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Comedia
Alfredo es un solterón empedernido cuya única aspiración en la vida es ligar y saciar su sed de conquistas. Tres mujeres, Mariví, Elena y Lulú, son sus objetivos, pero las tres suponen para él sucesivos fracasos, en comparación con los éxitos en ese mismo campo de su buen amigo Sebastián, un pobre diablo sin maldad y de comportamiento sumiso. Todo ello empuja a Alfredo a cuestionarse la seguridad en sí mismo y el control del que creía ... [+]
23 de diciembre de 2025
23 de diciembre de 2025
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"A media luz los tres" (comedia en tres actos Y UN EPÍLOGO) tuvo un enorme éxito de público tras su estreno en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1953. También lo tuvo de crítica, y esa unanimidad entre el uno y la otra ha llevado a que sea una de las obras más representadas de su autor, hasta el punto de que no ha habido década desde entonces en que no haya sido "reestrenada" comercialmente en España por alguna compañía. Pero aún con tal consenso, no faltó alguno que, dentro de una valoración positiva, dejase caer alguna puyita, y una de ellas es que eso del epílogo sobra.
Naturalmente, Miguel Mihura no hizo ni caso, y prueba de ello es que en la representación que se puede considerar canónica, puesto que la dirigió él mismo, llevada a cabo en el Teatro Arlequín de Madrid en 1966 (el mismo año en que TVE emitió su primera versión, también por Fernando García de la Vega, la cual no sé si será posible contemplar alguna vez), el epílogo sigue ahí y gozando de buena salud. Pues bien, casi treinta años después, en esta nueva adaptación suya para Estudio 1, de la Vega decidió tomarse la justicia por su mano y, efectivamente, eliminar por completo dicho componente integral del texto, sustituyéndolo por un desenlace "de su cosecha" que trastoca por completo su sentido inicial.
No se queda ahí la cosa, ya que al comienzo se añade también una especie de prólogo con tintes posmodernos, en el que imágenes de shows televisivos de dos o tres lustros antes parecen tener la intención de "ayudar" a situarse en la historia al espectador, al cual, como puede verse, se le termina sirviendo una versión, más que adaptada, "actualizada", o sea, mutilada y significativamente alterada de la pieza original.
Con todo, si hacemos abstracción de lo anterior y de otras ocurrencias del realizador, el cual se supone que pretendía con todo ello mejorar la experiencia del visionado (como, por ejemplo, varios sobreimpresionados que nos muestran en pantalla a dos Marías Silva distintas), se mantienen los fundamentales de este simpático vodevil, en el que tan importante papel juega el teléfono (que "siempre suena en los momentos más inoportunos"), y que era una de las más apreciadas de entre las suyas por el propio Mihura, con esa inteligente mezcla de humor y ternura, esos diálogos marca de la casa tan ágiles como ingeniosos y esa penetración (sin repudiar cierta caricatura) en los matices psicológicos de los personajes.
También dejando salidas de tiesto aparte, García de la Vega, a pesar de no estar los dramáticos dentro de su especialidad (lo suyo eran más bien los programas musicales y de variedades como "Galas del sábado" o los concursos tipo "Un millón para el mejor", dentro de una dinámica que tanto influye su tratamiento de la presente obra), ejecuta aquí una realización eficaz y vigorosa, en la que su experimentada veteranía se deja notar tanto en el impecable manejo de las situaciones como en la acertada elección de planos y el movimiento de cámaras.
Muy lograda es también toda la puesta en escena, con un reparto que está igualmente a la altura de las circunstancias, aunque mención aparte merece María Silva, quien alcanza a dar uno de sus mayores dos de pecho en su encarnación de cuatro mujeres con personalidades muy distintas entre sí; sin embargo, y sin hacer de menos a José María Pou, siempre me quedará el gusanillo de ver a Pastor Serrador en el papel de Sebastián, tal como hizo en 1966 en el Arlequín (o incluso, ya puestos, en el de Alfredo). En definitiva, una entrada en el historial de los Estudio 1 que, sin llegar a ser deslumbrante, sí reúne indudable interés.
Naturalmente, Miguel Mihura no hizo ni caso, y prueba de ello es que en la representación que se puede considerar canónica, puesto que la dirigió él mismo, llevada a cabo en el Teatro Arlequín de Madrid en 1966 (el mismo año en que TVE emitió su primera versión, también por Fernando García de la Vega, la cual no sé si será posible contemplar alguna vez), el epílogo sigue ahí y gozando de buena salud. Pues bien, casi treinta años después, en esta nueva adaptación suya para Estudio 1, de la Vega decidió tomarse la justicia por su mano y, efectivamente, eliminar por completo dicho componente integral del texto, sustituyéndolo por un desenlace "de su cosecha" que trastoca por completo su sentido inicial.
No se queda ahí la cosa, ya que al comienzo se añade también una especie de prólogo con tintes posmodernos, en el que imágenes de shows televisivos de dos o tres lustros antes parecen tener la intención de "ayudar" a situarse en la historia al espectador, al cual, como puede verse, se le termina sirviendo una versión, más que adaptada, "actualizada", o sea, mutilada y significativamente alterada de la pieza original.
Con todo, si hacemos abstracción de lo anterior y de otras ocurrencias del realizador, el cual se supone que pretendía con todo ello mejorar la experiencia del visionado (como, por ejemplo, varios sobreimpresionados que nos muestran en pantalla a dos Marías Silva distintas), se mantienen los fundamentales de este simpático vodevil, en el que tan importante papel juega el teléfono (que "siempre suena en los momentos más inoportunos"), y que era una de las más apreciadas de entre las suyas por el propio Mihura, con esa inteligente mezcla de humor y ternura, esos diálogos marca de la casa tan ágiles como ingeniosos y esa penetración (sin repudiar cierta caricatura) en los matices psicológicos de los personajes.
También dejando salidas de tiesto aparte, García de la Vega, a pesar de no estar los dramáticos dentro de su especialidad (lo suyo eran más bien los programas musicales y de variedades como "Galas del sábado" o los concursos tipo "Un millón para el mejor", dentro de una dinámica que tanto influye su tratamiento de la presente obra), ejecuta aquí una realización eficaz y vigorosa, en la que su experimentada veteranía se deja notar tanto en el impecable manejo de las situaciones como en la acertada elección de planos y el movimiento de cámaras.
Muy lograda es también toda la puesta en escena, con un reparto que está igualmente a la altura de las circunstancias, aunque mención aparte merece María Silva, quien alcanza a dar uno de sus mayores dos de pecho en su encarnación de cuatro mujeres con personalidades muy distintas entre sí; sin embargo, y sin hacer de menos a José María Pou, siempre me quedará el gusanillo de ver a Pastor Serrador en el papel de Sebastián, tal como hizo en 1966 en el Arlequín (o incluso, ya puestos, en el de Alfredo). En definitiva, una entrada en el historial de los Estudio 1 que, sin llegar a ser deslumbrante, sí reúne indudable interés.
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