidad, pero es gracias a la buena labor de su director lo que cuenta es cómo esta contada en vez de qué es lo que cuenta.

Algo muy similar, aunque a más de uno podría sorprender, se puede decir de este inolvidable clásico del cine español de los años 40 titulado "El clavo" de Rafael Gil (sí, hay grandes películas españolas en esa época y por desgracia la mayoría de ellas aún por redescubrir). Pues si nos ceñimos al guión en sí, o más concretamente a la historia que cuenta (pues el guión es espléndido), no hay por donde cogerlo y más de una incoherencia e inverosimilitud se presenta en la explicación del crimen que se está juzgando pero, sin embargo, y esta es la gran magia del cine, nos da igual, no nos importa, porque está contado y narrado de forma tan magnífica que no nos percatamos de ello.

Es realmente maravilloso, porque esa es la palabra, maravilloso, cómo está planteada toda la fatalista atmósfera de la película, como nos cautiva ese tono onírico, fantasioso, fantasmagórico, romántico, misterioso y muy fatalista de todo el relato; como los diálogos derrochan (y desbordan) ingenio y brillantez que ya quisieran la amplía mayoría de las sitcoms actuales; cómo la química entre todos actores (soberbios Amparo Rivelles y Rafael Durán) es simplemente perfecta; cómo la envolvente y sobrecogedora música de Juan Quintero te conmueve y cómo avanza la trama, como ocurre solo con las grandes películas, sin que nos demos cuenta. Todo un prodigio de dirección. Todo un prodigio de planificación. Todo un prodigio para demostrar, por enésima vez, que el cine, como arte que es, lo que importa es las sensaciones que produce aunque la historia que cuente tenga más cabos sueltos de los que serían recomendables.

Pero claro, ¿quién quiere películas académicamente perfectas cuando estas obras tan imperfectas son tan cautivadoras, embriagadoras y fascinantes?

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4
14 de septiembre de 2010
24 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cada día me sorprendo más con lo hábil que es cierto tipo de cine y cómo, de forma sutil e imperceptible, te maquilla ciertas historias para que parezcan buenas películas, cuando en realidad, argumentalmente, no son sino la historia sensiblera, banal y telefilmera de siempre. Y es que tras visionar "John Q" me pareció una buena película, francamente buena, pero solo tardé unos minutos en vislumbrar todos sus fallos y trampas.

El problema es quizás que los cinéfilos solemos ser muy emocionales, y que "John Q" venga firmada por Nick Cassavetes (hijo de dos pesos pesados del cine como son los estupendos John Cassavetes y Gena Rowlands) es una magnífica carta de presentación. Hasta aquí le damos todo el beneficio de la duda. Ahora bien, no voy a consentir que adornen la película como un film serio cuando es un telefilm lacrimógeno y excesivo que no aporta nada en absoluto.

¿Para hacer una feroz crítica al sistema sanitario estadounidense es necesario recrearse tanto en el amor de esos sufridos y abnegados padres por su moribundo hijo? ¿Hace falta darle ese tono de culebrón desaforado donde todas las pasiones se desbordan? ¿Hace falta unos secundarios tan manidos y arquetípicos como los que se nos presentan? Por Dios, seamos serios, rodearse de magníficos actores como Denzel Washington, James Woods y (el siempre excepcional) Robert Duvall no es suficiente para hacernos colar la historia de superación de siempre.

¿Es que no se da cuenta el señor Cassavetes de que no profundiza lo suficiente en su dura crítica al sistema sanitario? El espectador solo se queda con lo mucho que han sufrido y se han sacrificado los padres. Es la historia de siempre: una vuelta de tuerca a "Tarde de perros" pero mucho más edulcorada. Por supuesto que aplaudo el intento de denuncia social y las buenas intenciones, pero es una verdadera pena, pues el tema se prestaba a hacer un film magnífico que desvelase rotunda y contundentemente las vergüenzas de la sanidad pública en EEUU y solo se queda en una insulsa e irrelevante denuncilla al más puro estilo Disney.

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5
1 de enero de 2010
33 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace ya algunos años fui invitado, junto con otros cinéfilos, por un profesor, a la proyección, en la facultad de Filosofía y Letras, de la mítica película “El año pasado en Marienbad”. 94 minutos después terminó la película (menos mal que solo fueron 94 minutos) y empezó, entre los allí congregados, un espontáneo coloquio sobre dicho film.

Yo no podía salir de mi asombro viendo cómo todos estaban entusiasmados, fascinados y motivados por la obra de Resnais, derrochando ingeniosas justificaciones e interpretaciones de lo que acabábamos de ver; encontrando rasgos culturales, perturbadores y geniales en cada una de las escenas y diálogos. Yo permanecí callado, pues dudada (muy seriamente) si estábamos hablando de la misma película o, peor aún, si era tan intelectualmente pobre que no había captado ni apreciado todas esas cualidades, aciertos y magistrales toques surrealistas que inundan cada fotograma del film.

Ahora que mi criterio y mi sabiduría cinéfila se han ampliado considerablemente, hay una máxima cinematográfica que no consiento ni tolero: no aguanto que me tomen el pelo, ya sea con cine europeo (en su mayoría) o americano (por ejemplo, la amplia filmografía de David Lynch). ¿Tan difícil es decir, o reconocer, que “El año pasado en Marienbad” es un aburrimiento incomprensible? ¿Tanto cuesta asumir que no se han enterado de nada porque no hay nada de que enterarse? ¿No les da vergüenza tener que escudriñar rebuscadas justificaciones e interpretaciones para, así, no reconocer que la película es un vacío absoluto estirado hasta el hastío (y, en mi caso, la desesperación)? ¿No les revienta de verdad que un director (un ser humano, al fin y al cabo) sea tan pretencioso y prepotente como para hacer un cine tan poco asequible que haya que buscarle absurdas coartadas intelectuales y culturales?

Y luego querrán, sinceramente, que la cultura sea interesante y accesible para una mayoría. Pues mientras se sigan defendiendo (sin justificación alguna) bodrios de tal calibre, la gente seguirá huyendo de la cultura, y el cine europeo seguirá arrastrando el lastre de cine aburrido para minorías: una pena, sin duda, pues nos alejará y nos impedirá ver las grandes obras del viejo continente.

El Despotricador Cinéfilo
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8
12 de noviembre de 2008
17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay películas que solo deberían verse de niños, y por tanto disfrutarlas inocente e ingenuamente, más aún si se trata de una película de puro escapismo, al fin y al cabo el cine es el arte más ilusorio que existe y por ello debe maravillarnos continuamente, aunque para ello deba hacer uso de la célebre suspensión de credibilidad.

Siempre he sido muy partidario de películas que consiguen entretener, disfrutar y divertir aunque sean algo increíbles o rocen continuamente la inverosimilitud, pues mi máxima es que toda gratuidad está permitida en aras del espectáculo, un ejemplo muy claro serían los excelentes films de Indiana Jones, porque si una historia está bien contada y sobre todo bien rodada se le perdona todos esos pequeños deslices inverosímiles que nos tragamos con tal de disfrutarla a tope.

Pero ahora bien, cuando una película abusa de la suspensión de credibilidad pierde cualquier crédito posible, lo que vulgarmente se conoce como una fantasmada, a mi este termino tan poco cinéfilo no me gusta, pero si que reconozco que el film desafía (y sobrepasa) continuamente las leyes de lógica más elemental.

La pregunta es ¿se lo permitimos porque la película es brillante, entretenida, divertida y excitante a más no poder haciendo que sus 2 horas y media pasen volando? Pues si fuera aún un niño probablemente se le perdona y se le permite, pero verla con ojos de adultos es terrible porque no haces más que preguntarte el típico ¿cómo es posible que…?.

Porque ¿cómo es posible que con solo una mochila a sus espaldas tengan arsenal suficiente para disponer de docenas de ametralladores, municiones, bombas y explosivos?, ¿cómo es posible que en territorio nazi nadie hable alemán?, ¿cómo es posible y verosimil esa imagen de Clint Eastwood y Richard Burton al más puro estilo Rambo durante 2 horas luchando y disparándoles sin parar?, ¿cómo es posible que los coches y aviones exploten con solo rozarlos?, ¿cómo es posible que en tantas escenas se desafíe la ley de la gravedad?, ¿cómo es posible que disparando una sola ametralladora se elimine a todo un ejercito nazi que ni el propio Terminator?, en fin, como digo, todo sea en aras del espectáculo, y solo por eso, se le perdona.

Y es que en el cine hay un regla de oro no escrita en la cual le permitimos que nos engañe continuamente (siempre en el buen sentido de la palabra) a cambio de que nos ofrezca escapismo, entretenimiento y pasar un buen rato. ¿Es despotricable esto? Pues que caray, yo creo que no, al fin y al cabo su misión y objetivo más primario es entretener, y eso lo consigue con creces.

El Despotricador Cinéfilo
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6
29 de junio de 2009
22 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Siempre me ha sorprendido como, a lo largo de la historia, muchos críticos han mitificado a ciertas películas solo porque contienen maravillosos primeros planos o encuadres magníficamente planificados; lo cual, por supuesto, si tienen una coherencia en la historia a mí también me encantan (que sería por ejemplo de Casablanca sin esos maravillosos primeros planos).

Ahora bien, que toda una película se sostenga, o mejor dicho, se tenga que sostener, por el encanto de los actores, en este caso por Marlene Dietrich (y muy bien secundada por Gary Cooper y Adolphe Menjou), y que los críticos estén fascinados por lo maravillosamente que está fotografiada no me parece que hagan un gran favor al cine. Porque el cine es básicamente solo una cosa: un guión, y cuanto mejor es dicho guión mejor será la película. Pues la fotografía, montaje, música, decorados o incluso hasta la dirección son solo herramientas para plasmar dicho guión en la pantalla, es decir, son elementos secundarios y nunca deben llamar la atención por sí solos.

Sin un buen guión a mí particularmente todo lo demás me da igual, sin una historia que te entretenga y enganche todo lo demás da igual. Porque, sinceramente, ¿qué me importa que el primer número musical de Marlene Dietrich sea tan fascinante, sensual, inolvidable y que ella esté estupenda si el resto de la película es un aburrimiento? ¿qué me importa que el maravilloso plano final estén tan magistralmente encuadrado por Sternberg si hasta entonces el tedio ha acompañado la película?

Porque desde luego Marruecos es una de las peores obras de Sternberg (recién salido de El ángel azul, quien lo diría), donde todos los personajes son muy acartonados, esquemáticos y lineales, los diálogos son muy pobres y sin encanto, además, hay una gran ausencia de diálogos en momentos que debería haberlos (supongo que esto es debido a que es una película de 1930, por lo que el sonoro todavía estaba en pañales, lo que ocasiona que muchos de los tics del cine mudo están aun palpables) lo que ralentiza considerablemente la acción.

Y sobre todo, y lo que es más importante (y donde se ve claramente la flaqueza del guión), el espectador debe hacer un gran esfuerzo para entender las motivaciones de los personajes; pues están descritos tan banal y superficialmente que no entiendes el porqué de ese desaforado amor pasional (¿quién sabe? a lo mejor el problema en que en los años 30 los amores, para que fuesen así de irracionales, apasionados y desaforados, no necesitaban motivaciones, y es algo que hemos perdido los humanos en el siglo XXI).

Pero claro, siempre habrá críticos e historiadores que glorifiquen y se derritan por aspectos técnicos de la película, o lo que es lo mismo, que sea tan aburrida, pasada de moda y desfasada que solo les quede fijarse en eso.

El Despotricador Cinéfilo
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