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Críticas de: Luis Guillermo Cardona

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Luis Guillermo Cardona Medellín - Colombia

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1511 críticas (Ver todas por título) Página: 108
Su valoración: Muy buena
19 de Octubre de 2012
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
George Bernard Shaw es uno de los tipos más mordaces, encantadores y brillantes que uno pueda leer en su vida. Como ocurre con Oscar Wilde, un libro suyo es una delicia que no se olvida nunca. Eso es llevar el humor en la sangre, degustar la vida con la punzada fina y palpar cada experiencia lamiéndole las entrañas.

Basada en el célebre “Pigmalión” del amigo Shaw (inspirada a su vez en el célebre personaje de la mitología griega), “MY FAIR LADY” (MI BELLA DAMA) conserva todo el gusto literario del autor y se complementa con una obra musical escrita por Alan Jay Lerner y música de Frederick Loewe (un éxito en Broadway) que, si la oyes y ves con el corazón abierto, tendrás al alcance uno de los más encantadores espectáculos que alguna vez se haya puesto en escena.

Audrey Hepburn representa, con gracia indeclinable, a Eliza Doolittle, una humilde y mal hablada florista en una plazoleta de Londres, quien es huérfana de madre e hija de un padre vividor y bohemio que sólo la busca cuando necesita una moneda que le permita abastecerse de licor, aunque él, muy a lo Shaw, sustenta con elegancia todo lo que, por su parte, ha dado a su hija.

Cierto día, en el camino de Eliza, aparecen un par de solterones empedernidos, adinerados y cultos: el profesor Henry Higgins, experto en fonética, y el coronel Hickering -un gran amigo suyo- quien descubre en la burda florista, la ocasión de una divertida aunque complicada apuesta, cuando ella busca al experto para que la eduque y la refine en el lenguaje.

George Cukor, uno de los más impecables directores que alguna vez haya dado Hollywood, nos lleva por un largo, persistente y divertido camino, donde el exigente propósito es lograr que la iletrada joven se convierta en una dama de tal talante, buen gusto y expresión, que pueda ingresar de manera creíble en un baile de embajada con la nobleza de Transilvania.

Rex Harrison como el profesor Higgins, Stanley Holloway como Alfie Doolittle, y Wilfrid Hyde-White como el coronel Hickering, consiguen dar un cauce del más hondo histrionismo a esta alocada y divertida historia, donde el amor también ocupa su lugar y las esperanzas renacen aún para aquellos que parecían tenerlo todo.

Una lección de fe en el otro, de superación, autoexigencia y compromiso ferviente con aquello que se desea, queda bellamente plasmada. Y entre gratas canciones, uno que otro alegato contra el matrimonio y en beneficio de la eterna soltería, salen muy a pulso para justificar la despedida de un rezagado que, quizás, esté a punto de pasarse al otro bando.

Tres Globos de Oro y ocho premios Oscar, respaldan a este brillante musical del que varias canciones provoca tararearlas.

Obras como éstas, nos apegan cada día más al arte cinematográfico.
Luis Guillermo Cardona
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Su valoración: Excelente
5 de Octubre de 2012
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cada día… cada hora… y quizás cada minuto… Un ser cuya alma está llena de sombra, de faltas y quizás de sentimientos de culpa, está condenando a otro ser humano cuyo “delito” es haber caído en la maraña que le tendió la existencia. Este ser, claro, está necesitando esta experiencia para poder ver, madurar y conseguir afianzarse en su proyecto de vida. Al menos, es lo que espera la Providencia cuando permite que un hecho así suceda. Pero, infortunadamente, muchos asumirán esto como prueba tan solo de que la vida es cruel e injusta… y entonces se desencantan, enferman, y en ocasiones hacen cosas que llevan a graves extremos dicha situación. ¿Y qué logra el que hace las veces de juez o delator? Acalla su conciencia, limpia -¡y engrandece!- su imagen ante la sociedad, y siente que puede, “impunemente”, seguir adelante con sus devaneos.

Magnífica historia la que cuenta la inglesa, Zoe Heller, en su segunda novela “What was she thinking: Notes on a scandal” (2003) fiel reflejo de una paradójica, cruel y dura realidad; encomiable guión, pletórico de entendimiento humano y de reveladores diálogos, el que nos entrega Patrick Marber; y muy precisas y profundas actuaciones las que realizan, Cate Blanchet, como la profesora con el mundo al revés, y Judi Dench, como la “muy digna”, impredecible y egocéntrica Barbara, una suerte de Hannibal Lecter, pero con aires más sutiles que le merecen seguir vagando –aún- impunemente por el mundo.

Como director, Richard Eyre me merece los mayores aplausos, pues ha dirigido la historia con absoluta sobriedad, creando un crescendo emocional bordado con significativos detalles y llevando el drama hasta un paroxismo muy bien decantado, y con alta eficacia como denuncia de la hipocresía social.

Hermosa y cristalina la estructura narrativa: Sheva Hart es una crecidita y muy atractiva profesora, que está casada con un hombre que algunos confunden con su padre. Barbara, otra docente de su mismo colegio, que la dobla en edad, se siente profundamente atraída por ella como mujer. Un estudiante de 15 años (Steven), la desea y hace cuanto puede para conquistarla y tener sexo con ella. Y en este camino, bordado de edades extremas que deciden conjugarse en el afecto, quizás sea Sheva la que resulte juzgada, sentenciada y condenada por quienes la rodean… y hasta por una sociedad obtusa y enferma que ve una acción y juzga a priori sin profundizar en las circunstancias que rodean lo ocurrido.

Sin necesidad de saber nada de jurisprudencia o de convenciones sociales, creo que, atendiendo a la conciencia y al corazón, es bien fácil sentir quien es realmente la víctima y quienes los que llevan la cizaña, la intolerancia y la ligereza en sus pobres vidas. Y vuelve uno a dolerse de que los cuatro poderes de la sociedad estén en tan malas manos.

Y debes estar alerta, porque cada minuto… cada hora… de cada día, hay un gran número de mentes retorcidas revestidas de dignidad, buscando a quien arrastrar hacia el fuego castigador, para poder acallar su propia miseria humana.

Título para Latinoamérica: “NOTAS DE UN ESCÁNDALO”
Luis Guillermo Cardona
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Su valoración: Notable
3 de Octubre de 2012
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si un hombre fuma, bebe, es pendenciero, irrespeta a las chicas, juega al fútbol, corre en autos o en motocicletas, manifiesta homofobia… y apenas sabe coger la cuchara para llevarse la comida a la boca, ¿es muy viril?, ¿muy hombre? Lo que yo creo es que juega a ser macho, y en algunos casos, esta no es más que una máscara para ocultar inclinaciones que pugnan por salir a flote… y en ocasiones lo logran, aunque “nadie” se entere.

Si un hombre es abstemio, pacífico, sabe remendar su ropa, es cortés con las damas, prefiere la música clásica al fútbol, respeta plenamente la esencia de cada persona… y es capaz de cocinar para sí mismo o para otros, ¿es homosexual?, ¿un gay? Lo que en mi profesión he comprobado, es que un hombre de este tipo se valora tanto a sí mismo como a los demás, que por eso cuida de su propio ser, comparte, se vuelve independiente, y vive la vida a plenitud sin jugar a las apariencias y siendo él mismo con la mayor autenticidad posible. Y de una cosa se puede estar seguro: nunca le verás entre grupos de hombres que se van muy juntos al estadio, que salen de pesca o que buscan a las chicas en los burdeles. Estos saben conquistar, y se verán con frecuencia muy bien acompañados, pues resultan muy atractivos para las mujeres de verdad.

Algo así, es lo que ocurre con Tom Lee, el joven de 17 años, estudiante del internado Chilton, quien por actuar casi exactamente como el segundo hombre que describimos, es calificado de sister boy (damisela) y ridiculizado por sus impertinentes condiscípulos. Y el profesor de ed. física, y su propio padre, también lo verán como una suerte de desadaptado al que hay que enderezar o sacar del camino. Pero, al avanzar el proceso, se irán transparentando las personalidades, y quizás, pronto entenderemos que las firmes palabras de la señora, Laura Reynolds, tienen mucho peso: “La hombría es mucho más que decir vulgaridades, fanfarronear y escalar montañas. La hombría también es ternura, delicadeza y consideración”.

Obra de gran éxito en Broadway, estelarizada por Deborah Kerr, John Kerr (sin parentesco) y Leif Erickson, al momento de ser llevada al cine por Vincente Minnelli, se contó con un guión escrito por el propio autor Robert Anderson, y el trío protagonista retomó los roles con los que fueran tan aplaudidos en las tablas.

Deborah Kerr, logra aquí una de las mejores actuaciones de su carrera, dando vida a una mujer empeñada en demostrar que la hombría no es aquello de lo que muchos se jactan y pregonan, y en cambio, Sí es lo que muchos ejercen con humildad y respeto. Su rol enaltece a las mujeres al dar cuenta de su sensibilidad, su carácter y su claridad ante la vida. Lástima ese forzado final de castigo impuesto por la obtusa censura que, Minnelli, tiene que reflejar con la carta que un día se descubre, pues para nosotros, Laura Reynolds se merece toda la dicha del mundo.

Contra todo, “TÉ Y SIMPATÍA” es un filme muy cálido, bellamente realizado, y con un conjunto actoral que logra demostrar que sus personajes los han sacado del alma.
Luis Guillermo Cardona
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Su valoración: Interesante
25 de Septiembre de 2012
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Graduada en historia del arte, Katherine Watson es una mujer inteligente que acaba de llegar al Wellesley College para enseñar a un grupo de chicas que da la impresión de estar bastante despierto. Lucen bien informadas, parecen puestas al día… y Katherine se verá abocada a acudir a otros recursos que trasciendan el programa académico, para conseguir superar el primer sobresalto y poder llegar a ellas.

Así comienza esta historia, ambientada en 1953, donde un grupo de conservadoras chicas verán como su nueva profesora pretende combatir la tradición y se propone ponerlas en la disyuntiva de adaptarse a lo que los demás esperan de cada una o decidir por sí mismas cual es el camino que quieren seguir.

Estamos, en aquel entonces (¿en aquel entonces?), en una sociedad donde la mujer está hecha para el matrimonio, y el estudio solo es una cualidad más, para poder aspirar a un buen partido. Y, como es de suponerse, la institución hará sus mejores esfuerzos para impedir que, la tradición y la familia, sean cuestionadas por profesor(a) alguno(a).

Adentrándose en la perversa cultura de la primera mitad del siglo XX, cuyos arcaicos principios eran: el padre habla y se obedece, la mujer calla y se somete, y los hijos siguen órdenes sin chistar, “LA SONRISA DE MONA LISA” (titulada así por las alusiones en clase a la obra de Leonardo da Vinci) trata de cuestionar los rezagos de aquellos tiempos que todavía subsisten en la sociedad de hoy. Pero infortunadamente, a la historia de Konner y Rosenthal le quedaron faltando recursos argumentales, y al director, Mike Newell -como otras veces-, le faltó solvencia narrativa y más exigencia en la edición, pues, el resultado ha sido un filme que cae en una serie de situaciones muy poco conmovedoras y en larguísimos planos que no aportan absolutamente nada. Se salvan tres o cuatro momentos, salvados en mucho por las buenas actuaciones de Julia Roberts, Maggie Gyllenhal y Kirsten Dunst, pero el resto no sobrepasa la rutina y la anécdota pueril, sobre todo en la primera hora donde el filme apenas hace un esbozo de levantar vuelo.

Las alusiones a los pintores Da Vinci, Pollock y Van Gogh demasiado convencionales, y el cuestionamiento a la mujer hecha para el matrimonio, para exaltar en cambio a la mujer que se dedica a la vida profesional, comienza a enredarse un poco pues, lo cierto, no es lo uno ni lo otro sino el hacer aquello que, sin sujeción alguna, le dicte el corazón y la razón a cada una. Pues hay temperamentos hogareños, así como los hay para la aventura y el compromiso social. Y con seguridad que no es mejor ésta decisión que aquella, sino la que consiga hacer a la mujer sentirse más feliz.
Luis Guillermo Cardona
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14 de Septiembre de 2012
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“Los viejos siempre serán jóvenes para aprender una buena lección”, dice Corifeo en la tragedia “Agamenón” del dramaturgo griego Esquilo (525-456 a. de C.). Y bien podría ser que, de esta frase, parta la obra del también dramaturgo y guionista inglés, Terence Rattigan, a quien algunos quizás recuerden por sus posteriores créditos en títulos importantes como “Mesas separadas”, “El príncipe y la corista” o “Adiós, Mr. Chips” (1969), entre otros.

Mientras transcurre la película “LA VERSIÓN BROWNING” (título alusivo a la traducción que, de la tragedia de Esquilo, hizo el poeta y también dramaturgo Robert Browning, la cual tendrá un importante significado en la historia), me preguntaba si además de la versión en latín, útil para las clases del profesor Andrew Crocker-Harris, habría otra relación dada la relevancia que el “Agamenón” adquiere en este esplendoroso y conmovedor drama en el que, Rattigan, de nuevo nos seduce y embarga con esos pulcros, elegantes y bien construidos diálogos.

Y tras haber releído esta pequeña tragedia que habla de las atrocidades cometidas por el miedo y de los crímenes que se asumen luego por lo que se cree es justicia, compruebo que, además de que contiene -con una ligera variante- la frase consignada por el alumno Taplow en su libro de regalo: “Dios, desde la distancia, mira con complacencia al buen maestro” (que en la obra es “La divinidad mira con complacencia al que gobierna con dulzura”), también puede deducirse una suerte de comparativo entre la manera violenta de dirimir los asuntos afectivos en épocas remotas, y la manera conciliatoria y civilizada como pueden llegar a resolverse en la cultura del siglo XX.

En este particular, el filme dirigido con maestría por Anthony Asquith, redondea en el personaje del profesor, a punto de retirarse por estar aquejado de una delicada enfermedad, una figura que conmueve e impacta con su humildad ante la crítica, su temperancia ante el engaño, y con esa solvencia intelectual que lo hace firme y riguroso, pero no excluyente de valiosos sentimientos ni de aprecio por sus alumnos.

Imposible perderse la perfecta interiorización que con su rival, el también profesor Frank Hunter, sostiene el profesor Crocker-Harris -llamado por el rector como “El Himmler del quinto inferior” (¿por qué se afectaría tanto con estas palabras?). Y en general, el filme desborda un entendimiento humano de primera línea que, seguramente, nos aleccionará por viejos que ahora estemos.

Memorable la interpretación de Michael Redgrave (merecido ganador en el festival de Cannes), quien consigue extraer el alma de su personaje para fusionarla con la suya. Necesario tomar en cuenta aquella frase que él mismo olvidó mantener en práctica: “Se enseña más con buen humor que con excesiva formalidad”. Nuestro reconocimiento también a Jean Kent, Nigel Patrick y Wilfrid Hyde-White, con cuya presencia se redondea un filme brillantemente actuado, y desde cualquier punto de vista, realizado con la mano de un maestro.
Luis Guillermo Cardona
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