Final Portrait. El arte de la amistad
5,5
653
Drama
La historia del pintor suizo y escultor Alberto Giacometti. El film se centra en el año 1964, cuando Giacometti invitó al crítico de arte y escritor norteamericano James Lord a que posara para él en lo que acabó siendo uno de sus más célebres retratos. Lo que en un principio iba a ser un trabajo de unos pocos días se demoró en varias sesiones, a lo largo de semanas, a causa de la falta de disciplina e incapacidad de concentración del ... [+]
13 de febrero de 2018
13 de febrero de 2018
13 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si esta película se ajusta mínimamente a la realidad, la verdad es que le ha hecho un flaco favor al retratado. No soy ningún experto en arte. Y mucho menos en la obra de Alberto Giacometti, de quien solo he visto algunas esculturas. En mi opinión de ignorante, el arte moderno es una de las mayores bolsas de fraude que existen, y la idolatría que rodea a ciertos artistas, un mero asunto de dinero. En muchísimos casos la cosa se resume en crear un estilo reconocible, buscarse un marchante con contactos, hacerse un hueco de mercado, y a vivir que son dos días. Y como la cosa no da para mucho, hay que complementar todo ello con una buena campaña de marketing. Para ello es esencial cultivar una personalidad lo más excéntrica posible: lo que en otro tiempo se llamaba "hacerse el interesante". Por increíble que parezca, un truco tan infantil como este suele funcionar bastante bien.
A mí, con todos los respetos, las esculturas de Giacometti que conozco me parecen todas la misma. Creo que la mayoría de la gente que pone los ojos en blanco al contemplarlas pasarían de largo si no supieran que son suyas. Y, después de ver esta película, llego a la conclusión de que, probablemente, tampoco sabía pintar. Pero lo peor es que como persona, a pesar de las intenciones del director, parece haber sido igual de repetitivo e insustancial que como artista. Por lo demás, teniendo en cuenta que de donde no hay..., la película me ha parecido correcta.
A mí, con todos los respetos, las esculturas de Giacometti que conozco me parecen todas la misma. Creo que la mayoría de la gente que pone los ojos en blanco al contemplarlas pasarían de largo si no supieran que son suyas. Y, después de ver esta película, llego a la conclusión de que, probablemente, tampoco sabía pintar. Pero lo peor es que como persona, a pesar de las intenciones del director, parece haber sido igual de repetitivo e insustancial que como artista. Por lo demás, teniendo en cuenta que de donde no hay..., la película me ha parecido correcta.
7 de enero de 2018
7 de enero de 2018
10 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuenta la relación entre el pintor y escultor suizo Alberto Giacometti con el crítico de arte y escritor norteamericano James Lord.
Se podría decir que es el relato de un cuadro que tardó semanas en ser pintado.
El artista no podía concentrarse y posponía la pintura día tras día.
Y escena tras escena volvemos a ver lo mismo. Una y otra vez. En una especie de bucle que termina siendo insoportable.
Geoffrey Rush interpreta bien al artista torturado e incomprensible, que resulta más despreciable que admirable.
En conjunto es un coñazo que me invitó más que a la reflexión al sueño profundo en más de una ocasión.
Stanley Tucci llevaba diez años sin dirigir una peli. Espero que pasen los mismos hasta la próxima.
Mi puntuación: 2,02/10.
Se podría decir que es el relato de un cuadro que tardó semanas en ser pintado.
El artista no podía concentrarse y posponía la pintura día tras día.
Y escena tras escena volvemos a ver lo mismo. Una y otra vez. En una especie de bucle que termina siendo insoportable.
Geoffrey Rush interpreta bien al artista torturado e incomprensible, que resulta más despreciable que admirable.
En conjunto es un coñazo que me invitó más que a la reflexión al sueño profundo en más de una ocasión.
Stanley Tucci llevaba diez años sin dirigir una peli. Espero que pasen los mismos hasta la próxima.
Mi puntuación: 2,02/10.
31 de diciembre de 2017
31 de diciembre de 2017
7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuánto mal ha causado el platonismo. Por no hablar de su degradación, el romanticismo. En verdad, toda forma de idealismo. De huida del materialismo. Ese afán improbable por escapar de nuestro cuerpo, de lo vulgar, de la miseria, de lo ordinario, aburrido y cotidiano, de nuestros deseos más primarios, de nuestra común mediocridad y falta de vuelo.
La idea de genio (artístico) es arquetípica, flota en un limbo dorado, como el bien, la belleza y la verdad, igual de pura que ellas. También, por supuesto, es, como decíamos, romántica. Una exaltación del individuo, del yo hipertrofiado, el autor tratado como un enviado o elegido (la religión del arte), una especie de mediador (médium) entre el más allá, el misterio, y el más acá, el humano desvelo.
Además, cómo no, de ocupar enteramente un género cinematográfico. El retrato de un genio tiene en su haber cientos de películas. Todas ellas beben del mismo anhelo, de la misma fórmula, cuentan al dictado de la idea, son serviles, puritanas, fieles a la norma.
La idea de genio (artístico) es arquetípica, flota en un limbo dorado, como el bien, la belleza y la verdad, igual de pura que ellas. También, por supuesto, es, como decíamos, romántica. Una exaltación del individuo, del yo hipertrofiado, el autor tratado como un enviado o elegido (la religión del arte), una especie de mediador (médium) entre el más allá, el misterio, y el más acá, el humano desvelo.
Además, cómo no, de ocupar enteramente un género cinematográfico. El retrato de un genio tiene en su haber cientos de películas. Todas ellas beben del mismo anhelo, de la misma fórmula, cuentan al dictado de la idea, son serviles, puritanas, fieles a la norma.

Armie Hammer & Geoffrey Rush
Y esta película es una de ellas. Recatada, modesta, con el visto bueno de las autoridades pertinentes, con el sello o marchamo adecuados. Aprobada por el comisario de las buenas ideas.
Sí. Resumo. Un genio debe ser, básica, esencialmente, como un niño de seis años malcriado, consentido, repelente, insoportable y muy lerdo, que todavía se mea en la cama y no duerme, berrea, quiere una teta que ya no le toca.
Esa es la esencia. El resto no son más que variaciones sobre el mismo tema. Pueden ser genios más malditos o blanditos, más idiotas, locos o resueltos, más apasionados, pelmas o parásitos, más generosos, brillantes o absurdos. Eso no importa.
En el caso Giacometti que nos ocupa se trata de fumar como un carretero, hablar entre dientes, beber como un cosaco si se tercia (la autodestrucción concienzuda suele ser un atributo irreprochable), refunfuñar (otro aspecto casi indispensable entre estos sujetos privilegiados, la mala leche, la impertinencia, el desagrado, el amor por lo atrabiliario, destemplado y dislocado. Nada más que bagatelas, estrategias de distracción para intentar disimular un corazón tan grande y magnánimo como la Atlántida o el mismo cielo), practicar el amor libre y, a ser posible, putero (pendenciero, cenagoso, hasta a veces violento) con fruición fornicadora y atea, ser distraído, improvisado, despistado, maniático, neurótico, psicótico, tarado, irascible, pasional, fugaz, resplandeciente, depresivo, eufórico, insobornable, enfermo, contradictorio, turbulento, irracional, inconsecuente y nada burgués.
Sí. Resumo. Un genio debe ser, básica, esencialmente, como un niño de seis años malcriado, consentido, repelente, insoportable y muy lerdo, que todavía se mea en la cama y no duerme, berrea, quiere una teta que ya no le toca.
Esa es la esencia. El resto no son más que variaciones sobre el mismo tema. Pueden ser genios más malditos o blanditos, más idiotas, locos o resueltos, más apasionados, pelmas o parásitos, más generosos, brillantes o absurdos. Eso no importa.
En el caso Giacometti que nos ocupa se trata de fumar como un carretero, hablar entre dientes, beber como un cosaco si se tercia (la autodestrucción concienzuda suele ser un atributo irreprochable), refunfuñar (otro aspecto casi indispensable entre estos sujetos privilegiados, la mala leche, la impertinencia, el desagrado, el amor por lo atrabiliario, destemplado y dislocado. Nada más que bagatelas, estrategias de distracción para intentar disimular un corazón tan grande y magnánimo como la Atlántida o el mismo cielo), practicar el amor libre y, a ser posible, putero (pendenciero, cenagoso, hasta a veces violento) con fruición fornicadora y atea, ser distraído, improvisado, despistado, maniático, neurótico, psicótico, tarado, irascible, pasional, fugaz, resplandeciente, depresivo, eufórico, insobornable, enfermo, contradictorio, turbulento, irracional, inconsecuente y nada burgués.

Geoffrey Rush, Armie Hammer
Ah, se me olvidaba, muy importante, y que todo tu séquito*, los que te rodean o te quieren, ya sean hermanos, amantes (especialmente), amigos, rivales, socios, pasantes, marchantes, comerciantes, gerentes o escribidores te sigan como a un gurú estupefaciente, como a un malvado psicotrónico de burda telenovela, como al jefe timador y bravucón de una secta de medio pelo, deben aguantarte todas tus barrabasadas, bobadas y majaderías, deben aceptarlo todo, para luego poder contarlo, para poder presumir (¿y hacer caja?) de haberse mezclado con ese ser divino, bendecido, iluminado. Da igual que sea un mamarracho y su comportamiento de cárcel, psiquiátrico o monasterio, tú debes aplaudir, ya seas querida, biógrafo o jardinero, jalear, ofrecer tu cuerpo y vender tu alma por ese trozo de gloria, que la ocasión es bárbara y la pinta una cantante calva.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
* Todos los personajes que acompañan al genio quedan desdibujados, paródicos, caricaturescos, sombras chinescas, nada, polvo, lo mismo el escritor gay (ni amistad ni rastro de cosa parecida, son como un oso y un niño asustado), tan masoquista y pánfilo, que la mujer oficial y sumisa que no se sabe de qué (y cómo, no la vemos hacer nada) vive (además de quejarse de la "zorra" y montar un numerito lamentable en el momento más inesperado, cuando permitía sin apenas rechistar, vaya ejemplo, la presencia constante, intrusiva y humillante, en su misma cara, delante de sus narices, de esa prostituta tan poco querida), el hermano tan buenazo (se supone que al retortero parásito del protagonista) o la meretriz (cargante, insustancial, ridículo personaje que ni va ni viene, ni bruja ni santa, nada hay en ella que justifique su supuesta, y risible, condición de musa/amante o amorosa criatura que enloquece al artista de manera mareante). Quedan muy mal parados, a lo sumo como una corte de melifluos gorrones, de zánganos, consentidores y vividores a costa del enorme genio, del Rush hermoso.
Al final, otro tigre de papel. Tanto mal humor y disparate, tantas horas y repeticiones para ser engañado como a un viejo chocho, como al más lelo. Se despista un segundo y ya no tiene cuadro, que le han birlado el retrato.
Reflexión acartonada, domada y floja sobre la creación, como si el pintor o escultor fuera un nene atolondrado que anduviera cazando moscas y al que nada le importan (de verdad, no como frases bobas, gestos grandilocuentes o tópicos recurrentes, nos referimos a los hechos, a fajarse y mancharse las manos sin mohínes crispados ni poses artificiales de artista barullero) ni el dinero, ni el amor, ni el trabajo.
Con ese desprendimiento para todo, con esa postergación de la obra, que se convierte en un objeto infinito, ya que el genio no hace un producto, no busca lo bello, quiere más, el universo entero, el eterno bosquejo, quiere lo imposible, el sueño, lo absoluto, el misterio, el ello, un no sé qué que quedan balbuciendo, que me elevo y no me veo.
Juicio final: es una película pequeña, en todos los sentidos, anodina, superficial, consabida, amable, simpática, banal, amistosa, timorata, tontorrona.
Un cuento de la abuela que no hace pupa, es cosa buena.
Al final, otro tigre de papel. Tanto mal humor y disparate, tantas horas y repeticiones para ser engañado como a un viejo chocho, como al más lelo. Se despista un segundo y ya no tiene cuadro, que le han birlado el retrato.
Reflexión acartonada, domada y floja sobre la creación, como si el pintor o escultor fuera un nene atolondrado que anduviera cazando moscas y al que nada le importan (de verdad, no como frases bobas, gestos grandilocuentes o tópicos recurrentes, nos referimos a los hechos, a fajarse y mancharse las manos sin mohínes crispados ni poses artificiales de artista barullero) ni el dinero, ni el amor, ni el trabajo.
Con ese desprendimiento para todo, con esa postergación de la obra, que se convierte en un objeto infinito, ya que el genio no hace un producto, no busca lo bello, quiere más, el universo entero, el eterno bosquejo, quiere lo imposible, el sueño, lo absoluto, el misterio, el ello, un no sé qué que quedan balbuciendo, que me elevo y no me veo.
Juicio final: es una película pequeña, en todos los sentidos, anodina, superficial, consabida, amable, simpática, banal, amistosa, timorata, tontorrona.
Un cuento de la abuela que no hace pupa, es cosa buena.
9 de junio de 2018
9 de junio de 2018
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Geoffrey Rush, consigue ofrecernos una composición sublime de Alberto Giacometti. A través de su excentricidad queda reflejada como era la vida del gran artista suizo.
Escasa profundidad que tampoco estoy seguro que fuese necesaria, dada la estructura de Final Portrait. Su hora y media al final resulta larga, debido a lo reiterativo de la historia, que se pierde en banalidades, cierto, pero a su vez entrega episodios puntuales, que nos aporta luz sobre la compleja personalidad de Giacometti.
Escasa profundidad que tampoco estoy seguro que fuese necesaria, dada la estructura de Final Portrait. Su hora y media al final resulta larga, debido a lo reiterativo de la historia, que se pierde en banalidades, cierto, pero a su vez entrega episodios puntuales, que nos aporta luz sobre la compleja personalidad de Giacometti.
17 de febrero de 2018
17 de febrero de 2018
4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ha llegado un invitado a su casa, pero nuestro protagonista se mantiene absorto en su propio universo. Da una vuelta, otra, repasa alguna obra, se detiene a hablar con su hermano e incluso huye del estudio, donde se encuentra James Lord, esperando hasta que, al fin, se dirige a él. Mostrando una atención distraída, como si aunque Lord fuese a ejercer de modelo, hubiese que mirar más allá de la tarea que tiene ante sí.
Definir un personaje siempre fue ardua tarea, más si nos encontramos ante uno de esos genios en su campo, el escultor y pintor Alberto Giacometti. No así para Stanley Tucci, pues el intérprete convertido a cineasta —con esta Final Portait nos hallamos ante su cuarto trabajo en solitario, tras debutar a mediados de los 90 junto al actor, productor y director Campbell Scott en Big Night— parece que estuviera realizando un boceto sobre las líneas maestras de su personaje, y aquello que sustentará la volátil atención de su Giacometti. Un boceto distraído, que recoge de modo singular el carácter de su protagonista y realiza un retrato, entre matices y pinceladas superficiales, de lo más conveniente teniendo en cuenta la figura que busca querer representar y, en especial, cómo hacerlo.
Ante él, se persona un Geoffrey Rush ya acostumbrado a empresas de tamaño calibre —y es que no olvidemos que el intérprete australiano ha dado vida a no pocas personalidades artísticas e históricas, desde su composición de David Helfgott en Shine. El resplandor de un genio, hasta la mirada a Peter Sellers en Llámame Peter, pasando por el Leon Trotsky de Frida o Lionel Logue, al que ponía rostro en El discurso del rey— y, como no podría ser de otro modo, logra uno de esos retratos únicos que ni siquiera parecen antojarse un reto para el actor. Encorbado, libertino y voluble, el Giacometti de Rush confiere una dimensión distinta a Final Portrait, y es que si bien hay una acotada planificación tras el nuevo trabajo de Tucci, con la interpretación del ‹aussie› nos encontramos ante un personaje absorbente, que tan capaz es de resultar desconcertante con sus vaivenes, como fascinarnos ante una lógica que no se puede comprender como tal, que es única e irrepetible; algo, por otro lado, implícito en el relato por el que apuesta Tucci, pero complementado a la perfección por Rush, quien incluso sigue sin perder de vista la naturaleza de su personaje cuando un inevitable deje humorístico invade el film.
En ese sentido, y aunque el neoyorquino convertido a director realiza una representación que en cierto modo huye de los cánones, termina por caer en terrenos comunes que si bien no desmerecen el terreno labrado con anterioridad, ni mucho menos la inmensa impronta que Rush marca a fuego en determinados ámbitos, sí debilitan las virtudes de un conjunto que, sin elaborar una gran propuesta, había por lo menos marcado una senda en torno a su protagonista.
De este modo, lo más interesante resulte quizá, y de forma paradójica ante tal creación, la visión del proceso creativo como imagen de un universo inestable e inconstante alimentado por las idas y venidas del propio Giacometti. La perspectiva de Tucci, mantenida en este caso en torno a un retrato probablemente inequiparable, dota de apuntes y cierta identidad a su film, pero no lo lleva suficientemente lejos, como si la percepción acerca de uno de esos genios del s. XX estuviese más cerca de quedar como un producto agradable y apreciable de lo que seguramente fuera la perspectiva de una personalidad como Alberto Giacometti.
Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
Definir un personaje siempre fue ardua tarea, más si nos encontramos ante uno de esos genios en su campo, el escultor y pintor Alberto Giacometti. No así para Stanley Tucci, pues el intérprete convertido a cineasta —con esta Final Portait nos hallamos ante su cuarto trabajo en solitario, tras debutar a mediados de los 90 junto al actor, productor y director Campbell Scott en Big Night— parece que estuviera realizando un boceto sobre las líneas maestras de su personaje, y aquello que sustentará la volátil atención de su Giacometti. Un boceto distraído, que recoge de modo singular el carácter de su protagonista y realiza un retrato, entre matices y pinceladas superficiales, de lo más conveniente teniendo en cuenta la figura que busca querer representar y, en especial, cómo hacerlo.
Ante él, se persona un Geoffrey Rush ya acostumbrado a empresas de tamaño calibre —y es que no olvidemos que el intérprete australiano ha dado vida a no pocas personalidades artísticas e históricas, desde su composición de David Helfgott en Shine. El resplandor de un genio, hasta la mirada a Peter Sellers en Llámame Peter, pasando por el Leon Trotsky de Frida o Lionel Logue, al que ponía rostro en El discurso del rey— y, como no podría ser de otro modo, logra uno de esos retratos únicos que ni siquiera parecen antojarse un reto para el actor. Encorbado, libertino y voluble, el Giacometti de Rush confiere una dimensión distinta a Final Portrait, y es que si bien hay una acotada planificación tras el nuevo trabajo de Tucci, con la interpretación del ‹aussie› nos encontramos ante un personaje absorbente, que tan capaz es de resultar desconcertante con sus vaivenes, como fascinarnos ante una lógica que no se puede comprender como tal, que es única e irrepetible; algo, por otro lado, implícito en el relato por el que apuesta Tucci, pero complementado a la perfección por Rush, quien incluso sigue sin perder de vista la naturaleza de su personaje cuando un inevitable deje humorístico invade el film.
En ese sentido, y aunque el neoyorquino convertido a director realiza una representación que en cierto modo huye de los cánones, termina por caer en terrenos comunes que si bien no desmerecen el terreno labrado con anterioridad, ni mucho menos la inmensa impronta que Rush marca a fuego en determinados ámbitos, sí debilitan las virtudes de un conjunto que, sin elaborar una gran propuesta, había por lo menos marcado una senda en torno a su protagonista.
De este modo, lo más interesante resulte quizá, y de forma paradójica ante tal creación, la visión del proceso creativo como imagen de un universo inestable e inconstante alimentado por las idas y venidas del propio Giacometti. La perspectiva de Tucci, mantenida en este caso en torno a un retrato probablemente inequiparable, dota de apuntes y cierta identidad a su film, pero no lo lleva suficientemente lejos, como si la percepción acerca de uno de esos genios del s. XX estuviese más cerca de quedar como un producto agradable y apreciable de lo que seguramente fuera la perspectiva de una personalidad como Alberto Giacometti.
Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
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