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8
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8
6,5
170
Comedia. Drama
Había una vez, en un lugar llamado Nogolí, un rancho de paredes de barro y piedra, donde vivían Tulio y Susana. La vida transcurría con rutinas, casi sólo con rutinas y el mundo era ancho y ajeno. En ese pequeño mundo, todo era conocido, todo era compartido, los recuerdos, los rencores, los gustos y los muertos. Fuera de allí todo era extraño, distinto, inconveniente, peligroso. En otra ciudad lejana llamada Buenos Aires vive Clara, ... [+]
8 de noviembre de 2008
8 de noviembre de 2008
7 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tulio y Susana (Leandro Castello y Mercedes Scápola), un hombre de edad incierta (¿envejecido?), deteriorado por su circunstancia, y su sobrina llegan a Buenos Aires desde un pueblo del interior. Acaban de ser empujados del rancho en el que vivían, rodeados de gallinas y chivos. Tulio, hemipléjico, y Susana, su acompañante, reducidos a una forma de vida primitiva, elemental y grotesca, a fuerza de frutas y salamín.
Así, a lomo de una camioneta ajena, llegan a una Buenos Aires desconocida, y sin pensarlo dos veces rumbean al departamento de Clara, hermana de Tulio, quien por lo visto se olvidó de los que se quedaron. Ellos, con su vida casi salvaje a cuestas, despiertan angustia en cualquiera que no esté habituado a sus costumbres prosaicas y algo de piedad por su extrema precariedad. En este encuentro forzado entre dos mundos que alguna vez fue uno solo, cada uno tendrá qué decir. Clara tratará de metabolizar esta realidad esgrimiendo, finalmente, su hipocresía; Tulio y Susana son incapaces de comprender sus limitaciones, el hecho de que sólo puedan ser aceptados por aquellos que les tienen lástima.
Edi Flehner demuestra su mano para desacralizar lo teatral, introduciendo un prólogo y un epílogo que meten a los espectadores en ese particular universo provinciano del que surgen estos personajes y, sin vacilaciones, recorre las habitaciones del viejo departamento, coqueto pero con huellas de decadencia, donde tiene lugar esta comedia, por cierto dramática, casi en tiempo real. Flehner juega a abrir puertas y a traspasarlas para meterse en los mundos de sus protagonistas.
Todo está perfectamente calculado. La manera en que Flehner resuelve cómo Tulio y Susana cuentan una anécdota imposible acerca de una chica del pueblo, con idas y venidas, es para sacarse el sombrero. Todo, en verdad, funciona así. Desde la fotografía, que se mueve entre el realismo, la magia y la oscuridad, hasta la música, de César Lerner, que incluye como broche de oro una versión de El rancho e la cambicha , fondo alegre que subraya la tremenda contradicción que existe entre quienes allá lejos están de fiesta mientras estos otros, perdedores natos, no encuentran otra salida que la desolación marginal.
El resultado es sorprendente: la demostración de que detrás del cineasta que hasta ahora supo hacer muy buena letra en el cine publicitario o como productor de otros hay un artista riguroso que puede -y en ese caso debe- seguir haciendo cine para el público, tan necesario en los tiempos que corren.
Así, a lomo de una camioneta ajena, llegan a una Buenos Aires desconocida, y sin pensarlo dos veces rumbean al departamento de Clara, hermana de Tulio, quien por lo visto se olvidó de los que se quedaron. Ellos, con su vida casi salvaje a cuestas, despiertan angustia en cualquiera que no esté habituado a sus costumbres prosaicas y algo de piedad por su extrema precariedad. En este encuentro forzado entre dos mundos que alguna vez fue uno solo, cada uno tendrá qué decir. Clara tratará de metabolizar esta realidad esgrimiendo, finalmente, su hipocresía; Tulio y Susana son incapaces de comprender sus limitaciones, el hecho de que sólo puedan ser aceptados por aquellos que les tienen lástima.
Edi Flehner demuestra su mano para desacralizar lo teatral, introduciendo un prólogo y un epílogo que meten a los espectadores en ese particular universo provinciano del que surgen estos personajes y, sin vacilaciones, recorre las habitaciones del viejo departamento, coqueto pero con huellas de decadencia, donde tiene lugar esta comedia, por cierto dramática, casi en tiempo real. Flehner juega a abrir puertas y a traspasarlas para meterse en los mundos de sus protagonistas.
Todo está perfectamente calculado. La manera en que Flehner resuelve cómo Tulio y Susana cuentan una anécdota imposible acerca de una chica del pueblo, con idas y venidas, es para sacarse el sombrero. Todo, en verdad, funciona así. Desde la fotografía, que se mueve entre el realismo, la magia y la oscuridad, hasta la música, de César Lerner, que incluye como broche de oro una versión de El rancho e la cambicha , fondo alegre que subraya la tremenda contradicción que existe entre quienes allá lejos están de fiesta mientras estos otros, perdedores natos, no encuentran otra salida que la desolación marginal.
El resultado es sorprendente: la demostración de que detrás del cineasta que hasta ahora supo hacer muy buena letra en el cine publicitario o como productor de otros hay un artista riguroso que puede -y en ese caso debe- seguir haciendo cine para el público, tan necesario en los tiempos que corren.
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2006--
- Vivian Lai
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