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Críticas de billywilder73
Ordenadas por:
62 críticas
1 2 3 4 5 10 13 >>
1
26 de septiembre de 2007
10 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que en La jungla de cristal comenzó siendo virtud se ha transformado definitivamente en defecto en esta última entrega. Len Wiseman - cuyo mayor logro en el cine probablemente haya sido casarse con Kate Beckinsale!! - ¿autor? también de la patética Underworld, tiene la culpa.

Lo que diferenciaba a John McClane de los demás héroes-iconos del cine de acción de los 80 - Stallone y Schwarzenegger pero también Seagal y Snipes – era su vulnerabilidad. McClane era de carne y hueso, sufría, sangraba a borbotones y se estaba quedando calvo; los otros llegaban, veían y vencían… sin despeinarse.
Por eso nos caía bien Bruce Willis y los otros nos dejaban indiferentes.

En La jungla 4.0 McClane también sangra, pero sólo por aparentar, es puro maquillaje, en realidad McClane aquí es tan inmortal como el Stallone de Cobra o el gobernador de California en Perseguido.
¿Cómo creernos si no que un tío de carne y hueso pueda hacer surf subido en un caza, saltar, dar dos volteretas y levantarse como si nada?
El cine de acción malo tiene “la enfermedad del circo”, el ¡más difícil todavía! Busca atraparnos en las butacas en estado de letargo con la boca abierta y el cerebro de vacaciones. ¡Por favor Len, alquílate Old Boy y aprende!

La película es un deus ex machina de dos horas y diez minutos. Cuando el protagonista está en peligro, él mismo debe librarse y no gracias a la actuación in extremis de un dios salvador, eso es pecado mortal y si ocurre, el público se siente engañado y ofendido por la tomadura de pelo.

La jungla 4.0 como las precuelas de La guerra de las galaxias son virus que matan el cine. Hay que borrarlas de la memoria como si jamás hubiesen existido.

Convirtiéndolo en inmortal, han matado a John McClane. Terrible paradoja.
billywilder73
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1
1 de agosto de 2018
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
El trampantojo - en francés Trompe l'oeil, engañar al ojo - es una técnica que trata de provocar en el espectador confusión entre elementos pintados y elementos reales, suscita la sensación de existencia de objetos que en realidad están pintados. Para que se produzca este "engaño momentáneo" es necesario reproducir la imagen tridimensionalmente, no plana.
Danny Boyle es un buen embaucador que a veces está inspirado – Trainspotting, 28 días después – y otras sólo se comporta como un malabarista con un montón de números efectivos. Slumdog millionaire se ha vendido como la película independiente del año y ha arrasado en los Oscars con sus ocho estatuillas... ocho más de las que se merece.
Jamal un joven indio pobre y sin estudios conoce todas las respuestas del multitudinario programa Quién quiere ser millonario y todos dudan de su inocencia.
Slumdog millionaire es falsa, fragmentaria, tramposa y arbitraria y para colmo el final es un pestiño con incoherencias de guión que terminan por rematar la película.
No obstante hay algunos apuntes brillantes:
1) cuando el pequeño Jamal da – literalmente - un salto de mierda por un autógrafo de su ídolo, que anuncia lo putas que lo va a pasar en la vida y lo ruin que es su hermano;
2) la necesaria estructura dramática organizada en flashbacks que va destapando con relativo suspense la razón por la que Jamal conoce las respuestas del programa y a la vez nos cuenta cómo es el protagonista y el amor que siente por Latika;
3) el crescendo del segundo acto, por la habilidad en crear obstáculos creíbles para evitar que los amantes puedan estar juntos; entre ellos el que da pie al mejor momento de la película cuando el hermano de Jamal le arrebata a su querida Latika.
Pero intentar ensamblar el buen cine con los parámetros por los que se rige Bollywood resulta un error de bulto:
1) la película vende la crudeza de la “realidad” india a través de una puesta en escena enloquecida – tal vez queriendo captar el nervio de los bajos fondos tumultuosos de Bombay – de anuncio de la coca-cola que choca con la cotidianidad sincera y desalmada de obras maestras indias como La trilogía de Apu de Satyajid Ray;
2) la bobería bollywoodiense sólo sirve para vender palomitas y no denuncia sino que aplaude – como lo hizo aquí el Landismo – la ruina de la penuria;
3) los personajes son absolutamente planos, sin matices ni contradicciones: o dulces, ingenuos y más buenos que el pan, los protagonistas; o tontos y más malos que la tiña, los antagonistas; por lo que no hay identificación posible con el espectador con dos dedos de frente;
4) el romanticismo vomitivo, tan empalagoso, mentiroso y mediocre como una novela rosa de Corín Tellado;
El buen guionista habla de lo que conoce, de lo que ha vivido. Simon Beaufoy, guionista inglés de Slumdog millionaire también lo fue de la magistral Full monty y si en ella hablaba de la reconversión industrial del norte de Gran Bretaña que trajo paro, pobreza y falta de ilusiones, en ésta no tiene ni idea de lo que habla.
Slumdog Millionaire nada en el absurdo sin rumbo dudando entre una búsqueda timadora de la realidad y el cuento de hadas de La Cenicienta.
Y luego está la desfachatez del final feliz incoherente. Dos preguntas sin respuesta:
¿Por qué se suicida el hermano de Jamal?
Sólo para aumentar los tintes de la tragedia porque nada en la película lleva a pensar en ese cambio de actitud tan molesto y engañabobos.
¿Por qué acierta Jamal la pregunta final?
Que responda acertadamente todas las preguntas tiene una explicación razonable: el destino. Sabe las respuestas porque todas tienen que ver con la vida que ha llevado, es decir, supera los obstáculos gracias a sus propias vivencias y por tanto elimina el deus ex machina, la ayuda divina - lo que recuerda a Los niños del paraíso, la obra maestra de Majid Majidi -. Pero de repente sin venir a cuento en la última pregunta el planteamiento cambia y Jamal, que no sabe la respuesta, se encomienda a los dioses y acierta, cargándose el discurso de la película y dejándolo todo en manos de la suerte, un deus ex machina absurdo y aberrante. Jamal gana a Latika gracias a esa última pregunta y sin que nadie lo sepa – ironía dramática -; ése es su premio, no necesita ganar también el concurso.
Dicen que quien hace trampas jugando al infierno se va caminando... saluda a Satanás Danny Boyle.
billywilder73
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10
1 de agosto de 2018
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
El luchador es una obra maestra. Es imperecedera, una película espléndida que el tiempo pondrá en su sitio, una obra excepcional que encierra una bella paradoja: rodeada de gigantes de la lucha libre americana se hace grande por lo pequeña que es.
Mientras se vende con palomitas y a todo color que más es más: más presupuesto, más efectos especiales, más semanas de rodaje, más tecnología, más estrellas y más oscars; esta película pequeña destapa la verdad, que menos es más. Que los petardos de siempre - directores ególatras incultos, productores que disimulan su impotencia creativa y público embobado – aprendan lo que es el cine; antes que espectáculo el cine es arte – sin ser incompatible una cosa con la otra – y quien sólo busque sacar tajada… como en la película de Rosales, tiro en la cabeza.
Randy Raw Robinson es un luchador de wrestling que la edad coloca en caída libre y que intenta adaptarse a otra realidad fuera del ring agarrándose a las pocas huellas reconocibles que ha ido dejando por el camino.
Un solo detalle del guión de El luchador vale más que todos los Michael Bay de turno: el maduro y hercúleo luchador de wrestling y la veterana y frágil bailarina de striptease viven en dos universos paralelos imposibles de conciliar; mientras el luchador se empeña en que le llamen por su nombre de guerra y no por el que marca su carnet, la bailarina lucha por recuperar su verdadero nombre y olvidar para siempre su Cassidy de cabaret. Jamás podrán estar juntos.
El protagonista es un hombre que sólo se siente auténtico cuando lucha aunque sus luchas sean más falsas que un sprint de Ben Johnson. Sin embargo la lucha es la realidad que conoce, donde se siente seguro, gigantes de doscientos quilos que son su única familia, “ahí fuera (del ring) es donde siento los golpes” dice. En ese otro mundo ajeno que se rige por leyes desconocidas pierde el combate una y otra vez: con su trabajo de carnicero - Raw, su alias en el ring, significa carnero - donde se hace imposible mantener su orgullo de Dios; con su hija abandonada a su suerte y que pretende recuperar con la torpeza y los errores propios del que sólo se sabe sus reglas de bárbaro; con la mujer que ama y cree su media naranja por ser también una mujer espectáculo a la que adoran las masas.
El luchador es un juguete roto - el magnífico documental de Manuel Summers - como las magistrales Aflicción y El asesinato de Richard Nixon.
La empatía con el protagonista es brutal, ver a quien ha sido ídolo – el poder de lo efímero, el perdedor que hay en todos nosotros – atendiendo a los compradores mediocres y bastardos que somos todos da grima y colma su paciencia de guerrero.
Y el descanso del guerrero, su único pedazo de gloria fuera del ring, tan minúsculo como reconocible y grandioso, sucede en un bar roñoso como sus vidas donde luchador y bailarina se sonríen y de tan mortales resultan extraordinarios bebiéndose una efímera cerveza, lúpulo que olvida vacíos y abandonos y hace soñar ilusiones. Maravillosa escena de cine que toca el alma.
Darren Aronofsky director falsamente elevado a los altares por películas con demasiados fuegos artificiales como Réquiem por un sueño da una lección de puesta en escena como no se recuerda desde 4 meses, 3 semanas y 2 días de Cristian Mungiu, demostrando que ha entendido el drama de los perdedores y multiplicándolo con la honestidad de su cámara:
1) como en los magistrales títulos de crédito que dan inicio a la película y que muestran pósters y recortes de revistas de su vida como luchador con un travelling que comienza en alza hasta que declina y baja verticalmente contando con ese genial detalle la ascensión y caída del protagonista;
2) como el primer plano del film que presenta al luchador sentado de espaldas al fondo de una sala vacía y tosiendo amargamente;
3) como los travellings de seguimiento de los personajes que siempre son por detrás haciéndonos sentir que el mundo les da la espalda;
4) o como ese salto al vacío del último plano que supone su suicidio, su caída a un pozo oscuro y profundo, su muerte.
Mickey Rourke y Marisa Tomei están magníficos porque son papeles que conocen, que interiorizan y crean un especial vínculo de terrible complicidad silenciosa y fatalidad con el espectador.
Retratar la vida es retratar las ruinas. “Más allá, sólo la muerte” que escribió James Joyce.
billywilder73
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10
1 de agosto de 2018
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando Rossellini quería transmitir lo que era el cine decía que “nada de bellas imágenes, lo que hay son imágenes justas, imágenes necesarias”. En Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica un hombre buscaba desesperado su bicicleta acompañado de su hijo para conservar su trabajo, la aventura callejera servía como mcguffin poético desolador que mostraba la realidad social miserable de la Roma de posguerra. 4 meses, 3 semanas, 2 días es puro De Sica, puro Rossellini, puro neorrealismo italiano y nouvelle vague.
Otilia recorre a pie las calles de una pequeña ciudad rumana intentando ayudar a su amiga Gabita en su aborto de estraperlo destapando a cada paso las vergüenzas visibles y las que permanecen ocultas. Otilia recibe “los 400 golpes” de Antoine Doinel mostrando en su búsqueda – y fuga – la infame realidad de la Rumanía de Ceaucescu y, por ende, el castigo moral devastador y el miedo informe que la maldad que acompaña al poder causa a quienes lo padecen.
Como sólo las obras maestras saben, el primer plano de la película lo cuenta todo. Dos peces atrapados en su pecera resume de forma sencilla y soberbia el sentir de las protagonistas, con tan poco rara vez se dijo tanto. 4 meses, 3 semanas, 2 días – como Los niños del paraíso de Majad Majidi o ¿Dónde está la casa de mi amigo? de Kiarostami - es pequeña, honesta y maravillosa contando la realidad, la ciudad, sus calles y disfrazando el miedo, las almas desarropadas, contaminadas de vulgaridad e imposibilidades; sus personajes son cercanos, frágiles héroes víctimas del lado más oscuro; los diálogos están llenos de banalidades, monotonías, silencios y crueldades cotidianas por eso nos los creemos, porque son los nuestros.
Si el guión es soberbio también lo es la dirección de Cristian Mungiu, autor verdadero con moral de travelling que aplica su moral godardiana en cada plano, como en el plano-secuencia de la celebración en casa del novio de Otilia, apabullante por tedioso e insoportable, tanto que molesta al alma por hacernos creer que somos ella y sentimos su malestar; o el noqueador plano del feto de Gabita que desmonta cualquier discurso celoso sobre manipulación. La secuencia del aborto a cargo del Dr. Bebe, un médico circunstancial mitad Corleone, mitad Señor Lobo es tan inhumana, tan imperdonable como justificable por su coherente humanidad. La mirada final a cámara - como la de Doinel al ver el mar - es el triunfo del pesimista que sabe que todo va a seguir igual.
De Sica decía que el neorrealismo es poesía, la poesía de la vida real y que por esa razón no ha muerto ni morirá nunca. Tampoco morirá el cine mientras haya una sola 4 meses, 3 semanas, 2 días. Bertolucci tenía razón, no se puede vivir sin Rossellini.
billywilder73
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10
1 de agosto de 2018
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hollywood ya no es la fábrica de sueños que nos vendieron que era.
Dicen muy acertadamente que en el cine todo está inventado, es por eso que nos invaden una y otra vez con historias monótonas y repetitivas en cadena; la fábrica de sueños ahora es fábrica de churros.
Sin embargo, a veces el cine aún es capaz de emocionarnos, de sorprendernos, de cautivarnos, en fin, de enamorarnos; la clave está en saber contar la misma historia de manera original.
Wall-e es por encima de todo una sencilla y preciosa historia de amor. Una obra maestra absoluta del cine de todos los tiempos.
Su importancia e influencia va más allá de la cinefilia. El buen cine – el reflexivo, el profundo, el que trata al ser humano como ser racional, el que va más allá del atontamiento espectacular – rara vez puede verse en salas comerciales. Wall-e sí.
Así que todo el mundo verá una auténtica genialidad y por el mismo precio muchos podrán calibrar su estúpida existencia acomodada; porque la película de Pixar obliga a reflexionar sobre el consumismo y la manipulación que los medios de comunicación, las grandes empresas, los países del Primer Mundo y el Capitalismo – la enfermedad de todos ellos - ejercen sobre el humano miserable.
Wall-e tiene dos magníficas influencias:
1) Alguien voló sobre el nido del cuco de Milos Forman, película extraordinaria de 1975 que bajo su apariencia visible de historia de locos de atar, hay una feroz crítica al sistema económico y político dominante y la imposibilidad de escapar de él.
2) El cine de Chaplin, la simplicidad de sus tramas, la cabezonería de Charlot, su heroísmo ingenuo... Wall-e, el robot protagonista es Chaplin y persigue a Eve allá donde vaya porque la ama, no necesita saber más del mundo.
Wall-e tal vez sea la última esperanza de un mundo feliz.
billywilder73
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