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Voto de Vivoleyendo:
8
6,3
40.538
votos
Sinopsis
Nueva York, años 20. En la alta sociedad norteamericana, llama la atención la presencia de Jay Gatsby, un hombre misterioso e inmensamente rico, al que todos consideran un advenedizo, lo que no impide que acudan a sus fastuosas fiestas en su gran mansión de Long Island. Gatsby vive obsesionado con la idea de recuperar al amor que dejó escapar años atrás. Para ello se hará amigo de su vecino recién llegado, el joven Nick Carraway. (FILMAFFINITY) [+]
26 de diciembre de 2013
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Leí la novela, la original en inglés, hace unos diecisiete años, como lectura para la universidad. No me entusiasmó en absoluto y así se lo comenté al profesor cuando realicé su análisis. Aquel ambiente decadente de ríos de dinero, jazz, charlestón, alcohol, superficialidad y desidia no es que me transportara a las dimensiones celestes. Ningún personaje me despertaba especial simpatía, tan sólo Jay Gatsby y Nick Carraway estaban un poco por encima, y con reservas.
Nick es el arquetípico narrador y observador que presencia las acciones ajenas y que actúa como el sempiterno convidado e intermediario, influyendo apenas en el devenir de los acontecimientos e intentando no juzgar a nadie a la ligera, una enseñanza que su padre le ha inculcado. Efectivamente, Nick derrocha paciencia y capacidad de comprensión por muy disparatado que sea lo que ocurra a su alrededor. Es el personaje más equilibrado (todo lo equilibrado que puede ser un joven en los "Locos años 20"), y el punto de conexión entre los hechos y el lector.
Gatsby es la encarnación del romanticismo más exacerbado. Tanto, que me pasó como me pasa a menudo con quienes tienen demasiados pájaros en la cabeza; a veces me irritaba. No mucho, lo suficiente para no caerme antipático. Al contrario, la enorme vulnerabilidad de sus sueños me daba un poco de lástima. No eran aires de grandeza de un hombre arrogante, sino las frágiles ilusiones de un hombre sensible y enamorado que había tenido la desgracia de idealizar al objeto de su amor, y de cometer el error de creer que ella le correspondía. De acuerdo, ella le correspondió, alguna vez, pero no como él esperaba ser correspondido.
El resto de los personajes eran francamente vulgares, incluida la preciosa Daisy, que pese a sus aires de mosquita muerta a mí me parecía una lagartona de cuidado. Ya sé que la cosa no es tan simple y que para aquella chica ricachona de familia rancia la elección entre Gatsby y Buchanan no fue sencilla y que las circunstancias no fueron sencillas (Gatsby era un muchacho gentil que la adoraba pero era un pobretón, mientras que Buchanan era un bruto machista prepotente pero estaba podrido de pasta). Ella hizo su elección y, bueno, pues que se aguante con lo que escogió, siempre he pensado que Daisy tenía lo que se merecía. Que desde luego no era Gatsby, demasiado hombre para ella.
La futilidad de aquellos años de la Ley Seca (nunca corrió tanto el alcohol como entonces, basta una prohibición para que todo el mundo se pirre por pasársela por los forros), la fiebre de Wall Street y aquella burbuja de bonanza económica dispararon una década puramente hedonista. Las chicas flappers y los petimetres con las carteras bien llenas enlazaban noche tras noche de juergas sin fin. Fitzgerald describió a la perfección esa breve época de esplendor bizarro y hueco.
Entre tanta vulgaridad, Gatsby se había reinventado a sí mismo porque odiaba sus orígenes humildes, pero no al estilo de un snob insufrible y avaro, sino de un soñador que aspiraba a una vida realmente elevada, para quien las turbiedades de los negocios y de amasar millones de dudosa procedencia no eran la meta, sino un medio inevitable y hasta engorroso por necesidad de labrarse un microuniverso que la impresionara a ella, porque otro de los errores que Gatsby cometió fue creer que el dinero le conseguiría lo que quería de verdad.
El misterioso gentleman lo hace todo con un único propósito, y Nick, que observa fascinado a su casi ídolo, siente crecer en su interior la simpatía y la compasión hacia ese personaje que se ha construido un delirante castillo de naipes, y se da cuenta de que nadie lo conoce de veras, nadie excepto él, el modesto corredor de bolsa que mira y tiene que callarse muchas cosas.
Luhrmann, aunque como acostumbra, se ha pasado un poco de la raya en su recreación del universo Fitzgerald, refleja bien su espíritu tan sórdido como idealista. Ese Valle de las Cenizas tan cerca de la luz verde.
Y el sueño imposible de su romántico protagonista. Uno de los escasos que quedan en este mundo de cínicos e indolentes.
Lástima que siempre exista un Valle de las Cenizas que lo mancille.
Como dice el refrán, no se han hecho las margaritas para los cerdos.
Vivoleyendo
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