La emperatriz Yang Kwei-fei
7.5
1,462
Drama. Romance
Ambientada en la China del siglo VIII, narra la historia de amor entre el emperador Hsuan Tsung, viudo desde hace algunos años, y una joven plebeya que se parece mucho a su mujer fallecida. La familia Yang pretende proporcionar al emperador una consorte para poder consolidar su influencia sobre él tras la muerte de su esposa. Para ello, deciden preparar a una pariente del general An Lushan que trabajaba en la cocina, de quien se enamora ... [+]
5 de enero de 2021
5 de enero de 2021
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuentan las leyendas que Kwei-Fei fue la última de las Cuatro Bellezas de China, damas pertenecientes a la clase noble y de gran influencia en los devenires de la Historia del país.
De ella se decía que poseía tal belleza que las flores, al verla, se marchitaban de la vergüenza y la envidia...
Kenji Mizoguchi terminaba 1.954 con una obra maestra universal y pieza fundamental de su última etapa como realizador, "The Crucified Lovers", cuya trágica y bella historia la inspiran los textos de Monzaemon Chikamatsu; gracias a ella gana el León de Plata en el Festival de Venecia y es nombrado jefe de la productora Daiei. El cine japonés también ha logrado imponerse al Mundo y así empieza a practicar una política de coproducción con otros países; comprometida en este empeño, Daiei se asocia momentáneamente con los estudios hongkoneses Shaw & Sons (predecesor de Shaw Brothers).
El productor Masaichi Nagata ha tomado buena nota de la Palma de Oro que poco antes ganó "Gate of Hell", insistiendo sobre todo en la belleza de los colores, por tanto pretende extender este procedimiento a todos sus films históricos. Mizoguchi, que lleva rodando toda su vida en blanco y negro, acepta por primera vez el desafío del color al serle confiada "Yokihi", superproducción cuyo guión escriben sus habituales colaboradores (Narusawa, Yoda, Kawaguchi), situado en la China del siglo VIII y en la tragedia vivida por el emperador Xuan Zong y su concubina Yu-Huan (después Kwei-Fei).
De ella se decía que poseía tal belleza que las flores, al verla, se marchitaban de la vergüenza y la envidia...
Kenji Mizoguchi terminaba 1.954 con una obra maestra universal y pieza fundamental de su última etapa como realizador, "The Crucified Lovers", cuya trágica y bella historia la inspiran los textos de Monzaemon Chikamatsu; gracias a ella gana el León de Plata en el Festival de Venecia y es nombrado jefe de la productora Daiei. El cine japonés también ha logrado imponerse al Mundo y así empieza a practicar una política de coproducción con otros países; comprometida en este empeño, Daiei se asocia momentáneamente con los estudios hongkoneses Shaw & Sons (predecesor de Shaw Brothers).
El productor Masaichi Nagata ha tomado buena nota de la Palma de Oro que poco antes ganó "Gate of Hell", insistiendo sobre todo en la belleza de los colores, por tanto pretende extender este procedimiento a todos sus films históricos. Mizoguchi, que lleva rodando toda su vida en blanco y negro, acepta por primera vez el desafío del color al serle confiada "Yokihi", superproducción cuyo guión escriben sus habituales colaboradores (Narusawa, Yoda, Kawaguchi), situado en la China del siglo VIII y en la tragedia vivida por el emperador Xuan Zong y su concubina Yu-Huan (después Kwei-Fei).

Machiko Kyô
Al director le conmueve experimentar una musicalidad de colores inspirada en las pinturas y acuarelas del arte chino, en cambio el tema, la confrontación de las ambiciones políticas de los miembros de la corte china de la dinastía Tang (de la que poco sabe) con el amor de un emperador por su esposa procedente de la nobleza, le irrita, por lo que cambia el enfoque desde la raíz convirtiéndola en plebeya. En los últimos momentos de su vida, Xuan Zong la recuerda al contemplar una estatua de su modelo en sus aposentos, enlazando con el drama vivido por la protagonista de "The Life of Oharu" (cuando ésta figuraba el rostro del desaparecido amante en la cara de la estatuilla de un monje).
Sigue este film los mismos pasos, presentando el argumento en forma de "flashback", retrocediendo al momento en que Yu-Huan, cual cenicienta de cuento, pasa de ser la maltratada criada de una familia pobre cuyos miembros ambicionan poder y prestigio a la protegida (que no concubina) de un emperador asfixiado con las obligaciones políticas y que arrastra una gran melancolía por la pérdida de su anterior esposa. Mizoguchi escora así su discurso sobre la gente de la calle y la oposición del pueblo y del poder privilegiando una dulzura exquisita en la tierna relación de la pareja imperial, para acabar alcanzando una tragedia con aires de ópera romántica.
Sigue este film los mismos pasos, presentando el argumento en forma de "flashback", retrocediendo al momento en que Yu-Huan, cual cenicienta de cuento, pasa de ser la maltratada criada de una familia pobre cuyos miembros ambicionan poder y prestigio a la protegida (que no concubina) de un emperador asfixiado con las obligaciones políticas y que arrastra una gran melancolía por la pérdida de su anterior esposa. Mizoguchi escora así su discurso sobre la gente de la calle y la oposición del pueblo y del poder privilegiando una dulzura exquisita en la tierna relación de la pareja imperial, para acabar alcanzando una tragedia con aires de ópera romántica.

Además toca su tema predilecto: el sufrimiento femenino. Y es que el situar a Yu-Huan en la baja categoría le permite hacer de la mujer una víctima de las convenciones y tradiciones de la sociedad al margen de su rango, de la sinceridad de sus sentimientos, incluso de su propia familia, quienes sólo atienden a sus beneficios y posición social; no obstante se concede parte de este dolor al emperador, más un artista sensibilizado y frustrado que una figura política, atado de pies y manos por las leyes que él mismo dictó, por los traidores y codiciosos que rondan a su alrededor. Una mera marioneta.
Yu-Huan, un inopinado doble físico de la anterior emperatriz, es por tanto la salvación de Xuan Zong, quien de algún modo cree reencontrar a aquélla vuelta a la vida; pocos momentos en el cine de Mizoguchi han resultado tan preciosos y cálidos como ese paseo que los dos deciden dar por las calles de la ciudad, disfrazados para pasar desapercibidos. Existe una evidente teatralidad en esta fábula que mezcla tragedia romántica con crítica social y algo de épica, pero el refinamiento formal del estilo de la puesta en escena, también obedeciendo a la musicalidad de los colores, sólo elimina en apariencia la parte realista del film.
Pues tras las muselinas brillantes, los suntuosos decorados y los trajes tornasolados, se trata la imposibilidad de vivir el amor ideal frente a todos los poderes, por lo que en última instancia, el emperador, ya despojado de su carga política y su propio cuerpo, no puede sino hallar en la muerte a la mujer que ama; así sólo los espíritus son capaces de acceder a la felicidad absoluta y eterna (otro momento para recordar por siempre: la secuencia final). Tal sensibilidad puede confundir al espectador acostumbrado al cine más áspero y duro del maestro, por ello éste nos vapuleará con una última parte donde se confabulan todas las desgracias, inevitables, para los protagonistas.
Sin embargo incluso la violencia, nunca mostrada en su finalidad, está atravesada por un lirismo conmovedor. A efectos técnicos "Yokihi" es brillante, desde la fotografía de Kohei Sugiyama a la dirección artística de Hiroshi Mizutani; en la parte interpretativa volvemos a ver coincidir a Masayuki Mori, brindando una soberbia actuación, y la siempre cautivadora Machiko Kyo (si alguien se merece ser emperatriz es ella, si bien difiere mucho con la auténtica Yu-Huan en cuestión física), quien sustituyó a Takako Irie, originalmente contratada para el papel y despedida por el director en un arranque de cólera.
Alabada por la crítica, quizás "Yokihi" no se sitúa entre las obras maestras de Mizoguchi, quien rápidamente abandonó estas superproducciones para "evitar convertirse en un "formalista" "...
Pero antes de ello rueda "Tales of the Taira Clan", su último film en color, a partir de los mismos cánones y parámetros. Unos años después, la Shaw Brothers realizaría un "remake", más acorde a los hechos históricos.
Yu-Huan, un inopinado doble físico de la anterior emperatriz, es por tanto la salvación de Xuan Zong, quien de algún modo cree reencontrar a aquélla vuelta a la vida; pocos momentos en el cine de Mizoguchi han resultado tan preciosos y cálidos como ese paseo que los dos deciden dar por las calles de la ciudad, disfrazados para pasar desapercibidos. Existe una evidente teatralidad en esta fábula que mezcla tragedia romántica con crítica social y algo de épica, pero el refinamiento formal del estilo de la puesta en escena, también obedeciendo a la musicalidad de los colores, sólo elimina en apariencia la parte realista del film.
Pues tras las muselinas brillantes, los suntuosos decorados y los trajes tornasolados, se trata la imposibilidad de vivir el amor ideal frente a todos los poderes, por lo que en última instancia, el emperador, ya despojado de su carga política y su propio cuerpo, no puede sino hallar en la muerte a la mujer que ama; así sólo los espíritus son capaces de acceder a la felicidad absoluta y eterna (otro momento para recordar por siempre: la secuencia final). Tal sensibilidad puede confundir al espectador acostumbrado al cine más áspero y duro del maestro, por ello éste nos vapuleará con una última parte donde se confabulan todas las desgracias, inevitables, para los protagonistas.
Sin embargo incluso la violencia, nunca mostrada en su finalidad, está atravesada por un lirismo conmovedor. A efectos técnicos "Yokihi" es brillante, desde la fotografía de Kohei Sugiyama a la dirección artística de Hiroshi Mizutani; en la parte interpretativa volvemos a ver coincidir a Masayuki Mori, brindando una soberbia actuación, y la siempre cautivadora Machiko Kyo (si alguien se merece ser emperatriz es ella, si bien difiere mucho con la auténtica Yu-Huan en cuestión física), quien sustituyó a Takako Irie, originalmente contratada para el papel y despedida por el director en un arranque de cólera.
Alabada por la crítica, quizás "Yokihi" no se sitúa entre las obras maestras de Mizoguchi, quien rápidamente abandonó estas superproducciones para "evitar convertirse en un "formalista" "...
Pero antes de ello rueda "Tales of the Taira Clan", su último film en color, a partir de los mismos cánones y parámetros. Unos años después, la Shaw Brothers realizaría un "remake", más acorde a los hechos históricos.
23 de abril de 2023
23 de abril de 2023
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Uno de los dos únicos largometrajes a color del maestro japonés Kenji Mizoguchi, así como uno de sus últimos trabajos, ya que fallecería prematuramente apenas poco más de un año después de haberse estrenado este filme.
La obra se ambienta en la China del siglo VIII y recoge hechos reales, está centrada en el emperador Xuan Zong (Masayuki Mori), este se encuentra semi retirado tras el fallecimiento de su esposa, pasa sus días componiendo música con la que la honra y venerando su imagen.
Con un marcado interés político, la familia Yang está obsesionada con encontrarle una nueva concubina al emperador, “ofreciendo” mujeres de la familia pero sin éxito alguno debido al desinterés de este, hasta que el general An Lushan (So Yamamura) da con Kwei-fei (Machiko Kyo), una joven con un gran parecido a la fallecida pareja de Xuan Zong.
Aún con el parecido físico, el desinterés inicial del protagonista con la mujer es igual que con las anteriores, sin embargo, conforme comienza a tratarla, va a descubrir aspectos de su personalidad que lo van a marcar e incluso enlazar con su esposa fallecida, para Kwei-fei que se convertirá en princesa, es un camino que no deseaba, pero que cumple independientemente del aspecto político ya relatado.
La obra se ambienta en la China del siglo VIII y recoge hechos reales, está centrada en el emperador Xuan Zong (Masayuki Mori), este se encuentra semi retirado tras el fallecimiento de su esposa, pasa sus días componiendo música con la que la honra y venerando su imagen.
Con un marcado interés político, la familia Yang está obsesionada con encontrarle una nueva concubina al emperador, “ofreciendo” mujeres de la familia pero sin éxito alguno debido al desinterés de este, hasta que el general An Lushan (So Yamamura) da con Kwei-fei (Machiko Kyo), una joven con un gran parecido a la fallecida pareja de Xuan Zong.
Aún con el parecido físico, el desinterés inicial del protagonista con la mujer es igual que con las anteriores, sin embargo, conforme comienza a tratarla, va a descubrir aspectos de su personalidad que lo van a marcar e incluso enlazar con su esposa fallecida, para Kwei-fei que se convertirá en princesa, es un camino que no deseaba, pero que cumple independientemente del aspecto político ya relatado.

Masayuki Mori & Machiko Kyô
Sin embargo, este idilio de la pareja se va a ver interrumpida por una rebelión que pronto azotara la zona debido a la corrupción y la ingobernabilidad que está teniendo el reino, así es como pronto nuevamente todo lo construido por el emperador tambaleara.
Un interesante drama histórico con un romance como punta de lanza, donde Mizoguchi fiel a su costumbre le da interés y peso a la mujer, a pesar de estar en una sociedad compleja para ellas y que es más que evidente sobre el final, al punto que puede resultar desesperanzador, llenando la pantalla de momentos sutiles y frases memorables.
Un interesante drama histórico con un romance como punta de lanza, donde Mizoguchi fiel a su costumbre le da interés y peso a la mujer, a pesar de estar en una sociedad compleja para ellas y que es más que evidente sobre el final, al punto que puede resultar desesperanzador, llenando la pantalla de momentos sutiles y frases memorables.
11 de agosto de 2023
11 de agosto de 2023
1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Al principio me recordaba a la cenicienta, del cual el príncipe no está feliz con ninguna mujer (en este caso, porque es viudo y todas las mujeres las compara con su exmujer), y la mujer bella, la más bella de todas las mujeres, es una cocinera que mal vive, está sucia y no sabe que es guapa, igual que cenicienta. El resto ya lo podéis imaginar, pero...
Hay mucho más drama, hay conflictos políticos y de ambición de poder. Es atractiva esta historia, una película basada en hechos reales.
La primera película en color de Mizoguchi, aunque por esta época aún el color con el cine japonés no era muy común.
Hay mucho más drama, hay conflictos políticos y de ambición de poder. Es atractiva esta historia, una película basada en hechos reales.
La primera película en color de Mizoguchi, aunque por esta época aún el color con el cine japonés no era muy común.
1 de septiembre de 2020
1 de septiembre de 2020
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Maravillosa muestra de la escalada de poder político en el entorno que rodea a dos personas sencillas repletas de bonhomía, que llegan a la máxima escala mediante caminos distintos, pero que comparten pensamientos, gustos y alma.
La fotografía colorista destaca, y la música de aire melancólico.
Una maravilla
La fotografía colorista destaca, y la música de aire melancólico.
Una maravilla
6 de febrero de 2026
6 de febrero de 2026
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78/10/04/02/26) Este es un melodrama histórico de una belleza melancólica y solemne, menos revolucionario en lo formal que otros títulos de Kenji Mizoguchi, pero atravesado por su humanismo feroz. Una elegía cromática sobre el amor imposible, la corrupción del poder y el sacrificio femenino como moneda política. Una obra irregular, a veces rígida, a ratos teatral, pero capaz de alcanzar una grandeza trágica incontestable en su tramo final, donde el cineasta recuerda —con una delicadeza casi insultante para el espectador cínico— que amar en un sistema injusto es, en sí mismo, un acto subversivo condenado al fracaso.
Esta película nace de una contradicción, y ahí reside tanto su límite como su interés. Este es un encargo industrial de la Daiei Film japonesa en coproducción con Shaw & Sons de Hong Kong, concebido para deslumbrar con el color, la fastuosidad y el exotismo histórico chino. Mizoguchi acepta el trabajo, pero —como siempre— lo sabotea desde dentro. Donde los productores querían ornamento, él introduce política; donde pedían un romance cortesano, él infiltra una tragedia social; donde exigían una emperatriz idealizada, él convierte a Machiko Kyō en una mujer de origen plebeyo, manipulada, sacrificable y consciente de su destino.
Esta película nace de una contradicción, y ahí reside tanto su límite como su interés. Este es un encargo industrial de la Daiei Film japonesa en coproducción con Shaw & Sons de Hong Kong, concebido para deslumbrar con el color, la fastuosidad y el exotismo histórico chino. Mizoguchi acepta el trabajo, pero —como siempre— lo sabotea desde dentro. Donde los productores querían ornamento, él introduce política; donde pedían un romance cortesano, él infiltra una tragedia social; donde exigían una emperatriz idealizada, él convierte a Machiko Kyō en una mujer de origen plebeyo, manipulada, sacrificable y consciente de su destino.

Machiko Kyô
Kenji Mizoguchi se encuentra aquí en uno de sus últimos tramos vitales. Rodará solo una película más tras este título antes de fallecer prematuramente. Esa cercanía de la muerte impregna el film de una sensación de despedida, de testamento estético y moral. No estamos ante su obra más audaz ni más depurada, pero sí ante una de las más explícitas en su pesimismo: el amor no redime al poder, solo lo vuelve más cruel.
Es, además, una de las dos únicas películas en color del director junto a “El clan de los Taira”. Y ese color no es celebración: es memoria, nostalgia, música visual. Mizoguchi no usa el color como espectáculo, sino como lamento.
El trabajo de dirección artística convierte el film en un tapiz pictórico inspirado directamente en la pintura china clásica: decorados cerrados, telas tornasoladas, composiciones frontales que rozan lo teatral. Esta decisión, en parte forzada por el rodaje en estudio, limita la movilidad de cámara y reduce la presencia de exteriores, algo poco habitual en el cine del autor.
Es, además, una de las dos únicas películas en color del director junto a “El clan de los Taira”. Y ese color no es celebración: es memoria, nostalgia, música visual. Mizoguchi no usa el color como espectáculo, sino como lamento.
El trabajo de dirección artística convierte el film en un tapiz pictórico inspirado directamente en la pintura china clásica: decorados cerrados, telas tornasoladas, composiciones frontales que rozan lo teatral. Esta decisión, en parte forzada por el rodaje en estudio, limita la movilidad de cámara y reduce la presencia de exteriores, algo poco habitual en el cine del autor.
Aquí no encontramos los largos plano-secuencia fluidos de “La vida de Oharu”, ni la cámara errante y compasiva que observa a los personajes desde la distancia. La puesta en escena es más rígida, más encorsetada, casi ceremonial. Pero ese estatismo funciona como metáfora: el palacio es una prisión bellamente iluminada.
La fotografía Kohei Sugiyama (“El héroe sacrílego”) en color —pensada como una partitura emocional— no busca realismo, sino sensación. Cada tono parece elegido para sonar: rojos imperiales como herida abierta, dorados que no calientan, azules nocturnos que anticipan la pérdida. Mizoguchi convierte el decorado en estado de ánimo.
La música de Fumio Hayasaka (“Los 7 Samurais”) refuerza esa idea de recuerdo constante, de amor fosilizado. El laúd del emperador no es un instrumento: es una lápida sonora.
Machiko Kyō (inolvidable en “Rashōmon”) ofrece aquí una interpretación contenida, de gestos mínimos, casi ascética. Su Yang Kwei-Fei no es una femme fatale ni una víctima pasiva: es una mujer lúcida atrapada en una maquinaria que no ha diseñado. Kyō actúa desde la dignidad, no desde el desgarro, y eso multiplica la tragedia. Cada silencio suyo pesa más que cualquier arrebato.
La fotografía Kohei Sugiyama (“El héroe sacrílego”) en color —pensada como una partitura emocional— no busca realismo, sino sensación. Cada tono parece elegido para sonar: rojos imperiales como herida abierta, dorados que no calientan, azules nocturnos que anticipan la pérdida. Mizoguchi convierte el decorado en estado de ánimo.
La música de Fumio Hayasaka (“Los 7 Samurais”) refuerza esa idea de recuerdo constante, de amor fosilizado. El laúd del emperador no es un instrumento: es una lápida sonora.
Machiko Kyō (inolvidable en “Rashōmon”) ofrece aquí una interpretación contenida, de gestos mínimos, casi ascética. Su Yang Kwei-Fei no es una femme fatale ni una víctima pasiva: es una mujer lúcida atrapada en una maquinaria que no ha diseñado. Kyō actúa desde la dignidad, no desde el desgarro, y eso multiplica la tragedia. Cada silencio suyo pesa más que cualquier arrebato.
Masayuki Mori (protagonista de “Los amantes crucificados”) compone a un emperador más artista que gobernante, más viudo que soberano. Su Xuanzong es un hombre derrotado antes de comenzar el relato, un prisionero del recuerdo, incapaz de distinguir entre amor y posesión. Mori transmite esa debilidad estructural del poder con una fragilidad casi incómoda.
Sō Yamamura (memorable en “El arpa birmana”) como An Lushan es el reverso del romanticismo: ambición pura, resentimiento político, violencia en gestación. No es un villano operístico, sino un oportunista frío, peligrosamente verosímil.
Hay frases que resumen la tesis moral del film con brutal sencillez. Cuando se recuerda que una concubina que interfiere en asuntos de Estado merece la muerte, Mizoguchi no necesita subrayar nada más: la ley está escrita contra la mujer desde el inicio.
Pero es en la escena de la ejecución donde el cine alcanza una altura casi insoportable. Mizoguchi prepara el momento con una liturgia de respeto extremo. No hay morbo, no hay violencia explícita. Hay dignidad.
Sō Yamamura (memorable en “El arpa birmana”) como An Lushan es el reverso del romanticismo: ambición pura, resentimiento político, violencia en gestación. No es un villano operístico, sino un oportunista frío, peligrosamente verosímil.
Hay frases que resumen la tesis moral del film con brutal sencillez. Cuando se recuerda que una concubina que interfiere en asuntos de Estado merece la muerte, Mizoguchi no necesita subrayar nada más: la ley está escrita contra la mujer desde el inicio.
Pero es en la escena de la ejecución donde el cine alcanza una altura casi insoportable. Mizoguchi prepara el momento con una liturgia de respeto extremo. No hay morbo, no hay violencia explícita. Hay dignidad.
El soldado sustituye la soga por el pañuelo blanco que ella misma ofrece. La cámara desciende. El travelling sigue el faldón del vestido. Las joyas caen una a una: primero un pendiente, luego el otro, después el collar. La cámara se queda en las raíces del árbol. El fuera de campo hace el resto. Este momento justificaría por sí solo la existencia del film.
Ese respeto por los personajes, incluso en su aniquilación, es una de las marcas más profundas del cine de Mizoguchi.
Mizoguchi insiste, una vez más, en su gran obsesión: la mujer como víctima estructural de una sociedad jerárquica y masculina. Yang Kwei-Fei no muere por amor, muere por conveniencia política. Su sacrificio no redime nada: solo permite que el sistema continúe.
El pueblo, siempre presente aunque pocas veces visible, funciona como juez último. La película no glorifica al emperador ni idealiza la corte. Todo lo contrario: muestra cómo el poder corrompe incluso cuando se ejerce desde la sensibilidad.
Ese respeto por los personajes, incluso en su aniquilación, es una de las marcas más profundas del cine de Mizoguchi.
Mizoguchi insiste, una vez más, en su gran obsesión: la mujer como víctima estructural de una sociedad jerárquica y masculina. Yang Kwei-Fei no muere por amor, muere por conveniencia política. Su sacrificio no redime nada: solo permite que el sistema continúe.
El pueblo, siempre presente aunque pocas veces visible, funciona como juez último. La película no glorifica al emperador ni idealiza la corte. Todo lo contrario: muestra cómo el poder corrompe incluso cuando se ejerce desde la sensibilidad.
El final, con el emperador anciano contemplando la estatua de su amada, conecta directamente con otros personajes del director: hombres que solo entienden la libertad cuando ya han perdido el cuerpo, el poder y la vida. La felicidad, parece decir Mizoguchi, solo es posible fuera del mundo.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
“La emperatriz Yang Kwei-Fei” no es la obra más perfecta de Kenji Mizoguchi, ni la más influyente, ni siquiera la más representativa de su estilo. Pero es una película profundamente honesta, atravesada por una tristeza lúcida y un humanismo rabioso. Un cuento cruel, bellísimo, desesperanzado, que recuerda que el amor, cuando se enfrenta al poder, suele acabar ahorcado con un pañuelo de seda.
Gloria Ucrania!!!
Gloria Ucrania!!!
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