La emperatriz Yang Kwei-fei
7.5
1,463
Drama. Romance
Ambientada en la China del siglo VIII, narra la historia de amor entre el emperador Hsuan Tsung, viudo desde hace algunos años, y una joven plebeya que se parece mucho a su mujer fallecida. La familia Yang pretende proporcionar al emperador una consorte para poder consolidar su influencia sobre él tras la muerte de su esposa. Para ello, deciden preparar a una pariente del general An Lushan que trabajaba en la cocina, de quien se enamora ... [+]
10 de noviembre de 2010
10 de noviembre de 2010
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las luchas palaciegas por el acceso al poder narradas por Mizoguchi con gran sensibilidad, de una manera discreta, silenciosa, distante y a la vez muy hermosa. Mizoguchi trata a sus personajes con gran respeto prescindiendo de los primeros planos. Ni que decir tiene que se trata de una gran película.
26 de mayo de 2012
26 de mayo de 2012
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
En esta película el emperador no necesitó ver que el zapato encajaba en el pie para saber quién sería su próxima emperatriz. Mizoguchi trata a los dos personajes principales de forma magistral, la plebeya no solo enamora al emperador sino también al espectador. El japonés hace notar la diferencia entre la nobleza y el pueblo, te presenta a la nobleza en un mundo distinto al del pueblo, situación importante para el desarrollo de la historia de amor entre los personajes principales. Impresionante la forma en que Mizoguchi nos muestra la cultura China.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Memorable la escena donde los dos protagonistas se mezclan con los plebeyos, y están tan inmiscuidos en su mundo que son incapaces de ver las penurias por las que pasan los pueblerinos. Impresionante como el pueblo envidia la posición de los antiguos plebeyos y los condenan a morir sin atreverse a hacer lo mismo con el emperador, tratándolo desde el principio como un ser diferente a los que viven en su mundo, pero lo más impresionante de todo es ver como el emperador se enamora del corazón de la plebeya y no de su belleza, y como los que los rodean lo único que buscan no es su felicidad sino ascender aprovechándose de ellos.
Ella es la auténtica cenicienta.
Ella es la auténtica cenicienta.
15 de abril de 2006
15 de abril de 2006
19 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
Homenaje y adaptación de Kenji Mizoguchi sobre el famoso cuento de La cenicienta. En esta ocasión nos encontramos con el mismo príncipe encantador, pero de emperador de la China, y a una Letizia Ortiz con los ojos rasgados, papel que interpreta la bella Machiko Kyô. Lamentablemente para la hermosa princesa, sus familiares más próximos la acompañarán en la aventura de la Corte en plan ésto es mío, y ésto también y apártate de mi camino que voy por el medio... vamos, que en plan bilbaino total.
Película en color de Mizoguchi con un buen ritmo y una preciosa historia de amor. El final le sube nota. Película que nos muestra de forma notable la vanidad, la soberbia y la codicia. Y también el amor, por supuesto. Es una lástima que el deterioro en el que se encuentra la cinta original reste nitidez a la obra.
Película en color de Mizoguchi con un buen ritmo y una preciosa historia de amor. El final le sube nota. Película que nos muestra de forma notable la vanidad, la soberbia y la codicia. Y también el amor, por supuesto. Es una lástima que el deterioro en el que se encuentra la cinta original reste nitidez a la obra.
1 de agosto de 2018
1 de agosto de 2018
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Y había una vez en un país muy, muy lejano... dicen que es así como se debe empezar un cuento...
Mizoguchi lo sabe y como maestro que es del arte de hacer buen cine, transcribe cada una de esas palabras primigenias al lenguaje visual colorista, enigmático y nostálgico que merece la narración. Es así como este japonés sensible, que como Midas pasional convierte en bello todo lo que toca, nos cuenta su cuento, fábula con moraleja de actualidad avasalladora; y con su humildad plena de rabioso humanismo, sacude fuerte a la sociedad nipona: la mujer japonesa ha de ser escuchada y no bellamente convertida en muñeca de porcelana.
Reflexionando sobre los cuentos, me sorprendo de su dureza, ¡que le pregunten al lobo de caperucita!, rajado de arriba abajo mientras siestea su comilona para extraer sana y salva a la niña y su caperuza. Final feliz, sí, ¡pero a qué precio! Muertes, desastres, derrumbamientos, amputaciones... ¡la tragedia está servida! Es necesaria esa suerte de masoquismo y crueldad para que el humano estúpido comprenda el mensaje. Por eso destila tanta tristeza La emperatriz Yang Kwei Fei; Mizoguchi lo sabe, de su leyenda, algo debe quedar...
Mizoguchi lo sabe y como maestro que es del arte de hacer buen cine, transcribe cada una de esas palabras primigenias al lenguaje visual colorista, enigmático y nostálgico que merece la narración. Es así como este japonés sensible, que como Midas pasional convierte en bello todo lo que toca, nos cuenta su cuento, fábula con moraleja de actualidad avasalladora; y con su humildad plena de rabioso humanismo, sacude fuerte a la sociedad nipona: la mujer japonesa ha de ser escuchada y no bellamente convertida en muñeca de porcelana.
Reflexionando sobre los cuentos, me sorprendo de su dureza, ¡que le pregunten al lobo de caperucita!, rajado de arriba abajo mientras siestea su comilona para extraer sana y salva a la niña y su caperuza. Final feliz, sí, ¡pero a qué precio! Muertes, desastres, derrumbamientos, amputaciones... ¡la tragedia está servida! Es necesaria esa suerte de masoquismo y crueldad para que el humano estúpido comprenda el mensaje. Por eso destila tanta tristeza La emperatriz Yang Kwei Fei; Mizoguchi lo sabe, de su leyenda, algo debe quedar...

La película es una celebración del amor, de la pasión y del respeto, porque el que quiere, respeta y no esclaviza; diga lo que diga la tradición, que siempre es rocosa y sorda ante al progreso y el sentido común.
Será la mujer rebelde y no la sumisa, será la que se enfrenta al emperador y no la que calla y otorga la que consigue su amor. Y ella misma enseñará, porque entiende de libertad, a otro esclavo como ella, que el palacio es prisión y que para gobernar se ha de salir a la calle , mostrándole así el camino hacia la felicidad (Mizoguchi filma apasionadamente la felicidad del que no es más que una pobre marioneta a través de una orgía de placeres conducidos por su “Salomé”: bebe, come, baila, ríe... de nuevo la imagen por encima de la palabra, la poesía derrotando a la prosa) Las mujeres dando lecciones a los hombres... ¡que tiemble Kurosawa! Se impone la máxima: “detrás de cada gran hombre, siempre hay una gran mujer ”. Mizoguchi es inteligente, escoge al hombre más respetado del Japón y lo pone a los pies de su esposa, al “macho” le toca bajar la cabeza.
Será la mujer rebelde y no la sumisa, será la que se enfrenta al emperador y no la que calla y otorga la que consigue su amor. Y ella misma enseñará, porque entiende de libertad, a otro esclavo como ella, que el palacio es prisión y que para gobernar se ha de salir a la calle , mostrándole así el camino hacia la felicidad (Mizoguchi filma apasionadamente la felicidad del que no es más que una pobre marioneta a través de una orgía de placeres conducidos por su “Salomé”: bebe, come, baila, ríe... de nuevo la imagen por encima de la palabra, la poesía derrotando a la prosa) Las mujeres dando lecciones a los hombres... ¡que tiemble Kurosawa! Se impone la máxima: “detrás de cada gran hombre, siempre hay una gran mujer ”. Mizoguchi es inteligente, escoge al hombre más respetado del Japón y lo pone a los pies de su esposa, al “macho” le toca bajar la cabeza.

Machiko Kyô
El logro de Mizoguchi es doble en esta película: continúa La cenicienta allá donde la abandonó Perrault, mostrándonos lo que éste nos negó y que no carecía de morbo: el funcionamiento de ese matrimonio entre príncipe y criada que tanto debió fastidiar en palacio, aprovechando ese fastidio para contarnos que el poder corrompe y deshumaniza; y tocado por la varita del hada madrina, el realizador consigue dotar al cuento de notable actualidad con su implacable crítica hacia el machismo que asfixia a la mujer y hacia la vetusta sociedad costumbrista que lo permite.
Y el Mizoguchi sensible que defiendo se enamora de su historia como el torpe emperador de la gloriosa emperatriz. Como muestra, bastará un botón: el emperador hundido por la muerte de su esposa se refugia en la belleza de sus espléndidos jardines dando la espalda a la bella pretendiente mientras compone un réquiem con su instrumento de cuerda, ¡una imagen vale más que mil palabras! ¡Nadie puede alcanzar su corazón herido! Quien pretenda la atención de este muerto en vida, deberá conquistar su alma... y la esclava llega a ella repitiendo los mismos acordes tristes que compuso el corazón apesadumbrado del emperador. Se niega el amor físico y se llega más lejos, amor a través de la belleza de la música, amor espiritual... Sí, Mizoguchi es un genio.
Y el genio entendió que aunque la mayoría de sus películas las filmara en blanco y negro, ésta debía rodarla en precioso color. Porque la historia se desarrolla en palacios imperiales ostentosos, en mansiones de opulentos y en magníficos jardines y sus habitantes visten sedas y otras excelencias que sólo el color puede avalar. Porque la pasión por vivir y el amor febril que une a los personajes sólo puede ser captada en su totalidad con un manto infinito de colores. Y, por último, para que no quede sólo como una antigua historia de amor imperial o como un bonito cuento, el color también recuerda, denuncia y favorece una traslación del problema - rigidez de costumbres y machismo nipón - al contexto actual, donde por desgracia, no han cambiado mucho las cosas.
Mizoguchi es poeta pues nadie ha filmado tan preciosamente una muerte. Muerte que enamora, suerte de oxímoron y magnífica elipsis: apenas unos pies escapando de cuadro... después una hoja que cae...
Una vez muertos, los amantes se encuentran y sus ecos, sus alegrías, confirman el susurro invariable que navega por La emperatriz Yang Kwei Fei: ¡el amor por encima de todo!
Y el Mizoguchi sensible que defiendo se enamora de su historia como el torpe emperador de la gloriosa emperatriz. Como muestra, bastará un botón: el emperador hundido por la muerte de su esposa se refugia en la belleza de sus espléndidos jardines dando la espalda a la bella pretendiente mientras compone un réquiem con su instrumento de cuerda, ¡una imagen vale más que mil palabras! ¡Nadie puede alcanzar su corazón herido! Quien pretenda la atención de este muerto en vida, deberá conquistar su alma... y la esclava llega a ella repitiendo los mismos acordes tristes que compuso el corazón apesadumbrado del emperador. Se niega el amor físico y se llega más lejos, amor a través de la belleza de la música, amor espiritual... Sí, Mizoguchi es un genio.
Y el genio entendió que aunque la mayoría de sus películas las filmara en blanco y negro, ésta debía rodarla en precioso color. Porque la historia se desarrolla en palacios imperiales ostentosos, en mansiones de opulentos y en magníficos jardines y sus habitantes visten sedas y otras excelencias que sólo el color puede avalar. Porque la pasión por vivir y el amor febril que une a los personajes sólo puede ser captada en su totalidad con un manto infinito de colores. Y, por último, para que no quede sólo como una antigua historia de amor imperial o como un bonito cuento, el color también recuerda, denuncia y favorece una traslación del problema - rigidez de costumbres y machismo nipón - al contexto actual, donde por desgracia, no han cambiado mucho las cosas.
Mizoguchi es poeta pues nadie ha filmado tan preciosamente una muerte. Muerte que enamora, suerte de oxímoron y magnífica elipsis: apenas unos pies escapando de cuadro... después una hoja que cae...
Una vez muertos, los amantes se encuentran y sus ecos, sus alegrías, confirman el susurro invariable que navega por La emperatriz Yang Kwei Fei: ¡el amor por encima de todo!
6 de mayo de 2014
6 de mayo de 2014
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
En Grecia o en China; en Alemania o en Japón, los dioses, los hados, el destino parecen tener especial interés en enredar las cosas, en hacer la vida de las pobres gentes más difícil dándoles una vida más cómoda y muelle. Una sirvienta, una pobre campesina esclava de su belleza y de sus tiránicos hermanos mayores, es entregada a una corte de un emperador dulce y atormentado por la pérdida de su mujer. Lo que se convierte en una historia de amor, trae aparejado el ascenso En Grecia o en la China; en Alemania al poder de la despreciable familia de la muchacha, la cual sólo quiere vivir y sentir, qué poca cosa!!!! Elegante, hermosa, trágica. Así es la película y así es su director. No faltan tampoco sus referencias al más allá y los fantasmas del futuro imperfecto.
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