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Ricardo III

Drama Inglaterra, 1930. Versión actualizada del drama homónimo de Shakespeare. Ricardo III, un hombre al que la naturaleza le ha negado todo encanto físico, vive dominado por la ambición de poder. La conspiración, el crimen y el engaño son sus armas naturales; y la piedad, la compasión y la amistad sólo artimañas para someter a quienes le rodean. (FILMAFFINITY)
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Críticas 8
Críticas ordenadas por utilidad
15 de febrero de 2019
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ricardo III, versión de Richard Loncraine, puede presumir de tener el que quizás sea uno de los mejores y más impresionantes repartos de todos los tiempos. Tomen nota: Ian McKellen, Kristin Scott-Thomas, Maggie Smith, Annette Bening, Robert Downey Jr, Jim Broadbent, Jim Carter, Tim McInnerny, Dominic West, entre otros. Así, como quien no quiere la cosa.
Con semejante plantel de superdotados de la interpretación, poco podía salir mal. Y, aunque la película no es perfecta (la verdad, las obras de Shakespeare, y especialmente las históricas, no son las más adaptables a la gran pantalla, pese a los esfuerzos de míticas figuras del cine como Orson Welles o Kenneth Branagh) y tiene un ritmo algo irregular, no cabe duda de que esta interpretación pseudo-nazi de la historia de Richard III consigue impactar al espectador gracias a la maravillosa poesía del bardo de Stratford, su reflexión sobre el poder y la lucha entre familias (elemento común de todas las obras históricas de Shakespeare, especialmente las ambientadas durante la Guerra de las Rosas, que sirvió como inspiración para Canción de Hielo y Fuego, por cierto) y, como ya hemos dicho, las interpretaciones de unos actores y actrices en estado de gracia.

Notable.
Sibila de Delfos
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1 de abril de 2021
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Terminando de ver “Richard III” (1995) de Richard Loncraine con Ian McKellen, Annette Bening, Kristin Scott Thomas, Jim Broadbent, Robert Downey Jr., Nigel Hawthorne, Maggie Smith, Adrian Dunbar, Dominic West, entre otros.

Drama basado en la obra de William Shakespeare, “The Life and Death of King Richard III” (1623), última obra de su tetralogía sobre la historia de Inglaterra, pero en este caso se basa en una producción teatral anterior de gran éxito, por la que solo se utiliza aproximadamente la mitad del texto de la obra; describiendo el ascenso maquiavélico al poder y el breve reinado posterior del Rey Richard III de Inglaterra, último Rey de La Casa de York, y el último de La Dinastía Plantagenet que marcó el final de La Edad Media en Inglaterra.

Ambientada en la Inglaterra de 1930, esta es la historia de un hombre obsesionado con el poder, un hombre al que la naturaleza le ha negado los encantos físicos, pero la conspiración, el crimen y el engaño son sus armas naturales; y la piedad, la compasión y la amistad sólo son artimañas para someter a quienes le rodean.

Primeramente, hacer que Shakespeare sea más accesible para los espectadores de hoy, sin destruir su asombroso lenguaje no es tarea fácil, y esta película lo logra cómodamente; tanto que este tipo de interpretación inteligente del texto, puesto en boca de personas con las que podemos relacionarnos más fácilmente que con los personajes isabelinos, es valiosa y ayuda a las personas que de otra manera no están familiarizadas con el extraño lenguaje de Shakespeare, o se sienten intimidadas por él, es algo bueno.

Porque toda la vida está cubierta en las obras de Shakespeare, y después de leerlas, se hace evidente que no ha aparecido nada nuevo en el mundo desde entonces, en lo que respecta a cuestiones fundamentales de la vida, lo que las convierte en herramientas invaluables en la historia de la literatura como alfileres para las personas; y tratando de navegar por los bajíos de la rareza humana sin sucumbir a la depresión y la desesperación por la condición humana; Richard III tiene que ver con el poder y cómo corrompe; pero ojo, este no es un drama histórico ni una película biográfica; es una alegoría que mezcla asesinatos sin resolver de la década de 1480, con trajes y costumbres de la década de 1930, para hacer una declaración artística sobre las similitudes entre estas 2 épocas.

Y si bien la película retrata a varias figuras históricas, no se pretende que se parezcan perfectamente a sus contrapartes de la vida real, y nunca se afirma que sus palabras y acciones sean lo que la gente real dijo e hizo.

Aparte, es todo un espectáculo visual, cargado de pasión, una producción tan rica que presenta símbolos, uniformes, armas y vehículos que se inspiran abiertamente en la estética fascista, similares a los del Tercer Reich, como se muestra en la propaganda nazi y las demás películas de guerra; pero esta película se destaca por su uso poco convencional de famosos monumentos británicos, a menudo usando efectos especiales para moverlos a nuevas ubicaciones.

Y puede que le falte el desarrollo del personaje y la psicología, pero lo compensa con un concepto brillante:

Tener un villano fuerte e implacable como personaje principal, y hacer que la audiencia tenga una confianza extraña... al tiempo que el concepto se ve reforzado por líneas eminentemente citables, el quiebre de la cuarta pared para mantener el gusto teatral, y una gran escena tras otra de intrigas, maldades y enfrentamientos; y una de las pocas críticas que se pueden lanzar con éxito a Shakespeare, es que sus personajes centrales suelen ser mansos o débiles.

¡No es así aquí!

Esto podría haber sido propaganda Tudor, pues en algunos lugares ignora de manera bastante grotesca los hechos históricos; por tanto, y como se citó, esto es narración en su máxima expresión.

Del reparto, Sir Ian McKellen como Richard, es una maravilla maquiavélica.

Su diabólica creación es un placer para observar, a pesar de lo horripilante de sus crímenes; así como la trama bizantina exige que se presenten rostros reconocibles en papeles secundarios, y los personajes sean representados magníficamente por actores eminentes que dan lo mejor de sí mismos y triunfan admirablemente; se espera que Maggie Smith, Jim Broadbent y Kristin Scott-Thomas sean geniales, pero las actuaciones de apoyo verdaderamente sobresalientes vienen como sorpresas:

Annette Benning es todo dolor y furia; Adrian Dunbar es inquietante pero muy humano como asesino; y Nigel Hawthorne es increíblemente conmovedor como el manso Clarence.

Incluso Robert Downey Jr., se las arregla para defenderse de esta impresionante variedad de actores; siendo además, el debut de Dominic West como Richmond.

Total, si algo enseña este film es que un drama de siglos pasados como la obra de Shakespeare, posee una dramaturgia tan poderosa que es capaz de arrojar luz sobre dramas más recientes de la Historia contemporánea.

Aquí todo se integra perfectamente en una clara parábola sobre los peligros de la ambición sin límites, unida a una tecnología moderna, y una parábola sobre la intemporalidad del Mal.

“¡Un caballo, un caballo; mi reino por un caballo!”

RECOMENDADA

http://lecturascinematograficas.blogspot.com/
Alvaro Zamora Cubillo
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13 de julio de 2021
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
268/15(10/07/21) Muy estimable revisión británica de la icónica obra homónima del Bardo de Avon publicada en 1623, la notable dirección corre de Richard Loncraine traslada la acción de finales del SXV (la década de 1480) a la Inglaterra de 1930, donde Ricardo es representado como una especie de pseudo-Hitler, encarnado este por un majestuoso Ian Mckellen. El concepto de la película se basó en una producción teatral que Richard Eyre dirigió para el Royal National Theatre, con también McKellen de protagonista, con guión del director y el protagonista, que sintetiza un tercio la obra, reduciendo y anulando escenas, pero no por ello sintiéndose apresurada, y esto es de agradecer. Ello además con un gran reparto en los secundarios como Annette Bening como la reina Isabel, Jim Broadbent como el duque de Buckingham, Robert Downey Jr. como Rivers, Kristin Scott Thomas como Anne Neville, Nigel Hawthorne como el duque de Clarence, Maggie Smith como la duquesa de York, John Wood como el rey Eduardo IV, Tim McInnerny como Sir William Catesby y Dominic West como el conde de Richmond (en su primer papel cinematográfico de este último).

Es una adaptación que busca el conectar con un sector de público más amplio, ello manteniendo la frescura de su verso, manteniendo el espíritu de la obra, manteniendo el carisma del mejor villano de la historia. Un ser diabólico, egoísta, psicópata, sociópata, ataráxico, acomplejado por su físico, que McKellen da vida con una fuerza inusitada, con ese modo fluido en que rompe la cuarta pared (esto con un dramático zoom) y se nos hace simpático en su maldad. Tipo que se odia a sí mismo, esto expuesto en la escena al inicio en que se mira al espejo y se describe como, ‘Deforme, inacabado, enviado antes de tiempo a este mundo, apenas a medio acabar, tan cojo y que cuando me paro junto a los perros me ladran’. Esta tirria la proyecta en el mundo a su alrededor, con sutilidad, con ese malsano modo de fumar, con esos andares de medio lado, con una labia proverbial (capaz de enamorar a una viuda en el lecho de su marido asesinado por él), una alimaña (su símbolo es un jabalí, clara alegoría de su figura con chepa, incluso gruñe en una escena ante sus sobrinos) que intenta ser visto como un corderito. McKellen lo hace cautivador, nunca es una caricatura, un ladino que en su primer escena como Richard, el duque de Gloucester, en medio de una fiesta (con música y baile swing) toma el micro y brinda por su hermano, el rey Eduardo: "Ahora es el invierno de nuestro descontento ...". Allí dice la mitad de su discurso, lo termina en privado en el baño de hombres, de pie junto al urinario, denotando como de primeras es servil y cariñoso, pero cuando rascas es un ser abyecto y mugriento en su alma. Dota a su villano de una intensidad demoniaca. Aunque el Ricardo histórico era de proporciones perfectamente medias, pero la invención de Shakespeare ha dado a innumerables actores un adorno por el que estar agradecidos.

Ello en un espectáculo muy visual y dinámico, donde las pasiones más bajas fluyen de modo subterráneo, donde las intrigas palaciegas, las conspiraciones, las manipulaciones, las traiciones, los asesinatos, los infanticidios, todo vale para ir escalando hacia el trono en esta Inglaterra oscura, que acabando de salir de una Guerra Civil se encuentra siendo objetivo de un desaprensivo amoral, un misántropo con incansable sed de poder que solo cree en sí mismo, y no duda en acabar con todo lo que se le cruce en el camino. DE su poder manipulador y de oratoria elegante es muestra ya en el tramo inicial como corteja de modo sibilino a Lady Anne (gran Kristin Scott Thomas), junto al cadáver de su marido matado por él (podrá haber mayor desafío?) ofreciendo su muerte para consolarla, terminando de modo turbador con Ricardo sacándose el anillo de su mano chupándolo para que esta se lo ponga con sus efluvios corporales, que está en señal de haber sido atrapada en sus enfermizas redes le devuelve, vibrante secuencia. Lady Anne para Ricardo es solo un paso más en su escalada al trono, donde no hay sentimiento alguno más que llegar a la corona.

Durante este ascenso la simbología y estética fascista-nazi lo va imbuyendo todo, en clara proyección del totalitarismo tiránico que representa este monarca-Dictador al que se quiere emparentar con Hirtler, aunque este no parece tener nada contra una particular etnia, para él todas sus exterminables si le estorban, no hace disquisiciones. Todo esto ayudado por el sugestivo trabajo del diseñador de producción Tony Burrough (“Grandes esperanzas” o “Desino de caballero”) en miscelánea con el vestuario creado por Shuna Harwood (“El Caballero Verde” o “Notting Hill”), con los trajes negros, los escudos (toma relevancia el Jabalí), las banderas, los parches, las insignias, los escenarios que parecen salidos de la arquitectura nazi (remanente del ideario de Albert Speer), todo es no solo propio de los nazis, sino un poco más allá, la referencia son las SS, incluso la imagen de Ricardo es un claro remedo de la de Hitler. Todo esto para hacernos ver que antes del nazismo ya existían en el mundo las autocracias sátrapas. Esto ayudado por la cinematografía de Peter Biziou (“Arde Mississippi” o “El show de Truman”), entonos ocres apagados, donde nunca vemos el sol, con mucho claroscuro, con contrapicados expresionistas, en una labor dramática muy estimable para trasladar un estado de ánimo.

Aparte del Titánico protagonista destaca un brillante Jim Broadbent como el ladino Duque de Buckinham; Annette Benning como una electrizante Reina Isabel; Maggie Smith como la Duquesa de York resulta arrolladora, la que mejor le aguante el envite a McKellen; Nigel Hawthorne entrañable como el cándido Clarence, hermano de Ricardo; El error del casting es un Robert Downey Jr. penoso como Lord Rivers, un blandiblue, más perdido que Forrest Gump en la ceremonia de los Nobel.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
TOM REGAN
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